
Querida S.,
Qué enorme y linda sorpresa recibir tu mail largo y afectuoso. La verdad es que vi tu nombre en la bandeja de entrada y quedé como congelado, pasaron varios minutos antes de animarme a abrirlo. Calculo que no son menos de veinte años desde la última vez que hablamos, y fue en persona, en vivo y a todo color, este es nuestro primer intercambio virtual.
Me alegra mucho saber que estás bien, entrever en tus palabras que el trabajo en la Fundación sigue pareciéndote estimulante y enterarme de que Sara está por terminar su posgrado. Confieso que esa noticia me pegó duro, es de las que pone enfrente el espejo de la edad. La última vez que la vi era la niña que entró corriendo a la sala de tu casa empapada de pies a cabeza por uno de esos chaparrones salvajes de octubre. Recuerdo la risa contagiosa, la celebración genuina que la lluvia concede solo a los infantes, como si les revelara un misterio al que luego, de adultos, nunca nadie vuelve a acceder. Todo lo contrario, que te agarre un aguacero en la calle es una tragedia, hablo de los diluvios bíblicos del punto alto del invierno cuando llueve como por venganza, los baldazos para los que de nada sirven ni paraguas ni capas ni sombrillas.
Mientras te escribo esto me viene la imagen nítida de aquella Sara, casi como si la estuviera viendo de nuevo ahí de pie en mitad de la sala rodeada del charquito de agua que crecía debajo suyo, y a vos ir al baño para volver con toallas y ropa seca. Es más, voy a compartir por primera vez un, ponele, clip mental, una especie de cortometraje brevísimo que se me grabó desde esa tarde, creo que nunca lo conté porque no descifré (ni entonces ni ahora) su naturaleza. Es raro, y suena más raro ahora que lo digo; medio ridículo, la verdad. Pero aquí voy: dando pasos para acá y para allá, doblada hacia adelante, aquella enana indomable (¿6 años?) se secaba la cabeza como quien lustra una bola de boliche. Cubierta por la toalla se reía con el volumen y resonancia con que lo harían los animales si pudieran o supieran reír. Cuando terminó de secarse y retiró el paño de su cabeza, despelucada y carcajeándose, reapareció diferente, cambiada. Eso sentí, tal cual. No necesariamente un cambio físico, o tal vez sí. Como si sumergida la cabeza debajo de la toalla hubiera entrado a otro ciclo o modo o estado. Me pareció (y me perturbó eso) que había emergido de las profundidades del paño la misma Sara pero no igual. La misma pero diferente. Tengo claro haberlo pensado así como te lo cuento. De hecho, recuerdo esa tarde y la lluvia pesada golpeando el techo como clavos o monedas estrellándose contra las láminas de zinc justamente por esto otro, por Sara entrando empapada y su transformación enigmática después de secarse. No tiene sentido alguno lo que percibí pero tampoco hay ni había razón para habérmelo inventado de la nada. Se entiende por qué preferí no contarlo entonces, más bien no sé por qué me atrevo a compartirlo pasadas dos décadas. Una semana después, días más días menos, te fuiste, se fueron, sin saber ustedes ni yo ni la familia cercana ni la ampliada ni amigos ni nadie que no iban a volver.
O tal vez vos sí lo sabías o lo esperabas secretamente de esa manera que todavía no tiene palabras asociadas, o tipo la presencia casi material de ciertas sospechas, o tipo la sombra de una nube densa que pasa, de las nubes oscuras y cargadas de octubre y noviembre en este lugar del mundo, el corazón del invierno. Puede ser, se me ocurre pasados 20 años, que en el fondo yo también lo supiera.
Dejo ya las especulaciones, disculpame. Ha pasado tanto tiempo que no sé ni por dónde empezar a contarte cosas. Salvo por la rinitis alérgica que se activa rigurosamente con la humedad del invierno, es decir nueve meses del año, asumo que estoy en el equipo de los saludables, aunque no tengo respaldo médico para afirmarlo. Cuatro años después de viaje sin retorno me casé; me divorcié para estas mismas fechas del marzo anterior, en pleno verano, esclavizado por una mezcla de rencor y desprecio que dichosamente fue recíproco. Es horrible aceptarlo pero lo que más recuerdo de mi ex es la gestión terminal: firmamos los papeles del divorcio en la oficina de un abogado con corbata (un suicida) el mediodía de semana que, como efecto dramático del clima, la temperatura llegó a 35 °C en la sombra y humedad del 85%. Sofocados en el despacho, con la ropa injertada al cuerpo por el sudor a chorros, estoy seguro de que hasta los objetos inanimados del lugar (ponele el escritorio, los sillones, el librero, las fotos de familia feliz del licenciado, los adornos genéricos y las cortinas) se contagiaron del mal humor maligno y silencioso que ninguno disimulaba.
Humedad en verano, humedad en invierno, somos hongos que caminan. De haber tenido la oportunidad de salir de aquí, yo tampoco habría regresado. Lo bien que hiciste, S.
Todavía doy clases en el instituto. Me repito cada tanto, cuando entro en aquellas crisis que te tocó presenciar no pocas veces, que sigo ahí porque me gusta enseñar, pero si bien eso es cierto sé que la razón verdadera es que soy consciente de que a nadie le urgen los servicios de un profesor de francés cincuentón. Ojo, en general la verdad está en lo simple, en la distancia corta: puede que siga ahí porque, a diferencia de los colegios e institutos públicos, hay aire acondicionado en las aulas. No puedo imaginarme el suplicio de dar clases en verano, húmedo y pegajoso, en espacios no climatizados.
Y, aunque me duela admitirlo, te juro que no hay mucho más para contar. Lo zanjó bien Carlos Cortés en la (ya legendaria) primera frase de una novela: en Costa Rica no pasa nada desde el Big Bang. Lo sabés, no hace falta que te lo explique.
Gracias también por las fotos, S. Dan ganas de ir a esos ríos bordeados por ramblas, a los parques tapizados por las hojas secas de color otoño (el de las películas). Me gusta mucho la selfie de ustedes dos con la nieve atrás, parecen enterradas debajo de gorros, bufandas, guantes y abrigos. Recién casados, fui con mi ex esposa de viaje de bodas (reíte, sí) a los glaciares de la Patagonia, Perito Moreno y esos. La ropa para el frío la pedimos prestada, acordate que aquí no solo no necesitamos prendas específicas para cada estación sino que usamos las mismas camisas, camisetas, pantalones, enaguas, blusas y vestidos todo el año. “Sacar la ropa de invierno” es ir al clóset y sacudir el moho del paraguas. Me enerva que del trópico solo se dicen lugares comunes, la región horizontal del planeta secuestrada por la jerga publicitaria. Nunca o casi nunca se señala su esencia monótona, el ping pong lento de la repetición.
Es cómico ver las fotos de la nieve justo hoy que el sol y la humedad nos castigan con saña. Son las cuatro de la tarde pero nada ha cambiado desde antes del mediodía, los árboles parecen pinturas, no se mueve ni una hoja y el efecto-chicharras le sube un par de grados centígrados al termómetro. Uno transpira más cuando empieza el zumbido, ese sonido metálico en bucle que parece venir del pasado o del espacio exterior. Hipnotiza, o más bien atonta, un metrónomo idiotizante o algo así. Las chicharras son los grillos del calor.
Te escribo y me baja una gota fría de sudor por la espalda. Es una sensación falsa, me refiero a la impresión de que es una gota fría. No puede haber nada frío en este calor tiránico. Me sudan las manos en el teclado, perdón por el detalle innecesario pero quiero visualicés el momento y el entorno desde el que te escribo (supongo que no has olvidado este tipo de días). Quiero que lo visualicés así como a mí me quedó claro el tuyo, el de las fotos. La nieve, la primavera, las vacaciones, las árboles sin hojas, las ciudades ordenadas, los ríos limpios, las casas sin rejas, los parques con WiFi (te aseguraste de que saliera el rótulo en el borde de la fotografía).
No se escribe o por lo menos yo no escribo mails tipo cartas así de un tirón. Entre párrafos o media frase me quedo pensando, escarbando en la memoria, desenterrando vainas que reaparecen incompletas o borrosas. Te lo comento porque creo, y esto lo mastiqué un buen rato antes de decirlo, que la suma de esa excavación en el pasado lejano + el calor tórrido + la filarmónica infernal de chicharras me coloca en un punto donde, ya me conocés (o me conocías o conociste), no puedo censurarme: Internet en todo lado, sí, pero te tardaste 20 años en reaparecer y saludar. Ojo, digo saludar, apenas eso. No digo explicar motivos, pedir disculpas, dar señales de vida, nada que comprometa o incomode. Un saludo, un puto saludo, perdoná el énfasis.
Con la transpiración continua desde media mañana se alborotó ese olor particular de la ropa cuando no se secó bien, es decir el buqué de las prendas de la población entera de Tiquicia (salvo los que pueden darse el lujo de secadora). Sospecho que la ráfaga rancia sostenida me envalentona: hace 20 años viste la oportunidad para lanzarte de cabeza y hacer tabula rasa, volver a casilla uno. Y, quién soy para juzgar, era tu derecho, lo malo no fue eso, lo malo fue no volver la vista atrás ni un segundo. Te esfumaste así no más, como si hubieras crecido y vivido sola, como si no hubieras necesitado a nadie nunca y no hubieras alimentado vínculos de ningún tipo. No voy a hablar por los demás, no sé ni me importa si alguien te dejó pasar la desaparición violenta. Sí, S., son 20 años, dos meses y tres días, llevo la cuenta contra mi voluntad, me odio por eso. Apuesto a que soy el único pero ya dije que me valen verga los otros, me importa lo que pasó conmigo, la huida y el silencio glacial. Me metiste en el mismo saco de todo lo que querías olvidar para siempre, el saco que tiraste al Atlántico cuando lo cruzabas en la única dirección que te importaba. Porque, seamos honestos, a las oficinas latinoamericanas de la Fundación habrías ido para regresar de inmediato. Aquí vendría el comentario equilibrado y ecuánime de “está bien cumplir los sueños, vivir la propia vida y no las expectativas de los demás”, pero con solo escribirlo aumenta un hijueputa grado en el termómetro de pared. Aquí transpirado como chancho no es momento de ablandarme: lo que hiciste fue egoísta y cruel, una malparidez. Para no mencionar la polada provinciana.
Así es, S., querías olvidar el hedor de las calles, la falla estética y fisionómica que señalabas constantemente con otras palabras. Huías de la gordura de la pobreza, del mal gusto de la epidemia neopentecostal, de la música sin partituras, de la vida entre rejas y candados, de la inercia del pollo frito, de los codos resecos generalizados, de la estatura promedio, de los nuevos ricos cholos. Nada de eso me importa, la verdad es que coincido parcialmente, lo que no he podido ni voy a perdonar es que tu mutismo de dos décadas expresa con claridad que yo era y soy parte de todo lo que odiabas. Es cierto que nunca lo ventilaste así como lo acabo de enumerar yo, estoy poniendo palabras en tu boca. Ahora, decime si no es esto lo que había dentro de lo que, disimulando la gravitas, sí confesabas en sobremesas, barras de bares, fiestas, reuniones, paseos, días festivos, conversaciones casuales, incluso algunas veces después de coger, “quiero vivir en un país con cuatro estaciones”. Y, no lo negués, en tu cabeza se acotaba por supuesto a nación noreuropea; de preferencia, nórdica.
Desde mi ventana, abierta inútilmente porque lo de hoy es aire quieto, veo buena parte de lo que acabo de enumerar, a mucha honra digamos. O al menos sin disminuirme ni acomplejarme. Ticos y ticas estándar jugándose la integridad física al cruzar la calle —las camisas y blusas y vestidos tatuados en la piel, empapados de sudor—, indigentes buscando sombra en los árboles que siguen ahí —ignoramos cómo logran no envenenarse— en los costados del riachuelo mugroso que atraviesa el barrio, un riachuelo cuyos únicos organismos vivos son ratas muertas y fetos de ingeniero. El mismo riachuelo hediondo que pasa detrás de la casa de tu infancia y adolescencia, aunque eso ya no sea siquiera un recuerdo inconfesable, de fijo fue lo primero que borraste con fuego.
Acabo de poner el ventilador en dirección a la cara y otro debajo del escritorio para refrescarme los huevos, la putamadre. Quisiera estar en horario de clases para poner en 15 °C el aire acondicionado del aula. Mierda, la verdad es que llegado a este punto no tengo por qué aparentar nada con vos, no trabajo en el instituto desde hace tres años, ¿y qué? Me fui en la tira con varios colegas por un incidente nunca esclarecido de filtración y venta de exámenes. Una tarde de septiembre, sin previo aviso, no me dejaron ingresar al edificio, me entregaron por el portón apenas entreabierto una bolsa con los libros, carpetas, lápices y marcadores que tenía en el escritorio. Despedido en pleno invierno, como en las películas malas. Así, bolsa plástica en mano, caminé de regreso a la casa debajo de un diluvio del Antiguo Testamento que parecía pagado por los directores del instituto. Te estarás preguntando cómo me gano la vida, sentate, soy chofer de Uber en carro alquilado. Lo que no es exactamente ganarse la vida pero más abajo solo está la delincuencia común o la venta de droga al menudeo, y no tengo ni la edad ni los cojones (principalmente lo segundo) para tales emprendimientos.
Sí, estoy a un paso de ser beneficiario de la caridad (dejémonos de eufemismos) a la que se dedica tu Fundación, bueno la Fundación para la que trabajás, la que te permitió convertir tu sueño en realidad. La Fundacioncita pedorra de nórdicos altos y rubios y políglotas que tienen ropa para las cuatro estaciones y nombres propios para cada estación, nombres que nosotros, incluida vos, aprendimos de libros, canciones y películas. Invierno, primavera, verano, otoño.
Acabemos con la farsa, lo sabemos bien, vos, yo y hasta el más limitado en este valle de lágrimas, si lo que voy a señalar no es el origen de la derrota, se parece mucho: no llamamos a las cosas por su nombre. En este lugar, el lugar donde naciste y creciste con vergüenza, no existe el verano y no existe el invierno. Es El bello verano de Pavese pero hueco por dentro, el falso verano. Dichos entre nosotros, dichos acá, invierno y verano son términos aspiracionales, arribistas. Los usaste vos antes de amputar la parte de tu vida que transcurrió aquí, los uso yo, los usan los periódicos, los funcionarios, los oligarcas, los creyentes, los atletas, los subalternos, los vegetarianos, menores de edad, los politoxicómanos, la familia política, los ciegos, la fucking policía. Nos degradamos a voluntad.
Lo cierto es que vivimos año tras año tras año la alternancia rígida de estación seca y estación lluviosa. Punto. Época seca y época lluviosa, si se quiere un gesto lírico. Ni siquiera distribuidas en partes iguales, no seis meses de estación seca y seis de estación lluviosa. De lo bueno, nos toca lo malo. Tres meses de época seca y nueve de época lluviosa. Lluvia de techos de dos aguas, no se conoce otra forma de defensa. A la humedad, en cambio, sí la llamamos por su nombre, como en este momento mismo en que te escribo: ¡qué humedad de las cienmilputas!
No llamamos a las cosas por su nombre, por ejemplo decimos te fuiste en lugar de decir nos traicionaste, vendepatrias. Como decíamos somos mejores amigos en lugar de me estás usando, malparida.
Es raro sentir de pronto, sumergido en este clima humillante, algo que otro definiría como iluminación o revelación. Es como si llegando al pico calor extremo y humedad enemiga se disipara la neblina del pensamiento. Solo así puedo explicar lo que me acaba de golpear como rayo en la cabeza 20 años después: lo que percibí diferente en Sara aquella tarde mientras reaparecía de debajo de la toalla, se me revela ahora, fue una mezcla de facciones, gestualidad y mirada que no eran de la niña de unos minutos antes sino tuyas. Presencié el momento, cercado por la estación lluviosa, en que Sara dejó de parecerse a su padre —invisible desde el parto— y se mimetizó con vos, su madre. Hasta donde sé, en todos estos años ella tampoco movió un dedo ni de adolescente ni de joven adulta para retomar contacto con tu familia, cosa que habría hecho cualquier ser humano normal. Malinches, cipayas, escogé uno, aldeana.
Las aspas de los ventiladores parece que cortan rebanadas de aire caliente. Bochorno. Eso, las chicharras y las sirenas lejanas de ambulancias o patrullas no están ayudando.
Veo borroso, se me activa lo hipertenso por tantas horas de calor y hay que decirlo también por tu puta carta, el tono natural y fresco de psicópata retorcida, la fotos de ustedes en las cuatro fucking estaciones ay sí con la indumentaria correspondiente, se oyen más cerca las sirenas enloquecidas de ambulancias seguro van por víctimas del golpe térmico de hoy el escándalo solo alimenta el hornazo me consume por dentro a mí no vas a restregarme como éxito tu vida de vendepatrias realizada hija de la granputa aspiro lava y exhalo fuego y la verdad que la cipaya de tu hija se meta bien en el culo las canciones de cuna que canté y las rayitas en la pared mientras crecía no se te ocurra bruja de mierda escribirme nunca más despreciable malnacida perversa orejona narcisista traidora perra entregada socialdemócrata de monarquía ajena esnob se nota el botox en las fotografías verano otoño invierno sobre todo primavera alienada devolveme 200 dólares qué imbécil di para ayudar te ibas abandónica fría servil arribista tapa-baja farsante qué te crees lameculos calculadora superficial resentida falsa modesta
gorda
la ambulancia paramédicos timbre
deseo te nueve meses de lluvia mala este calor corrompe desquicia. humedad.