«Son muchas las formas en que, según la época y el discurso, se ha querido considerar la locura, y es que parecería que ninguna definición alcanza. Estar frente a ella descoloca, vivirla sin duda debe ser mucho más insoportable; quizá por eso cuesta tanto nombrarla. Y, sin embargo, no cabe duda de que se trata de algo tan presente en la historia de los seres humanos que podríamos pensar que forma parte de su tejido más íntimo, casi como si fuera una característica latente de humanidad»
POR ANA NEGRI

Pecado, posesión divina —o diabólica—, enfermedad o condición. Son muchas las formas en que, según la época y el discurso, se ha querido considerar la locura, y es que parecería que ninguna definición alcanza. Estar frente a ella descoloca, vivirla sin duda debe ser mucho más insoportable; quizá por eso cuesta tanto nombrarla. Y, sin embargo, no cabe duda de que se trata de algo tan presente en la historia de los seres humanos que podríamos pensar que forma parte de su tejido más íntimo, casi como si fuera una característica latente de humanidad. Volver a leer Mejor desaparece, la primera novela de la escritora mexicana Carmen Boullosa, es aceptar esa presencia incómoda, pero no desde el lenguaje clínico ni desde la condescendencia que aparta y se deslinda de lo extraño, sino desde el registro cercano, íntimo y familiar de una casa que se desordena.
Mejor desaparece se publicó por primera vez en 1987 y entró a formar parte de una larga tradición de obras que se preguntan y exploran alrededor de la locura y su representación. Eurípides la hizo irrumpir como furia divina que desgarra familias enteras; Shakespeare la convirtió en un espejo oscuro que refleja la ambición o el duelo; Quiroga mostró sus desgarros desde la naturaleza y la enfermedad; Charlotte Perkins la encerró en un cuarto empapelado y así mostró cómo podía incubarse en lo doméstico; Elena Garro y Sylvia Plath la ligaron a la experiencia femenina y a la imposibilidad de conciliar deseo y mandato social; más recientemente, Han Kang la actualizó como una herida contemporánea atravesada por el silencio. Cada una de estas personas, desde su tiempo y sensibilidad, encontró una forma de traducir en palabras algo de ese difícil nudo —o más bien ese desgarro— de la experiencia humana.
En ese mapa diverso (aunque de ninguna manera exhaustivo), tal vez el diálogo más estrecho para la novela de Boullosa se dé con Kafka y su Odradek, ese intruso complejo y a la vez insoportable de la esfera familiar. Lo perturbador en «Preocupaciones de un padre de familia» es, sobre todo, la presencia y permanencia de esa criatura tan difícil de definir, como sucede también en Mejor desaparece, sólo que, en este caso, ni siquiera es necesario tratar de describir eso que se instaló en el padre y habitó la casa entera. Está ahí, irrumpió y no parece que vaya a irse pronto.
La novela arranca con la crisis del universo en que se inscribe la anécdota: un hogar que se tambalea por la muerte de la madre y por el daño en el padre que genera esa pérdida irrefutable. El pasaje inicial es claro:
«Entró corriendo a la casa, ruidoso, alborotado, a punto de estallar, y lo oímos y sentimos antes de que empezara a dar los gritos horrendos que todos conocimos tanto y que él jamás repetiría. Entró como un niño, salvaje, alterado […] sin poder contener la excitación que le causaba traer consigo eso, y en cuanto empezó a gritar y a berrear, todos, todos corrimos a su presencia».
Este desajuste que aparece como inicio violento no es sólo la entrada de un personaje en la narración, sino el testimonio de la irrupción de una falla en el orden doméstico. Desde la perspectiva de la tragedia griega, este comienzo implanta un desequilibrio que anuncia desgracia. El padre, en adelante, va a actuar llevado por eso que lo habita a él, sí, pero que no se agota en él sino que alcanza también a los demás. En la tragedia, el daño de uno solo basta para arrastrar a la comunidad entera. Por eso, cuando «todos corren a su presencia», no podemos sino anticipar que el resto de la familia estará envuelta en eso ahora que el padre lo ha traído al hogar.
Así es como aparece nombrado, por primera vez, aquello que inicia el relato de una familia sólo para terminar con ella. Eso sirve como punto de partida hacia la narración de la deconstrucción de cada uno de los sujetos involucrados en el texto. Eso se propaga de cuerpo en cuerpo y sus huellas quedan, indelebles, en cada una de las páginas de Mejor desaparece.
El terreno donde eso planta su semilla es el padre, quien, ya viudo, queda al frente de la familia. Esa semilla crece, irrumpiendo en el orden del hogar y en la dinámica, cualquiera que esa hubiera sido, que habitualmente se seguía. Una de las primeras muestras de afectación es el cambio de nombres. Los hijos van a dejar de llamarse como antes para llevar los nuevos nombres, todos en función de las plantas que brotaron de aquella pepita: Orquídea, Dalia, Margarita, Azucena… A primera vista, parece un gesto menor, tal vez, incluso, un chiste de mal gusto ese del padre que decide reemplazar los nombres de sus hijos por los de distintas flores. Sin embargo, la novela nos muestra que este es sólo un primer paso en la línea de la errancia porque nombrar es fijar un lugar en el mundo y perder el nombre es perder la marca que permite volver a casa.
De hecho, no será por mucho tiempo que mantengan estos nuevos nombres porque la novela no se trata de una transformación, con lo que nos confronta es con una carrera más bien desenfrenada hacia la pérdida de la identidad. Las flores se marchitan rápido. Lo que sigue es la errancia, en la que cada uno de los personajes, comenzando por el padre, parece olvidarse de sí y de su lugar. No pueden volver ni a sus vidas ni a su idea de hogar, porque tampoco pueden volver a pensar como pensaban. Este es quizá uno de los hallazgos más excepcionales de esta novela breve y es que presenta, con algunas marcas muy puntuales, la locura como vagabundeo, como errancia, y es precisamente el «error» lo que conduce a la hija y narradora a desear «que eso se reproduzca» y a querer adoptar «un eso para [su] uso exclusivo».
En la novela, eso disuelve a todos los habitantes de la casa al punto de reducirlos en «Aquel de quien ya olvidamos su nombre» (el padre) y «aquello que les venga en gana» (los hijos). El lenguaje ya no sirve para nombrar, sino apenas para designar lo informe. Esa disolución nos evoca de nuevo el eco kafkiano. En «Preocupaciones de un padre de familia», el narrador, frente al Odradek confiesa que «uno se sentiría tentado a creer que este ser tuvo en otro tiempo alguna especie de forma razonable, y ahora está roto. Pero no parece ser el caso». Y es que lo que eso genera, a la larga, es la descomposición de los sujetos a tal punto, que en muchos casos cuesta recuperar las trazas de un orden anterior, antes del quiebre suscitado por eso. Boullosa dialoga con esa idea para ir armando a lo largo de la novela, el recuento de la disolución.
La figura de la madre, presente por ausencia, es decisiva. «¿De qué murió? Nadie nos lo ha dicho […] Lo que sé es que la naturaleza de su muerte es contagiosa porque nos ha arrebatado vida a todos y lo seguirá haciendo a través de los siglos». La ambigüedad de esta muerte da lugar a sospechar que eso ya estaba presente antes, incubado en la familia, y que la falta de la madre tras su muerte es lo que lo hace brotar. El duelo no puede completarse porque se quiebra la unidad que debería pasar por ese proceso, de modo que eso parecería haber llegado fagocitarlo todo.
Hasta acá, hablamos sólo de la primera parte de las cuatro que integran Mejor desaparece. Durante esta sección inicial, la narradora nos da todas las claves para entender la expansión de eso, tanto vertical como horizontalmente. Pero el efecto no proviene únicamente de la anécdota: Boullosa construye la tensión con recursos precisos. La repetición insistente de eso, la omisión de nombres, y la intrusión de lo extraño en lo cotidiano crean una atmósfera de tensión que configura el tono y los modos de esa vida doméstica sin necesidad de más explicaciones. Mientras tanto, eso sigue floreciendo, arraigándose cada vez a mayor profundidad y cada vez serán más los que sean invadidos por eso. De hecho, más avanzada la narración, el padre llega a tal punto que desconoce a sus hijas, al parecer, con miras a una nueva vida con «la chamaquita» y son ellas, al descubrir que su jardín silvestre está siendo preparado para levantar una edificación en él, quienes toman conciencia de que la vida como la conocían ha terminado.
En las siguientes secciones, la novela plantea otras cuestiones complejas que comienzan a manifestarse a medida que eso se desarrolla. Así, por ejemplo, encontramos un nuevo personaje que se hace llamar El Caballero. Este hombre, aparentemente desconocido para las hijas, es, sin embargo, un desdoblamiento del padre, la forma que él adopta para esconder su vergüenza. Boullosa no se aparta de ese asunto que en muchas ocasiones puede resultar delicado o ríspido; por el contrario, lo confronta sin pudor, sin aflojar el tono de la narración y sin dejar caer la tensión que se ha ido gestando. Mejor desaparece no aborda la locura como un asunto a describir, sino como acción; es a través de lo que hacen los personajes que eso se hace visible. Tanto, que no va a ser necesario nombrarla. A lo largo del libro se usará eso para hacer alusión a la locura y a todas las complejas manifestaciones de ella, no como eufemismo, sino desde la función de un sustituto vacío que contiene la imposibilidad de referir, sin restringir, aquello que irrumpe en la vida de los personajes.
Una de esas manifestaciones, tal vez la más contundente, es el desconocimiento del padre hacia sus hijas y la aparición de El Caballero, quien es capaz de guardar las apariencias y, al mismo tiempo, encarna la imposibilidad de reconocer a sus hijas y a eso. A tal punto llega que envía a las hijas a una casa del centro de la ciudad donde su pasado, su rostro y la posibilidad de reconocerse se borran, aparentemente porque «no saben darse a amar». Pero la novela sugiere otra posibilidad y es que el padre vea en sus hijas un reflejo de su propia condición, lo que le impide amarlas. La narradora nos permite percibir que sus propias hijas funcionan para él como constancia de su locura, lo que no puede generarle más que rechazo y distancia.
El tiempo pasa, pero eso no pierde vigencia. Las hijas, aunque mayores, siguen atrapadas en un sinsentido difícil de desentramar. El padre, por su parte, aparenta llevar una vida ordenada, pero sigue en la absurda dinámica del principio y se mantiene firme cuando se trata del desconocimiento de sus hijas. En contraste con esa continuidad, la alusión explícita de eso desaparece, lo cual no equivale a su desaparición real. De hecho, esa falta de mención no hace sino consolidar, como en su momento deseó la narradora, la reproducción de eso.
De hecho, Berta –quien podríamos suponer es la chamaquita– es quien pone los puntos sobre las íes. Retoma eso, lo hace constar y le devuelve el peso que merece:
«No, no, no, no. Dirán lo que quieran (que ya crecieron, que ya no viven bajo el mismo techo, que la historia ya no tiene para ellos sentido alguno) pero no podrán engañarme; están como en la primera escena, parados ante eso sin poder explicárselo, asustados, aterrados, destruyéndose en segundos».
El testimonio de Berta termina por consolidar toda la maquinaria familiar de vergüenza y silencio. Ella, que entró en la familia desde afuera y que es quien menos ha convivido con eso es la que reconoce lo que los demás ya no pueden nombrar. Ella, que en un principio se mantenía ajena a eso, irremediablemente se lo topó. Es más, en su mismo testimonio reconoce algo de eso en su discurso, lo que la lleva al deseo de borrarse: «mejor desaparece», se dice.
En la tragedia, volver a casa es volver a la cordura, al sano juicio, mientras errar deriva, tarde o temprano, en la locura. En Mejor desaparece, el padre se enfrenta a una pérdida tan tremenda con la muerte de su esposa, que no consigue procesarla. Por eso, es posible que en aquel momento primordial, cuando no logra entrar a su casa —por algo en apariencia muy cotidiano y para cualquier otra persona tal vez inocuo— el padre se vea confrontado, en ese mismo instante y por primera vez, con la muerte de su esposa como un hecho irrefutable. Algo del funcionamiento de la casa se vuelve insoportable entonces cuando lo mira de fuera, cuando le es imposible entrar y entonces aparece eso.
Eso que solemos llamar locura y que tiene tan diversas connotaciones en nuestros tiempos, muy pocas veces remite a esta sensación de desolación precisa que Boullosa logra evocar en esta novela. La locura no se describe ni se explica, se construye desde la palabra eso y desde la soledad a la que conduce ese sustituto vacío aislante. Con esta novela, Carmen Boullosa desafía la idea del lenguaje como imagen de orden para responder al desorden que se instaura en los personajes, en la familia y en cada rincón de la casa. Mejor desaparece encarna la fragmentación y la descomposición propias de este fenómeno, mientras los personajes, vueltos hacia sí mismos, pierden noción del mundo externo; el lenguaje —su manera de nombrar, de organizar la experiencia— se fragmenta junto con ellos.
Mejor desaparece dice lo indecible sin diluirlo, da lugar a la fragmentación sin explicarla y deja que eso se manifieste en la narración. Así que leer esta novela nos pone a tono con las verdaderas dimensiones de una de las más grandes tragedias humanas: el encuentro o convivencia con eso que desordena, desgarra y persiste, probablemente, desde el comienzo de la humanidad. La tragedia en Mejor desaparece es la presencia de eso, por lo que me cuesta imaginar que alguien pueda acercarse a esta lectura sin sentir al menos el roce de la angustia que la novela encierra.