POR JULIETA CORREA

De mi casa al trabajo hay cuatro kilómetros que, según el contador de pasos del celular, que miro como a las instrucciones para hacer un conjuro, se recorren en cinco mil pasos. Por mi ritmo cansino o, si estoy de mejor humor, lánguido, puedo hacerlos en una hora. Trato de que sea todas las mañanas y algunas tardes. No siempre lo cumplo; en general no cumplo con lo que me propongo así que no me inquieta.

En el camino miro los edificios de este barrio antiguo —lo que se dice observar— y el piso para no caerme: las baldosas están en malas condiciones; esta parte de la ciudad está descuidada y sucia. Además, leo. Es cierto que me gusta la imagen de mí misma leyendo por la calle Montevideo, pero no solamente. Lo hago para ganarle algunos minutos al día de trabajo y al celular. A eso que ocupa lo mejor de mí y lo peor, pero todavía no lo ocupa todo. Los ojos, que son dos, sirven para mirar una sola cosa.

A veces sí agarro el celular y quiere decir que estoy dentro de un texto. Que estoy en esa especie de vida paralela que es escribir. Es mi máxima aspiración. A veces pasa y a veces no, y no tengo del todo claro de qué depende. Tengo varios archivos de drive simultáneos. Todos me interesan, pero me tambaleo entre ellos. Mi diario, el texto tal, aquel otro, el desechado que de pronto se me vuelve imprescindible.

En una entrevista disponible en internet, una Natalia Ginzburg en blanco y negro, con la expresión seria que puede dar la timidez, dice que existen dos tipos de escritores. Los felices: su fantasía se mueve libre llena de vitalidad y sangre. Y los otros, los tristes, que no levantan los ojos de sí mismos, no pueden imaginar y escriben de lo que tienen dentro.

Todo me parece posible. Escribir sobre algo por fuera de una como una manera de entusiasmarse, de imaginar. Escribir sobre algo dentro de una como una forma de pensar, de enredar y desenredar, de hacerse compañía. Como siempre que hay opuestos, existe también todo lo que está en el medio. Me gusta pensar que, además del trabajo, el tiempo y el talento, la escritura tiene que ver con el estado de ánimo.

Por lo demás, para escribir, no tengo horarios, ni rituales. No me preparo antes un mate, no pongo ni saco una canción; no uso una lapicera especial ni ajusto el brillo de la pantalla. Donde sea que esté, con la computadora o el celular, abro el archivo. Vuelvo a leer. Repaso las partes nuevas, corrijo una pavada y, si me agarran dudas, releo lo que me gusta especialmente. Ah, esa era la voz. Esa es una frase. Sigo. Separo las escenas, ideas, días con asteriscos. Me detengo en detalles, como agregar palabras y cambiar frases de lugar. Como si eso fuera escribir, que lo es, como si eso fuera importante. Quizás me gusta porque no es importante y es posible, y tengo la paranoia de que las grandes cosas me tomen por completo.

Al mismo tiempo, leo. Con la cabeza en el archivo todos los libros parecen conversar con él. En general trato de alejarme de mí, puedo ser enredada y solemne. Por eso, para escribir, me gusta leer a personas que escriben mejor y con más ambición que yo. Encontrarlas me resulta facilísimo. Es algo sutil. Leerlas me produce, de mínimo, el efecto de sentarme derecha, bajar los hombros, mejorar la postura. También me gusta leer libros con gracia, diría graciosos, que es menos común. Libros que me hacen reír en general, sean del tema que sean, no necesariamente del que me compete (si es posible hablar de temas en literatura).

Cuando una frase me llama la atención, me parece importante o bella, se mete dentro del texto que estoy escribiendo y tengo que frenar y transcribirla rápido. Pongo un asterisco, transcribo la frase: «La memoria está fuera de nosotros», de Los años de Annie Ernaux. Otro asterisco, cierro el archivo, sigo leyendo.

¿O dice «está dentro»?

Un momento preferido es cuando estoy tan tomada por las palabras que releo el archivo cuando me desvelo o cuando tengo un momento de espera en un trámite, o subiendo en el ascensor en el trabajo, o antes de pagar la ensalada de pollo que como más veces de las que me gustaría. El chico de la caja me da la bolsa y yo lo miro un poco alienada, como estoy siempre, pero no por mirar tiktok (que igual no miro, porque soy vieja) o por el algoritmo de twitter, sino por estar metida en ese mundo donde habitan otras personas y otras prioridades y tardo un segundo de más en entender a dónde tengo que transferir.

Cada vez que abro el archivo me parece flojo y cuando lo dejo me parece que mejoró. No era malo y ahora es bueno, pero en el medio se produce un cambio. Me voy del archivo un poco más feliz que cuando lo agarré, aunque a veces haya sido un golpe de realidad de mis propias limitaciones. Me gusta reescribir, corregir, volver a leer. Quedarme mucho tiempo en el mismo texto. Quizá por eso me gustan más las novelas que los cuentos. Me gusta que los personajes y el clima, y esa cosa misteriosa que es el estilo, se queden conmigo todo el tiempo posible.

Me gusta escribir para recordar, esa función de las palabras. Como hacer una foto de lo que pasó y de lo que no pasó. Escribo para sostener mi versión, para ganarle al recuerdo de los otros. Todo recuerdo es encubridor, dice mi padre que decía Freud, cuando estamos sentados a la mesa. Es muy de acá escribir «padre» y «Freud» en un texto sobre la vocación. A veces escribo escenas para sacarme la humillación, pero cuando lo hago sé que escribir también es una manera de pensar más profundamente.

Además, salva. Estoy segura de que escribir me salvó de la tristeza total y del encierro. Creo que la intención de escribir lo transforma todo. Como todo lo que tiene un sentido y es, a falta de una palabra mejor, un proyecto. El problema es sentirse obligada a volverlo productivo. Dejar las redes sociales para hacer una nota, cursar un embarazo con la esperanza de hacer un diario, tener una historia de amor, viajar, leer un libro de tres mil páginas (aquel).

Contra eso, existe la rebeldía, la irresponsabilidad, la fiaca. Querer escribir y no hacerlo. Tener una buena anécdota y dejarla pasar. Incluso: dormir una siesta. La escritura es una combinación de entusiasmo por las cosas (la vida) y fiaca. No se me ocurre nada mejor.