POR ELIOS MENDIETA

El escritor Kirmen Uribe.

Greenwich Village es un seductor barrio bohemio de Manhattan. A la vera de su reconocible arquitectura han emergido varios de los más notorios músicos, pintores o escritores desde mitad del pasado siglo. Jack Kerouac o Allen Ginsberg, de la Generación Beat, se citaban en la Eighth Street Bookshop, una librería mítica de los años cincuenta y sesenta. Más de medio siglo después, la librería ya no existe, y en su lugar se ubica Stumptown Coffee, colindando con Washington Square, donde puede degustarse un delicioso café de especialidad. Como nos enseñó Roland Barthes, todo espacio puede ser también un discurso, y la famosa cafetería ha sabido conquistar esa aura artístico y cultural del antiguo negocio y de la zona, lo que provoca que no siempre sea sencillo encontrar en su interior un espacio libre.

No es raro, de este modo, que el local sea el lugar escogido para la cita por el escritor Kirmen Uribe, cuyo entusiasmo por la literatura, y el arte en general, es contagioso. Es un sitio que conoce a la perfección, ya que ejerce como profesor en la New York University, ubicada en torno a Washington Square, cuyo arco imponente recordará todo cinéfilo que piense en el opening de Manhattan, de Woody Allen, mientras suena de fondo la Rhapsody in Blue de George Gershwin; o que veía desde su estudio de la referida plaza el más fascinante de los pintores realistas norteamericanos de la pasada centuria, Edward Hopper.

Uribe se hizo un hueco en el panorama literario en castellano tras el gran éxito que cosechó su primera novela, Bilbao–New York–Bilbao, aparecida primero en euskera en 2008 y, tan solo dos años después, en español, conquistando el Premio Nacional de Narrativa. Ya en el título queda claro lo importante que es el desplazamiento en su idiosincrasia creativa, la idea del tránsito y del movimiento casi perpetuos como vías de innovar y que el arte literario no se quede anclado. Quizás por esto se considera cercano a escritores que tienen esa misma afinidad temática y que han sido o son grandes caminantes, desde Robert Walser hasta Cristina Rivera Garza, sin olvidar a W. G. Sebald. Del autor de la inolvidable Austerlitz se confiesa un apasionado admirador: «Sebald es el Duchamp de la literatura».

Resulta interesante acercarse a la obra del escritor y docente nacido en Ondárroa desde la idea de fuga: no tanto como una constante o errática escapada, sino como una huida benigna en pos de no anclarse y tomar distancia con lo cotidiano y reiterativo. Su idea de la literatura, comenta, se asienta sobre estas «huidas»: huir de lo pedagógico, huir de los personajes planos, huir de una escritura anquilosada. Se trata de abrazar el punto de fuga, donde lo literario innove desde lo formal y se ponga el acento en cómo contar y no tanto en el qué, al tiempo que se instaura una suerte de «subjetividad honesta» donde la ficción sea la mejor aliada para narrar una historia que parte de hechos reales. Es algo que desarrolla en clave práctica, en sus textos publicados, y sobre lo que también reflexiona desde la teoría, en las clases que imparte. «Me gusta partir hacia la ficción; no quiero tanto contar lo que pasó como que haya una fuga a la ficción. Juego con el material de archivo para que se produzca esa fuga, y por eso no me interesa tanto ni la ficción pura ni la no ficción pura», explica el profesor del Máster de Escritura Creativa de la NYU.

Al escritor le seduce la literatura desde una perspectiva lúdica que escape de cualquier anquilosamiento y que pueda establecer un diálogo entre disciplinas no antagónicas, como la historia y la memoria. En Bilbao–New York–Bilbao se narra el vuelo que el narrador hace entre la ciudad más poblada del País Vasco y el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. El desplazamiento es una mera excusa para que el personaje reflexione sobre sus recuerdos familiares, a través de tres generaciones, visitando el archivo y conviviendo con esos muertos que habitan la identidad del escritor y que son los fantasmas familiares. Al investigar el pasado se descubre que este está lleno de silencios. Sin duda, como también se observa en sus novelas posteriores, a Uribe lo que le interesa es lo que ha quedado fuera del relato. Existe una poética de lo espectral en su trabajo, una suerte de ontología de la ausencia. Así lo expresa: «El fantasma, en mi obra, es lo que no se ha contado. La no transmisión. Y aquello que no se cuenta deviene en violencia. Siempre me ha obsesionado saber cómo ocurrieron las cosas y por qué se ocultaron. En Bilbao–New York–Bilbao el fantasma es también el abuelo, que nadie hablaba de él porque era un personaje muy incómodo. Me pregunto qué peso tiene ese silencio en las generaciones posteriores, de las que formo yo parte».

Su siguiente novela, Lo que mueve el mundo, llega a las librerías en 2012, y en ella vuelve a repensar los códigos temáticos propios de su narrativa, como la memoria, el exilio o el duelo. Como beneficiario de una beca en la residencia de artistas Headlands Center for the Arts, Uribe la escribió en Sausalito, una pequeña y preciosa villa californiana de menos de diez mil habitantes, repleta de galerías y casas solo aptas para millonarios, a la que se llega tras cruzar el Golden Gate, y desde cuya línea costera se puede disfrutar del resplandeciente skyline de San Francisco. Un lugar fantástico para inspirarse y contar la historia del escritor belga Robert Mussche, quien, mientras se desarrollaba la Guerra Civil española, acogió a una niña vasca en su casa de Gante, en 1937. El interlocutor de la historia que cuenta el escritor desde el presente es, por lo tanto, un muerto. Reconoce Uribe que en su escritura busca una práctica de duelo, ya que recordar evita la desaparición absoluta. A través de la voz de Mussche, quien fuera poeta y traductor de Federico García Lorca, el escritor articula sus reflexiones, dándole un gran calado metaliterario a su novela.

La contienda española iniciada en 1936 vuelve a estar en el centro de su tercer texto novelístico, La hora de despertarnos juntos. Aquí es Karmele Urresti, una enfermera vasca exiliada a París, la figura recuperada. De nuevo se constata que los sujetos que reconstruye son, también, una manera de llevar el relato hacia la recuperación de cierta memoria colectiva que ha permanecido silenciada. El juego con el tiempo es otro de sus mandamientos creativos, el propósito de romper constantemente con los desarrollos lineales. Ello se observa también en La vida anterior de los delfines, aparecida en euskera en 2021 y dos años después en español. Escrita en Nueva York – donde reside desde 2018, el mismo año en que consiguió la prestigiosa beca Cullman de la Biblioteca Pública de NY–, posee una factura experimental aún mayor. Confiesa que, aunque trabaje los códigos siempre presentes en sus libros, la nueva masculinidad es el gran tema que atraviesa su cuarta y última novela hasta la fecha. En la majestuosa biblioteca ubicada junto a Bryant Park se topó con un libro inacabado sobre una sufragista húngara que trató de parar la I Guerra Mundial, Rosika Schwimmer, y su vida acabó siendo fundida en el libro con la del propio narrador.

Desde entonces, sus lectores esperamos su próxima novela, cuya escritura tiene en marcha y que compagina con la preparación de las clases universitarias y su participación en otros tantos proyectos. Es un autor polifacético que también ha publicado libros de poesía, textos ensayísticos, colaboraciones en revistas como The New Yorker o el libreto de la ópera Saturraran, estrenada en 2024 en el bilbaíno teatro Arriaga. Uribe parece haberse mimetizado bien con el trajín de la capital del mundo, y se despide mientras encara el camino al metro confesando lo feliz que le hace vivir en la Gran Manzana: «Me ayuda vivir aquí. Pese a ser una ciudad tan loca, tengo tiempo para pensar en esta ciudad». Quizás, en Nueva York es donde está el particular punto de fuga de Kirmen Uribe.

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