Hace un año fue la última vez que hablé con él. Me contó varias anécdotas con un hilo de voz. Me preguntó si aún no sabía griego, si recordaba el latín y, al terminar nuestra larguísima conversación, se rio y me dijo: «La clase ha sido larga, ¿eh?». Para muchos de nosotros no fue lo suficientemente larga.
El narrador y crítico de cine Naief Yehya resume así su relación con el magisterio de Huberto: «Tuve la enorme fortuna de contar con la confianza, amistad y severidad de Huberto. Uno aprende de muchos en este negocio, pero sólo puede ser el producto de la imaginación de un solo gran maestro y nunca tendré un orgullo más grande». Yo podría firmarlo también.
NO SE OLVIDA
Con motivo de la muerte de Huberto Batis, aparecieron en la prensa y en las redes sociales muchas muestras de condolencia por el deceso de nuestro maestro. En un tuit de Rafael Cabrera, biógrafo de Elena Garro, recordó que fue Batis «el único intelectual que acudió al funeral de Elena Garro, el 22 de agosto de 1998. Todos los demás le dieron la espalda. Ahora él murió el mismo día que ella, veinte años después».
Efectivamente, ese 22 de agosto se cumplían veinte años de la muerte de la escritora mexicana más importante del siglo pasado. Descrita por Jean-Clarence Lambert como una «apparition poétique, comme seuls, sans doute, les pays foisonnant de colibris et de serpents peuvent en produire», tanto el centenario del nacimiento de la autora de Los recuerdos del porvenir, dos años antes, como el vigésimo aniversario de su muerte han sido conmemorados con muchas más ediciones de su obra de las que ella vio en vida.
¿Por qué fue Batis el único en asistir al funeral de Garro? Como ha sido ampliamente documentado por los biógrafos de Paz y Garro, así como por los estudiosos del movimiento estudiantil mexicano en 1968 —que este 2 de octubre, fecha de la matanza en Tlatelolco, cumple cincuenta años—, con sus distintos matices, sabemos que Garro era una defensora de las causas de los comuneros del estado de Morelos, una anticomunista declarada que había sido informante de la CIA (sin saberlo ella misma) y una aliada ferviente del político Carlos Madrazo, miembro del Partido Revolucionario Institucional, pero crítico del sistema. Garro sentía adoración por Madrazo, quien murió en un extraño accidente aéreo en 1969 que levantó la sospecha de todo el país.
Pero en 1968, cuando aún no ocurría ni la muerte de Madrazo ni la represión estudiantil, madre e hija —invitadas por Carlos Monsiváis, el 14 de agosto— estuvieron presentes en una reunión de intelectuales en el auditorio Justo Sierra de ciudad universitaria donde, cuenta Monsiváis, Garro provocó un escándalo después de tomar la palabra y decir que los intelectuales eran «unos oportunistas, pancistas unos, le tienen miedo a perder la chamba, adoran el huesito». No fue el único escándalo en aquella reunión; tras ese desaguisado y cuando Monsiváis ya había conseguido que se pasara para otra sesión el debate sobre la «mafia» de Fernando Benítez, los poetas se empezaron a pelear, pues Jaime Augusto Shelley acusó a otro de los poetas de no rendir cuentas sobre el dinero que ingresaba en la cafetería, a lo que el bardo respondió que ésos eran «melindres burgueses» y que había usado el dinero para comprar libros de Neruda e imprimir versos para la causa.
Los poetas del 68 fueron, no obstante, una especie de voz crítica y, al mismo tiempo, de faro moral, pero fue uno de ellos, Paz, quien concentraría la atención pública tras la difusión de su poema «México: Olimpiada de 1968» y de su carta de renuncia al Comité Olímpico, que Monsiváis leyó y releyó «con euforia», cuando llegó la misiva a la redacción del suplemento México en la Cultura: «Unas líneas se transformaron en santo y seña de intelectuales y artistas: “Si una nación entera se avergüenza, es león que se agazapa para saltar”. […] Se elogia incansablemente a Paz, profeta en su tierra, con razón, porque ¿cómo es posible que en una burocracia gubernamental de cerca de tres millones de personas sólo una renuncie?».
El poema de Paz, en realidad, había sido escrito días antes de la represión en Tlatelolco. En el Instituto Smithsoniano que resguarda la correspondencia del poeta con su gran amiga, la crítica de arte Dore Ashton, se encuentra una carta del 2 de septiembre donde el poeta le narra que, mientras leía en un periódico indio una breve noticia sobre los tanques en el Zócalo de la Ciudad de México, había recibido una misiva de ella con fotografías de los tanques en Praga y Chicago. «The same Tank everywhere. My commentary is the little poem that I send now. I wrote it the same day». Ese breve poema no es otro que el conocido por todos y que Paz publicó después de la matanza de Tlatelolco.
Es extraño que Monsiváis y, más tarde, Jorge Volpi —«La parte central del poema, escrita en itálicas, resume la sensación de los mexicanos por las muertes de Tlatelolco. La ira individual se transforma en vergüenza pública, en honte por haber permitido la masacre, por haber hecho nada por impedirla. Sin embargo, el león que se agazapa parece dispuesto a saltar, a revelarse en cualquier momento», La imaginación y el poder (1998)— no hayan advertido que las líneas en cursivas eran, en realidad, una cita de Marx tomada de una famosa carta dirigida a Arnoldo Ruge y no un énfasis de Paz, según mostró Guillermo Sheridan. Sin embargo, la frase se quedó grabada entre los estudiantes e intelectuales del movimiento, los mismos que quizá habrán leído también «El complot de los cobardes», artículo de Elena Garro publicado el 17 de agosto de ese año en la Revista de América. Ahí se habrán asombrado quizá al leer las palabras de quien aseguró que en todo el mundo, pero particularmente en México, era posible constatar en ese momento la toma del poder de los «pequeños intelectuales» que manipulaban a los estudiantes. Y ¿quiénes eran los estudiantes? La respuesta de Garro fue lapidaria:
Los futuros intelectuales. Luego es justo que se lancen a la defensa de los intereses creados por los actuales profesores, periodistas, locutores, pintores, escritores, etcétera. Y, en efecto, a través del mundo democrático se lanza a los menores de edad al incendio de las ciudades y de políticos, posibles contrarios a los intereses creados de los intelectuales en el poder. Para ello se arma mundialmente el complot de los Cobardes, ya que no son los complotistas los que salen a dar las batallas callejeras y a enfrentarse con los policías o con el ejército en defensa de sus intereses, sino que lanzan a millares de menores de edad a luchar por sus prebendas y posiciones. Ellos, los mismos del complot de los Cobardes, cuando los Gobiernos tratan de reestablecer el orden, un orden que ellos no han establecido todavía, y que cuando lo establecen se vuelve tan rígido como el muro de Berlín o el campo de concentración, protestan enérgicamente desde sus máquinas de escribir.
El 20 de agosto Garro se comunicó con muchos amigos para pedirles que firmaran una carta de apoyo a Checoslovaquia, recién invadida por las tropas soviéticas. Entre ellos, con Max Aub, quien no podía acompañarla a la embajada checa y le pidió que de su parte saludara al embajador. Al día siguiente, Aub leyó en la prensa que él también había estado presente en la protesta contra los soviéticos a las puertas de su embajada. Al respecto escribió en su diario: «Las insensatas (madre e hija) intentaron entregar su escrito allí. No voy a “protestar”, como es natural, pero, una vez más: mira con quién andas si no quieres que se te meen encima, si de niños se trata. En este caso, el niño, yo». Las Elenas estaban desatadas.
El 6 de octubre El Día publicó una entrevista con Sócrates Campos Lemus —representante estudiantil acusado de traicionar al movimiento— desde el Campo Militar Número 1. El diario Excélsior encabezó su nota con la leyenda «Señalan a Madrazo y Humberto Romero como instigadores. También acusan a Elena Garro». En el reporte de la Dirección Federal de Seguridad y la declaración ministerial de Campos Lemus, éste no mencionó ni a Madrazo ni a Elena Garro, lo que, de acuerdo con la interpretación de Rafael Cabrera en Elena Garro y el 68, la historia secreta (2011), muestra «que detrás de Sócrates y sus declaraciones existió un juego político y mediático cuidadosamente tramado por el Gobierno federal para manipular la opinión pública, a fin de desviar la atención de la matanza en Tlatelolco».
Guillermo Sheridan ha dedicado sus últimas pesquisas a esclarecer los documentos desclasificados de la CIA durante aquel año. En Paseos por la calle de la amargura y otros rumbos mexicanos (Debate, 2018), registra la participación de varios presidentes y funcionarios de alto nivel del Gobierno mexicano con la agencia norteamericana. Sabemos así que el expresidente Echeverría (entonces secretario de Gobernación e informante para la agencia norteamericana bajo el criptónimo de litempo-8) y otros funcionarios, escritores y artistas sirvieron al organismo norteamericano —entre ellos, por supuesto, Elena Garro—. En su investigación, Sheridan comenta una misiva de la narradora y dramaturga donde solicita a un amigo que escriba una carta de apoyo al Gobierno, pues «a toda costa quieren dar un golpe y derribar a Echeverría. Éste es un buen hombre». Sheridan recuerda también la vergonzosa adhesión firmada por Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou en defensa del Gobierno del entonces presidente Díaz Ordaz a petición de Elena Garro. «Aquí es —escribe Sheridan— donde los apologistas, aplicando rigurosamente el recurso del método Garro, pueden subrayar su reacción preferida: a) es que su buena fe fue manipulada, b) es que obró bajo amenaza, y c) es que era víctima de la patriarcal falocracia occidental imperialista…».
Como reza el dicho que desde hace cincuenta años venimos repitiendo, «2 de octubre. No se olvida».