Usted es alguien realmente preocupado por la sociedad española, por el mundo europeo, por el siglo, diría que como algo activo. Y en este aspecto ha tratado de dirimir entre realidad y mito, entre la observación de lo que hay y la ficción interesada, ideológica o religiosa (a veces se parecen). Creo que eso es evidente en Todo lo que era sólido, su ensayo, crónica y memoria de ciertos aspectos de la política y la sociedad española desde un poco antes de la transición. ¿Inventamos mucho? ¿Por qué?Yo creo que es muy importante esforzarse en ver de verdad lo real, en la medida de lo posible, y no dejarse llevar por fantasías, por prejuicios, por simple aturdimiento. Mi amor por la ciencia y por la historia tiene que ver con ese deseo, esa necesidad. Mi modelo en esto, como en tantas otras cosas, es Montaigne. Su divisa era: «Que sais-je?» ¿Qué puedo decir con seguridad que sé? ¿En qué medida estoy viendo aquello que quiero ver y no me doy cuenta? ¿Qué puedo hacer para contribuir al conocimiento solvente de cosas que yo viví en primera persona y que ahora veo tergiversadas? Para tomar posturas sobre cuestiones cruciales necesitamos un máximo de información fehaciente. También necesitamos algo parecido al método experimental para saber si las políticas que nos parecen justas dan buen resultado o no. Con la misma vehemencia con que defiendo la libertad de fabular del novelista defiendo el rigor de la observación en el que hace una crónica.

¿Basta una profunda y continuada educación democrática para ser un buen ciudadano o es necesario el ejercicio de la crítica, que no excluye la autocrítica sino que la exige? Si el novelista ha de tener por meta hacer verosímil lo que cuenta, ¿la tarea del ciudadano es la de saber la verdad, como un científico? ¿Es posible?

No me daba cuenta de que ya había empezado a responder esta pregunta. Más que saber la verdad, completa, irrefutable, la tarea del ciudadano es el ejercicio continuo de la observación, el debate y el sentido crítico. Creo que al ciudadano lo que más le corresponde es estar en guardia: contra los propios prejuicios, sobre todo, contra la posibilidad del embuste, contra el impulso de la irracionalidad, contra la tentación de sumarse al grupo. Sí, es el método experimental, aunque también hay que desconfiar de él porque muchas veces se encuentra aquello que uno quería encontrar –eso que llaman el confirmation bias– y porque muchas veces los científicos también han pensado y predicado cosas deleznables, como la eugenesia o el racismo.

¿Hemos confundido la pasión de opinar, no sin cierto narcisismo, a pesar de los clichés, con un verdadero ejercicio de pensar y hacerlo con responsabilidad?

Hay una inflación del opinar, incluso en la lectura, una prisa por emitir juicios terminantes. Yo una cosa que les decía siempre a los estudiantes al encargarles la lectura de un texto era: «Préstale atención, palabra por palabra; dale la oportunidad de que se explique a sí mismo».

Afirma usted: «Tantas tradiciones como se han recuperado o inventado en este tiempo, y no hemos sabido construir la que más falta nos hacía, una tradición democrática». No hemos logrado imaginarnos democráticamente, es cierto. Creo que su obra nos ayuda en ese camino, pero ¿qué más necesitamos?

Yo creo que es muy importante esforzarse en ver de verdad lo real, en la medida de los posible.

Ay. Necesitamos otro sistema educativo, necesitamos medios de comunicación que no sean chapuceros ni serviles, necesitamos leyes de transparencia que funcionen de verdad, necesitamos educarnos en el debate civilizado, desde la escuela.

Me parece que usted apela a una moral crítica heredera de la Ilustración, de la crítica y de la responsabilidad individual, y nuestra tradición es, con aspectos sin duda muy valiosos, católica, y de un catolicismo que quiso oponerse a la renovación protestante. Y la Iglesia sigue pesando, más de lo que creemos, en la mentalidad española. Antonio Machado reivindicó la cordialidad cristiana, pero criticó fuertemente al clero. Las leyes sin sentimiento no funcionan bien, pero los sentimientos sin diálogo crítico pueden volverse en tiranos. ¿Cómo ve esta tensión que usted observó en su libro Todo lo que era sólido?

Es que los sentimientos por sí mismos no van a ninguna parte en el ámbito de lo público. Decía Martin Luther King: «Yo no quiero que un vecino racista cambie y sienta amor por mí. Lo que quiero es que no me linche». La sinceridad o la efusividad del sentimiento, ahora tan celebrados, no significan nada, o pueden significar cosas terribles. Para ser un buen ciudadano español no hace falta «sentirse español». Aquí parece que hay que inventar barómetros o termómetros de identidades. Cada vez que llego a un aeropuerto y puedo pasar por la ventanilla marcada para ciudadanos de la Unión Europea me pongo contento. Ahora lo que se piden son entusiasmos futbolísticos. Suele tratarse siempre de sentimientos egocéntricos, o narcisistas, de burricie tribal. Otra cosa es el valor de la bondad, que es a lo que yo creo que se refiere Machado. O ese personaje de Vasili Grossman que dice que sólo cree en «la democracia de Chéjov». La bondad, la buena educación, las buenas maneras, el decoro en la presencia pública, el lenguaje respetuoso me parecen fundamentales. Una cosa que me da bastante asco en España es el prestigio del matonismo y de la grosería. Yo creo que se puede ser de verdad radical e inconformista sin perder las formas, sin pegar gritos.

 

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