0.

Estoy casi segura de que en la órbita pequeña que habito no conozco a gente realmente mala, pero sí a gente buena –buenista– que hace muchas cosas «malas» (las comillas son para relativizar la maldad a la que me refiero: cotidiana, tolerable, adscrita a esa frase reconfortante de que «nadie es perfecto»), y tal ambigüedad –o doblez– me obsesiona: la observo, la desmenuzo, aunque nunca desde fuera, nunca absuelta. En ese sentido, es fundamental que antes de proseguir defina el lugar que ocupo o me otorgo en la escala moral: por lo general culpable, asunto también tramposo, vía obvia de exculpación, con la que debe tenerse cuidado, pues si se otorga apresuradamente el perdón, empieza entonces la inocencia un tanto engreída, la impostura, y una o uno se siente libre de ir juzgando prójimos porque una o uno está por encima gracias a las penas confesadas y quizá ya olvidadas. El tiempo, dicen, lo cura todo, y siempre se puede echar mano de la reinterpretación, el reacomodo de los hechos, etcétera. La lista de remedios es larga, de otro modo nos costaría trabajo sobrevivir.
1.
Los tribunales espontáneos son acontecimientos difíciles de controlar. Señalan, dictaminan, denigran, denuncian, persiguen, destruyen, matan. Desaparecen tan rápido como aparecen. Luego se convierten en fantasmas, figuras desafiantes, formas del pánico y, al cabo, en influencias poderosas, nocivas.
2.
Por un artículo de la escritora irlandesa Anne Enright en el New York Review of Books del 5 de diciembre de 2024, me entero con cierto retraso –el servicio postal mexicano subsiste en la cuerda floja; a veces me topo con mi cartero en la calle y me saluda con vergüenza: ya no le hago preguntas– de que la cuentista canadiense Alice Munro (Premio Nobel de Literatura 2013) está en proceso de cancelación por no haber tomado medidas radicales contra su pareja Gerry Fremlin cuando supo, en 1992, que en repetidas ocasiones abusó sexualmente de su hija Andrea Skinner de nueve años. El abuso comenzó en 1976 y terminó cuando Andrea –hija del primer matrimonio de Munro– «alcanzó la pubertad» y dejó de interesarle a Fremlin. Andrea se lo contó a Munro en una carta y, según explica Enright, Munro se alejó de Fremlin durante algunos meses, pero volvió con él por amor: «lo quería demasiado». Enright analiza algunos cuentos de Munro a la luz de estos datos y declara que, a pesar de su gran admiración por Munro, «la verdad de Andrea llegó para quedarse». Lo cual significa que a Munro se le irá trasladando con sus libros a la lista gris o negra de autores que, para algunas lectoras y lectores virtuosos del purismo, han infringido normas sagradas, inquebrantables en términos de una ética no sólo pública sino también personal.
¿Cómo se expresa la condena?
«Yo soy incapaz de leer a una autora o un autor cuyo comportamiento me resulta vil, hasta repulsivo: yo castigaré a Munro (o a tal otro). Yo pondré el ejemplo. Que se oigan mis palabras de una vez por todas: ¡la excelencia literaria, artística, no exonera a nadie!».
¿Así?
¿Cómo se expresa lo opuesto, la defensa?
«Yo, si bien rechazo por completo los actos o las ideas de tal autora o autor, seguiré leyendo sus obras porque son extraordinarias, esenciales para la literatura. Yo soy capaz de separar a la autora o autor de sus obras».
¿Así?
3.
Munro murió en mayo del año pasado y su hija publicó la historia del abuso sexual de su padrastro y de la complicidad de su madre dos meses después en el Toronto Star. Los textos que he leído acerca del caso aplauden la valentía de Skinner y sugieren o advierten que ya no será posible leer a Munro como si nada. Según Rebecca Makkai, en un artículo de Los Angeles Times del 12 de julio de 2024, la respuesta debe ser individual: «por eso en parte la palabra “cancelación” es tan ineficaz». Habla de los pecados de los artistas, de que tal vez haya gente que puede olvidar: «yo no». Makkai, como Enright y otros articulistas, gozan del privilegio y la ventaja de que leyeron los libros de Munro, no los pueden desleer y ya no se perderán de nada: saben lo que aprendieron. Ahora les toca resolver el conflicto de si vale la pena continuar divulgando esa obra de dudoso origen moral o si será oportuno colocarla en el sitio más remoto de sus libreros. A Makkai le provoca conflicto la palabra «cancelación»; no ha de querer asemejarse, por ejemplo, al gobierno de Florida que «canceló» alrededor de 700 libros en 2024; ha de pensar que su actitud proviene de las conciencias educadas por las mejores intenciones liberales, de izquierda; conciencias autorizadas a las que yo les tengo miedo.
4.
La circunstancia es extraña, paradójica, pues los cuentos de Munro no son hermosas fábulas en las que los personajes actúan de modo simple e impecable y las tramas transcurren prístinas porque se apoyan en moralejas que al final se revelarán triunfantes en un desenlace feliz, sino que exponen lo contrario: complejidad, ambivalencia, bondad oportunista, calculada por la astucia, crueldad directa o indirecta, pasividad femenina: las mujeres aceptan lo inaceptable con tal de no quedarse solas. Los cuentos son fiel reflejo de la conducta de Munro en su propia vida: cuando tuvo que enfrentarse a un dilema crucial y tomar una decisión, fue esquiva, egoísta; se eligió a sí misma y puso sus intereses, sus pasiones, su conveniencia en un primer plano.
5.
Tomo la siguiente cita de un ensayo de Rachel Aviv, publicado en el New Yorker de enero de 2025:
«A Alice se le ha celebrado como escritora feminista, pero ante la pregunta de si era feminista daba rodeos y se describía como creyente en la importancia de decir la verdad acerca de las experiencias de las mujeres. Sus cuentos no suelen mostrar respeto o amor entre las mujeres. El solaz de la intimidad femenina es demasiado comprometedor. “Intelectualmente soy una gran defensora del movimiento de las mujeres y, sin embargo, el asunto de cómo se responde a los hombres es otra cosa”, dijo en una entrevista de 1975. “Ahí sucede otra cosa”».
Y lo que sucede está en los libros de Munro.
6.
Yo no me abstendré de leerlos, como tampoco los de Ted Hughes, Octavio Paz, Juan José Arreola, John Berryman, Louis-Ferdinand Céline, Vladimir Nabokov, Ezra Pound, Mark Twain y un largo etcétera, pasado, presente y futuro.
No censuraré. No cancelaré. No perseguiré.
No lincharé.
Sé que si de veras pretendo ser coherente, debo aplicar este reglamento sin excepciones, incluir a todas esas personas que opinan de manera inversa, personas que considero tan políticamente incorrectas que ni siquiera podría frecuentarlas, personas que nunca admitiría en mi círculo social e intelectual. Debo concederles el mismo derecho del que gozo yo a poner en práctica su credo o ideología, a sabiendas de que esas personas –desde la extrema derecha o la extrema izquierda– no me conceden a mí el mismo permiso. En el peor de los mundos, el más virulento, soy enemiga, soy inmoral, y habría que castigarme, cancelarme por cómo pienso, por mi frivolidad de presumir que prefiero analizar caso por caso antes de levantar el dedo índice y gritar: ¡fue él, fue ella, fueron ellos, fueron ustedes!
7.
Mis amigas y mis amigos, conocidas y conocidos somos, al menos en la superficie, moralmente afines; solemos estar de acuerdo, nos sentimos en confianza y nos burlamos de las extravagancias, de los desaciertos de la corrección política –que la aproximan a la incorrección– de los excesos cometidos en aras de proteger viejas y nuevas identidades. Suponemos que la batalla ha concluido, los territorios se han liberado, ya no hay trincheras, y que no existe ese otro lado donde gente igualmente convencida y muy organizada lucha asimismo por su identidad, que los buenistas juzgamos inadmisible, inferior, irracional, insensata.
8.
Pero la batalla se está reavivando. Basta con revisar el mapa político. Basta con examinar la información. Basta con ver quiénes están ganando, dónde y por qué. Basta con medir el enorme poder institucional que sustentan y ostentan y cuánta rabia se va a convertir en ley.
9.
Yo persisto en mi fantasía de mantenerme en un equilibrio frágil por medio de la duda constante y la costumbre de fijarme en los matices. Sin embargo, frente a los triunfos actuales de la incorrección política en su versión más amenazadora, creo que respaldaré –escéptica, agnóstica, combativa y crítica– las exageraciones (jamás las cancelaciones, los linchamientos), la desmesura (jamás la censura) de la corrección política que de aquí en adelante está en peligro.