Mijaíl Kolstov, corresponsal soviético en Madrid que luego fue asesinado por el régimen estalinista, describió al congreso en los siguientes términos: «Al venir a la primera sesión, me he tenido que preguntar de qué se trataba en el fondo, si de una asamblea de quijotes, de unas rogativas literarias para que baje del cielo la victoria sobre el fascismo o de otro batallón internacional más, un batallón de voluntarios con gafas». Fueron días de una ferviente actividad intelectual —obras de teatro de la Barraca, un número de la revista Hoja de España (el cuento Taurino López de Juan de la Cabada y un poema de Paz aparecieron allí), conciertos y exposiciones de pintura— en que la inteligencia de Garro se disfraza de inocencia para hacer las preguntas pertinentes y después plasmar a los intelectuales comprometidos, no por sus actividades artísticas ni por sus vistosos ideales políticos, sino en ciertos casos, por la apostura de considerarse importantes.

Algunos de los personajes del libro salen bien librados de unas descripciones que no vacilan en señalar detalles más bien cómicos. Hay retratos que resultan conmovedores: Luis Cernuda bronceándose en la playa, Miguel Hernández indicándole dónde están escondidos los jugosos melones, su impresión con César Vallejo («Él se dio cuenta de cómo lo miraba y me echó un brazo al cuello, sin dejar de escuchar a los oradores. A su contacto, me invadió una corriente de bondad que nunca más he vuelto a sentir. Aquel hombre era un hombre aparte, era un poeta»), o el impacto que le produjeron Antonio Machado y su madre («¡Dios mío!, los dos parecían muy pobres, muy abandonados, muy fuera de lugar. Me impresionó el abandono de aquella casa sin esperanzas. Solo sabían que una enorme tragedia, una tragedia imprevista y sangrienta se abatía sobre ellos como sobre toda España»). También aparecen escenas bélicas, amenazas de bombardeo, huidas y retenes, pero aun en estos casos, aunque reconozca el drama, Garro no condiciona el tono desenfadado. 

Respecto a México, Garro habla de su condición de «gachupina» por ser hija de asturiano. Al inicio menciona, con humor, la hispanofobia mexicana: la gente iba a la embajada para participar en la guerra. «¿En qué bando los apuntó?», preguntaban; «en el que sea, lo que yo quiero es ir a matar gachupines», respondían.

Hay retratos que resultan conmovedores: Luis Cernuda bronceándose en la playa, Miguel Hernández indicándole dónde están escondidos los jugosos melones

Aparte de este libro, Garro habla de la guerra civil española en su desatendida novela La casa junto al río, en que la narradora-protagonista llega a Cangas de Onís, Asturias, en el año de la muerte de Francisco Franco. Más que de la guerra civil, habla sobre la polarización imperante — quién era republicano y quién franquista —, y la sospecha y el recelo de los habitantes hacia ella, que tampoco (como en Memorias) se identificaba con ningún bando. Pero en La casa junto al río la soledad de la autora es manifiesta (como lo era su vida en ese periodo, salvo por la sempiterna compañía de Helena Paz Garro, su hija), a diferencia del libro aquí comentado, en que los intelectuales republicanos de todas partes del mundo eran, mal que bien, su regimiento, pese a que en ocasiones Garro fuera acusada de traidora por el simple hecho de hablar con una espía inglesa que le resultaba simpática.

Es comprensible que a la escritora poblana se le conozca sobre todo por Los recuerdos del porvenir, su novela más celebrada, la precursora del realismo mágico, escrita antes de que Pedro Páramo se publicara (de hecho, hay un halo misterioso en torno al manuscrito de Garro, terminado en 1951, arrojado a las brasas y rescatado por su hija). La novela aparecería finalmente en 1963, cuatro años antes que Cien años de soledad, que se convertiría en el máximo referente de lo que el mercado llamó boom latinoamericano y que, bajo esa lente, comparte muchos rasgos con el universo garriano, aunque a ella nunca le gustó esa etiqueta. 

Así pues, mientras los escritores que representan al realismo mágico en la década de los setentas y ochentas ganan premios y firman atractivos contratos, Elena Garro vive fuera de México un peregrinaje fatigoso que puede intuirse en las ficciones con carga autobiográfica que publicó hacia el final de su vida (Andamos huyendo Lola, La casa junto al río), o en estudios de no ficción sobre su figura (Elena Garro: lectura múltiple de una personalidad compleja, de Gabriela Mora y Lucía Melgar; Testimonios sobre Elena Garro, de Rosas Lopátegui; o en las investigaciones de Rafael Cabrera sobre la enredada y un tanto fatídica participación de Garro en el movimiento del 68). 

Poco antes de regresar definitivamente a México, cuando ella de algún modo ha desaparecido de un panorama literario en el que otros asistentes al Congreso Antifascista son más bien visibles, Elena Garro publica fragmentos sobre su experiencia en el Congreso. Esas crónicas, a la postre, se convertirán en Memorias de España 1937.

Total
191
Shares