El historiador Andrés González de Barcia (1673-1743) sospechaba que Giovanni da Verrazano era el mismo individuo que Juan Florentín, premiado por el rey francés por expoliar barcos españoles cargados de tesoros procedentes del Nuevo Mundo:

Si no bolvio a la Florida despues, no es facil concordarlos. La verdad es que, en este tiempo, infestaba nuestros Mares, Juan Florentin, Pirata Frances, que se hiço Famoso, por aver tomado el Año de 1521 el Navio en que embiaba Hernan Cortes al Emperador Carlos V un presente de Oro y Plata, y otras cosas Preciosas, a cargo de Alonso de Avila, al qual llevo preso (González Barcia, Ensayo cronológico, déc. 2, 8). [13]

Dos meticulosos y serios investigadores norteamericanos del siglo xix, el hispanista Buckingham Smith y el político e historiador Henry G. Murphy, ya clarificaron documentalmente, más que de sobra, la falsedad de la figura y la carta o «Relación» de Verrazano. El último incluso dedicó todo un libro al tema.[14] Sin embargo, el nacionalismo francés e italiano, y actualmente el norteamericano, se han resistido a aceptar las contradicciones y ficciones que aparecen en la «carta», ensalzando siempre la figura y los hechos de este insigne y «egregio» súbdito francés, ciudadano de Florencia.

Buckingham Smith hablaba español perfectamente, ya que, siendo él pequeño, su padre fue destinado como cónsul a México y tuvo la ocasión de visitarle en varias ocasiones desde su residencia familiar de San Agustín, Florida. Su interés por México fue creciendo y tuvo la oportunidad de dedicar dos años en ese país investigando documentos sobre la historia de España en el Nuevo Mundo. Más tarde viajó a España, donde durante varios años continuó su labor investigadora y fue aquí donde se hizo amigo del gran historiador Pascual de Gayangos. Dedicó buena parte de su vida al estudio de los manuscritos españoles relacionados con la presencia española en la costa atlántica de Estados Unidos, tal como demuestran sus publicaciones sobre Cabeza de Vaca, Hernando de Soto o Fidalgo de Elvás.

Henry C. Murphy (1810-1882), por su parte, fue un abogado, político e historiador estadounidense, autor de varios libros sobre navegaciones transatlánticas realizadas desde Europa a lo que hoy es Nueva York. Valiéndose de su perspicacia y de la documentadísima obra de Buckingham Smith, en su mayor parte labor de archivo en España y Portugal, Murphy dará su opinión sobre la presunta veracidad del supuesto navegante florentino. Para él, la carta sobre la que se basaría su existencia no pudo haber sido escrita por Verrazano. Aduce que el conocimiento náutico del rey de Francia, en cualquiera de las expediciones de descubrimiento que en ella se describen, no estaba respaldado por la historia náutica de ese país, y era además incoherente con los actos de reconocimiento de Francisco I y sus sucesores, todo lo cual planteaba serias dudas sobre su credibilidad. También defiende que su descripción de la costa y algunas de las características físicas de los nativos, del país y de las canoas de los indios son esencialmente falsas y demuestran que el escritor no podría haberlas hecho a partir de su propio conocimiento y experiencia personal, tal como se ha pretendido.

De la misma manera que se han falsificado documentos también se han creado mapas y globos terráqueos en los que aparece el fabuloso «Mar de Verrazano». Este mar, de nuevo una invención, tendría como objetivo adjudicar al «cristianísimo rey de Francia» el descubrimiento de un legendario mar que abriría el paso por Norteamérica al Pacífico y a las riquezas de Oriente. Se dice que un cartógrafo genovés llamado Vesconte de Maggiolo viajó con Giovanni de Verrazano y su hermano Girolamo y que cartografió la costa norteamericana, incluyendo el que pasó a llamarse «Mar de Verrazano», situado a la altura de lo que es hoy Carolina del Norte (Destombes, 58).[15] Durante casi dos siglos se mantuvo el mito de la existencia de un paso al Pacífico, por cuya búsqueda lucharon portugueses, españoles, ingleses y franceses. En dicha competencia, el primero en cartografiar este «mar» lograría la patente y el monopolio de esas aguas tan esquivas de localizar, teniendo finalmente por su descubridor a un florentino al servicio del rey de Francia.[16] Ésta es la razón de que nos encontremos en estos mapas el nombre de «Francesca» o el de la «Nueva Francia». En conclusión, Murphy defiende que la información que aparece en la carta de Verrazano, en cuanto a la dirección y extensión de la costa atlántica norteamericana, está sacada de la exploración de Estevão Gomes (también conocido por Esteban Gómez). No se debe olvidar que uno de los capitanes de la expedición de Magallanes, el portugués Estevão Gomes, en el año 1520, desertó de la expedición de Magallanes con la nave San Antonio, siendo encarcelado a su regreso a España. Gracias a una serie de convincentes razones y garantías que debió dar al emperador, y de las que sólo podemos especular, consiguió que se le financiara una carabela para encontrar el ansiado paso hacia la Especiería, esto es, el paso que debía encontrarse en el Atlántico norte y que podía llevar en mucho menos tiempo hasta las Molucas, la tierra de la pimienta, el oro y la canela. Así pues, Estevão Gomes salió a la búsqueda del mítico paso del norte que conectaba ambos océanos para pasar así rápidamente a las riquezas de la China. Según Murphy, en el momento de su pretendido descubrimiento, Verrazano estaba involucrado en una expedición corsaria, navegando bajo la bandera francesa, en una parte diferente del océano (Murphy, 8-9).[17] El rey francés, que de alguna manera tendría noticia de este viaje, se apresuró a patentar mapas donde ya apareciera tal paso y de esta manera poder reclamar legalmente el «descubrimiento» de tan ansiada vía fluvial.[18]

Gómez subió hasta los Bacalaos en busca de un paso para la «isla de la Especiería», pero regresó sin haber logrado su ansiado descubrimiento, tal como queda estipulado en las capitulaciones que estableció con la Corona: «Y que también fuystes por capitán del galeón que mandamos armar para descubrir toda la costa desde la Florida hasta los bacallaos a buscar el estrecho que se pensaba podia aver, para poder pasar a la otra mar e poder yr por ally a la contratacion de la especeria» (AGI, Indiferente, 422, L.16, F.108V).

Incluso años después del pretendido viaje de Verrazano contamos con una carta que un tal Joao Fernandes Lagarto, espía portugués, dirige a su rey Joao III el 22 de enero de 1539 [?]. En ella informa a su monarca sobre la plática de más de una hora que mantuvo con el rey francés.[19] Entre otras cosas, Lagarto nos informa de que los mapas que le enseñó el rey francés eran muy bonitos pero no muy precisos: «[E] mostrou me outras duas suas [cartas de marear] bem pintadas e iluminadas e nom mui certas…» (Biggar, doc. 75, 76). El rey francés también le informó sobre la existencia de un río de ochocientas leguas de largo que desembocaba en la tierra de los bacalaos donde, según un rey indio traído por el bretón Jacques Cartier, había una ciudad que se llamaba «Sagana» [Saguenay]… «[E] pasados os saltos diz el Rey de Framça que le diz este Rey imdio que ha hûa grande cidade que se chama Sagana omde a muitas minas de douro e prata em grande cantidade e gente que veste e calça como nos e que ho crano e noz moscada e pimienta muita…» (Biggar, doc. 75, 77). Eso no es todo, este rey indígena contará al rey francés que en esas tierras existen hombres que vuelan, porque tienen brazos como los de los murciélagos: «[A] homes que voam que tem braços como morcegos e porem que voam pouco como do cháo a húa arvore e darvore e darvore ao chão» (Biggar, doc. 75, 78). Nos recuerda las descripciones de Antonio Pigafetta y João Mendes Pinto. No olvidemos que cuando Hernán Cortés mandó a Alonso de Ávila con el tesoro de Moctezuma para entregárselo al emperador, éste fue interceptado y robado por el corsario francés «Juan Florín» y el tesoro acabó en manos del rey francés, que quedó maravillado. Dentro de las formidables joyas enviadas, el rey francés se encontró con algo que debió despertar más aun su imaginación: huesos de gigantes. Escribe Bernal Díaz: «Y también enviamos unos pedazos de huesos de gigantes que se hallaron en un cu [templo] y adoratorio en Coyoacan, según y de la manera que eran otros grandes zancarrones que nos dieron en Tlaxcala, los cuales habíamos enviado la primera vez, y eran muy grandes en demasía» (Op. Cit. cap. 159, pág. 386).[20] Por si fuera poco, el rey Francisco también le contó que a través de este río hallaría pasaje al mar del Sur, es decir, lograría tener acceso a las Indias Orientales. Ésta será la principal razón por la cual el monarca francés mandará por tercera vez a Jacques Cartier en busca de esa tierra prometida. Si ésta era la situación en 1541, ¿qué fue lo que realmente descubrió o documentó en 1524 Giovanni da Verrazano?

LAWRENCE C. WROTH Y LOS DEFENSORES DE VERRAZANO Y DEL CÓDICE CÈLLERE

Con todos sus defectos, la narrativa de Verrazzano nos ofrece el primer estudio geográfico, topográfico y etnológico de América del Norte entre la península de Florida y Terranova. [22]Wroth, p. X. El 7 de octubre de 1909 Alessandro Bacchiani anunció en el Giornale d’Italia el descubrimiento de la copia manuscrita original de la carta de Verrazano, el Cèllere Codex, publicando una edición crítica al año siguiente. En 1925 el mismo investigador descubrió otra copia manuscrita de diecisiete páginas en el Vaticano denominada «V» [Vaticano].[23] Este documento es una carta, supuestamente enviada desde Lyon por Giovanni da Verrazano (1481-1528) al rey Francisco I de Francia, en la que se describe la navegación del piloto florentino al servicio del rey francés a lo largo de la costa este de los Estados Unidos.

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