Esa verdad participativa forma parte de una sabiduría inmemorial. Nos viene aquí a las mientes una línea del Talmud: «No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos», que no es tanto una apelación al subjetivismo como la constatación de que la realidad se construye mentalmente y cada uno de los seres participa y es responsable en esa tarea. El destino del mundo no es algo ciego o mecánico, sino que se encuentra participado, por lo que hay tantos mundos como seres. Guiadas por el sueño de la objetividad, las corrientes dominantes de la ciencia han renunciado a esa tarea con la esperanza de ver «las cosas como son», objetivamente, como si los seres vivos que perciben no estuvieran en el mundo, como si no formaran parte de él. No es de extrañar que el resultado de todo ello sea un universo frío y desafecto, donde la conciencia es mero epifenómeno accidental, resultado de la interacción neuronal.

Hoy sabemos que esa visión es una construcción mental más, resultado del yoga de la objetividad. No la realidad que está «ahí fuera». Un yoga que asume que el mundo está hecho de átomos, vibraciones del campo o cuantos de gravedad, en lugar de asumir que está hecho de vivencias y percepción, como propusieron Berkeley y Whitehead. Siguiendo a éste último, Francisco Varela insistió en que el mundo y la realidad no eran algo dado, sino un proceso. Un devenir radical en el que el observador no es un sujeto cognitivo definido, sino alguien que se va definiendo y haciendo mediante la interacción y respuestas a la presión del devenir biológico de la especie. Ambos, sujeto y mundo, implican una circularidad.

 

MENTE IMAGINAL

La mente imagina y después vienen las fórmulas, el laboratorio, la narración. No atiende a epistemologías ni se detiene en los detalles. Ella imagina y todo lo demás viene detrás, los deseos, la ansiedad, el estrés o la calma. Ella imagina y, al hacerlo, el mundo se mueve, giran los planetas, se estiran las galaxias. Ella imagina, dicen los chamanes, y el mundo podría llegar a detenerse.

Si analizamos las experiencias fundamentales que dieron pie a la física de nuestro tiempo, que es desde donde empieza a desmoronarse el paradigma de la objetividad, observaremos que todas ellas tienen una naturaleza imaginal. Las matemáticas siempre vienen después, la vivencia las decanta. Los ejemplos son innumerables, pero me limitaré a tres de los grandes genios de la física moderna: Faraday, Einstein y Heisenberg.

Michel Faraday es un joven londinense, pobre y sin estudios, que alterna su trabajo en una encuadernadora con el de ayudante de laboratorio. No sabe matemáticas pero es capaz de escribir un libro visionario de física sin apenas utilizar ecuaciones. Faraday intuye que la interacción entre los cuerpos no se debe a una fuerza a distancia, sino a una propiedad que ocupa todo el espacio y que se ve modificada por cuerpos eléctricos y magnéticos. Faraday imagina un «campo» formado por haces de líneas finísimas que llenan el espacio, «líneas de fuerza» electromagnética. Poco tiempo después, un aristócrata escocés llamado Maxwell pondrá las matemáticas a dicha visión. Sus ecuaciones describirán el comportamiento del campo eléctrico y magnético que había imaginado Faraday, ecuaciones que siguen siendo el fundamento del wifi, la radio o la televisión.

El joven Albert Einstein tiene algo de ensoñador y rebelde. Su padre construye centrales eléctricas en Italia. Se titula en física y encuentra un empleo que le deja tiempo para pensar. Con veinticinco años formula la teoría especial de la relatividad, que postula un «presente extenso» y una equivalencia entre la masa y la energía. El mundo de la física queda conmocionado. Ofrece una elegante solución a las aparentes contradicciones entre las ecuaciones de Newton y las de Maxwell. Diez años después erige la teoría general de la relatividad, la más hermosa de las teorías jamás concebidas. La gravedad ha de tener sus «líneas de fuerza» como en los campos electromagnéticos (que le fascinaban de niño). Einstein leía a los filósofos y leía a Ernst Mach, que no creía en los átomos. Y gracias a ellos transformó el espacio absoluto de Newton en un campo de gravedad que, a diferencia del espacio newtoniano, no está quieto, sino que se mueve y ondula, se encrespa como la superficie del mar, se curva y se quiebra. El espacio ya no es algo distinto de la materia. El espacio-tiempo es proporcional a la energía de la materia y se curva allí donde se localiza ésta, allí donde vibran los cuerpos. Y Einstein ve todo esto sin las matemáticas, de hecho, apenas sabe matemáticas y pide a sus amigos ayuda con la geometría de Riemann. Hilbert llega a afirmar que «cualquier muchacho de Gotinga entiende la geometría tetradimensional mejor que Einstein, pero ha sido él el que ha terminado el trabajo, no los matemáticos». Einstein tiene una capacidad de imaginar única.

Heisenberg es un joven de veinticinco años que investiga en el Instituto Bohr en Copenhague, donde trabajan las mentes más brillantes de la época. Una noche, paseando por un parque, tiene una intuición. En medio de la oscuridad, sólo se ven los conos de luz que proyectan hacia el suelo unas cuantas farolas. Observa cómo un transeúnte entra en unos de los conos de luz y luego desaparece, para entrar de nuevo en otro. Entonces ocurre la revelación. Quizá los electrones aparezcan y desaparezcan, es decir, quizá sólo sean reales cuando interactúan (cuando participan). Ese es el aspecto relacional de todas las cosas. Sólo existen cuando interactúan (cuando nada perturba al electrón no está en ningún sitio: los místicos no son tan idiotas). Esa idea extravagante se convertirá en una teoría del mundo. Vuelve a su habitación y se encierra hasta que logra formular las ecuaciones de la mecánica cuántica.

 

LA MENTE Y EL LABORATORIO

Con esto en mente podemos abordar ya las perspectivas que las neurociencias ofrecen de una experiencia como la de la meditación, de esa otra ciencia que podría llamarse de la alegría, de la vida como despliegue (y maduración) de la personalidad a través de la vivencia original.

Mantendré a lo largo de esta exposición una postura que queda sintetizada por la siguiente cita de La evolución creadora de Henri Bergson:

«La psicofísica está abocada a un círculo vicioso. Pues el postulado sobre el que descansa la obliga a una verificación experimental y esa verificación no puede realizarse si no se admite el postulado. No hay punto de contacto entre lo inextenso y lo extenso, entre cualidad y cantidad. Se puede interpretar una mediante la otra, pero sólo convencionalmente. La psicofísica no hace sino llevar a sus últimas consecuencias concepciones del sentido común. Debido a que hablamos más que pensamos y debido a que los objetos exteriores son del dominio común, tienen más importancia para nosotros que nuestros estados subjetivos. De ahí el interés de objetivar esos estados introduciendo en ellos la representación de su causa exterior. Y cuanto más se amplían nuestros conocimientos, cuanto más percibimos lo extensivo tras lo intensivo y la cantidad tras la cualidad, tanto más tendemos a poner el primer término en el segundo y a tratar nuestras sensaciones como magnitudes. La física se preocupa lo menos posible por esos estados y los confunde con su causa. Alienta esa ilusión del sentido común, la confusión de la cualidad con la cantidad y de la sensación con la excitación, y fatalmente pretende medir una como mide la otra».

 

Recientemente he participado en un simposio en Barcelona donde se ha hablado de neurociencias y meditación. Los científicos que asistieron al mismo no pertenecían al paradigma dominante (reduccionista-materialista) sino investigadores empeñados en conciliar los hallazgos cuantitativos de las neurociencias con los hallazgos cualitativos de la práctica de la meditación. Desde hace más de una década el Mind and Life Institute viene promoviendo diálogos para la convergencia de las neurociencias y las tradiciones contemplativas. Tradicionalmente, en los círculos científicos se ha desdeñado la experiencia interior como algo irrelevante o meramente subjetivo, y sólo muy recientemente (MIT, 2003) han empezado a investigarse aplicaciones clínicas de la meditación. Estos neurocientíficos contemplativos, herederos de Francisco Varela, trabajan bajo los auspicios y el entusiasmo por la ciencia de Tenzin Gyatso, decimocuarto dalái lama.

Richard Davidson, de la Universidad de Wisconsin, es uno de los fundadores de esta nueva disciplina científica: la neurociencia afectiva y contemplativa. Y de una metodología que permita a científicos, filósofos y contemplativos reunirse en la búsqueda conjunta de una concepción más amplia de la naturaleza de la mente y sus implicaciones éticas, tanto sociales como ecológicas. No se trata tan sólo de estudiar las enfermedades de la mente como la depresión o la esquizofrenia, o toxinas mentales como el odio, la obsesión, la arrogancia o los celos, sino también sus cualidades positivas como la felicidad o la compasión. Para ello es fundamental el concepto de neuroplasticidad, según el cual ciertos entrenamientos meditativos pueden cambiar el funcionamiento del cerebro. Hay suficientes evidencias para afirmar que el aprendizaje de la música o los malabares, por poner dos ejemplos, pueden influir sustancialmente en la neurogénesis o desarrollo de nuevas neuronas, mientras que el estrés contribuye a destruirlas. La atención, la empatía y la serenidad son aspectos fundamentales de la mente entrenada y sería lamentable no profundizar en ellas mediante los métodos de las neurociencias. Personalmente creo que la mente puede iluminarse mejor a sí misma que mediante el uso de instrumentos de medición cuantitativa, pero no deja de ser un proyecto perfectamente legítimo prestar atención científica a pensamientos, emociones e impulsos positivos e incorporar las prácticas de la meditación budista (o de cualquier otra tradición) en los ámbitos científicos de la medicina o la psiquiatría.

Hasta hace poco las corrientes dominantes de las neurociencias identificaban la mente con el cerebro. Con los descubrimientos de redes neuronales en los intestinos y el corazón se ven ahora obligadas a extender esa identificación, sin que se sepa claramente hasta dónde puede llegar el alcance de la mente. Rupert Sheldrake postuló, no hace mucho, la resonancia mórfica, en la que cada especie tiene un campo de memoria propio, una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie, o quizás ese campo debería extenderse aún más, hasta abarcar el universo en su conjunto desde una perspectiva particular, como propuso Leibniz.