Durante el congreso, en público y en privado, he podido conversar sobre estos temas con Richard Davidson, el principal aliado de Tenzin Gyatso en el ámbito científico. Desde 1992 Davidson lleva experimentando con el cerebro de expertos meditantes. Inició sus investigaciones con monjes que habitaban en las montañas que rodean Dharamsala, pero los yoguis no entendían el sentido de los experimentos (vivían en otra espiral de conocimiento) y aunque tenían disposición a colaborar (se lo había pedido Tenzin Gyatso) los resultados fueron insatisfactorios. Desde entonces, en su laboratorio de Wisconsin, estudia el cerebro de meditantes que conocen y aprecian la ciencia moderna.

Durante su exposición, Davidson habló de «cómo transformar el cerebro», del córtex donde se alojan los símbolos y las lenguas, de la amígdala que acoge las emociones y la empatía, del tallo cerebral que sostiene las funciones vitales básicas. Nos contó cómo la atención puede cambiar el metabolismo, cómo el miedo o el estrés pueden hacer que las neuronas se encojan y cómo se conectan entre sí las neuronas que disparan juntas. Habló de la neuroplasticidad, que modula la percepción de los estímulos del medio, tanto de los que entran como de los que salen, y de la epigenética, de cómo la conducta mental puede transformar los genes, de cómo la cultura mental puede alcanzar el nivel molecular. Hay una comunicación continua entre el cerebro o mente y el cuerpo. Describió experimentos que prueban científicamente que hay una bondad innata en el ser humano (esa «piedad natural» de la que hablaba Rousseau y que había puesto en duda Hobbes). Habló de experimentos sobre el dolor físico y cómo responde al mismo la mente entrenada en la meditación y la mente que no ha sido entrenada (con resultados claramente favorables al meditante). Mientras le escuchaba pensaba que cada vez que decía «cerebro», podría haber dicho «personalidad» o «carácter» (hablaba como Marco Aurelio, pero en vez de utilizar bellas frases utilizaba gráficos). En todo momento Davidson parecía asumir las reglas del juego: para que haya causalidad debe haber interacción física detectable. Esa interacción física es la última palabra (lo que Rorty llamaría conversation-stopper), el punto en el que nos damos por satisfechos y puede cesar la conversación, la «conclusión» del artículo científico. Era como si acumulara argumentos, aceptables por la comunidad científica, para traer a las personas al dharma. Las Meditaciones hubieran servido al mismo propósito, pero hoy los tiempos han cambiado.

El padre de los experimentos de estimulación eléctrica del cerebro, Wilder G. Penfield, en su trabajo con enfermos epilépticos, creyó en principio que estimulaba los recuerdos almacenados en el córtex (el manto de tejido nervioso que cubre los hemisferios cerebrales), pero con el tiempo abandonó esa idea, llegando a convencerse de que la memoria no se almacenaba en el córtex. Poco tiempo después, Karl Lashley también buscaría un locus biológico de la memoria en el cerebro. Entrenó a ratones en ciertas destrezas y después les extirpó sucesivamente partes de sus cerebros para ver si podían seguir realizándolas (de nuevo la metáfora del reloj). Descubrió que podía quitar más de la mitad del cerebro y que el aprendizaje subsistía. Cuando les quitó por completo el cerebro las ratas eran incapaces de realizar las tareas. Lo sorprendente fue cuánto del cerebro se podía suprimir sin afectar a la memoria. La conclusión a la que llegó fue que los recuerdos no se encuentran localizados en una parte del cerebro, sino que se extienden a través de la corteza.

Cada día las neurociencias se encuentran más cerca de aceptar que el cerebro es más un sistema de sintonización que un dispositivo de almacenamiento de memoria. Sintonizamos con nuestros propios recuerdos y quizá podríamos sintonizar con los recuerdos de muestra especie, con nuestro propio viaje evolutivo. Generalmente la razón para localizar la memoria en el cerebro ha sido el hecho de que ciertas clases de daño cerebral producen una pérdida de memoria. Si tras un impacto físico en el cerebro se pierde la memoria, la suposición general es que el tejido de la memoria ha sido destruido. Pero esto no debería ser necesariamente así. Si un aparato de radio cae al suelo y queda dañado puede ser incapaz de recibir ciertos canales, sin que esto pruebe que el sonido estaba almacenado dentro del aparato. Los casos de amnesia tras un accidente suelen ser pasajeros y en general es posible establecer de nuevo la sintonía con los recuerdos.

Hoy sabemos que no existe en el cerebro una zona concreta en la que podamos ubicar a un observador, ni un puesto de mando donde se asiente el yo, y tampoco existe un lugar específico donde situar la conciencia o la emoción. El tacto, la vista y el oído se procesan simultáneamente en distintas regiones del cerebro, sin que lleguen a encontrarse nunca en un lugar concreto. La sincronización en este sentido es fundamental para dar sentido a la experiencia sensible. Cuando cerramos los ojos e imaginamos algo estamos generando dichas oscilaciones sincrónicas.

Como dice Robert Sapolsky, «el hombre ha inventado el microondas, el baile de salón y el control de esfínteres, pero por encima de todo ha inventado el sufrimiento adicional, es decir, la capacidad de sentir dolor por lo que ocurrió, por lo que ocurrirá e incluso por lo que no ha ocurrido». Cuando comienza una situación de estrés el cerebro libera más dopamina, una sustancia que desempeña un papel fundamental en la experiencia del placer, la persona se siente bien y su cerebro funciona mejor, sin embargo, si el estrés se mantiene durante demasiado tiempo, desciende la tasa de glucosa y las neuronas del hipocampo dejan de funcionar bien. El córtex frontal, que nos ayuda en la toma de decisiones y controla nuestras emociones, deja de funcionar bien con el estrés crónico y las neuronas se marchitan.

Cualquiera que tenga un poco de práctica en la experiencia de la meditación, sea de la escuela que sea, sabe que cuando se descansa en la conciencia vívida y clara del presente, las expectativas, miedos y cavilaciones se desvanecen. Este tipo de actitud mental permite regular las emociones. El trabajo realizado por Davidson y su equipo con practicantes expertos en cultura mental, capaces de bajar el volumen o suprimir completamente la cháchara mental en la que continuamente estamos sumidos (esa que Joyce o Proust llevaron magistralmente a la literatura) ha permitido constatar que la meditación aumenta la sincronía entre la corteza prefrontal y otras regiones cerebrales. O que cuando la persona experimenta el genuino altruismo el área del cerebro asociada al yo tiende a desactivarse (quienes son capaces de regular sus emociones muestran una menor actividad en la amígdala y una mayor actividad en el córtex prefrontal, implicada en la toma de decisiones).

Para las corrientes dominantes en las neurociencias, todas las funciones de la mente son generalmente consideradas funciones del cerebro. Esto sencillamente no hay modo de probarlo. Es más un axioma de partida que una conclusión extraída del trabajo experimental. Considero modestamente que la indagación de los correlatos biológicos de la meditación está abocada a un círculo vicioso, como sugería la cita de Bergson mostrada al principio de esta sección. En primer lugar, porque la escala de observación acaba creando el fenómeno, en segundo porque los argumentos psicofísicos adolecen siempre de cierta circularidad. Y uno no puede dejar de tener la impresión de que el laboratorio entra en la mente como un elefante en una cacharrería.

Para finalizar, una breve reflexión panorámica. En el mundo moderno el universo se construye desde abajo, es un universo evolutivo que va de lo simple a lo complejo, y su método expositivo es el de la inducción: esa herramienta lógica que va de lo particular a lo general. En el mundo antiguo ocurría lo contrario, era un mundo que se construía desde arriba, que iba de lo general a lo particular, deductivamente. Desde el Uno Bien (o el cielo platónico) descendía la escala de los seres. Ese mundo construido desde arriba es el que inventó la meditación contemplativa, que ahora se encuentra con un mundo evolutivo guiado por la metáfora del mecanismo.

En la Modernidad, el mundo es un ascenso, una evolución. En la antigüedad fue un descenso, un «venir de» para «regresar a». Ambas genealogías van en sentidos opuestos, pero sospecho que son complementarias. En el mundo antiguo la vivencia originaria, la conciencia, era el trasfondo del universo. En el mundo moderno es una invitada sorpresa en la fiesta de la evolución. Si juntamos ambas perspectivas y renunciamos a convertirlas en ídolos, no queda sino el ahora atento.