POR MARTA PASCUA CANELO
(Universidad de Valladolid)

Celebrada como una de las escritoras más singulares del panorama contemporáneo en lengua española, si algo podemos destacar de la sobresaliente trayectoria literaria y mediática de Gabriela Wiener es, con seguridad, el empleo de géneros y formatos discursivos tan marginales como los temas de su escritura. Pese a que su popularidad podría conducirnos a no contemplar la posibilidad de que su nombre pudiera aparecer en un listado de escritores exocanónicos, es indudable que ha alcanzado su fama remando contra una red de fuerzas centrífugas que aspiran a arrinconar a aquellas figuras autoriales que no comulgan con los ideales de un canon monolítico que sigue respondiendo hoy día a la norma patriarcal, heterocentrada y eurocéntrica. Sirvan como ejemplo de estos ejes de descentramiento su defensa del feminismo interseccional, la diversidad sexo-afectiva, la decolonialidad, el poliamor o los modelos de crianza alternativos.

Así, la autora peruana, afincada en España desde hace más de veinte años, ha hecho de la defensa y reivindicación de los márgenes la razón de ser de su literatura. Pero lo ha hecho desde un compromiso estético que ha sabido encontrar en los moldes más heterodoxos el mejor cauce para su poética de la disidencia. Prueba de ello son sus palabras en la entrevista que le realizó su colega y compañera del proyecto Sudakasa —un espacio físico para la escritura y el arte en comunidad desde la diáspora latinoamericana ubicado en las afueras de Madrid—, Claudia Apablaza, en el pasado número de diciembre, donde, tras encajar sus libros en las categorías de extraños, dementes o degenerados, Wiener reconoce que la literatura puede ser cambio y resistencia.

Cambio, sin duda, por la constante mutación e hibridación de géneros de la que hace gala su escritura, y resistencia por esa férrea batalla contra los poderes hegemónicos desde su activismo literario. En efecto, como bien afirma Apablaza, a Wiener siempre la ha movido el deseo de poner en tensión todas las fisuras del sistema, incluida la precariedad del trabajo intelectual y creativo a la que tanto se han referido también autoras como Remedios Zafra, Azahara Palomeque o Bibiana Collado.

Por tanto, en virtud de estos dos factores, cabe hablar de Gabriela Wiener como una escritora exocanónica, sí, pero también abanderada de un contra-canon que está remeciendo los cimientos del campo literario hispánico más ortodoxo. Un contra-canon de activistas de la disidencia con poéticas rompedoras que discurre desde hace décadas en paralelo a los cánones institucionales. Se trata de un movimiento centrífugo que quedó inaugurado casi cincuenta años atrás por autores como Pedro Lemebel, Diamela Eltit o Copi, y está liderado en la actualidad por nombres como la propia Wiener, Yolanda Arroyo Pizarro, Camila Sosa Villada, Ángelo Néstore, Cristina Morales o Gabriela Cabezón Cámara.

En el proyecto revolucionario de Gabriela Wiener el activismo y la escritura se dan la mano. Independientemente del género literario al que se adscriban, lo que tienen en común todas sus obras es el pensamiento disidente de la norma patriarco-colonial y heteronormativa. Desde su faceta más vinculada al periodismo, fruto de la cual son sus colaboraciones en medios de prensa, su libro de crónicas Sexografías o su autoensayo Nueve lunas, hasta la más poética de la que nace su reciente título Una pequeña fiesta llamada eternidad, pasando por formatos más convencionales como el libro autoficcional Huaco retrato, todo en su escritura se encuentra atravesado por el activismo político.

Vida y literatura se imbrican en sus alegatos anticoloniales, en su vindicación de las maternidades disidentes o de las relaciones no monógamas y la libre sexualidad, a fin de trenzar un proyecto autorial asentado en la subversión de las formas y doctrinas del poder. Ciertamente, como bien lo advierte Ana Casas, ese posicionamiento como «escritora de las formas marginales con respecto al canon (crónicas, cómic, entrevistas) tiene mucho que ver con los temas de su escritura». De ahí que la diversidad y ruptura de modelos discursivos de los que hace gala su obra resulte el mejor canal y la prueba más fehaciente de su disidencia exocanónica.

Francisca Noguerol viene proponiendo en sus últimas investigaciones que muchas de las publicaciones más recientes en lengua española desbordan el concepto de literatura para aproximarse al de escrituras. Es a esta noción de escritura, entendida desde su apertura y dinamismo, a la que se aviene la obra de Gabriela Wiener. La maleabilidad de sus textos, de sus escrituras, es una de las señas identitarias de su trabajo. No es de extrañar, entonces, la originalidad de títulos como Dicen de mí, un atípico libro en el que combina la narrativa del yo con su inclinación periodística, dado que se compone de entrevistas que Wiener realiza a personas de su entorno más cercano sobre sí misma; o la mutación a la que se han prestado otros como Qué locura enamorarme yo de ti, que fue primero una crónica autobiográfica publicada en la revista Turia, después una lectura o performance dramatizada, y que acabó convertida en una obra de teatro dirigida por Mariana de Althaus, estrenada en el año 2020 y lanzada finalmente por Continta Me Tienes en 2023 junto con otros fragmentos incorporados a la edición impresa.

No obstante, pese a la originalidad de estas propuestas, quizás su texto más leído sea Huaco retrato, y también aquel en el que la despatriarcolonización golpea de una manera más directa. En esta novela autoficcional, Wiener alterna tres narraciones: la investigación alrededor de la figura de un antepasado colonialista, de nombre Charles Wiener; la exploración de la narradora sobre la doble vida de su padre tras su fallecimiento y, por último, la indagación que ella misma realiza sobre la infidelidad que ha cometido en el seno de una relación sexo-afectiva no normativa. Con ello, queda patente su atentado contra el colonialismo, contra el patriarcado y contra la monogamia, pero también se descubre el cuidado trabajo de construcción, dentro y fuera del texto, de una figura autorial marcada por el grito de rebeldía.

Desde que teóricos como Jérôme Meizoz, Dominique Maingueneau o Ruth Amossy inauguraran las reflexiones y debates en torno a las figuras de autor y las posturas autoriales, los criterios de distinción y singularidad de las autorías más excéntricas han sido sin duda uno de los ejes centrales de atención de la crítica literaria. Desde este planteamiento, se puede afirmar que Gabriela Wiener ha construido su figura autorial desde el ensalzamiento del margen. Desde esa distinción y singularidad mediática y textual que la caracterizan, como bien demuestran también sus intervenciones públicas y sus perfiles en redes sociales. Y desde el asalto constante a las normas que el poder prescribe.

Su figura y su obra son un ejemplo de lucha contra las políticas de extranjería, contra el machismo, contra la homofobia, contra la pobreza, contra los modelos de maternidad hegemónicos o contra la imposición de la normatividad relacional. Todo ello con el objetivo manifiesto de despatriarcolonizar los géneros literarios y la escrituras más convencionales mediante la asunción de la heterodoxia identitaria y textual.

La disidencia de Gabriela Wiener es la del cuerpo feminizado, migrante, cholo. Y la de sus textos indómitos. Su escritura no olvida que ética y estética van de la mano e impulsa a la acción de despatriarcalizar y descolonizar nuestras vidas. Su exocanonicidad es la prueba de que otra literatura es posible si fijamos la vista y nos jugamos los cuerpos en los márgenes de nuestro campo de batalla. Su disidencia es, en definitiva, la de ese cuerpo-corpus que en el afán de despatriarcolonizar nuestro sistema de pensamiento y de escritura no olvida que una figura autorial exocanónica debe sustentarse en una poética escritural tan inclasificable y combatiente como el cuerpo que la sostiene.