POR HÉCTOR ABAD FACIOLINCE
Tuve la dudosa suerte de ganar un concurso nacional de cuento cuando era muy joven, a los veintiún años. El pequeño premio en metálico, el minúsculo renombre en los periódicos de provincia, más que estimularme, me paralizó. Aquel cuento, de denuncia social, adolecía de todos los horrores del realismo socialista y yo lo había escrito más como un ejercicio de estilo que como algo que me conmoviera auténticamente. Era, en cierto sentido, un cuento ajeno. No lo había copiado, no, pero era ajeno a mí. El peor riesgo de un éxito temprano es lograrlo cuando uno no tiene todavía una voz personal. Ganar con lo inauténtico es la mejor manera de hundirse en la duda y en la inseguridad. ¿Habrá que escribir con esa voz falsa e impostada, que no se parece a mí, aunque a otros les gusta? Pasaron más de diez años antes de que yo pudiera publicar mi primer libro de cuentos. El libro pasó inadvertido, justamente, porque no era bueno, pero al menos era mío, pues era lo que yo había querido escribir. No tuvo reseñas ni ganó ningún premio, por fortuna. De haber tenido éxito, pude haber pensado que lo escrito estaba bien así. Y no: tanta indiferencia me hizo darme cuenta de que tenía que escribir mucho mejor si quería tocar alguna fibra en mis colegas, en los críticos y en los lectores corrientes.

De mi segundo libro, una novela, envié el manuscrito al más prestigioso y mejor dotado Premio Nacional de Novela inédita. El ganador fue otro libro, pero mi novela recibió una mención especial, la única. Creo que fue mucho mejor quedar de segundo que de primero, porque eso me obligó a leer la novela ganadora que, al no gustarme nada, lo único que me produjo fue unos deseos intensos de volver a corregir la novela para demostrar que mi libro era mucho mejor que el del ganador. Entonces recordé que ya antes había perdido un premio literario, en el colegio, en los últimos años de bachillerato. Mi cuento no había recibido ni siquiera una mención. En el cuento ganador, de otro estudiante de mi mismo curso, se usaban algunas palabras y expresiones que a mí me resultaban insufribles. Todavía las recuerdo: «sendos», «ora esto, ora aquello» y «alféizar». Nunca en mi vida yo había usado esas palabras en mi casa o en la calle. De ahí que me parecieran postizas y que me jurara que nunca usaría expresiones así. En la novela ganadora había un gato que hablaba; también me juré que en mis novelas los gatos no iban a hablar jamás.

Por esa misma época leí, o mejor, registré conscientemente algo que antes debí haber leído por encima. Era una opinión de Cervantes sobre las justas literarias. A ellas se refiere el ingenioso hidalgo, en este caso seguramente un ventrílocuo del autor, con un apunte que conserva aún toda su validez de entonces. En la segunda parte, capítulo xviii, don Quijote aconseja que en los versos de justa literaria «procure vuesa merced llevar el segundo premio; que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona; el segundo se lo lleva la mera justicia; y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades. Pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero».

Sí, ser segundo, o mención, o llegar tercero, casi nunca sirve de nada. Es como en la Vuelta o en el Tour de Francia: sólo el primero se recuerda, por mucho que los subcampeones no hayan sudado menos ni —tal vez— merecido menos el triunfo que el ganador. Muchas veces las etapas y las vueltas, así como los concursos literarios, se ganan por el favor del nombre, como dice Cervantes, o también por azar.

Creo que siempre ha sido así. Incluso antes de los tiempos de Cervantes cuando las justas literarias recibían un nombre todavía más anticuado: «juegos florales». Antes los trovadores franceses y todavía hoy algunos ateneos de provincia llaman con ese nombre a los premios literarios; suena tan raro que dan ganas de pronunciarlo ladeando un poco la sonrisa en la boca. El nombre, sin embargo, tenía su sentido, ya que a los bardos ganadores se les entregaba una pequeña flor. Tal flor era artificial, pero de oro, por lo que no era imposible intercambiarla por un beso real con alguna doncella o doncel de esos que siempre andan detrás de aquilatados versos y alborozados vates. Ganar los juegos florales significa ganar prestigio, flores y alabanzas, quizás besos, y por eso siguen y seguirán existiendo. Para ganarse la vida escribiendo no bastan los mecenas ni las editoriales, casi nunca. Se necesitan flores.

Con la edad mercantil, y hasta ahora, el apelativo de los juegos florales se volvió casi comercial, «concurso», y el premio (fuera de la gloria efímera que da el «nombre de primero»), por lo general, pasó a consistir en un cheque con pocos o muchos ceros, en ver el propio nombre al lado del nombre de algún escritor muerto y prestigioso y en la «edición de la obra ganadora por parte de los organizadores». No pocas veces el premio es el disfraz del anticipo editorial.

Pero ¿vale o no la pena participar en los concursos literarios, es decir, en aquellos en que es necesario enviar la obra? Cuando uno es un joven con ilusiones, sin dinero y sin editorial, los pequeños premios son una de las oportunidades de salir publicado. Los grandes suelen estar reservados para autores que ya no necesitan ganar premios. Sin embargo, para autores novatos o desconocidos, cuentos, poemas y novelas inéditas encuentran a veces un jurado atento, sin sesgos ni prejuicios, que es capaz de encontrar nuevos talentos. A veces las editoriales no pueden permitirse lectores con tanto empeño y de tanta paciencia. Cuando uno es mayor, y ha ganado y perdido suficientes concursos, el dilema es otro: ¿conviene o vale la pena ser jurado de los premios literarios?

El oficio de jurado de concursos suele ser ingrato. Sin embargo, así como participé (y perdí y gané) en varios premios literarios, he aceptado ser jurado en premios grandes y pequeños. Es más, he organizado y buscado patrocinadores para nuevos premios, por creer, quizá de manera ingenua, que también el mérito literario debe ser reconocido. Pero esto no me vuelve ciego a los inconvenientes, a los absurdos, a los sinsabores y errores de que están llenos este tipo de eventos. Veamos algunos.

Como irremediablemente en todo premio hay muchísimos más participantes que ganadores, habrá siempre muchos más concursantes humillados y ofendidos que concursantes contentos con el fallo. Eso acarrea odios, envidias, suspicacias. Genera, además, comentarios contradictorios: si el ganador resulta ser un escritor conocido, el comentario será: «¡Siempre ganan los mismos!». En cambio, si el ganador es un nombre nuevo, dirán: «¿Y a ése quién lo conoce?». La conclusión más común, sin embargo, es el desdén: los grandes escritores no necesitan premios. La gran obra se impone por encima de la inane vanidad de los concursos. Estoy en parte de acuerdo con todas estas opiniones, pues yo mismo las he tenido, sobre todo como un método de consolación cuando no gano nada, o cuando los que ganan (qué raro es compartir la alegría de los ganadores) parece que carecen de los méritos suficientes.

Ser juez literario conlleva otros riesgos. Que algún amigo de uno de los jueces, por ejemplo, cometa la imprudencia de participar. Si llega a ganar, el premio quedará en entredicho, pues dirán que el jurado obedeció a la amistad; si llega a perder, lo que queda en entredicho es la amistad. Ojalá los amigos nunca participaran en premios de los que uno es jurado. Pero hay concursos abiertos a los que nadie se postula. Y ahí estarán también los amigos extrañados de que no les hayamos otorgado aquello que sin duda se merecen. Como el compromiso de los jurados suele ser que los intríngulis de la discusión no se revelen, uno puede perder amigos aun cuando haya votado por ellos.

Hay peligros todavía más íntimos, de conciencia: después del durísimo oficio de leer cientos de originales, el jurado nunca está completamente seguro de haber sido del todo justo. Es poco común que entre las obras finalistas haya una que sea —de lejos— mucho mejor que las otras; todo en el arte tiende a la medianía y lo genial es escaso casi por definición. Así que siempre queda el resquemor de una duda, el posible remordimiento de no haber sido totalmente ecuánime, de haberse dejado influir por el juicio de los demás, por la personalidad dominante de otro jurado, por una distracción momentánea, por una preferencia o antipatía personal por el tema o el tono, inclinaciones siempre demasiado subjetivas. Un jurado sensible también sufre con su imaginación: piensa en todos aquellos talentos destruidos porque no los escogieron entre los finalistas; se imagina las vocaciones truncadas, los llantos, incluso los suicidios de los concursantes descartados. Ser jurado es durísimo, a no ser que se tenga el corazón de piedra. Y todo por el dudoso prestigio de poder juzgar, o por recibir unos pocos dólares (muchos menos que los que se ganan los ganadores), o por la ilusoria recompensa de imponer el propio gusto (el propio mal gusto) o los propios errores.

La prudencia, el compromiso o el conformismo guían casi siempre el fallo final de un concurso. Pocas veces se corre el riesgo de premiar la obra más novedosa, más revolucionaria; se prefiere dar a ésta una mención y acogerse a alguna de mérito que genere menos polémica. Cervantes tenía razón y la sigue teniendo: un segundo puesto lleva siempre la sospecha de ser el primero. Nunca se es del todo anónimo. Si una firma conocida deja huellas o si su estilo se adivina de un modo transparente bajo el seudónimo, la mayoría de los jurados preferirán confirmar su prestigio que arriesgar el propio premiando a otros nombres más oscuros. Pasa también lo contrario: se le teme al nombre con renombre, para evitar la acusación de que siempre gana «la misma mafia», y a los escritores de mucha alcurnia o popularidad cuesta muchísimo más que el jurado se digne premiarlos, más que por arrogancia, por cobardía.

Tomar la decisión de participar en un concurso literario tampoco es fácil, sobre todo a partir de cierta edad. Se corre el riesgo de perder (cosa grave para autoestimas siempre en dudoso equilibrio); y se corre el todavía más grave riesgo de ganar (cosa nefasta para autoestimas demasiado dispuestas a dispararse hacia arriba con el menor signo de aprobación). Si uno no está dispuesto a acoger con un ánimo muy parejo la derrota o el triunfo, lo mejor es no exponerse a los juicios de los demás. Si uno es muy joven, y dado a la vanagloria, un premio puede terminar con su posible talento. Igual si es muy joven y dado a la autocrítica, un fracaso puede acabar con un talento real. Conviene siempre seguir el precepto socrático: conocerse bien, antes de proceder a concursar, y entender que siempre el horizonte más probable es el fracaso.