POR MATÍAS SERRA BRADFORD

I.

Hubo un par de años –los primeros del siglo– en que jugamos al tenis bastante seguido. Dobles. Marcelo y yo contra el académico Américo Cristófalo y un librero calvo de la sucursal de Gandhi en Buenos Aires. Una cancha de superficie dura, techada, vecina de vías de tren, más parecida a un galpón con efecto invernadero. El librero exhibía una reticencia sonriente que lo desconcentraba. Américo tenía un saque asmático, de paletero de playa. Marcelo era más mecánico, pero no sin la imprevisible ductilidad de una marioneta bien armada. Una tarde, en el tercer tiempo y sin mirarme fijo soltó: “La ventaja que tenés vos es que no necesitás pensar cada golpe”. Una frase elocuente, altamente significativa, no sólo acerca de su persona sino también de su literatura. 

Marcelo Cohen era una forma irrepetible de decir, que equivale a una forma irrepetible de pensar, y al revés. Una persona y un lenguaje constantemente atentos a sí mismos. Sobre todo a las resbaladas de la lengua, a su autoengaño, a lo que asume. Sus modos, oral y escrito, eran una extraña combinación de convencimiento y vacilación. Y la suya una ficción –en los relatos de Los acuáticos o de La calle de los cines que se pone en duda una vez y otra. (En este punto es pariente, aunque con estilos contrapuestos, de Sergio Chejfec; nacieron en la misma década, murieron el mismo año, vivieron gran parte de su vida fuera de la Argentina, entre o contra otros castellanos). Mientras tanto, la impresión del lector se vuelve tan inestable como lo que Cohen describe: “Como si el ojo empezara a contarle a la mente que cada cosa era imprescindible para mitigar la angustia del desamparo”. Su narrativa es una marea de descripciones y ubicaciones particularizadas. (Otro ejemplo es el principio del primer relato de El fin de lo mismo: “Al fondo, bajo el peso del aire, el horizonte está como un portal o un sello. No parece una línea sino el rastro de un pincel bastante seco, aunque en realidad es una luz cristalina lo que de vez en cuando lo borra, lo aleja, lo disuelve o lo prolonga”). Cohen trabajaba con la fertilidad y la opulencia de lo indeterminado, con recorridos panorámicos, barridos, paneos, en su narrativa y en su faena crítica.

Le resultaba natural el retrato de fenómenos: también el jazz, el clima, la política. Y esto del pensar cada golpe incluía, desde luego, los golpes de los otros: Cohen era un crítico literario excepcional. Se hamacaba entre un examen técnico puntual y una especie de crítica filosófica; su rayo tomográfico operaba a la manera de un detector de variaciones ínfimas en la membrana mental. Basta releer Realmente fantástico y Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas. En ese terreno, tenía algo poco común: era generoso para elogiar a sus contemporáneos y a escritores más jóvenes. Le importaba leer y le importaba ser leído (no siempre es el caso entre autores). No simulaba pudor al confesar que le llamaba la atención que tal o cual amigo nunca le comentara uno de sus libros. Como si fuera algo importante para su literatura, pero también en la relación con esa otra persona. A propósito, bullía en él un fructífero vaivén entre confianza y sospecha en las propiedades de autoayuda, por así decirlo, de la literatura. El subtexto de Los acuáticos parece indicar que si se atiende más al lenguaje se puede vivir mejor, y una línea de Un año sin primavera suscribe esa persuasión:”De esas excursiones sin fin ni final al afuera de sí se vuelve con una necesidad de más palabras”. Si tomamos prestado un título de Norman Mailer, su tarea crítica podría rotularse “Advertencias a mí mismo”. Lo rubrica un texto sobre Lorenzo García Vega reunido en Notas: “Tal vez la literatura empieza cuando se reconoce cuán difícil es escribir suprimiendo las intenciones”.

II.

A veces, leer se asemeja a rodar una película que sólo se revela químicamente más tarde, al anochecer. Quizá por eso los fantasmas resultan fascinantes tanto para escritores como para lectores. El volumen de ensayos Realmente fantástico abre y cierra con dos de esos espectros. Como todo libro sobre la lectura, trata ineludiblemente sobre la escritura y presenta un podio panorámico, hojeable, de Marcelo Cohen. William Faulkner y cómo “el tiempo se prolonga tanto que se hace añicos a sí mismo”. Bruno Schulz, “un genio cuya prosa atraviesa la traducción como una vibración atraviesa los muros”. Alfred Jarry y su “ciencia de las soluciones imaginarias”. Samuel Beckett y su aprendizaje del silencio en otra lengua. Thomas Pynchon y su propósito de reencantar el mundo. William Burroughs y la idea del libro como espacio ilimitado. Sin duda, el autor de Hombres amables era otro que creía que nuestros escritores favoritos son nuestros críticos de cabecera.

A lo largo de la excursión, brotan puntadas como “en la resistencia de la literatura a ser manipulada reside su mayor eficacia”. O esta otra: “El movimiento de un estilo debe provocar su propio riesgo”. Es de esos libros de crítica que crean un mundo propio. Como crítico, Cohen llega a amar por la razón lo que ya ama por instinto. Su paso mesurado y su nariz metafísica son especialmente adecuados para abordar el paisaje contemporáneo, interior y exterior. He aquí al autor de El oído absoluto sobre el jazz: “Un cambio de tempo equivale a un cambio de conciencia”. Pero retomemos desde otro ángulo –gracias a este temblor entre timing y cavilación que propone Cohen– la cuestión de rumiar cada golpe, cada jugada: las suyas son traducciones pensadas. Incluso, podría decirse, enrarecidas por ese pensar. Es uno de los pocos casos en la historia de la literatura –perdón por la hipérbole y el exabrupto– en que un traductor logró plasmar un estilo reconocible a lo largo de decenas de reversiones de distintas lenguas y de muy distintas clases de prosa y poesía (que de un modo avieso su estilo empataba). Se puede reconocer una traducción de Cohen a la legua; basta detectar ciertos giros, un glosario patentado. Hay palabras que son una persona: “desflecado”, por caso.

En esa especie de autobiografía ladeada de traductor que es Música prosaica perfila, retrospectivamente, un campo y un plan: “Quería una argentinidad de incógnito y, digamos, una hibridez distinguida”. Es posible, incluso, divisar en sus últimos trabajos como traductor un estilo tardío (también un traductor tiene derecho a tenerlo). A veces se puede doblar la apuesta e imaginar que uno está leyendo a un escritor extranjero, traducido (no importa si por el mismo Cohen), para examinarlo bajo una luz distinta, más justa o exacta.

Marcelo Cohen era a la vez muy personal y muy profesional como traductor. Alerta a las medidas y los números, naturalmente, porque era su ganapán, contra el que se tomaba revancha en su propia literatura, que fue siempre puro derroche. Es revelador, en este sentido, lo que anotó en “Prosa de Estado y estado de la prosa”, incluido en Notas sobre la literatura y el sonido de las cosas: “En Argentina hiperescribir fue la insubordinación estética de Saer; ahora es la de Alan Pauls y, se diría, la de Chejfec”. Ya que estamos con los idiomas, otra tangente: Cohen era un plurilingüe fanático. (Chejfec, en cambio, era un monolingüe acérrimo, pero curiosamente terminaron convergiendo en un castellano compartido, a la misma altura, más allá de sus inflexiones y matices, tan singulares en cada caso. Dos despilfarradores que dejaban correr su prosa y a la vez eran grandes socios del cronómetro en la vida cotidiana). Curiosamente, en la narrativa expansionista de Cohen la imaginación prolifera pero en espacios demarcados, de la mano de topónimos solariegos.

El humor escrito de Marcelo no era menos anómalo, y si uno lo conocía y trataba resultaba más cómico aún porque pendulaba entre lo voluntario y lo involuntario. En fin, esta voluntad de dispendio tiene que ver, en escritores como Cohen (y Chejfec), con la persecución y recaptura de lo visible, que dio pie a anacronismos muy distintos. En su afición por el exceso, por la voluta, la vuelta de más, los dos franquearon la frontera de la prosa hacia la poesía, de manera lateral (como traductor uno, como practicante el otro), pero no es difícil adivinar que esa relación íntima con el verso fue decisiva para ambos, en su relación con la literatura y con el mundo más o menos visible. Y a lo mejor eso también contribuyó a regalarles otra osadía, otro desparpajo, en el caso de Cohen en su iconografía, sus inferencias y trayectos mentales; en el caso de Chejfec, justamente, en su autoironía.

De pronto, todos estos trazos paralelos o cruzados traen a la mesa un interrogante: ¿dónde quedan los diálogos entre escritores amigos? La conversación perdida también apunta en otro sentido, a aquello que sólo se podía hablar con esa persona y con ninguna otra; un trofeo que no se inventa en un día. No pocas veces terminan enterrados los intercambios, precisamente, de lecturas; cuestión que, como quedó dicho, Marcelo valoraba sobremanera. Es con ese afán que recupero un ida y vuelta del 2010, a propósito de su novela Casa de Ottro. La carta como reseña privada.

III.

Asunto: Telegrama a un amigo que ha vuelto a publicar una novela (Domingo 2 de mayo de 2010)

El relato monta, desde el vamos, asombrosos géneros de demencia. Demencia que se manifiesta en la manía del neologismo (síntoma del expatriado). Síntoma en el lector: risa desvariada frente a la aparición de cada neologismo y su enloquecida reproducción virósica. Demencia en el estado terminal de los nombres de los personajes de Cohen: entre irónicos, abstractos y afectuosos. Los nombres en Cohen: cada vez más parecidos a los de Pío Baroja. La demencia –la originalidad– de un narrador construido exclusivamente en relación a otro, en función de otro, en diálogo constante con otros. La tesis –la investigación– que sí es manifiesta: hasta dónde podemos conocer a otro (y si ese otro es público la dificultad se triplica); hasta dónde nos toca lo que otro lega. El delirio de una novela casi tardía de un escritor que plantea, sin embargo, una novela joven, que tantea, que le permite reinventarse: la desprolija, venturosa escritura deliberada (la narradora no elige mal la puntuación pero sí opta por palabras voluntariamente torpes, ni siquiera incorrectas). Novela irreductible, incorregible. Sorpresivo y verosímil el esquizofrénico contraste entre la inescrupulosidad moral del mundo de la narradora confesional y los vuelos líricos. Novela ambiciosa; en el sentido en que las últimas de Ballard no lo eran. Es literatura y es otra cosa: “el saber que obtiene aquel que hace del trabajo un experimento”. Casa de Ottro pone en escena una vieja obsesión política de Cohen y su tendencia a definir y precisar sociológicamente a los personajes: un narrador pedagógico. (A propósito, gran enumerador de objetos). La “lección” del tema y la dimensión de la obra parecieran indicar que el autor apunta a la grandeza literaria, pero el método y la forma (releer Donde yo no estaba) socavan cualquier teoría a este respecto. Caza mayor: Moby Dick político. Shakespeare revisitado, retraducido: familia y poder. Demencia beckettiana, con algo de Final de partida: juego de poder en un ámbito cerrado. Pynchon y su cuento “Entropía”: la casa como domicilio de la conciencia. La demencia –la potencia– de la mera idea. Cohen, cada vez más un escritor de instalaciones, escritor como artista conceptual. ¿Y si es esta la novela que prometían tres puntos fechados el 3 de marzo de 1921? En carta de Borges a su amigo Jacobo Sureda, desde Mallorca, Borges a punto de subirse a un barco que lo traería a Buenos Aires: “Zarpo mañana a la tierra de los presidentes averiados…” En Casa de Ottro la que viaja, miles de años después, es Penélope, alrededor de su cuarto, y a su regreso el lector es testigo de una escena sobradamente ateniense: el perro de la literatura reconoce –denuncia– a la política a pesar de sus máscaras. Abrazos, M.

Fotografía de Salarrue Fuente: Wikicommons

Respuesta de Marcelo Cohen (sábado 8 de mayo de 2010):

Querido: ha sido una gran emoción leer eso; y lo de “caza mayor” me hizo dar un respingo. La verdad, nunca he podido llegar a sincerarme con el hombre machadiano que siempre va conmigo respecto a qué tono, si grande o chico, quiero que se desprenda del libro; no pensarlo, dejar la cuestión del lado, es una forma de inconsecuencia, pero es lo que hago. Más bien pienso en una atmósfera, un ataque, un estado de ánimo, una coloración o timbre existencial que me gustaría conseguir que el lector compartiese.

Demencias es una hermosa atribución, a mi parecer. Ottro es en bastantes aspectos una novela loca, enloquecida, pero también loca de un furor como el que mentaba Giordano Bruno, algo desmedido, hiperbólico que desemboca en o participa finalmente de la serenidad ebria del éxtasis. En ese sentido, si bien está clara la falta de escrúpulos de Fronda, nunca quise, como nunca quiero, condenarla, y mucho menos presentarla en la abyección. Historia personal, prejuicios, azares de la educación y el amor, equívocos de visión la llevaron a consentirse lados feos de sí misma, pero, por un lado, es una mujer entusiasta y en sus fugaces momentos de libertad es amoral en un sentido atendible; (y por otro, si hizo “entrismo” en el proyecto Ottro no fue por deseo de poder sino de cambio, un deseo confuso de otra vida); como pasa tan a menudo, la justicia presunta de la causa la habilitó para una corriente caudalosa de defecciones vitales. Pero yo quería que en esa casa incognoscible, y con esa turba anómala que se va a acumulando alrededor de ella como una insospechada familia, fuese cayendo en un tornado mental desde cuyo ojo comprendiera otra cosa y, por fin… viese. Siempre trato de que los personajes vean, porque si lo logro también yo veo alguito. Pero basta de esto. Lo que siento es gratitud y que la conversación se amplía sin cesar. Abrazo sentimental, Marchulis

IV.

En Música prosaica leemos: “Cierto también que dejar de escribir sería el lujo máximo, el verdadero triunfo sobre el tiempo y el yugo de ser alguien”. Desde sus libros –experiencias de descolocación–, desde sus fábulas del pensamiento pobladas de bandos y pandillas en “aldeas como de pan negro desmigajado”, con sus módulos y prótesis y la escenificación del mundo como una miniaturización en cuadros o cajas de barroco rabioso, que es donde está, Marcelo Cohen acaso ensaye una sonrisa nerviosa de mago rabínico o maestro zen criollo, sin dejar de interrogarse si “la luz sepulta el conocimiento”. De este lado, la lectura seguirá siendo un idioma extranjero completamente internalizado, ya propio.