SE RESPONDE A LA PREGUNTA DEL COMIENZO

Es hora de responder a la pregunta que nos suscitaba las provocativas líneas de Orlando. Recordémosla: ¿Cómo es posible que esta institución tan importante y duradera haya dejado tan exiguo legado? Aunque nos han quedado ejemplos de conversaciones galantes y anécdotas ocurridas en los salones, el narrador de la novela lleva razón cuando apunta a lo poco que ha quedado de todo cuanto se dijo e hizo durante dos siglos en los cercles. En lo que no la lleva es en el motivo, pues nos da justamente la explicación contraria a la pertinente. No es por falta de ingenio por lo que nada queda de aquello, sino precisamente por abundancia de él. La constancia, la inteligencia, el genio, pueden crear obras duraderas, que permanezcan en el tiempo. El ingenio crea hermosas pompas iridiscentes que explotan tras unos segundos de existencia. Las obras del ingenio surgen con la misma rapidez con la que desaparecen. Ser efímeras es su condición. La razón de ello es que el ingenio se calza el guante de la circunstancia más concreta. La moda de la temporada, lo ocurrido el día de ayer, los sentimientos de las personas presentes, son la materia con la que el ingenio construye. Una materia volátil, que se deshace al instante. Las obras del ingenio se disfrutan sabiendo que desaparecerán dejando todavía menos rastro que las del arte efímero del siglo xx, que al menos cuenta con los medios de grabación que el hombre empezó a inventar en el xix. Por eso el mundano no se reconocía en el savant o en el autor, y su aire es lúdico, ocioso e imaginativo, sin que eso impida abordar temas serios.

Pero hay más. Un aspecto fundamental en las conversaciones viene dado por algo tan etéreo e inasible como la voz, la entonación, la postura del cuerpo, el gesto, incluso el silencio. Aunque hoy en día nada escapa al ojo de la cámara, en el Antiguo Régimen toda esa parte de la conversación se vivía como algo tan efímero como el propio ingenio, al que estaba ligado. Yourcenar se sorprendía al pensar que carecemos de las voces de la gente que vivió durante tantos siglos. Lo que para nosotros es una costumbre, oír nuestras palabras reproducidas o ver nuestro rostro o nuestros movimientos con la nitidez de la fotografía o del vídeo, era algo imposible para los participantes en los salones. Las aladas palabras de Homero no habían sido todavía cazadas como dóciles pajarillos y encerradas para siempre en una jaula.

Un ejemplo del carácter efímero del contenido de estos salones lo constituye la literatura que se hace en ellos. Versos, cartas o billets no buscan la inmortalidad literaria, sino la diversión ocasional, y están tan ligados a la situación como las conversaciones. Lo que merece la inmortalidad, la obra de arte que la nobleza está creando en esos dos siglos, es una conversación circunstancial, ininterrumpida y efímera. Su propia brevedad es su fuerza; su chispeante ingenio, su grandeza.

 

SOCIABILIDAD FRANCESA

Este estilo de conducta elitista basado en la sociabilidad converge con el de la nación francesa. Montesquieu había dejado constancia de ello tanto en las Cartas persas –donde dice que, si el hombre es un animal social, el francés es el hombre por excelencia– como en El espíritu de las leyes –donde habla del temperamento sociable y la alegría de vivir de los franceses–. Decir en Francia de una mujer que conversaba bien era mayor elogio que alabar su elegancia o su belleza. Cabe preguntarse (pero no responderse) en este artículo si el modelo de comportamiento nobiliario que estamos mirando se transmitió al resto de la sociedad o si fue la sociedad quien propició esa sublimación de la sociabilidad. A lo primero parece apuntar la especialista Benedetta Craveri; a lo segundo una conocedora de los salones del xix llamada K. O´Meara, que escribe: «Paris es la cuna y la patria del salón, suerte de planta que crece naturalmente sobre el suelo de esta ciudad tan animada».

En cualquier caso, eso explica que el llamado mal du pays, la nostalgia de la patria, se refiera, según Madame de Staël, al placer de conversar que los franceses no pueden encontrar en ningún otro lugar. En la segunda mitad del xvii, Arnauld de Pomponne, que había sido nombrado embajador en Suecia, escribía al ministro de Estado, recordando el ambiente de conversación de la residencia campestre de este y el río en el que tanto se habían divertido, que pese a tener el mar Báltico a su disposición, se sentía «un pez fuera del agua». Una sensación que el exilio ordenado por Napoleón le hizo conocer a la propia Madame de Staël, a quien, según dijo a su marido, una conversación «animada e inteligente» le era indispensable.

Y es que Madame de Staël, hija de Madame Necker, desde muy joven era admitida a las comidas de sus padres con la condición de estar en silencio. Pero el suyo era un silencio muy elocuente, al decir de una de sus testigos: «No abría la boca, y sin embargo parecía que también hablaba, tan vibrantes y expresivas eran sus facciones». Esa joven, que tendrá la naturalidad que le faltaba a su madre, será la última intérprete del mundo de los salones y nos dejará unas líneas certeras sobre el arte de la conversación que resumen cuanto llevamos dicho:

«La clase de bienestar que ofrece una conversación animada no consiste precisamente en el argumento sobre el que se habla; ni las ideas, ni los conocimientos que se pueden desplegar constituyen el principal interés, sino cierto modo de actuar uno sobre los otros, de agradarse recíprocamente y con celeridad, de hablar en el acto mismo de pensar, de gozar al instante de uno mismo, […] de exhibir el ingenio con todos sus matices por medio del acento, los gestos, la mirada».

 

FUGAZ MIRADA AL SIGLO XIX Y AL PRESENTE

Nunca, según Talleyrand, el placer de vivir ha sido tan intenso y extendido como en el París de los años ochenta del siglo xviii. Quizá fuera el canto del cisne de los salones. En su documentado libro La cultura de la conversación, del que este artículo es deudor, Benedetta Craveri justifica que su estudio de los salones se detenga en 1789 porque considera que sólo en el Antiguo Régimen la ociosa aristocracia podía dedicarse de lleno a la vida mundana. La Revolución Francesa supone en este sentido «un punto de no retorno».

Para K. O´Meara, sin embargo, en un librito titulado Un salon à Paris (1886), la desaparición de los salones vendría algo después, cuando la mujer ya no se queda en casa y, al llamar el amigo a la puerta, teme oír: «La señora ha salido». Aunque el título se refiere al salón de Madame Mohl, el libro nos habla también del de Madame Récamier. La autora conoce bien ese mundo, a juzgar por las pertinentes notas que nos ofrece sobre la esencia de los salones (a diferencia de las reuniones en su país), como que precisa una maîtresse, pero no necesariamente un maître, o que la conversación lo es todo, sin que sea preciso nada material (una comida, por ejemplo). Su exposición de los salones mencionados nos hace pensar en una cierta continuidad con el pasado. Lo que atraía de Madame Récamier, nos dice, eran el esprit y el charme. Hombres de todos los partidos y opiniones iban al salón y olvidaban sus diferencias. Un Chateaubriand desencantado era la figura que reinaba en ese salón y al que la dueña de la casa dedicaba sus atenciones. Por eso fue tan bien recibida en él Mary Clarke, la futura Madame Mohl, que tenía un gran talento para divertirlo. Mary Clarke abriría su propio salón en la rue du Bac y lo aprendido en el de Madame Récamier la haría destacar en el arte de la conversación.

Los salones nunca perdieron de vista el ideal que pretendían plasmar y se juzgaron conforme a él (dando lugar a una corriente autocrítica). ¿Qué queda hoy de ese ideal? Quedémonos pensando en nuestras conversaciones y nuestros encuentros, reales o virtuales: el lugar que en ellos ocupa el cuidado de la palabra, el dominio de los gestos, la modulación y el volumen de la voz, la naturalidad, la atención al otro, el mutuo entendimiento, el gusto por la convivencia…

NOTAS
1 Borrador de carta, noviembre de 1912. Wassily Kandinsky: Gesammelte Schriften, 1889-1916. Farbensprache, Kompositionslehre und andere unveröffetlichte Texte, ed. Helmut Friedel, Múnich, Prestel, 2007, p. 490.
2 Ibid., p. 489.
3 Guillaume Apollinaire: Meditaciones estéticas. Los pintores cubistas, trad. Lydia Vázquez, Madrid, Visor Dis., 1994, p. 17.
4 Ibid., p. 14.
5 Cfr. Jan Assmann: Poder y salvación. Teología y política en el antiguo Egipto, Israel y Europa, trad. Manuel Cuesta, Madrid, Abada, 2015, pp. 285-321.
6 Gottfried Boehm: «Iconoclastia. Extinción-Superación-Negación», en Carlos A. Otero (ed.), Iconoclastia. La ambivalencia de la mirada, Madrid, La Oficina, 2012, pp. 37-54.
7 Der Blaue Reiter, ed. de Wassily Kandinsky y Franz Marc, Múnich,
Piper, 1912, p. 10, [más arriba, p. 4.]
8 Ibíd., p. 12.
9 Guillaume Apollinaire: op. cit., p. 13.
10 Texto datado en Goldach el 11.11.1914. Wassily Kandinsky: Gesammelte Schriften, 1889-1916. Farbensprache, Kompositionslehre und andere unveröffetlichte Texte, ed. Helmut Friedel, Múnich, Prestel, 2007, p. 625.
11 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): Archivi del futurismo, Roma y Milán, De Luca Ed. y Arnaldo Mondadori Ed., 1986, vol. I, p. 26.
12 De «Gaudier-Brzeska. Vortex», en Blast, 1, 1914, p. 158.
13 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. I, p. 18.
14 Del «Vorwort» redactado por Franz Marc (sin su firma) en el catálogo: Erster Deutscher Herbstsalon, Berlín, Der Sturm, 1913, p. 9.
15 Carta a María Marc del 17.03.1915. Franz Marc: Briefe aus dem Feld, Berlín, H. Rauschenbusch, 1948, p. 50.
16 Blast, 1, 1914, p. 33.
17 Der Blaue Reiter, ed. cit., p. 5.
18 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. I, p. 24.
19 George Steiner: En el castillo de Barba Azul. Aproximación a un nuevo concepto de cultura, trad. Alberto L. Budo, Barcelona, Gedisa, 2001, p. 27. Sobre el ennui en la cultura francesa de la Monarquía de Julio véase la tesis doctoral inédita de Daniel Lesmes: El ennui en la escena revolucionaria. París, 1830-1848, UCM, 2016.
20 Cfr. Javier Arnaldo: ¡1914! La vanguardia y la Gran Guerra, cat. exp. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, MTB, 2008. Uwe M. Schneede (coord.): 1914. Die Avantgarden im Kampf, cat. exp. Ausstellungshalle der Bundesrepublik Deutschland Bonn, Colonia, Snoeck, 2013.
21 Walter Benjamin: Gesammelte Schriften, ed. Rolf Tiedemann y Hermann Schweppenhäuser, Frankfurt, Suhrkamp, 1991, ii-1, p. 215.
22 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. ii, p. 50.
23 Stéphane Mallarmé: Correspondance complète (1862-1871) suivi de Lettres sur la poèsie (1872-1898), ed. Bertrand Marchal, París, Gallimard, 1995, p. 587.
24 Cfr. Maria Dario: «Le Douanier Rousseau, Fantômas et Cie: la culture populaire, ressort majeur des Soirées de Paris», en Regarding the Popular: Modernism, the Avant-Garde and High and Low Culture, ed. Sasha Bru, Laurence van Nuijs, Benedikt Hjartarson, Peter Nicolls, Tania Ørum y Hubert van den Berg, Berlín / Nueva York, De Gruyter, 2011, p. 315.

25 Blast, 1, 1914, p. 31.
26 [Bebuquin oder die Dilettanten des Wunders.] Carl Einstein: Werke, vol. i [1908-1918], ed. Rolf-Peter Baacke, Berlin, Medusa, 1980, p. 77.
27 Alfred Kubin: Die andere Seite: Phantastischer Roman. Mit einer Selbstbiographie des Künstlers, Múnich, Georg Müller, 1923, p. xliv.
28 Franz Marc: Schriften, ed. Klaus Lankheit, Colonia, DuMont, 1978, p. 200.
29 Paul Klee: Diarios, ed. Felix Klee, trad. Jas Reuter, Madrid, Alianza, 1993, p. 242.
30 Hubert van den Berg: «… wir müssen mit und durch Deutschland in unserer Kunst weiterkommen». Jacoba van Heemskerk und das geheimdienstliche «Nachrichtenbüro Der Sturm», en Petra Josting y Walter Fähnders (eds.), «Laboratorium Vielseitigkeit». Zur Literatur der Weimarer Republik. Festschrift für Helga Karrenbrock zum 60. Geburtstag, Bielefeld, Aisthesis Verlag, 2005, pp. 67-87.
31 Franz Marc: Schriften, ed. cit., p. 159.
32 Cfr. Anita Kühnel: «So wussten wir alles aus ersten Hand. Transfer der künstlerischen Moderne», en Avantgarde!, ed. Anita Kühnel, Michael Lailach y Jutta Weber, cat. exp. Kunstbibliothek, Staatliche Museeen zu Berlin, Berlín, 2014, pp. 65-107.
33 Literalmente en el manifiesto en italiano, publicado también en 1909 en la revista Poesia. Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. i, p. 15.
34 Le Figaro, 20.02.1909.
35 Quaderni del Novecento Francese [vol. 13: Guillaume Apollinaire. Corrispondenza, ed. B. Zoppi], Roma, Bulzoni, 1992, p. 150.
36 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. i, p. 344.
37 De «L’esprit nouveau», publicado en el Bulletin des écrivains, diciembre de 1917. Guillaume Apollinaire: OEuvres en prose complètes, ed. Pierre Caizergues y Michel Décaudin, vol. ii, París, Gallimard, 1991, p. 1322.
38 Carta redactada entre el 15 de agosto y el 1 de diciembre de 1914. Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol.i, p. 344.
39 Cfr. Giovanni Lista: Le livre futuriste. De la libération du mot au poème tactile, Módena, Panini, 1984, pp. 131-140.
40 Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. i, p. 344.
41 Manifiesto Dopo il verso libero le parole in libertà. En: Lacerba, i, 22, 1913, p. 252.
42 De la misma carta a Ardengo Soffici redactada entre el 15 de agosto y el 1 de diciembre de 1914. Maria Drudi Gambillo y Teresa Fiori (eds.): op. cit., vol. i, p. 345.
43 František Kupka: La Création dans les arts plastiques, trad. Erica Abrams, París, Cercle d’Art, 1989, p. 167.
44 Guillaume Apollinaire: op. cit., p. 30.
45 Escrito sin datar, probablemente de 1913-14. Publicado en Helena de Freitas: Amadeo de Souza-Cardoso, 1887-1918. Catálogo raisonné, Lisboa, Assírio & Alvim, 2008, p. 37.
46 Guillaume Apollinaire: Meditaciones estéticas. Los pintores cubistas, ed. cit., p. 15.
47 AA.VV.: Vers des temps nouveaux. Kupka, oeuvres graphiques, 1894-1912, cat. exp. Musée d’Orsay, París, Réunion des musées nationaux, 2002, p. 209.