MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

Durante mucho tiempo he estado convencido de que, cuando escribimos sobre hechos reales, la pregunta ética fundamental no se encuentra tanto en el asunto elegido como en el tratamiento que hacemos de él. Y por tratamiento no me refiero solo a la forma, sino a todas las decisiones que tomamos para hablar de algo: desde dónde miramos, las palabras por las que optamos, los detalles que consideramos necesarios o los que preferimos dejar fuera. No hay temas malos, hay malos enfoques. Se puede contar un crimen atroz recreándose en él o intentando respetar el dolor de quienes lo sufrieron. La clave no está en hablar o guardar silencio sino en encontrar el modo más justo de hablar. Saber tratar.

El cuidado en la escritura puede permitirnos narrar incluso las historias más dolorosas sin añadir sufrimiento a quienes las han vivido. Es lo que pienso, por ejemplo, cada vez que, en una presentación o una conversación sobre El dolor de los demás, alguien me pregunta cómo se lo tomaron los familiares. Cómo se lo tomaron los hermanos de mi amigo, que la Nochebuena de 1995 asesinó a su hermana y después se suicidó. El padre, los primos, los sobrinos…, las personas para las que esas páginas suponen volver a una historia que habrían preferido dejar para siempre en el olvido.

Yo siempre respondo lo mismo: lo tomaron mal. Pero suelo añadir una coletilla: si algún día leyeran la novela quizá podrían reconocer el respeto con el que intenté tratar la historia. Verían que lo que allí se narra es el dolor del amigo, la necesidad de comprender el crimen y elaborar el duelo, lejos del morbo y la perspectiva obscena que suelen utilizar los medios de masas o el true crime.

Pero no soy ingenuo. Y con el tiempo he comprobado que a la familia de mi amigo le importa mucho menos cómo esté tratada la historia que el hecho mismo de que se vuelva a hablar de ella. Y lo entiendo. Casi nadie quiere que se hable de lo suyo, y menos aún cuando lo suyo es una historia traumática. El periodismo se enfrenta a esto todos los días. Cada vez que veo las noticias, yo no puedo evitar pensar en las madres de los asesinos, en los hijos de los ladrones, en las familias de los políticos corruptos…, en todos aquellos que no han cometido ningún delito y a los que la noticia también hace daño. Es cierto que se puede informar haciendo más o menos sangre, eligiendo qué mostrar y qué omitir. Pero el mismo hecho de contar genera siempre un «daño colateral». Si ese daño bastara para no contar, la posibilidad de informar quedaría sometida al deseo de silencio de los afectados. Porque siempre hay algún inocente a quien una noticia le rompe la vida.

Con la literatura sucede algo parecido, aunque su razón para contar no sea la del interés público, sino otra, a veces más difícil de justificar. Si comprender la voluntad de silencio y olvido de quienes aparecen en un libro nos obligara a acatarla, la historia se convertiría en tabú y el mero hecho de mencionarla —del modo que fuera— sería ya una transgresión. Entonces dejaría de importar cómo se cuenta. El relato más cuidadoso y el más morboso incurrirían en la misma falta.

Una cuestión central aquí es que una historia no pertenece nunca del todo a una sola persona. Un mismo hecho atraviesa varias vidas, y cada una queda ligada a él de una manera distinta. Por ejemplo, en El dolor de los demás, los hechos contados afectaron también a mi vida. El asesino era mi amigo. Pero también era hijo de alguien, hermano de alguien, tío de alguien, incluso amigo de otros. ¿Debía renunciar a contarla para respetar la voluntad de silencio de los demás? ¿Cómo negociar con la voluntad de todos? ¿Quién tiene «más» derecho a contar una historia así? ¿Y quién puede decidir que no se cuente? ¿Habría sido más ética la novela con su autorización? ¿Quién debería «autorizar»?

He vuelto a pensar en estas preguntas leyendo Desde el odio, el ensayo en el que Luisgé Martín reflexiona sobre la retirada de su libro sobre el asesino José Bretón. Hay allí una idea que me parece importante: la aprobación de los afectados no vuelve automáticamente ética una obra, del mismo modo que su rechazo no basta por sí solo para deslegitimarla. También, por supuesto, es central en ese libro la reflexión sobre la cancelación de El odio. Y algo fundamental que recuerda Sara Mesa en el prólogo: «Defender la publicación de un libro no implica defender todos y cada uno de los aspectos de ese libro.» Lo que sí implica es hacer posible que se lea y se discuta, que se pueda criticar en términos literarios y también éticos.

Pero debajo de ese libro late otra cuestión, extensible a todos los que escribimos sobre hechos y personas reales, que me interesa todavía más. Es algo que durante mucho tiempo me ha costado aceptar: hay un daño que podemos evitar al escribir y otro que nace precisamente de haber decidido hacerlo. Contra el primero sirve el tratamiento: elegir bien las palabras, los detalles, la mirada, saber dónde detenerse. Contra el segundo no hay técnica ni cuidado que valga. Porque ese daño no está en cómo se cuenta una historia, sino en el mero hecho de volver a contarla. En hacerla circular de nuevo y devolverla a la conversación. Eso es lo que duele.

Nada de lo anterior, por supuesto, nos dispensa de encontrar el mejor modo de escribir. Al contrario. Precisamente porque contar puede hacer daño, importa todavía más cómo lo hacemos. Saber algo no significa que tengamos que publicarlo. A veces hay que renunciar a un detalle que ha costado meses averiguar. Durante la escritura de la novela tuve que tomar muchas de esas decisiones: no entrar en determinados territorios, no hacer más daño del necesario, medir el dolor de una frase, de un párrafo o incluso de un capítulo.

Y, sin embargo, debemos aceptar que eso no borra el daño. En mi caso no lo ha eliminado. A los hermanos de mi amigo no les duele que la historia esté mejor o peor tratada, sino el mero hecho de que haya sido escrita. Les duele que aquello que querrían que permaneciese enterrado circule de nuevo. Les duele que alguien vuelva a preguntarles por su hermana o por su hermano. Les duele haber tenido que explicar a la hija de uno de ellos lo que hizo su tío. Les duele que algún lector morboso se haya plantado en la puerta de la casa e incluso haya llamado al timbre.

Esas no eran las intenciones del libro. Pero son consecuencias del libro. Y para sufrirlas no es necesario leerlo. Ninguna de mis decisiones literarias puede ahorrarles ese dolor. Un dolor más humano que literario, detrás del cual hay una petición muy simple: «por qué no cierras la puta boca de una vez y dejas de hablar de mi familia».

Sé que esa petición pesa sobre mi novela. El origen del dolor está en el crimen —eso es así—, pero el libro también duele. Su mera existencia contribuye a que la historia no desaparezca. Mi deseo de contar choca con el suyo de olvidar. No puedo exigirles que acepten mis razones. Tampoco que me lean y me comprendan. Ni siquiera que me perdonen.

Y aun así defiendo la decisión de escribir. Con cuidado y respeto. Pero también con la certeza de que las buenas intenciones no nos libran de causar dolor. Si decidimos escribir, debemos cargar con él.

Escribir a pesar de todo.

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