MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ

El mes pasado escribí aquí sobre lo que denominé el «redondeo de la realidad»: cómo quien trabaja a partir de hechos reales los transforma inevitablemente al alza o a la baja, para hacerlos más literarios o menos inverosímiles. Me quedé ahí, en el momento de la escritura. Pero la relación enredada que un texto mantiene con la realidad se complica todavía más tras la publicación. Porque todo texto acaba actuando sobre la realidad de la que habla. Como una piedra que cae en un lago quieto, genera ondas en la superficie. Incluso, en el fondo, algunos sedimentos cambian de sitio.

Siempre me ha interesado ese oleaje de vuelta: los libros sobre los efectos colaterales de los libros, sobre las consecuencias de publicar algo comprometido en lugar de guardárnoslo para nosotros. Se me viene a la cabeza, claro, Negra espalda del tiempo, donde Javier Marías narra cómo Todas las almas transformó la vida de quienes aparecían retratados en la novela, pero también cómo persiguió al propio autor durante años. También pienso en la breve y precisa Historia de una novela, donde Thomas Wolfe da cuenta del revuelo que El ángel que nos mira provocó en su ciudad natal. Los agravios, los insultos y las amenazas de muerte que recibió le obligaron a repensar cómo se puede —o se debe— escribir con el material de la realidad.

Lo sabe bien Karl Ove Knausgård, que lleva años respondiendo por su serie autobiográfica Mi lucha. En 2009, catorce familiares suyos firmaron una carta abierta en la que lo acusaban de practicar una «literatura Judas», llena de mentiras y revelaciones que, a su juicio, vulneraban la ley. Y lo saben también Emmanuel Carrère, Delphine de Vigan, Annie Ernaux y cualquiera que haya convertido la realidad —y la propia vida— en literatura. Yo mismo he tenido que responder a la pregunta una y otra vez, en presentaciones y entrevistas, desde que publiqué El dolor de los demás: ¿Cómo ha afectado el libro a quienes aparecen en él? Una pregunta que en el fondo va destinada a saber directamente «cómo se lo han tomado» y que da por hecho, desde el principio, que no demasiado bien.

Todo lo anterior merecería un capítulo entero de la historia de la literatura de lo real: «los agraviados». Pero aquí quisiera detenerme en un efecto por el que no siempre se pregunta y que, sin embargo, me resulta fundamental: lo que estos libros hacen con la memoria de quienes aparecen en ellos.

Con El dolor de los demás pude comprobarlo enseguida. Pocos meses después de que el libro se publicara, me encontré en un bar con Abellán —así lo llamé en la novela—, un policía retirado con el que había hablado mientras escribía. Al verme, se acercó a mí y me soltó: «Me ha dicho mi hija que salgo en tu libro. Yo no leo. Pero me ha enseñado las páginas en las que salgo y lo que digo. Y no paro de pensar: ¿cuándo te he dicho yo eso? Porque son mis palabras. Soy yo. Pero no sé cuándo hemos hablado así tú y yo». Le expliqué que aquello no había ocurrido nunca de ese modo, que había construido la escena a partir de varias charlas informales. Pero él se negó a aceptarlo. Aquello había ocurrido así, dijo, tal y como estaba en el libro. Lo que no recordaba era cuándo. No pude convencerlo de lo contrario.

Algo similar me sucedió con mi cuñada, quien también aparecía en la novela. En una comida familiar me sorprendió oírla contar algo que había sucedido días después del crimen. Lo narraba exactamente igual que yo lo había escrito, y no del modo en que ella me lo había relatado a mí años atrás. Había incorporado a su memoria detalles que era imposible que hubiera presenciado, pero que ahora «sabía» gracias al libro. La literatura había devorado su recuerdo original.

Estos episodios me han sucedido varias veces más, con familiares y amigos a los que he escuchado contar la versión del libro en lugar de la que antes me habían contado a mí. La novela ha ido entrando en sus recuerdos hasta reorganizarlos, de un modo parecido a lo que Maurice Halbwachs observaba en la formación de la memoria colectiva: que siempre recurrimos a testimonios ajenos para corroborar o invalidar lo que sabemos de un acontecimiento.

No debería sorprendernos. La memoria es móvil, no una foto fija del pasado. Cada nuevo dato que introducimos en ella —una imagen, una noticia, el relato de otra persona— modifica el conjunto. Como sostiene Mieke Bal, la memoria es «un acto» que siempre tiene lugar en el presente. Una performance permeable a la experiencia, la emoción y la información de cada momento. No existen, pues, versiones estáticas del pasado que puedan recuperarse como si fueran documentos encerrados en un archivo incontaminado. El texto, en cambio, sí es una foto fija. Y esa versión quieta del pasado acaba imponiéndose sobre la memoria móvil, que la absorbe y la da por propia.

El texto, por tanto, no es solo una representación de la realidad: es también realidad; la afecta y la transforma. Incluso los recuerdos de quien escribe. Muchas veces me he sorprendido refiriéndome a mi amigo real como Nicolás, el personaje de la novela. Y también soy consciente de que hay escenas que recuerdo ya tal como las escribí, y no como las viví. El texto ha fijado mi experiencia. Quizá sea porque, como sostenía Paul Ricoeur, el relato siempre refigura la experiencia. Al contar qué pasó, le da forma retroactivamente. Y esa forma termina ocupando el lugar de lo vivido en la memoria de quien lo protagonizó. Un recuerdo colateral.

Así que cuidado con los libros. Thomas Wolfe lo advirtió cuando se dio cuenta del «poder brutal y fulgurante de la letra impresa». A veces uno cree escribir para salvar la memoria y lo que está haciendo es transformarla. Los libros, en silencio, corrigen recuerdos propios y ajenos, imponen versiones del mundo, instituyen la realidad. También el mío ha fijado una versión de lo sucedido. Cada vez que alguien que estuvo allí cuenta aquella historia, la cuenta un poco más como yo la escribí. Y yo, que debería ser el guardián de la diferencia entre la realidad y la literatura, entre lo que pasó y lo que conté, soy el primero que ya no sabe distinguirlas.

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