
Mi patria es el verano. Suelo decírmelo a menudo, cuando no soporto el frío, los espacios cerrados y los días cortos. Lo formulo así porque quedó grabado con un error en mi memoria, después de leer un poema imprescindible de Ana Blandiana. En él escribe: «Yo vengo del verano, es una patria frágil». Y es también la mía porque nací en ella sintiendo ahora que no es casualidad —aunque lo sea— y porque hay algo que me hace estar en hora cuando transcurren esos meses frágiles, es cierto, que parecen diluirse en el tiempo a una velocidad distinta de la de los demás. Esta formación sentimental en la que el verano es un lugar mítico del tiempo es muy física —la luz tardía, las mareas y sus cambios, el contacto con los elementos, las amistades epidérmicas, la alegría contagiosa en la que incluso la vida de los adultos parecía leve y relajada— y también muy íntima, avivada por una cultura literaria y cinematográfica que apuntala esta concepción. Somos aquel verano invencible que desde Camus algunos sabemos que llevamos dentro, hemos vuelto al mar de todos los veranos y, a pesar de todas las distancias —geográficas, de clase, de género, edad o carácter—hemos disfrutado del verano mediterráneo de Buenos días, tristeza, la bella novela de Françoise Sagan que es también un canto a la estación. ¿Pero qué ocurre hoy con la idealización colectiva del verano?
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Aventuro que solemos, como líneas más arriba, confundir tiempo y espacio. Es evidente cuando decimos que algo se encuentra a una distancia de diez minutos, o al anunciar que «por espacio de unas horas» estaremos, por ejemplo, ocupados. Pero como la palabra «confundir» suele tener una connotación negativa, quizá una más precisa puede ser «identificar». Con ella es más fácil darse cuenta de que al nombrar el «verano» todo se tiñe de amarillo y azul —los sublimados veranos de la infancia refuerzan aún esta visión con su oleaje de reencuentros y entusiasmos— y vienen otras palabras a acompañarla, aunque no siempre sean ciertas: «calor», «mar», «descanso», «aventura», «turismo», «juego» y tantas, tantas más. En el imaginario occidental que compartimos, más allá de ser una serie de meses más o menos soleados y en cierto sentido amables y propensos a la lasitud, el verano es sobre todo sinónimo de vacaciones. Y las vacaciones, de viaje. Durante el suficiente tiempo el mundo ha funcionado de este modo, asimilando esas ideas como algo intercambiable, y el lenguaje mantiene la influencia de esta relación. Es el resultado de alzar la vista a la nube de términos que asociamos a cada cosa, a un lugar intangible y compartido que está cargado, siempre a punto de precipitar las palabras que representan esta realidad construida involuntariamente entre todos a base de experiencia e intuición.
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«Vacaciones» deriva del latín vacans, participio de vacare, que significa «estar libre, desocupado, ocioso». Cuenta Pedro Bravo en su Exceso de equipaje que los romanos instauraron el antecedente más parecido a ese tiempo libre, con Tarquinio el Soberbio, séptimo y último rey de Roma, quien concedió en el siglo vi, antes de nuestra era un día libre al año para los esclavos. Siglos más tarde, Julio César y Augusto trasladaron las vacaciones al verano y bautizaron con sus nombres los dos meses que hoy asociamos al asueto. En esa misma época, los emperadores y los patricios, como clases privilegiadas, también fueron pioneros en algo: pasar los días de calor en villas alejadas de la ciudad, donde se dedicaban a relajarse. Durante la Edad Media, ese tiempo ganado al trabajo empezó a aprovecharse para los desplazamientos, con el caso manifiesto de las grandes peregrinaciones —a Roma, a Jerusalén, a Santiago de Compostela— y surgió también lo que hoy conocemos como el Grand Tour, un largo viaje que hacían los nobles y burgueses de los siglos xvi, xvii y xviii para dar por finalizados sus estudios y adquirir un conocimiento más enriquecido del mundo, de primera mano. Los aristócratas europeos siempre han viajado para vivir aventuras, para cuidar su salud en balnearios, playas y montañas, y para demostrar un estatus social más desahogado —estos tres propósitos deberían sonarnos más que familiares en la actualidad—. En el siglo xix las clases trabajadoras accedieron tanto a cierto tiempo libre como a la posibilidad de la movilidad democratizada gracias a la expansión del uso del ferrocarril, que facilitó los desplazamientos a precios asequibles para todo el mundo. Y, como colofón, las vacaciones pagadas están recogidas en la Declaración de los Derechos Humanos desde 1944. Lo que cabe preguntarse es si, por aquella identificación, el derecho al tiempo libre es el derecho o casi la obligación de viajar en él.
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En una conversación a tres, debatí con unos amigos un asunto misterioso: ¿cómo puede ser que en tantas vidas la fecha de la muerte sea tan próxima a la fecha del nacimiento? Leyendo biografías y más tarde por el vicio wikipédico de los primeros tiempos, me había fijado más de lo recomendable en ese círculo, en esa proximidad de temporada. Después me dediqué a rastrear más casos que confirmaran semejante hallazgo o estadística, permitiéndome recordar solo los que así lo hicieran. Me faltaba, por supuesto, una lectura que diera sentido a los datos. Se lo conté entonces a mis amigos y uno de ellos lo vio claro: cuando viajamos en vacaciones, siempre reservamos la estancia por una o varias semanas, quizá por un mes, ciclos en todo caso que nos llevan y nos devuelven en el día de mismo nombre o de mismo número. Así, decía él, tenía sentido de estadía llegar al mundo en primavera y abandonarlo en esa misma época años después. Los otros dos conversadores nos lanzamos contra esa idea tan atractiva como poco probable —tan narrativa, al fin y al cabo y sobre todo—, aunque desde entonces la recordamos a menudo, y nos preguntamos si aquel amigo conocía algún secreto del universo, porque nació en febrero y se nos fue también en un febrero horrible en el que su ciclo se cerraba. La idea de lo cíclico domina todavía para las cosas que parecen tener sentido, accedamos o no a él. Consistente y puntual, la periodicidad nos devuelve a una configuración anterior, siempre la misma, unida a una visión naturalizada del tiempo y más consciente de los procesos de la naturaleza —tan obviados por quienes vivimos en la esfera del reloj que son las ciudades—. Así, los días, las noches, la muda de los árboles, los latidos de nuestro corazón o la sucesión de las estaciones pueden darnos la impresión de avanzar, sí, pero también de volver una y otra vez, afortunadamente, al mismo lugar del tiempo. De esta forma solíamos esperar la llegada del verano, como una promesa de repetición de lo deseado, momento álgido en cuyo final hacer —al igual que en fin de año— cuenta nueva.
Pero la comprensión cultural del tiempo que configura ahora nuestra experiencia nos sitúa a la mayoría en su linealidad y agotamiento. Atina Pascal Chabot cuando dice que «es como si el tiempo caminara a la pata coja, cuando tiene dos piernas, la lineal y los ciclos». Así, desde la primera, esperamos con fatiga la llegada del verano en el que se han institucionalizado las vacaciones (¿tiempo libre?, ¿ocio?, ¿descanso?, sinonimias difíciles ya de mantener, como veremos), lo que propulsa la flecha lanzada hacia el futuro con nosotros subidos a ella. En esta vivencia, tan alejada del kairós, la protagonista es una agonía en la que nos hemos instalado, parece que inevitablemente: el tiempo disponible se acaba, cada minuto que pasa no es un minuto más que hemos vivido, es en cambio un minuto menos del que disponemos. Un tiempo padecido a través del reloj de arena, la impresión de escasez, de lo que se escurre y es ya carencia. Todo esto se radicaliza durante las vacaciones, esos días con más tiempo para sentir, para pensar —de sábado a sábado, del quince al quince del siguiente mes—, en los que el tiempo se descuenta y las hojas del calendario vuelan. Ojalá tener mayor agencia en nuestras impresiones, porque entonces podríamos percibir esto de dos maneras: con la angustia de los plazos o con la alegría del derroche.
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Siguiendo esa línea de lo cíclico, revisitar una vez al año Cuento de verano, de Éric Rohmer, es un placer recomendable. En esta película luminosa y juvenil, rodada en 1995, un muchacho llamado Gaspard se va de vacaciones tres semanas —tres preciosos ciclos— a la costa de la Bretaña francesa. Allí le han prestado una casa en la que podrá descansar, tocar la guitarra y componer música —actividades, estas dos últimas, que vertebran su vida—. Los paisajes de Dinard, de Saint-Malo o de Saint-Brieuc invitan a los paseos en bici y a los baños en el mar que le harán sentir menos solo en esas rutinas iniciales y más en el contexto, y así, poco a poco, la trama de la película nos mostrará a un joven muy entretenido, casi excesivamente ocupado en varios affaires. Algo de lo que le ocurre a Gaspard nos ha ocurrido a todos: proyectamos los planes más apetecibles y edificantes para el tiempo libre de las vacaciones, pero la magia del verano nos lleva aquí y allá. Parece entonces que, de algún diabólico modo, las vacaciones son fallidas porque no hemos hecho en ellas lo que teníamos pensado, aquello para lo que aparentemente solo nos faltaba tiempo durante el resto del año. Pero ¿no son las vacaciones el momento de descansar y dejarse sorprender por lo que el tiempo nos tiene reservado? A decir verdad, cada vez es más difícil dejarse llevar por la espontaneidad reposada, porque durante los meses en los que trabajamos hemos ido cediendo nuestra disponibilidad —las horas libres, los fines de semana en los que respondemos a las demandas de lo que ha quedado pendiente— y ya no sabemos estar únicamente para el juego cuando el juego nos requiere. Lo dice Remedios Zafra en su artículo (Revolucionaria) nada: «Garabatear, holgazanear, tumbarte en el suelo pensando que el techo es el cielo nocturno de agosto. Nada. Que hoy no tuvieras nada que hacer […]. Sin embargo, muchas personas sienten que si no aprovechan ese tiempo llamado de vacaciones para avanzar en los trabajos con sentido que realmente les movilizan, o para retomar lo aplazado o amontonado durante el curso, difícilmente resistirían el resto del año haciendo lo mismo». Quizás entonces, y si somos honestos, un protagonista contemporáneo de Cuento de verano se sentiría culpable por no haber llevado a cabo un proyecto musical en esas gozosas semanas, especialmente si el resto de su vida está dedicada a un empleo que no le resulta significativo y solo le permite sobrevivir. Y no podemos más que asentir a lo que sigue escribiendo Zafra: parece entonces que el tiempo limpio para concentrarnos en el extrañamiento o el reencuentro con las actividades que más nos importan hubiese sido relegado a las vacaciones. «Pero contradictoriamente, para esto también necesitan desconectar, un descanso, algo de nada». Se convierte así el verano en el momento idóneo para otro tipo de angustioso trabajo, uno del que pensábamos que durante unos días nos habíamos librado.
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Desconectar es uno de los deseos más repetidos por quienes planean sus vacaciones y proyectan esa posibilidad en el verano. Y es también una de las trampas que perpetúan el estado de cosas actual. Casi con independencia de nuestro empleo —pertenezca este al sector primario, al secundario o al sector servicios, esté mejor o peor retribuido y sea más o menos acorde a nuestros intereses—, la conexión continua y la disponibilidad han trocado las jornadas laborales en algo mucho más extendido en el tiempo, un estado de alerta disfrazado de implicación, responsabilidad e incluso estatus, y que resulta finalmente agotador. Por eso ansiamos desconectar, y la palabra esconde demasiada luz acerca de la imposibilidad del descanso, que es, quizá, a lo que queríamos referirnos. Desconectar supone «interrumpir la conexión entre dos o más cosas», «dejar de tener relación, comunicación, enlace», y esa es la intención, poner un cortafuegos entre las obligaciones habituales y nuestro compromiso con ellas. Pero desconectar también significa, y en primera instancia, «suprimir la comunicación eléctrica entre un aparato y la línea general», y esto se parece más a la literalidad de lo que deseamos: evitar despertarnos comprobando el correo electrónico, que nuestras horas de vigilia no sean el encendido de una máquina.
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Así que es cierto, aunque quizá por otras razones, lo que escribía Blandiana: el verano es frágil. Ya no es —o no solo, o no tanto— la tierra prometida flotando en el mar, el lugar del horizonte en el que empezar de cero los disfrutes de siempre. Es un tiempo tan líquido como todos los demás, la «temporada», los meses en los que cada vez más personas trabajan a doble turno en la hostelería con el fin de subsistir y que las cuentas cuadren. Para quien puede tomarse vacaciones y decide quizá no viajar como actividad apresurada, el verano es con suerte una convalecencia del resto del año. Y en ciertos territorios, el verano es todo desde que las estaciones se confunden al tiempo que las instituciones buscan el fin del turismo estacional, la uniformidad de todo lo rentable. El verano es, tal y como se nos vende —no se trata de un verbo metafórico— la atmósfera del escenario del ocio en el que podemos proyectar todas nuestras ansias de descanso o aventura. El verano es ahora solo una apresurada puesta a punto y el tiempo de la ficción publicitaria.