En «La moda con arte» (La Época, 1889) insiste en el tema e indica: «Por los sombreros quiero empezar, puesto que la cabeza es la parte más noble del cuerpo» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 151). A continuación, se explaya en una relación de los modelos de sombrero que se han llevado en los dos años precedentes: «El sombrero capota altísimo, empigorotado de tres pisos con entresuelo, que se ha visto sustituido por un casquetito que encaja perfectamente con el breve peinado actual» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 151). También elogia la practicidad del sombrero redondo que «resguarda del sol» y se engalana con un amplio surtido de flores. En otro artículo, titulado «Los sombreros femeninos en el teatro» (El Liberal, 1896) retoma el asunto para ocuparse del inconveniente que suponen los de gran tamaño en los espectáculos y propone la instalación, como en «los teatros de Inglaterra, de un local especial donde las señoras hacen sus toilettes y dejan sus artefactos» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 177). Una doña Emilia nada indulgente aboga, incluso, por imitar el ejemplo de los Estados Unidos, en donde se multaba a los directores de circos, teatros y espectáculos que no proscribiesen el uso de los sombreros en sus recintos. El tema parece inagotable y las alusiones a los excesos en materia sombreril proliferan a lo largo de su narrativa periodística, novelas, cuentos y, como hemos visto, correspondencia privada.

Tampoco la moralidad del vestido escapa a su escrutinio y en «Crónicas de Europa, la indumentaria femenina» (1912), aun cuando se manifiesta partidaria de la libertad de la mujer también en el vestir, da la razón a la Iglesia católica, que censura trajes que con «mayor claridad traicionan a las mujeres, no solo por su brevedad o transparencia, sino porque […] sus hechuras, en vez de cubrirlas, las acentúan» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 687). Doña Emilia plantea la disyuntiva entre la defensa de vestir libremente y el hecho de que, en ocasiones, ciertas elecciones de vestuario son insostenibles, sobre todo cuando la moda se convierte en un «ídolo hueco ante cuyo altar se sacrifican incondicionalmente la salud, el bolsillo, la decencia y el sentido común de la grey femenina» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 688). Sus palabras siguen aún hoy en día de rabiosa actualidad, más aún si tenemos en cuenta que propugna una actitud más natural y sin aspavientos ante la exhibición de la belleza femenina, a imitación de lo que ocurre en París, en donde «nadie hostiga a las transeúntes y no existe esa persecución y fiscalización callejera de las formas de la mujer que, por desgracia, abunda en España» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 689).

La moda también es descrita por la autora en el artículo como un fraude: «Todas encierran alguna trampa o engaño: así, la moda de los peinados de cola de conejo tiene por objeto encubrir la calabaza fraila de una testa en calvicie; la corbata y pañuelos de cuello tapan costras y postemas, el corpiño de las mujeres aumenta encantos acocinados y secos, los cinturones fingen esbeltez, el pantalón remeda morbideces ausentes…, y todo por el estilo» (Pardo Bazán, 1999, I, p. 691).

Si pensamos en los trucos de Pilar Gonzalvo para fingirse sana en Un viaje de novios, en los vestidos caseros que esconden el ajamonamiento de incipientes matronas como Mercedes en Allende la verdad (1908) o Rita Pardo en Morriña (1889) y en la «peluca con bucles y sortijillas de un rubio angelical» que luce la anciana doña Aparición en el relato Memento (1896), entendemos hasta qué punto la moda como engaño y trampantojo sirve como excepcional recurso dramático.

Las reflexiones de doña Emilia sobre la moda llegan incluso a sugerir que ciertas tendencias tienen intenciones ocultas. Por ejemplo, en «Las modas raras» apunta la posibilidad de que «alguno de los reyes del trapo haya leído Fecondité» y pretenda fomentar la natalidad en Francia imponiendo el polisón delantero, una moda que califica como «deplorable para la estética» y nada favorecedora para sus seguidoras (Pardo Bazán, 1999, I, p. 863). Por eso, ante ciertos desatinos de los modistos, propone: «Debiera constituirse un tribunal de mujeres entendidas en higiene y en arte, a las cuales sometiesen los modistos sus “creaciones”, como ahora se dice, y que las aprobasen o no teniendo en cuenta precisamente la comodidad, libertad, belleza y salud de la mujer. Este tribunal o areópago no hubiese consentido las faldas largas de antaño, ni los tacones altos, tan expuestos a un resbalón; ni los sombreros enormes, con los cuales no se cabía en parte alguna; ni las faldas tan justas, que no dejan avanzar el pie» (Pardo Bazán, 1999, II, pp. 864-865).

Doña Emilia se postula, pues, como candidata a convertirse en uno de estos árbitros de la elegancia. Nada extraño si tenemos en cuenta sus enormes conocimientos y el profundo interés que el tema despierta en ella, ya sea desde un punto de vista higiénico, moral, económico, social o puramente práctico.

 

NOTAS

[1] Fundada por Lucien Febvre y Marc Bloch, esta corriente historiográfica aboga por el diálogo con el resto de las ciencias sociales y parte de nuevos paradigmas metodológicos y epistemológicos, derivados de las ciencias exactas (Aguirre Rojas, 2006, pp. 19-21).

[2] Este movimiento británico, liderado por William Morris, recuperó los procedimientos artesanales a través de los telares manuales, la xilografía y los bordados a mano, e influyó en toda Europa en la década de 1890 (Fogg, 2014, p. 185).

[3] Kate Greenaway fue una ilustradora británica que influyó en el movimiento esteticista. Su obra mezclaba el detalle de los prerrafaelitas con un colorido delicado (Urdiales Valiente, 2005, p. 18).

[4] El mismo párrafo se reproduce de manera idéntica en uno de sus artículos publicados en La Nación de Buenos Aires (Pardo Bazán, 1999, I, p. 151).

 

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