«No hay placer más grande que ver iluminada en la palabra la oscuridad caótica de la que procedía»Por Carmen de Eusebio

©FIL Guadalajara/Ana Karen Reyes Valdez

 

 

Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) es narrador, ensayista y profesor de literatura. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua y creador emérito del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha recibido el Premio Universidad Nacional, el Premio Nacional de Ciencias y Artes y el Premio Mazatlán de Literatura. Fue director general del Fondo de Cultura Económica. Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al italiano, al griego y al portugués. Ha publicado cuatro novelas: Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999), Tres lindas cubanas (2006) y El metal y la escoria (2014); una docena de libros de ensayos, entre los que figuran Tiempo cautivo. La catedral de México; México, ciudad de papel; Ensayo de contraconquista; Cánones subversivos y Del esplendor de la lengua española. En febrero de 2018 publicó el primer tomo de De la carrera de la edad I. De ida (Fondo de Cultura Económica), donde recoge los textos escritos durante cuatro decenios de producción literaria.

 

Quizás esté empezando la entrevista por el final, pero, después de cerrar el último libro que leí suyo, me asaltó la idea de que su obra es la constatación de que para usted la vida y la literatura están enlazadas de forma indisoluble.

Sí; no entendería la vida sin la palabra que la nombra. O, más específicamente, sin la literatura que, al recrearla, al interrogarla, al describirla, al reflejarla o incluso al alterarla o al negarla, nos permite conocerla. Creo que la literatura y, en especial, la novela cumple una función cognoscitiva en tanto que amplía las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a describir lo que los seres humanos hacen, piensan o dicen, sino también lo que sueñan, lo que recuerdan, lo que imaginan, que son otras tantas dimensiones de la misma realidad. La novela es capaz de hacer calas más profundas que cualquier otro discurso en el mundo referencial. Siempre he pensado que puedo conocer mejor el campo mexicano (para poner un ejemplo de la literatura de mi país) a través de la lectura de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que mediante los diversos estudios históricos, antropológicos, sociológicos, económicos o estadísticos que se han hecho a propósito del ámbito rural mexicano.

 

El metal y la escoria es su última novela. En ella cuenta la terrible enfermedad de Alzheimer que sufrió su hermano Benito y el fantasma que se instaló en usted ante la posibilidad de sufrir la enfermedad. ¿En qué cree que pudo afectar a su escritura? ¿Qué ha significado escribir este libro?

Esta novela plantea una paradoja terrible: por un lado, la necesidad de conocer la historia de nuestros ancestros para entendernos a nosotros mismos (nuestras «señas de identidad», nuestros atavismos) y, por otro, la incapacidad de retener esa memoria cuando se padece la deshumanizadora enfermedad de Alzheimer. En este caso particular, ante el temor de que yo mismo, por causas genéticas, pudiera ser víctima inminente de ese mal, la escritura me funcionó como un exorcismo. El solo hecho de pensarme en esa situación y de escribirla de manera realista mediante el ardid narrativo de la segunda persona, como si una suerte de metaconciencia describiera mi amnesia, me «curó de espantos». Es una superstición acaso, pero creo que la escritura de la novela me salvó de la enfermedad. Al menos del temor de padecerla. Lo que es incontestable es que si tuviera la enfermedad que en la novela me atribuyo, obviamente no podría haberla escrito, de manera que, en mi fuero interno, la escritura de la novela conjuró el amenazante mal de la desmemoria.

SER EL UNDÉCIMO HIJO DE UNA FAMILIA DE DOCE HERMANOS ME PRIVÓ, EN EFECTO, DE TENER UNA IDENTIDAD PROPIA CUANDO ERA NIÑO

De la carrera de la edad I. De ida es el primer volumen publicado de los dos que recogerán los textos escritos durante cuatro decenios bajo el género del ensayo y no exentos de ficción narrativa. Antes de seguir adentrándonos en las características de cada uno, veo, en su conjunto, cierta disposición a dejar constancia de cosas diversas: imágenes, recuerdos, testimonios, etcétera, que evidencian el resorte de su escritura. ¿Qué le produce más inquietud, el miedo a perder la memoria o el miedo a ser olvidado?

¡Qué buena pregunta! No lo sé. Lo que sí sé es que no he escrito los textos que configuran este volumen por miedo a perder la memoria, sino para darles significación y cierta permanencia a los sucesos cotidianos, tanto los vividos como los leídos, tanto los reales como los imaginarios. Tampoco los he escrito para conjurar un supuesto miedo a que me olviden. No tengo ese miedo, pues sé a ciencia cierta que de todas maneras seré olvidado, aunque quizá algún texto mío dure un poquito más que yo.

 

La cuestión identitaria está muy presente en sus escritos y no sólo por ser mexicano. En El metal y la escoria ya aparece desde el primer momento, cuando nos cuenta la dificultad que tenía su padre para recordar su nombre, o con la anécdota de lo que decía su madre: «Al final son todos iguales». ¿Cómo le marcó ser el undécimo hijo de una familia tan numerosa?

La respuesta a esta pregunta es la novela misma. Pero, para decirlo en pocas palabras, ser el undécimo hijo de una familia de doce hermanos me privó, en efecto, de tener una identidad propia cuando era niño. A mi padre se le olvidaba mi nombre y sobre mí se aplicaba el mismo rasero, entre conventual y cuartelario, con el que se medían las conductas de mis numerosos hermanos. «Todos mis hijos son iguales», profería mi madre al menor atisbo de que alguien quisiera sobresalir. Era su manera particular de mantener la disciplina doméstica y de educar en la equidad y la justicia. Hasta que un día descubrí, gracias al cariño especial de Miguel, mi hermano mayor, quien fungió como mi padre intelectual, el valor de la palabra. Él me enseñaba a recitar frases prestigiosas y a decir palabras domingueras, para mí entonces incomprensibles, que después yo recitaba mecánicamente delante de sus novias o sus amigos, que aplaudían la precocidad de mi discurso. Supe entonces que en la palabra residía la única posibilidad de singularizarme, de ser yo, de granjearme un afecto y de adquirir una personalidad. Creo que por eso escribo.

 

El metal y la escoria no es sólo una saga familiar, también es la búsqueda de sus orígenes. En su familia no se hablaba mucho del tiempo pasado, usted apenas conocía nada de su abuelo paterno, únicamente disponía de algunas fotos que su madre le legó. ¿Tiene un significado distinto para un escritor esa búsqueda?

No creo que sea privativo ni potestativo de los escritores el empeño de buscar sus orígenes. Pienso que es una necesidad común del género humano: saber de dónde venimos para explicarnos quiénes somos. Quizá en los escritores (o por lo menos en aquellos con los cuales más me identifico) esta búsqueda sea más apremiante porque parte de su razón de existir estriba, precisamente, en la necesidad de conocerse a sí mismos para poder conocer a los demás.

LA MADUREZ LITERARIA CONSISTE EN IR RESTÁNDOLES PRETENSIONES A LOS DESMESURADOS PROYECTOS JUVENILES

A partir del año 2000 usted se incorporó a una tertulia familiar que se celebraba con una comida. Una circunstancia que le facilitó conocer más detalles y poder seguir con la idea de escribir la historia de su familia. ¿Desde cuándo llevaba pensando en escribirla? Y ¿cuánto tiempo ha necesitado para hacerlo? Podemos encontrar orígenes de esta novela en otros textos anteriores.

Dice bien cuando dice «seguir con la idea de escribir la historia de su familia». Ciertamente, es una idea que abrigué desde muy temprana edad, acaso porque la de mi familia paterna era una historia misteriosa, que se me ocultaba al no ser una historia edificante, como acabé por entenderlo cuando la pude desentrañar y reconstruir. En ese entonces traté de escribir una saga completa, en la que mezclaba la historia de mi familia paterna con la historia de mi familia materna. Pero el proyecto me quedó grande. Cuando se es muy joven, se es también muy ambicioso. La madurez literaria, en mi opinión, consiste en ir restándoles pretensiones a los desmesurados proyectos juveniles. Mis intentos iniciales se frustraron, aunque algunas páginas de mis primeros escarceos pudieron pasar, muchos años después y bastante modificados, a El metal y la escoria. Aunque, antes de esta novela, publiqué otra, titulada Tres lindas cubanas, que narra la historia de mi familia materna. Quiero pensar que es una novela interesante por motivos que rebasan la mera historia familiar, pues lo que en ella cuento, como en El metal y la escoria, compete a nuestras identidades culturales, a nuestros paradigmas históricos, políticos y sociales y, en última instancia, a nuestra condición humana. En el caso de Tres lindas cubanas, planteo la problemática de la revolución fidelista, que partió en dos a la familia de mi madre: una de sus dos hermanas abrazó la causa de la revolución con particular vehemencia y murió bajo el cielo de Cuba absolutamente convencida de las bondades del nuevo régimen, y otra acabó sus días en un asilo de ancianos en el exilio de Miami. Las voces opuestas de estas dos tías se correspondían con las que se debatían en mi conciencia entre la fe en la Revolución cubana que profesé en mi juventud estudiantil y mi paulatina desilusión con respecto a un sistema que acabó por cercenar libertades individuales básicas y violar derechos humanos elementales.

Yo soy un escritor moroso. Entre cada una de mis novelas median siete años, si bien publico también, entre cada una de ellas, un libro de ensayos. El metal y la escoria la pergeñé en los años setenta. La abandoné después porque, como dije, me quedó grande. Escribí tres novelas anteriores a ella: Amor propio (1992), Y retiemble en sus centros la tierra (1999) y Tres lindas cubanas (2006). La retomé formalmente —porque siempre la tuve metida en la cabeza— por ahí en el 2008 y se publicó en 2014.