El mundo ramoniano de las greguerías ilustradas para Blanco y Negro es prácticamente uno, el espacio público, la ciudad. En los dibujos y en las greguerías apenas se alude a su espacio más íntimo, a su despacho en el torreón de la calle Villanueva, esquina con Velázquez, aunque en la greguería dedicada al micrófono de oro se mencionen sus retransmisiones radiofónicas nocturnas, realizadas precisamente desde ese espacio. El resto, la abrumadora mayoría de las greguerías ilustradas que dibujó, son expresión del ámbito público, de la ciudad como escenario que es el entorno esencial del escritor. También dentro de la urbe, y como parte de esa condición pública, se encuentra el café, otro de los espacios ramonianos esenciales, donde desarrolla su vida y su obra, que es la misma cosa. Incluso los textos y dibujos dedicados a los objetos personales y domésticos están vistos en la calle, en los distintos escenarios urbanos donde se encuentran bulevares y suburbios, tiendas y cafés, teatros y cines, parques y jardines, cafés y cabarés, bares y restaurantes, correos y grandes almacenes, circo, taxis y metro.

Es en estos lugares donde el escritor ve multitud de personajes que le inspiran, pero, sobre todo, donde encuentra los innumerables objetos que desfilan por su obra continuamente, como en esas greguerías ilustradas, en las que sombreros, pipas, guantes bicolores, relojes, collares «que dejan la nuca al aire», corbatas, cigarrillos largos, iniciales de camisa, letreros… son los protagonistas. Todo lo imaginable lo convierte Ramón en motivo literario, dispuesto a dar testimonio de la realidad de la ciudad en la que vive, en la que se combina la tradición y lo castizo con la modernidad, pero también mostrando como en la nueva urbe todo es, o puede ser, literatura, objeto de escritura. Como ya se ha dicho, la visión de la ciudad que tiene Ramón, y que incorpora a sus greguerías ilustradas, es la de un enorme collage, fruto de una mirada fragmentaria, sectorial, cubista, que reúne personajes, objetos y lugares en un todo. La ciudad y lo cotidiano se convierten en una suerte de enorme rastro que le ofrece todo tipo de experiencias y estímulos que el escritor recoge para mostrar su visión de la vida urbana. Es una poética de lo cotidiano, de la actualidad, en la que el protagonista esencial es el hombre y los objetos y elementos, antiguos y modernos, que le rodean.

Hay que decir que en las greguerías ramonianas tanto los personajes como los objetos son únicos, pues casi siempre aparecen en singular. A Ramón no le interesan los mendigos, sino «el mendigo», y «el banco de madera», no los bancos. Es como si le diera personalidad a cada una de las cosas y tipos en los que se detiene para dibujar y glosar. De esta manera, al convertir al sujeto en categoría, hace literatura de lo más inverosímil, realizando una suerte de extrema y audaz versión del azoriniano «primores de lo vulgar». Esa realidad cotidiana la evoca a través de sí mismo como observador avanzado, y de toda ella hace literatura, sobre todo de una serie de personajes característicos de la ciudad y de muchas de las cosas que le rodean, incluidos los objetos más inverosímiles. Es una muestra de esa inquietud hacia lo inanimado a la que alude José-Carlos Mainer, una hiperestesia hacia el entorno que, sin embargo, humaniza los objetos al vincularlos con el hombre, como señaló Antonio del Rey Briones. El resultado es una original literatura que tiene mucho de crónica urbana, de periodismo, y de lírica. Una literatura desarrollada por medio de un género único y novedoso, rompedor, que mezcla modernismo y vanguardia con unas gotas de romanticismo, y expresada a modo de greguerías, de metáforas continuas cargadas de poesía y de narración, de retratos al minuto, o mejor, de instantáneas, que dan lugar a una visión de la realidad tan moderna como desconocida hasta ese momento.

Muchas de estas greguerías ilustradas para Blanco y Negro en los años treinta se pueden incluir en un ismo esencial en la obra del escritor al que hemos llamado madrileñismo, y del que ya hemos tratado en otra ocasión al referirnos a la importancia de la capital en el mundo y las poéticas del escritor. Es un ismo más concreto de lo que parece, que se expresa a su vez por medio de otros, digamos, ismos ramonianos menores que muestran el interés del escritor por su ciudad. Y es que no faltan en las greguerías blanquinegras las centradas en personajes y situaciones características de la capital o que pueden asimilarse a las propias de Madrid. Las hay que se refieren de manera explícita a la ciudad, como las dedicadas al árbol que está frente al Museo del Prado, al motorista que cruza la calle de Alcalá, al puente de la calle Ferrocarril, a los porteros del Teatro Español, a las vendedoras de la Puerta del Sol —cada una de lo suyo: imperdibles, llaveros, metros metálicos—, a la señora misteriosa de las sillas del paseo de Recoletos… Sin embargo, muchas de las greguerías aunque no contienen referencias explicitas a la ciudad, son inequívocamente madrileñas al referirse a tipos, a objetos y cosas, a situaciones características de la capital como sucede con el aparato probador de fuerza de las verbenas y el niño machacado, que es un verdadero microrrelato; con los escaparates de moda o con la vieja trapera que describe de manera entre solanesca y barojiana, tanto de Pío como de Ricardo, una familia con la que tenía muchas diferencias. También dentro del madrileñismo estarían las greguerías dedicadas a la castañera, al churrero —«manco que escribiese con muñones»—, al torero, al vendedor de peines y hasta el niño revoltoso, que son tan de la capital como las acacias, el pan y quesillo de sus aceras o el piar de los vencejos en primavera.

Quizás el grupo de greguerías ilustradas blanquinegras más interesantes, por poéticas, sea también el más inclasificable, algo por otra parte muy de Ramón. Un grupo que podríamos llamar varia pintoresca y que por sí sólo constituye un ismo, sin duda uno de los más modernos, pues lo forman las greguerías más próximas al surrealismo. Entre las que se integran en este aparatado singular estarían las referidas a las nubes en forma de costilla o de fémur, la que llama la «La hora china», y que no es otra que las seis y veinticinco, o las cinco menos veinticinco, en el momento en que las manillas forman bigotes de mandarín. También está la greguería dedicada a los estrábicos —a los que llama «rostros de un solo ojo» y representa en un magnífico dibujo—, la de los vilanos de nuestra infancia, a los que se refiere como «tarjeta postal del paisaje», a la que llama «perfume de sonrisas», a la dedicada al soporte de levantar los brazos… También están varias de las más acabadas, las que llama «delirio de aburrimiento» que muestra al tipo que mira a través de los agujeros de las tijeras, y la que titula «Burbujas que se escapan al corazón», de magnífico y modernísimo dibujo lineal, en la línea de los realizados por José Moreno Villa.

Novedad en el mundo ramoniano de estas greguerías ilustradas de Blanco y Negro es la presencia, leve y ligera, pero presencia al fin y al cabo, de algo parecido a la actualidad política. Algo relativamente insólito en quien vivía al margen de la realidad pública, de la cual apenas se pueden encontrar rastros en su obra, a pesar de haber vivido acontecimientos de enorme importancia para el siglo. Si tomar el café en taza le sugiere la imagen de la máscara contra los gases asfixiantes —quizás la imagen más recurrente de la Gran Guerra que incorporan artistas como Otto Dix—, al hablar de España señala que no le gusta la imagen de la «piel de toro» como epítome, que en todo caso prefiere la del caparazón de tortuga pues su lentitud explicaría el retraso de los trenes y la parsimonia de los expedientes, algo que tiene ecos de Larra. Menos inocentes son las greguerías dedicadas a los oradores de las Cortes, a los que se refiere como «Habladores impenitentes del Congreso», en la línea de las Impresiones de un hombre de buena fe, las crónicas parlamentarias de Wenceslao Fernández Flórez, pero aun con más distancia. Una greguería que expresa su desconfianza hacia la política y los políticos del sistema de la Restauración y el liberalismo, que acabaría con la monarquía de Alfonso XIII, sin que Ramón mostrase ningún entusiasmo republicano. Y es que en ese aspecto, y al contrario que muchos de los asistentes a su tertulia del café Pombo, su reino no era de este mundo. Esta serie tan singular se complementa con la greguería ilustrada dedicada a la que llama fiesta del final de los tratados de paz, en la que los firmantes parecen apuntarse con las copas de champagne como si fueran pistolas. Una greguería que remite inevitablemente a las infinitas negociaciones y tratados de los años de entreguerras, de Versalles a Locarno pasando por Brest-Litovsk. Por último, y como culminación de su distancia hacia las militancias políticas o nacionalistas, se encuentra la última greguería, de fecha premonitoria pues es del 18 de julio de 1935, un año antes del comienzo de la Guerra Civil, que está dedicada a las banderas en piedra blanca que se encuentran en muchas esculturas y de las que dice que, en su eternidad, no pueden aceptar los nacionalismos. Toda una declaración de principios, de moderación y tolerancia que no iba a tardar en ser una rareza en toda Europa.

Para concluir, y como vano intento de llevar a cabo un resumen imposible de los temas infinitos que aparecen en las greguerías ilustradas, se puede intentar, con el convencimiento de su inutilidad, establecer una clasificación no menos irrealizable pues la imaginación de Ramón rebasa todo criterio. Dicho esto, y tal como hemos visto, en los textos ilustrados por Ramón para Blanco y Negro, se encuentran los escenarios, sean privados como el despacho de Ramón o una ventana, o públicos, que resumen la ciudad, la nueva y la de siempre, como los bulevares, restaurantes, cafés, teatros, cabarés, cines, circo, parques, jardines y grandes almacenes. Otros lugares ciudadanos —o casi— de estas greguerías son los suburbios —Cuatro Caminos, Ventas—, los barrios bajos con mujeres de batas estrafalarias, y extrarradio, y las llamadas «afueras», con hombres en camiseta, y verbenas con tipos bebiendo en porrón. Y están también el metro, correos y telégrafos, a los que se suman carreteras almenadas, salas de columnas, chaflanes, colas e incluso el quinto infierno, que es el más profundo. Y hay también carnicerías, sombrererías, zapaterías, pastelerías, escaparates, todos ellos ejemplos de un ismo ramoniano que podríamos llamar tenderismo.