Otro tema esencial de las greguerías ilustradas son los personajes urbanos, cuya tipología es tan amplia como los propios habitantes de la ciudad, y que son comunes a las urbes europeas de la época. Están quienes se dedican a oficios, sean tradicionales o modernos, como el ascensorista, la vieja trapera, el desinfectador, el fotógrafo de Berlín, el vendedor de programas parisino, las camareras y los camareros, tanto de Berlín como de Madrid, el tranviario, el fontanero o también plomero, el limpiabotas, la doncella y la planchadora, el moderno barman, la castañera. Luego se encuentran aquellos otros que, por el contrario, están más o menos ociosos, como el que lee las adhesiones en un banquete, el mendigo, el espectador de las obras, los turistas, los mirones desde las ventanas, el caballero del café, la bruja, la elegante, o los tipos más inclasificables como el falso ciego —«estafador de la caridad»— los oradores de las Cortes, el crítico de libros, los caddies de golf y los colegiales, a los que se refiere tanto en grupo como en uniforme, el coleccionista de etiquetas de hotel o los que llama «niños pequeños de España».

Otros tipos de las greguerías serían el alpinista osado, aunque en realidad dibuja a un esquiador, los fumadores en pipa y de cigarros, el motorista, sea inclinado tomando curvas o arrancando su vehículo, la dama de los impertinentes, los mancos de las dos manos, el muy moderno parachutista —un término francés al que aún no había sustituido el de paracaidista—. Todo sin olvidar a artistas como las orquestas de cabarés, de los modernos e inevitables negros y rusos, el tocador de maracas, el hombre orquesta precursor del jazz band, el torero, el tambor de regimiento o los músicos, así, en general.

Apartado especial en los tipos de las greguerías blanquinegras merecen los vendedores, como alternativa popular al respetable comercio estable que integra el tenderismo, y que le interesan mucho a Ramón, pues recoge y dibuja al vendedor ambulante, al de estanterías, al de peines, habitual de las calles y plazas madrileñas, al vendedor de la Puerta del Sol de aparatos de pesar y a las vendedoras en la misma plaza que ofrecen imperdibles, llaveros, metros, y al vendedor de cadenas.

Aunque ya se ha aludido a muchos personajes y lugares de la Villa y Corte, el madrileñismo es un apartado esencial de las greguerías dibujadas. En él se incluyen aquellas que tienen elementos tan característicos de la capital como los visillos de Madrid, las golondrinas y vencejos. La señora misteriosa en las sillas del paseo de Recoletos, los árboles podados, la Cibeles y el tranvía, los veraniegos y castizos hombres en camiseta a los que Ramón llama encamisetados, el fotógrafo de jardín, las estatuas de los reyes con remiendos de la plaza de Oriente y de El Retiro, las prenderías del Rastro, la modista que viene de París y que sabemos se llama madame Juanita, el ama de cría, el churrero —«manco que escribiese con muñones»—, el niño revoltoso, los porteros del Teatro Español, las amigas eligiendo telas, la que lleva dos escotes, el relojero de portal, habitante de un chiscón entre escaleras y una especie genuinamente madrileña, los vendedores de bocadillos o el solitario árbol frente al museo del Prado. Nada hay más de Madrid y de Ramón que esta enumeración de títulos elaborados por el escritor, muchos de los cuales son un relato sintetizado. Una enumeración que podría ser un poema como los dedicados por Paul Morand en su Lampes à arc al Madrid que conoció a caballo de los años veinte.

Como mejor se aprecia esa cualidad de Jano bifronte, de un Ramón castizo y moderno a un mismo tiempo, es en la combinación de elementos de uno y otro carácter que aparece en las greguerías ilustradas de Blanco y Negro. Así, junto a los numerosos ejemplos de personajes y elementos tradicionales que desfilan por los textos y dibujos, hay también un importante grupo e elementos que reflejan la presencia de la modernidad en la ciudad como sucede con el metro —al que Alfonso Jiménez Aquino, un émulo de Ramón, había dedicado en 1928 unas greguerías prologadas por el maestro, tituladas precisamente Metro—, los automóviles, motocicletas, sillas tubulares, lámparas modernas de triple visera, lámparas de neón y flúor, locomotoras eléctricas, zepelines, barcos, el barman, saxofones, anuncios de neón, taburetes de bar, postes de tranvía, máquinas de obras, cajas registradoras, taxímetros, semáforos —«pagodas luminosas»— o los enormes zapatos anuncio. Una enumeración que parece un poema ultraísta, sí, pero también una lista que habla de la mirada de Ramón para encontrar lo nuevo en lo cotidiano.

Pero quizás sean las que Ramón llama «las cosas» las que protagonizan sus greguerías ilustradas, pues la cantidad de objetos inanimados que desfilan por dibujos y textos son tan inabarcables como representativos de la amplitud de la mirada literaria del escritor. Hay elementos domésticos (jarras de lavabo, lámparas, estufas, máquinas de planchar, un secador —«dragón eléctrico»—, pinzas de papeles en forma de manos de difunta, tubos de pegamento, regaderas, caballitos de cartón, tiestos, baúles, combas, cajas de cerillas, cuerdas, persianas, juegos de servicio de té, decorativos plafones, la botella de granadina en forma de muñeca o la castiza bota de vino); y los hay públicos (vallas de postes de maderas, bancos de madera, carricoches de estación, topes de estación, sillas de bar tradicionales y también de respaldo encajable, faroles, básculas, el camión que riega las calles, carros, cascabeles, bocas de riego, postes de telégrafo, cochinillos céreos en los restaurantes, bicicleta con el hombre gigante, chico de los anuncios, chimeneas en forma de gato y columnas de tabletas de chocolate). Y hay también instrumentos y herramientas de todo tipo y finalidad (relojes, muñecos, tienda de ortopedia, cubiertos para caracoles, maniquíes, martillo de callista, manivelas de motor, llave de abrir conservas, máquinas de coser, metros metálicos, que le asustan); y objetos personales (sombreros, pipas, guantes bicolores, relojes, collares que dejan la nuca al aire, corbatas, cigarrillos largos, las iniciales de camisa, los pendientes de filigrana, los balones con cara de niños, frascos de perfume, bolsillos de lagarto o cocodrilo); o alimentos, desde los extranjerizantes croissants, sándwiches y salchichas, a las muy españolas morcillas.

En suma, las greguerías ilustradas representan un importante conjunto de dibujos y textos, o textos y dibujos, ya tardíos y que con otras colaboraciones cierran la actividad periodística de Ramón antes de su exilio de casi tres décadas bonaerenses. Son una muestra de una obra literaria, pero también artística, de una madurez espléndida de un personaje esencial en la cultura española del siglo xx, cuya capacidad de agitación y creación, sin olvidar nunca ni sus raíces ni el contexto cultural, es irrepetible. Nadie como Ramón Gómez de la Serna, una mirada privilegiada, ha sabido ser moderno y cosmopolita sin dejar de ser clásico y castizo, como revelan sus greguerías ilustradas.

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