Quiero comenzar hablando de «la risa de Duchenne», ese gesto auténtico de la verdadera risa, aquella que no se puede impostar porque el cerebro no sabe cómo mover ciertos músculos alrededor de la boca y de los ojos sin que exista el corrientazo de la verdadera alegría. Para descubrir esto, este científico francés del S.XIX aplicó a diestra y siniestra pinchazos de electroshock a pobres parisinos aquejados de parálisis facial. Así llegó a la conclusión de que hay una risa que es de corazón porque no hay forma de simularla. No es la carcajada estrepitosa, sino risa de ojos también y risa de cuerpo y, ciertamente, risa del pensamiento. Esa es la risa que estremece doblemente las páginas de la novela Fisiología de las cosas pequeñas (2023), de la escritora venezolana Carolina Lozada, porque es la que mueve la comisura de labios, ojos y pensamiento del lector, y también porque es convocada efectivamente por la protagonista de esta novela, amante de las pesquisas enciclopédicas y de las informaciones tal vez innecesarias. A partir de este texto y de esta risa me gustaría tejer este brevísimo acercamiento al humor en escritoras de un Caribe trágico y festivo a un mismo tiempo, contaminado por lo múltiple, los muchos colores y las tantas lenguas. Algunas de estas escritoras miran de frente al mar, otras le dan la espalda, pero todas, eso sí, desmenuzan los motivos que mueven a sus personajes desde el desparpajo y la minucia para denunciar las injusticias y para sublevarse frente a la historia pasada y presente que les ha sido impuesta.
El humor que impregna las páginas de la novela de Lozada, y de estas autoras que me interesan, nada tiene que ver ni con la risa forzada, ni con la carcajada, sino con ese leve brillo de los ojos de quien se adentra en esta fisiología de lo mínimo, de estos pequeños seres que deambulan por el mercado, las oficinas anacrónicas, los cementerios, las filas de jubilados o las plazas. Si la fisiología es el estudio científico de las funciones y mecanismos de un ser vivo, así la fisiología que propone Lozada disecciona a sus personajes con un afilado bisturí para adentrarse en los recovecos de la interioridad, pero también en las miserias del cuerpo, y de este modo tratar de entender esa cosa viva que los mueve. Esta fisiología está emparentada a su manera con cierta modalidad literaria bajo la cual en algunos países europeos del siglo XIX se escribían especies de caricaturas morales que describían personajes-tipo de la sociedad de ese momento y que eran llamadas precisamente «fisiologías literarias». Estas fisiologías, que forman parte además de lo que Walter Benjamin llamó «literaturas panorámicas», podían ser satíricas o de corte moral. Sin embargo, todas estudiaban las características psíquicas y físicas de los personajes en los que fijaban su atención y sus contextos con extrema minuciosidad. El gesto de Lozada, entonces, consiste en tomar algunos elementos de este género, no en vano lo usa para nombrar su novela, pero no para hacer precisamente una comedia de costumbres sino con la intención de problematizar lo mimético en varios niveles. Estas páginas relatan el surgimiento del amor entre dos personajes estrafalarios y entrañables, alrededor de los cuales giran otros personajes, una ciudad, un mar lejano, un dictador de turno y una autora implícita que apela a estos personajes directamente y se pregunta cómo escribirlos. Son personajes-tipo como la secretaria y el locutor de un programa sobre ópera que protagonizan la historia, así como también la mujer de la limpieza, el viejo abogado, el vigilante, el vecino quisquilloso, los inmigrantes italianos, y muchos más, que desde el humor y el absurdo van trenzando el espacio de una ciudad de estética vintage, más que por la moda, por la falta de recursos, y que se va quedando sola.
Esta fisiología como género que disecciona las miserias y destellos de cuerpos, vidas e ideologías desde la risa del pensamiento y el humor siempre subversivo podría incluir otros textos y otras voces (o risas) del Caribe como por ejemplo, la voz poética que componen los poemas The Fat Black Woman´s Poems (1984) o Lazy Thougs of a Lazy Woman (1989), de Grace Nichols, autora guyanesa residente en el Reino Unido, en los que el humor es herramienta para tratar temas como la esclavitud, la inmigración, el cuerpo y la sexualidad femenina. Igualmente, el retrato de padres ausentes o de lazarillos tropicales de ciertas novelas de la dominicana Rita Indiana, así como también los seres que recorren casi todas las letras de sus canciones. Pienso además en aquella nuyorican que finalmente abraza sus orígenes en el ya clásico cuento «Pollito Chicken» de la puertorriqueña Ana Lidia Vega, por ejemplo. Otros textos en los que el humor compone fisiologías notables serían las novelas de Mayra Santos-Febres, otra autora puertorriqueña, así como también los jocosos consejos y recetas que nos ofrece su Tratado de medicina natural para hombres melancólicos (2009). Este humor incisivo también se encuentra en la obra de la cubana Ena Lucía Portela, en su apología irónica al hombre nuevo, pero también en los textos de tono más ensayístico recogidos en Con hambre y sin dinero (2017). El tópico kafkiano, perdido en burocracias, tatuajes y enfermedades, reluce en las hilarantes historias interconectadas – algunas escritas en verso – de Mi novia preferida fue un bulldog francés (2017), de la también cubana Legna Rodríguez Iglesias. Y no puedo dejar de lado las magníficas Crónicas ginecológicas (1984) de la venezolana Elisa Lerner que con su trazo judío-caraqueño problematiza este Caribe plural.
Estos textos son de alguna manera nuevas formas de las fisiologías literarias, en las que prevalecen la observación de pequeños seres, el humor como capa para sobrellevar y también revelar las injusticias, y además la disolución de una identidad caribeña única. Todos son parte de esta literatura panorámica del desparpajo que caracteriza a este Caribe contaminado y abierto que me interesa, ese que también escucha ópera y que entreteje a Changó con Cthulhu, pero que sobre todo se ríe a lo Duchenne.