Y continuó:
Para complacer a Machado, dejándome también llevar de mis aficiones, me di a escribir de costumbres populares. (…). Estudia al pueblo como lo estudió Fernán Caballero, colocándote sólo en un punto de vista. En El Folklore no caben prejuicios. Se recoge todo; lo que sé que es bueno y que es malo. Estamos todavía en la labor primera: la de acoplar los materiales. Luego vendrá la ocasión de distinguirlos y clasificarlos. Finalmente levantaremos el edificio. No se trata de escribir libros de pura imaginación. Hay que guardar bajo siete llaves a la loca de la casa. La verdad, la verdad ante todo, sin desfigurarla con mudas y afeites retóricos”. Y en esta guisa me daba consejos, que yo procuraba seguir, aunque más me embrollaban y me perdían por el laberinto folklórico en que me hallaba metido, haciendo con mis escritos pisto de muchos, diversos e insípidos manjares[i].
La noble obstinación de Machado y Álvarez por «levantar su edificio»[ii] folklórico, con la mayor solidez posible, reluce en la correspondencia íntima que mantienen ambos amigos, en la que además se entrecruzan las preocupaciones por el clima político nacional. Veamos la carta que, con fecha del 2 de octubre de 1883, Machado y Álvarez redacta desde Madrid:
[…] Las cosas de palacio van despacio y las inconveniencias de los franceses llevan las del Folk-lore a paso de carreta. Pena de considerar que la República tiene sus más encarnizados enemigos entre los republicanos. […] El honor nacional cubriendo como vistoso manto a las pasiones más repugnantes y a las más insignes torpezas. […][iii].
También en el fragmento de esta otra misiva, escrita veintidós días después, Machado y Álvarez animará a Montoto a la confección de la revista El Folk-Lore Andaluz: «¿Por qué no haces en unión de Alejandro una revista, siquiera de dos hojas, que se titule El Folk-Lore Andaluz?[iv]» La carta siguiente revela cómo Demófilo procura seguir, desde la capital, el curso de la Sociedad:
Hablé con Cánovas: es un hombre serio y franco, me gustó. Debéis hacerlo socio honorario de El Folklore Andaluz y aún luego, si muere García Blanco, presidente honorario. Los hombres serios y de talento de todos los partidos son útiles para el bien. Las ideas y los sentimientos levantados y generosos se imponen[v].
No han de sorprendernos los escarceos políticos. El Folk-Lore, según explicó el profesor Baltanás, se ideó como «una empresa científica, pero de calado político: se trataba de conocer España, la España profunda, para vertebrarla como nación». Y aquella «propuesta regeneracionista» dejaba patente su «implicación político-social»[vi]. Así lo demostró Machado y Álvarez:
Un Folk-Lore central como sociedad no responde a nada, cuando más al lujo de que se cultive una nueva rama científica. […] Como obra de alta y seria política de unificación del país pudiera ser muy grande. En España no hay unidad religiosa, algunos católicos, muchos hipócritas, algunos libres pensadores y la mayoría indiferentes. En política tampoco hay unidad: unos monárquicos, otros republicanos, fraccionados todos. Sólo hay la unidad de la ignorancia y la desmoralización y una incomunicación intelectual completa de unas provincias con otras. […] El Folk-Lore como lo he concebido podría ser medio de unificación, moralización y trato y afecto de unas provincias con otras[vii].
La biblioteca de las tradiciones populares españolas
Machado y Álvarez, «venciendo los imposibles —como dice el pueblo—, logró publicar en la corte la Biblioteca de las tradiciones populares, encomiada por el gran Marcelino Menéndez Pelayo»[viii]. Aun cuando Luis Montoto supo que «la vida no es una novela», que resultaba imposible «vivir entregado por entero al cultivo del folklore», decidió prestarle su ayuda[ix]. En el primer tomo de los once que conformaron esta Biblioteca, desde 1884 hasta 1886, el poeta publicó sus Costumbres Populares Andaluzas, un pequeño volumen que relataba la vida de los corrales de vecinos. Para Machado y Álvarez la mirada literaria, que su amigo aportaría a la monumental obra, era necesaria porque en el estudio del Folk-Lore debían tomar «parte tanto los literatos y artistas, como los dedicados a ciencias naturales o sociológicas[x]». Estaba refiriéndose a sus «dos queridos compañeros», Luis Montoto y Alejandro Guichot, que «desde el primer momento» se ofrecieron «a auxiliarme» en la «gigantesca empresa»[xi] de la Biblioteca de las tradiciones populares españolas. Y confesó: «Jamás me hubiera atrevido a aceptar la responsabilidad de una obra, superior sin duda a mis débiles fuerzas, si no hubiera de llevarla a cabo en compañía de quienes han de fortalecerme y estimularme con su ejemplo y ayudarme con su consejo»[xii]. Ante todo, el magno proyecto de la Biblioteca de las tradiciones populares españolas simbolizó el último gran esfuerzo de un grupo de andaluces folkloristas, que actuaron a contracorriente de su propio tiempo.
Una pasión en común: el flamenco
Recordemos que, a la altura de 1881, Machado y Álvarez ya había publicado su célebre Colección de cantes flamencos, una recopilación que reclamó el valor de la poesía flamenca por primera vez en la historia filológica. Su Colección de cantes flamencos no aspiró al análisis pormenorizado del material recogido, sólo pretendió mostrarlo lo más naturalizado posible. Esta intención comunicaba con su deseo de que la literatura alcanzase una categoría científica. La poesía necesitaba aplicar los métodos evolucionistas para conseguir una explicación sobre las estructuras del mundo sensible. Esta ambición de corte científico era muy útil para obtener una dimensión humanista del Folk-Lore. Para Machado y Álvarez se hacía imprescindible penetrar no sólo en todo lo que el pueblo sabía, sino en todo lo que éste creía[xiii]. Joaquín Sama definiría este empeño a propósito de su necrológica: «Su intención fue la de contribuir como un obrero a la formación de un folklore andaluz y nacional»[xiv].
El interés de Machado y Álvarez hacia el flamenco fue más que palpable. Montoto también se había sentido atraído por esta manifestación popular y era habitual que juntos, y en compañía de otros amigos dedicados a la empresa folclórica, frecuentaran los cafés cantantes de Sevilla. De aquellos días, Rodríguez Marín recordó:
Yo –perdóneseme la jactancia– cursé estos estudios por sus principios y trámites, y fui, al igual que discípulo, condiscípulo de don Antonio Machado, cuando entre ambos, por los años de 1880 a 1882, asistíamos como alumnos libres a la cátedra sevillana del gran Silverio Franconetti (al salón Silverio, calle del Rosario), no sólo para escuchar a los cantaores y tocaores de su tablao, sino, lo que es mucho más, para conversar amistosa y diariamente con aquel rey de los cantaores, que destempló a la mismísima María Borrico, reina de la playera, allá en los años postreros de la monarquía de Isabel II[xv].
Parece que fue en una de esas reuniones flamencas, en torno a 1879, cuando Montoto descubrió a Manuel Balmaseda, un trabajador de las líneas férreas que improvisaba sobre cualquier tema en forma de copla popular. Pero el joven de veintidós años, que carecía de formación académica, había compuesto un Primer cancionero de coplas flamencas (1881), salvo que había tenido la mala fortuna de morir de hambre y tuberculosis al año siguiente de su publicación. Entonces, Montoto decidirá rescatarle del olvido y con esa intención le escribe a Machado:
¡Me dice una persona respetable, que el autor del Primer cancionero de coplas flamencas ha muerto de hambre!
Yo no sé si sus compañeros en el trabajo dirán su oración fúnebre encomiando la fuerza muscular de sus brazos y su mayor o menor destreza en limpiar los coches en las líneas férreas, que éste era su oficio: tengo, sí, el convencimiento de que tú exclamarás, al pasar por la vista estas letras, escritas al correr de la pluma: «¡Pobre Balmaseda! ¡Pobre poeta!»[xvi].
Impresionado por las coplas, le pedía a Machado y Álvarez continuar con la lectura de Balmaseda, «en desquite de mi prosa desaliñada y de mi estilo ramplón»[xvii]. Aunque en esa carta le pidió algo más significativo: «Recomienda, recomienda el Cancionero –en la Revista de El Folk-Lore Andaluz–, como yo lo haré; recomiéndalo, porque bien vale cuatro reales, y porque practicaremos […] una verdadera obra de caridad […]. La mujer y la hija del poeta esperan, con las ansias del hambriento, un bollo de pan»[xviii]. La contestación de Machado no se hizo de rogar, le envió otra carta a su amigo, que –por la sincera emoción y cálido respeto que muestra– preferimos reproducir completa:
CARTA AL DISTINGUIDO POETA SEVILLANO
- D. LUIS MONTOTO Y RAUTENSTRAUCH
Querido Luis: la mejor recomendación que pudiera hacer del Primer cancionero de coplas flamencas, del honrado jornalero y malogrado poeta popular M. Balmaseda, cuya obra ha sido dada a conocer a toda Europa por nuestro ilustre consocio honorario el Sr. Pitrè, es insertar tu carta, que tan perfectamente retrata los nobles y delicados sentimientos de tu corazón.