La generosidad del propósito que te anima no ha menester auxilio alguno, ni mi modesto nombre podría añadir la menor eficacia a la invitación hecha por el inspirado autor de la bella colección de cantares, titulada Melancolía. Tuya ha sido la iniciativa de pedir unan limosna para el honrado hijo del trabajo y tuya ha de ser también la gloria de proporcionársela, siquiera para ello concurran, como creo han de concurrir sin duda, con su modesto óbolo, todos los verdaderos amantes de la literatura popular, acudiendo a la librería del Sr. Hidalgo a comprar la obra del malogrado escritor Balmaseda.

 

Sociedad la del FOLK-LORE eminentemente científica e inspirada en los altos ideales de la justicia y de la fraternidad humana, aspira no sólo a la consecución de la verdad mediante prolijas disquisiciones, sino a la dignificación de los hombres por medio de la virtud y del trabajo; por esta razón está llamada no a socorrer, esto es, detener momentáneamente el vertiginoso curso de la desgracia, sino a procurar por medios justos la desaparición de los vicios sociales que la engendran y que la limosna es impotente para combatir. ¡Cuán hermoso sería, querido Luis, que la mujer de Balmaseda y esa pobre niña que apenas balbucea el nombre de su padre, hallasen en la herencia que percibieron del poeta popular, convenientemente fomentada por el trabajo que todo lo ennoblece, una modesta renta vitalicia con que poder subvenir no sólo a las necesidades de hoy, sino a las no menos imperiosas del mañana!

De este modo «las luchas interiores, las horas de mortales angustias y las aspiraciones del noble hijo del pueblo, muy por encima del círculo de hierro en que estuvo aprisionado», habrían logrado establecer un vínculo constante entre él y los seres de su familia que le han sobrevivido. ¡Ojalá que la sociedad de que me supones fundador estuviese constituida, y bien sola, bien en unión de las demás análogas que existen en Europa, pudiera realizar tan hermoso ideal! ¡Ojalá que entonces, con el concurso de todos, se hiciera una nueva edición de la obra con cuyo producto pudiese la viuda montar un pequeño taller que, al par que le proporcionarse un medio honroso de subsistencia para sí y para su inocente hija, le hiciera comprender todo el valor de la modestia herencia recibida! El trabajo, para fomentar esta herencia, sería a mi entender, querido Luis, la mejor oración que la esposa podría elevar a la memoria del honrado poeta y el mejor tributo que pudiéramos rendirle los que somos como él obreros de la inteligencia.

Sabe cuánto te quiere tu amigo, DEMÓFILO[i]

 

 

No obstante, con Manuel Balmaseda no cesaron los vínculos entre el flamenco y los dos amigos. De nuevo, el 21 de abril de 1887, Luis Montoto recibirá una carta con dos buenas noticias de Machado y Álvarez. La primera es «que he sido nombrado individuo de la junta directiva de Folk-Lore en Inglaterra»[ii] y, ya en la segunda, le anuncia la publicación de «un tomo de canciones flamencas y andaluzas elegidas», pero otra vez volverá a reclamar su ayuda: «Como tú me quieres, eres andaluz, tienes buen gusto y eres capaz de gastarte cinco duros por servirme, te pido que me recojas algunas: con menos de un ciento, bien elegidas, me bastan»[iii].

La próxima colección sólo iba a contener las coplas y un prólogo de cuatro páginas que firmaría el mismo Demófilo, quien deseaba únicamente «pan para los churumbeles», por eso la liberaría de todo «carácter folklórico» y «científico»[iv]. Su confidencia insinuaba que ahora el proyecto se emprendía más «por motivos económicos que personales, a pesar de su desilusión moral»[v]. De hecho, en el nuevo y breve prefacio no asomaría ni siquiera una leve queja por el trato que las labores folklóricas recibían en España.

Los preparativos de la inminente recopilación de cantes flamencos concluyen con cierta rapidez. Montoto colaboraría con «diversas coplas» de su autoría que, pese a prescindir del tono flamenco requerido, Machado y Álvarez incluyó con «la grafía del pueblo» al contener «el sello de lo popular»[vi]. Cantes flamencos. Colección escogida (1887) apareció en menos de dos meses, editada por la «Biblioteca» de El Motín, el periódico satírico semanal, de tintes republicanos y anticlericales. Sin embargo, la nueva colección no tuvo una acogida tan positiva como la anterior. Su hijo, Manuel Machado, decidirá reeditarla en 1946 y la acompañará de una «Acotación Preliminar», en la que afirmaría tener «la seguridad de hallarse con este libro ante la más exquisita, aquilatada y perfecta selección de coplas andaluzas, hecha, como sólo él podía, por quien más supo y entendió de nuestra poesía popular»[vii].

 

 

El final de una amistad

Con la engañosa mejoría que suele conceder la muerte, Machado y Álvarez parte hacia Puerto Rico en 1891, recuperado de la esclerosis medular que le había impedido continuar en la redacción de La Justicia. Puerto Rico representará una nueva oportunidad económica y laboral. En la isla podrá ejercer la abogacía y mejorar todo cuanto le sea posible la precaria situación en la que se encuentra la familia. Ya Demófilo se encuentra «gastado física y moralmente», «han sido años duros, de luchas en pos de un ideal inconseguible, de un sueño irrealizable…»[viii]. Sus allegados pretendieron una «despedida alegre, hablando ya de proyectos para el futuro», expresó Pérez Ferrero, sin embargo, sus hijos «no volverán a ver la frente serena ni la sonrisa dulce del progenitor»[ix]. Recordemos que la actividad folklórica de Machado había cesado prácticamente en 1889, año además en el que se vio interrumpida la correspondencia con Luis Montoto. El poeta expresó en Por aquellas calendas:

 

Sobre mi inolvidable amigo Antonio pesaban muchas obligaciones: Dios lo había favorecido con no pocos hijos, y era forzoso sacarlos adelante, dándoles carrera, y hacerlos hombres; todo lo cual pedía con urgencia medios con que Antonio no contaba.

No diré yo aquí cuánto trabajó para cumplir con sus deberes.

Publicó libros, escribió mucho para los periódicos, despachó pleitos y casi agotó sus fuerzas.

Corría el tiempo. No recuerdo quién me dijo que había partido a Ultramar y ejercía su profesión de abogado en tierras americanas. Entonces no supe más.

Una noche metieron un papel por debajo de la puerta de mi casa y, al ir a abrirla, lo recogió una criada y me lo dio, diciéndome: “En el zaguán me jayaó esto”. Pasé por él la vista, y a punto estuve de desvanecerme. Firmábalo Alejandro Guichot, y en él me avisaba de que Antonio Machado había muerto, y de que su entierro sería al día siguiente al de la fecha de aviso[x].

 

Como reconoció Luis Montoto, Machado y Álvarez, que tomó una «sepultura de segunda clase», murió rodeado de sus pocos amigos y de la indiferencia de la ciudad sevillana. Tras su fallecimiento sólo los diarios provincianos El Tribuno y El Progreso le dedicaron unas breves reseñas, sólo su amigo y el profesor de la Institución Libre de Enseñanza, Joaquín Sama, le dedicó en el Boletín la primera necrológica. La prensa local no le recordó y cuando Unamuno, tres años después de su muerte, pronunció en el Ateneo sevillano su conferencia «Sobre el cultivo de la Demótica», ni siquiera conocía la particularidad de su trabajo y sólo mencionó que era en esta ciudad donde se había iniciado «la abnegada labor de la investigación demotística»[xi]. Otras incoherencias pesarían sobre su figura. Joaquín María de Navascues, catedrático de Epigrafía y Numismática y director del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, le culpó «de extranjerismo gratuito por haber propuesto la adopción de la palabra anglosajona folk-lore», sin «aportar novedad ninguna, pues el folklore ya se recogía de antiguo en España, aunque sin ese nombre». Asimismo recriminó la organización del mismo «por regiones», objetándole una contradicción: «la formación de un gran Centro nacional». Y aun así calificó como una «ingenuidad el intento machadiano de asociar en su tarea al propio pueblo, a la sociedad en general»[xii].

El vínculo entre Machado y Álvarez y Montoto demuestra que la confianza de un amigo en nuestras aventuras particulares nos hace implacables ante la sordidez histórica, tal vez porque nos alienta a deshacernos de las sospechas que pesan sobre ciertas utopías. A partir de su esfuerzo consensuado, los códigos de la literatura popular no volvieron a interpretarse de la misma forma, así como el concepto de tradición, que dejaría de ser un simple cúmulo de hitos casticistas para convertirse en la savia auténtica de un pueblo sin máscaras innecesarias.

NOTAS
1 L. Montoto, Por aquellas calendas: vida y obra del magnífico caballero don Nadie, Madrid, Compañía iberoamericana, Renacimiento, 1930, p. 105.
2 Ibíd.
3 Ibíd.
4 Ibíd., p. 65.
5 Ibíd., p. 103 y 104.
6 Ibíd., p. 105.
7 La Academia de Buenas Letras de Sevilla.
8 Ibíd., p. 47.
9 Ibíd., p. 105.
10 Del artículo «Introducción al estudio de las canciones populares», dentro de la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla, septiembre, 1869. Citado por Antonio Machado y Álvarez «Demófilo», Obras completas, Tomo I. Ed., int. y notas de E. Baltanás, Sevilla, Biblioteca de autores sevillanos, 2005. p. 18.
11 L. Montoto, Por aquellas calendas: vida y obra del magnífico caballero don Nadie, Madrid, Compañía iberoamericana, Renacimiento, 1930, p. 105.
12 Ibíd.
13 Observaremos la necesidad de personificar retóricamente la historia de la poesía popular, encarnada por un hombre anónimo del pueblo. Esta constante es compartida por tres autores coetáneos: Juan del Pueblo, según Rodríguez Marín; Juan del Campo, según Machado y Álvarez; y, por último, Historia de muchos Juanes, del propio Montoto.
14 Ibíd., p. 110.
15 Ibíd., p. 118.
16 Ibíd., p. 110. A propósito de Melancolía, Machado y Álvarez escribió en el «Post-scriptum» de Cantos populares españoles (1882), de Rodríguez Marín, que «[tan] sólo veinte o treinta [de estas composiciones] nos atreveríamos a calificar realmente de populares, y aun éstas con algunas leves restricciones» (2005, 649). Dedica las páginas siguientes a señalar cuáles son. Empero, acentúa que «la simple lectura de estos cantares manifiesta que mi amigo, poeta y sevillano, ha sabido encerrar su personalidad dentro de los límites ideológicos y afectivos de este pueblo. Por su contenido, los cantares citados son realmente iguales a los del pueblo» (ibíd., 653). Y líneas más tarde: «El poeta erudito se ha hecho realmente hombre del pueblo, se ha desposeído de su personalidad y pensamiento propio, consiguiendo por esta razón el fin artístico propuesto, retrotrayéndose a una edad realmente anterior, dentro de su vida psicológica, a la que realmente tiene como individuo con un nombre literario conocido» (ibíd., 654).
17 Ibíd.
18 Ibíd.
19 Ibíd. Alejandro Guichot y Sierra, hijo de Joaquín Guichot y Parody, publicó una Historia general de

Andalucía en 8 tomos desde 1869. Como su padre, representó una activa generación de andaluces intelectuales, «propulsores de muchos proyectos […], que ahora se daban la mano en la nueva aventura que para ellos se iniciaba con la fundación de la Sociedad del Folk-Lore Andaluz» (Aguilar Criado, 1990, 186).
20 Ibíd., p. 106.
21 Ibíd.
22 Homenaje a Demófilo, Sevilla, Fundación Machado, 1993, p. 22. El investigador Pineda Novo ha recopilado magníficamente su correspondencia, que aparece en este volumen.
23 Ibíd., p. 27.
24 Ibíd.
25 Enrique Baltanás. p. li. en Antonio Machado y Álvarez, «Demófilo», Obras completas, Tomo i. Sevilla, Biblioteca de autores sevillanos, 2005.
26 Ibíd., p. li, lii.
27 L. Montoto, Por aquellas calendas: vida y obra del magnífico caballero don Nadie.
28 Ibíd.
29 Ibíd., p. xii.
30 Ibíd., p. v.
31 Ibíd., p. vi.
32 Joaquín Sama en El folk-lore andaluz, Sevilla, Editoriales andaluzas unidas, 1986. p. 73.
33 Ibíd., p. 34.
34 Cit. en Pineda Novo, Antonio Machado y Álvarez: Demófilo: vida y obra del primer flamencólogo español, Madrid, Cinterco, 1991. p. 75.
35 L. Montoto en Primer cancionero de coplas flamencas, Manuel Balmaseda. Edición y prólogo de Enrique Baltanás, Sevilla, Signatura Ediciones, 2001, p. 138, 139.
36 Ibíd., 136.
37 Ibíd., 139. Doce años después, Montoto volvería a mostrar su admiración por Balmaseda, y le rendiría homenaje en La musa popular (1916).
38 Ibíd., 141.
39 Cit. en Pineda Novo, Antonio Machado y Álvarez: Demófilo: vida y obra del primer flamencólogo español, Madrid, Cinterco, 1991, p. 276.
40 Cit. en ibíd., p. 277.
41 Ibíd.
42 Pineda Novo en ibíd.
43 Pineda Novo en ibíd., p. 278.
44 Cit. en ibíd., 284.
45 Pineda Novo en ibíd., 318, 319.
46 Cit. en ibíd., p. 321.
47 L. Montoto, Por aquellas calendas: vida y obra del magnífico caballero don Nadie.
48 Enrique Baltanás en Antonio Machado y Álvarez, «Demófilo», Obras completas, Tomo i. Ed., int. y notas de E. Baltanás, Sevilla, Biblioteca de autores sevillanos, 2005.p. xlvi.
49 Ibíd. p. xlvii.