Admito que las últimas consideraciones resultan algo confusas. Hablar de Dios es como caminar sobre arenas movedizas. Las dificultades no son, sin embargo, exclusivas de la teología. El lenguaje está lleno de limitaciones. Niels Bohr comentó en cierta oportunidad que cuando se habla de átomos la lengua común es solo una forma de poesía. ¿Juega o no Dios a los dados? Y esos dados ¿están o no trucados? Arrojadas más allá de lo que hay, las palabras carecen de utilidad. Dios no es un objeto, sino una idea, y las ideas las carga el Diablo. Uno reflexiona sobre lo que significa la divinidad, el ser donde se disuelven todas las contradicciones, y al instante advierte que para Él «ser o no ser», por ejemplo, no es en absoluto la cuestión. Esto paraliza nuestro intelecto y lo sume en el desconcierto. Los teólogos llevan siglos así. Su lenguaje lleno de alambicadas sutilezas se estrella una y otra vez contra las alambradas llenas de púas de lo concebible humanamente. Si Dios está más allá del ser y la nada, ¿cómo pensarlo? Tampoco para nosotros la tarea es fácil. El arqueólogo que busca la tumba de Dios sabe que si hay algo más difícil que matar a Dios es enterrarlo. Por eso es también consciente de que cuando descubra su sepultura no hallará allí nada que lo identifique, nada en absoluto, aunque esa Nada sea paradójicamente más Dios que cualquier cosa que pudiera encontrar.

Esta fue, por cierto, la intuición que me llevó al memorial del campo de Majdanek, en Lublin, Polonia, donde ubico el cenotafio de Dios. Se trata, hablando oficialmente, de un cementerio entero donde yacen las víctimas de los ideócratas. Sus constructores, en vez de llenar una amplia extensión con túmulos y lápidas, prefirieron reunir los restos, amontonarlos para ser más precisos. Decir que allí reposa el cadáver de Dios seguramente disgustará a los teólogos. Pero yo no niego que sus restos puedan estar esparcidos en otros lugares (la muerte carece de poder para bloquear la ubicuidad divina). Si apuesto por este sitio no es porque haya descubierto algo divino en él, sino precisamente por todo lo contrario, porque no lo hay en absoluto. Basta con contemplar el revoltijo de cenizas y huesecillos humanos sepultados en sus instalaciones para entender que estos muertos nunca podrán recuperar su identidad, quiero decir, su alma inmortal. Evidentemente, no hay futuro ni justicia para ellos, tampoco para los demás. Dios ha muerto, cualquiera con ojos en la cara ve aquí que la nada es su ectoplasma.

¿Nada? ¿No hay nada en Majdanek excepto los restos de las víctimas del totalitarismo? Oigo las protestas del lector y entiendo su decepción, pero tratándose de Dios hay que ser muy precavidos. Recuerde lo que le sucedió a Pompeyo en Jerusalén. Deseaba conocer el sanctasanctórum del templo de Salomón y pidió que se lo enseñaran. Los sacerdotes le dijeron que allí solo podía entrar el sumo sacerdote el día del Yom Kippur. Pompeyo preguntó entonces que quién se lo iba a impedir. Acto seguido entró. Lo que halló fue una estancia vacía. Ninguna imagen de Dios, ningún tesoro, nada de nada. Si hubiera sido más ducho en las cosas del espíritu, habría intuido que aquel vacío venerado por el pueblo elegido acabaría imponiéndose a cualquier superstición fundada en el temor a un enjambre de divinidades vinculadas con las fuerzas de la naturaleza. ¿Acaso resulta plausible que Dios comparta con las criaturas las limitaciones de la existencia material? Y ¿no afecta esto también a su improbable cadáver?

El campo de Majdanek fue construido por orden de Himmler en 1941 para albergar a los prisioneros de guerra polacos. Dos años más tarde se convirtió en campo de concentración para todo tipo de prisioneros. He dicho «prisioneros» pero hubiera sido preferible decir «esclavos», pues las personas encerradas allí fueron obligadas a trabajar bajo condiciones inhumanas en la fabricación de munición y armamento. En 1944, se introdujeron cámaras de gas y hornos crematorios a fin de facilitar su aniquilación. Como campo de exterminio, disponía de los últimos adelantos, incluido el Zyklon B, un gas empleado solo en Auschwitz. Cuando el Ejército Rojo conquistó Majdanek y liberó a los prisioneros que parecían vivos, fantasmas con el alma atrofiada y la carne convertida en una especie de mugre mal pegada a sus esqueletos, las instalaciones pasaron a disposición de su servicio secreto (NKVD) y, de inmediato, fueron internados en ellas varios miles de resistentes polacos. La liberación allí, como en parte de Europa, consistió en un simple cambio de carcelero. Hitler ni deliraba ni bromeaba cuando comunicó a su plana mayor que proyectaba nombrar a Stalin gobernador de Rusia una vez derrotado y conquistado el país.

En la cuenta atrás de la destrucción del mundo, un proceso necesario a juicio de los ideócratas para hacer posible la realidad con que soñaban, la tortura desempeñó un papel sumamente importante. Nazis y comunistas no se conformaron con matar; preferían primero apoderarse de las almas de los enemigos, y después, cuando lo único que quedaba de ellos era su carne, destruirlos. El espíritu de los campos de concentración, que los soviéticos trasladaron a su vasto imperio, era impedir que nadie llegara a ocultar algo en el fondo de su alma. Los prisioneros eran sometidos a atroces vejaciones encaminadas a disolver su personalidad. Una desconfianza total en todo y en todos los convertía en almas en pena, sombras espectrales a las que ni siquiera la muerte infundía pánico. Los carniceros no consiguieron construir un mundo nuevo, pero sí destruyeron el viejo. Sobre ese desierto se alza el nuestro.

En junio de 1940, el compositor Olivier Messiaen fue hecho prisionero por los alemanes y trasladado al campamento de Görlitz. Como miembro del derrotado Ejército Francés fue tratado con cierta consideración, nada que ver con lo que se hacía con los opositores de Hitler o con los judíos. De camino al campamento, pudo departir con el clarinetista Henri Akoka y mostrarle el boceto de una pieza sobre la que estaba trabajando: «Abîme des oiseaux», la futura tercera parte de su estremecedor Cuarteto para el final del tiempo. La obra, rematada durante la reclusión y estrenada allí gracias a la inesperada tolerancia de uno de los carceleros, pudo interpretarse con la colaboración de otra pareja de músicos cautivos: el violinista Jean Le Boulaire y el chelista Étienne Pasquier. El 15 de enero de 1941, en un barracón rodeado de nieve, ante varios cientos de soldados franceses apretujados para no congelarse, Messiaen explicó que la idea de la composición le vino mientras repasaba un pasaje del Apocalipsis: «Y cuando empiece a escucharse la trompeta del séptimo ángel, se consumará el misterio de Dios». Según la tradición bíblica, el séptimo ángel es el último de los ángeles mensajeros, aquel que anuncia a la humanidad el final de los tiempos. El propósito del compositor, católico con fuertes tendencias místicas, era dar esperanzas a los oyentes, hacerles ver que la muerte no acaba con todo, pues después del tiempo del hombre viene el tiempo de Dios, la eternidad.

La actuación fue sobrecogedora y causó gran impacto. Era increíble que unos prisioneros hubieran encontrado en aquellas circunstancias ánimo para crear e interpretar semejante pieza. Bastaba con observar el deplorable estado de los instrumentos –clarinete, violín, violonchelo y piano, todos en pésimas condiciones, con varias cuerdas o teclas inservibles– para sentirse profundamente interpelado por la composición. Sus fluctuaciones rítmicas, la engañosa apariencia de atonalidad y el lirismo desgarrador de algunos fragmentos reflejaban mejor de lo que ninguno esperaba la triste situación compartida por todos. Los bárbaros estaban conquistando el mundo y nadie era capaz de frenarlos. Salvo milagro, la civilización estaba perdida. La fatiga de los prisioneros, extenuados tras largas jornadas de trabajos forzados, debió de contribuir a acentuar la impresión de impotencia. Habían bajado a los infiernos y presumiblemente jamás encontrarían el camino de vuelta. La obra de Messiaen colocaba su dolor en otro plano, animándoles a reflexionar también sobre la trascendencia. Partiendo de la descripción del silencio armonioso del cielo, los arrastraba por la tierra devastada para conducirlos finalmente al Paraíso. Era una composición espiritual, una teofonía, llena de nostalgia por un Dios que confiere sentido al universo.

Había que volver a confiar en Él. Este era el mensaje. Pero no todos lo entendieron así. Algunos interpretaron que el séptimo ángel no anunciaba el final del tiempo, sino el final de Dios, la muerte de Dios. «Y cuando empiece a escucharse la trompeta del séptimo ángel, se consumará el misterio de Dios». A fin de cuentas, los desolladores al servicio de la muerte los estaban obligando precisamente a ellos a cavar con sus palas en la tierra congelada la gran fosa donde pretendían enterrarlo. Messiaen había escrito el cuarteto como una oración. En vez de gritar «Padre, por qué me has abandonado», quiso sacar belleza de la escoria de unos sonidos necesariamente sombríos. Tal vez imaginó que si conseguía que la belleza volviera a aquel sitio donde estaban encerrados, si el brillo de la plenitud resplandecía por un instante sobre sus cabezas, todos comprenderían que la ausencia de Dios no era una muerte, sino algo distinto, un alejamiento. Aunque ¿cuándo se ha visto que las víctimas no desesperen?

Total
2
Shares