
Uno de los trabajos que habitualmente hacemos quienes escribimos es ser jurado de premios literarios. No es raro, o al menos esa es mi experiencia, leer manuscritos donde los protagonistas son escritores. El modo de vida de estos personajes evidencia la mitología que su autor o autora tiene sobre el oficio. Sorprende por lo optimista. En la ficción abundan los novelistas que viven en pisazos y se aprietan arroces con bogavante regados con champán en restaurantes con estrella Michelín. Además, sus agentes les persiguen sin descanso para que entreguen de una vez sus libros. Cuando leo tales cosas, sé que quien escribe ha publicado poco o nada y carece de curiosidad por asomarse a las biografías de los escritores reales. Sí parece haber visto, en cambio, muchas películas americanas de los años ochenta y noventa, donde los literatos siempre ganan dinero a espuertas, viven como dioses en Nueva York y tienen agentes que parecen sus amas de llaves.
También puede ser que quienes fantasean con esa vida en sus ficciones posean un imaginario más cercano, el de la España va bien y la precrisis, en la que, según cuentan, los escritores cobraban más que ahora porque había dinero, y anticipos y bolos se pagaban con generosidad. De esta época viene el prejuicio de que en la narrativa española no se habla del trabajo, afirmación que aún circula alegremente, aunque ya lleva unos cuantos años siendo falsa. Como todo prejuicio, procede de algo cierto: en efecto, durante algún tiempo el trabajo no estuvo en primer plano, ni en las novelas ni en ninguna otra manifestación cultural, pues parecía no ser ya un problema acuciante. Habíamos salido de la miseria y entrado en Europa; las novelas reflejaban el hecho —indudable para una amplia mayoría— de que se gozaba de tranquilidad económica y se aspiraba a salir de una vez por todas del atraso cultural, político y social. ¡Al fin podíamos pensar en otra cosa! Pero esto duró un suspiro y, a partir del estallido de la burbuja, la narrativa patria volvió a sus fueros, que siempre consistieron en narrar la precariedad (es decir, el trabajo, el dinero y el conflicto entre clases sociales) de manera directa o indirecta, y a través de narraciones convencionales y experimentales. Sobre este tema escribí el año pasado un artículo que titulé Volver a formular un viejo problema para esta revista, donde citaba obras de autores recientes.
Se me convoca ahora para hablar del trabajo y me doy cuenta de que lo que yo pueda decir de interés ya lo traté en el mentado artículo, así que permítanme cambiar el enfoque y que hable, sí, de trabajo, pero del mío. O más precisamente: del trabajo de los escritores, aunque no del más obvio, que es leer y escribir, pues eso es algo que la mayoría hacemos por vocación y con gusto. Hablaré de otro tipo de trabajo que no es vocacional, que quizá nunca habíamos pensado que haríamos y que muchos viven como contrario a su vocación, aunque solo sea porque no propicia la soledad y el sosiego necesarios para la escritura. Me refiero a salir a vender nuestros libros.
Hoy los autores y las autoras pasamos buena parte de nuestro tiempo yendo de un sitio para otro a promocionar nuestras obras. Presentaciones, prensa, ferias, festivales, clubes de lectura. Cualquiera que viaje unos cuantos meses con cierta intensidad tras la publicación, acaba con la impresión de estar vendiendo su novela de la misma manera que podría promocionar chorizos o una marca de bragas. Dices lo mismo tantas veces, y luego además te lo repiten en la ciudad número diez o veinte que visitas (pues periodistas y presentadores han buscado tus declaraciones), que aquello que articulaste con inseguridad se acaba convirtiendo en un lema publicitario, en algo que sirve para vender rápidamente. La repetición configura una suerte de lugar común de ti mismo y de tu libro, un cliché que, con suerte, funciona, sobre todo si entronca con los debates del momento, esos temas candentes de los que se espera que un escritor hable porque forman parte de la conversación social, y que serán sustituidos por otros en un tiempo cada vez más acelerado en el que todo se transforma rápidamente en un fósil. ¿Pero no residía la gracia y el sentido de la literatura en sortear los lugares comunes, la banalización y la aceleración?, ¿en profundizar y hacernos mirar hacia otros lugares?, ¿en resistirse a los juicios fáciles?, ¿en romper la lógica consumista? ¿Qué estamos haciendo exactamente los escritores cuando salimos a vender nuestros libros?
La novela Zorro, de la escritora yugoslava y croata Dubravka Ugrešić, retrata muy bien esta situación en una anécdota. Ugrešić fue invitada a participar en un festival literario en Nápoles, ciudad donde no era muy conocida; allí se extrañó al ver una multitud de asistentes a su charla. Enseguida se dio cuenta de que quienes abarrotaban la sala no habían ido a escucharla a ella, sino a su acompañante en la mesa, la viuda de un famoso escritor que era ella misma famosa. «Nunca en mi vida me había sentido más invisible que durante el coloquio con la Viuda», escribe la autora. «Después del acto, periodistas y varias cámaras de televisión la rodearon: nadie compró un ejemplar de mi libro, que precisamente en aquellos días había salido a la luz en italiano».
Tras esta humillación, la Viuda y Dubravka Ugrešić se van a tomar algo al célebre Gran Caffè Gambrinus, donde conversan sobre la destrucción de las instancias de legitimidad de lo que hasta entonces entendíamos por literatura: la crítica y la academia. La Viuda pone a la autora croata ante lo que ella se resiste a asumir, el fracaso recién experimentado (nadie la ha celebrado a ella, a la escritora, sino a la Viuda, al personaje famoso). La mujer hace con la autora una inteligente y desalentadora pedagogía. «Aquello que percibimos como “obra artística”», le dice, «siempre está relacionado de alguna manera con el circo, con el arte de las ferias, con el arte más antiguo del mundo». Y añade un poco más adelante: «Ya que el arbitraje estético-académico está desapareciendo, y ya que las teorías del arte importantes hoy están muertas, como única brújula para determinar las diferencias entre las obras artísticas y no artísticas queda aquello que se acerca más a la idea originaria de arte, y eso son las técnicas circenses».
Las técnicas circenses sirven para acaparar la atención cuando se sale al escenario, sí. Pero ¿cómo puede acaparar la atención un escritor? ¿No era suficiente con escribir buenos libros? Según la Viuda, con eso no basta. Hay que figurar, ser visto (y vistoso). Y en los últimos tiempos, la forma de entretenimiento más popular son los festivales de literatura, lo que explica que haya decenas de ellos, tanto nacionales como internacionales: «El festival literario no se diferencia mucho de las ferias medievales en las que el público pasea de una carpa a otra, del tragafuegos al juglar. Los escritores hoy ya no molestan al público con lecturas, sino que llevan a cabo una suerte de espectáculo. El público, cuyos estándares receptivos se han educado con la televisión e internet, es literariamente cada vez más analfabeto y busca un entretenimiento rápido e inequívoco».
La Viuda no existió; es un personaje inventado por Ugrešić para darle voz a la dialéctica dolorosa que tenía que afrontar como escritora entre el ideal (que una obra literaria sea valorada en sus propios términos) y la realidad (el peso de la fama, del mercado, del circo). Hoy los escritores llevamos una Viuda dentro mientras corremos de feria en feria y de festival en festival. ¿Qué estamos haciendo cuando salimos a vender nuestros libros?, le preguntamos continuamente a nuestra Viuda interior. ¡Pues disputarle el sitio a los famosos!, nos grita ella, consciente de que resultamos un poco ridículos y quijotescos con nuestros ideales sobre la literatura mientras miramos desolados la cola de lectores que tiene el famoso que nos han puesto al lado. Un famoso que, a menudo, ya ni siquiera es escritor y sabe mejor que nosotros a qué juega. «El pragmatismo siempre derrota a los principios; así son las cosas», dice uno de los personajes de Verano, la novela de Coetzee donde éste se parodia a sí mismo. «El universo se mueve, el suelo cambia bajo nuestros pies, y los principios están siempre a un paso por detrás. Los principios son el material de la comedia. La comedia es lo que obtienes cuando los principios tropiezan con la realidad».
Y un poco de tragedia también, porque quien no sale hoy al escenario está condenado a una visibilidad muy reducida, cuando no a la invisibilidad total. A que sus obras mueran nada más nacer. Los grandes grupos editoriales lo saben perfectamente, y por eso se gastan el dinero en llevar a sus autores a todas partes: es la única manera de que sus libros ocupen siquiera una esquinita del escenario. Nuestro atomizado presente hierve de escenarios en los que figurar: prensa nacional y provincial, la crítica literaria (que ya no tiene poder para lanzar un libro al estrellato ni para hundirlo, pero que también importa); teles y radios (todos los platós y todas las emisoras son válidas; no hay que dejarse ninguna), podcast, canales de Youtube, congresos, encuentros de toda índole, presentaciones en cuantas más librerías y bibliotecas y ciclos y clubes de lectura posibles mejor.
¿Qué se obtiene con todo eso? Desde luego, ningún primer puesto en los rankings de ventas (de hecho, solo los que ocupan un buen lugar en ese ranking pueden saltarse la promoción). Simplemente, se trata de lo básico para que un libro no desaparezca a toda velocidad, para que consiga pasar un tiempo más a la vista. Y si hay honorarios, el escritor puede sacarse un jornal, habitualmente modesto, aunque eso va en función del caché de cada cual y del dinero con el que cuenten los eventos. No son ingresos estables: hay meses mejores y peores, y la inclusión en este circuito depende de publicar con regularidad. De mantenerse en el mercado.
Los autores que publican en editoriales donde no hay promoción (por lo general, editoriales independientes que no ganan lo suficiente para llevar a cabo esa inversión) se ven abocados a confiar en ese remoto golpe de suerte en el que un libro se abre paso gracias al boca a boca (muy difícil en un país en el que se publican casi 90.000 libros al año). También pueden ganar un premio prestigioso de los que se dan a obras ya publicadas, y entonces logran asomar la cabeza y ser leídos por alguien más que sus familiares y su pequeño círculo literario. Por el codiciado lector anónimo. Algunos autores salen adelante porque cuentan con una red: columnistas conocidos, gestores culturales obligados a cultivar buenas relaciones con periodistas, festivales y demás.
No es raro ver a autores costeándose de su propio bolsillo un viaje promocional y que eso no le sirva de nada, pues presentar un libro apenas tiene repercusión si no se acompaña de algún tipo de altavoz mediático. Y es la pescadilla que se muerde la cola: el trabajo de prensa también lo hace la editorial, pero a menudo, cuando no hay dinero para pagar una promoción, eso suele significar que se carece de influencia en los medios, salvo que el editor o editora se curre a tope sus contactos y su imagen de marca y logre molar y caer bien, además de publicar libros buenos o que encajen en el momento, lo cual tampoco es nada fácil.
Hay asimismo comedia, y tragedia, en el hecho de que la supervivencia de un libro dependa cada vez más de las apariciones continuas de su autor no solo en prensa, festivales, ferias y etcétera, sino en las redes sociales. Se busca que los lectores compartan entusiásticamente nuestros libros. También los escritores posamos de continuo en eventos o con la acogida de nuestras obras. En las redes sociales, quien es famoso lo es aún más mostrando todos los sitios donde viaja y las celebridades con las que se retrata, pues fama llama a fama, y como en este contexto la imagen le gana por goleada a la palabra, si un libro que gusta lo firma alguien guapo, joven y que posa con gracia en escenarios de ensueño (con otras palabras: si el autor/a es instagrameable), entonces es el no va más de la escenificación del éxito («Cómo saber que eres un ganador si no exhibes los trofeos», escribe Manuel Vilas en El mejor libro del mundo, que versa precisamente, y sin pelos en la lengua, sobre la comedia y la tragedia de esta lucha por la supervivencia de los escritores).
Mantener activas las propias redes es asimismo un trabajo. Hay que echarle un buen rato, a veces horas si se quiere hacer del propio Instagram o canal de Youtube un lugar de interés que vaya más allá de la autopromoción. Es el caso de quien ofrece reflexiones, debates interesantes, reseñas de libros… Sin embargo, mayormente se usan para publicitar los propios asuntos de una forma que puede ir de lo discreto (poner solo lo más relevante) a la pura pesadez, la cual, por otra parte, es subjetiva: los pesados siempre son los demás. Nadie sabe muy bien si la autopromoción sirve para mucho o poco, o solo para el propio ego. Para más inri, en las redes se puede figurar permanentemente incluso cuando no se figura en ningún otro lugar: son el sitio ideal para engañar a incautos y mentirse a uno mismo.
Me llegan opiniones muy variadas sobre este ajetreo. Hay quien se lo toma como simple trabajo (pero eso solo es posible si te pagan), quien siente que pierde el tiempo y se frustra (pues iba con unas expectativas desmesuradas) o quien cree que tanta promiscuidad con el mercado y el famoseo mancha sus principios y desacredita sus libros (esta creencia se aplica mayormente a los demás). También escucho argumentos que le dan un barniz «democrático», «antielitista», a estos afanes: al fin estamos cerca de los lectores en vez de dándonos pisto en nuestra torre de marfil o en círculos exclusivos y excluyentes. Se trata de una verdad a medias: ocurre solo cuando se habla de literatura en lugares que lo propician, como los clubes de lectura o las entrevistas de carácter literario y no periodístico.
He empezado este artículo diciendo que quienes envían a los concursos literarios manuscritos protagonizados por escritores con costumbres de millonario seguramente no han publicado jamás y tampoco han investigado las biografías de tantos autores canonizados que llevaron vidas modestas, pero quizás yo misma estaba pecando de quijotesca y estos aspirantes a un premio tengan ya una visión absolutamente realista de qué significa triunfar hoy en día. Porque como dice Marta Sanz en Los íntimos (otra novela reciente que muestra, entre otras cosas, la competición entre escritores): «el éxito es eso y que una obra tuya aparezca mencionada en concursos de la televisión como La ruleta de la fortuna o Saber y ganar».