POR BELÉN GOPEGUI

Poder

A veces, en los coloquios literarios, propongo hacer una investigación en la que se estudie cómo se distribuye la población activa en cien o doscientas novelas del siglo XXI. La ficción no tiene que reflejar, la literatura siempre construye algo que no estaba y con ello pone en pie una visión, nunca una copia, siempre una intervención que pasa a formar parte de la realidad. Sería, estimo, interesante comparar la distribución de la población activa en las novelas y en la vida diaria del país o región estudiada.

Muy probablemente, ese mundo laboral narrativo tendría extrañas distorsiones: un número desorbitado de personajes periodistas, becarias, becarios, poetas, precariado intelectual, escritoras y escritores, de acaso profesoras y profesores, investigadores perdidos en bibliotecas, sin duda detectives, comisarias. Y quizá también un porcentaje alto de personas de quienes no se sabe cómo han obtenido su casa, su riqueza, ni cómo obtienen su sustento, pero que de un modo misterioso lo obtienen. Escasa o nula presencia, en cambio, de fontaneras, auxiliares de comercio o clínicas, electricistas, agricultores, trabajadores de fábricas, empleadas de oficinas sin glamour, de almacenes, de talleres de reparación de automóviles, de servicios de limpieza, de obreros de la construcción, de encargadas del mantenimiento de infraestructuras, población en paro, etcétera.

Las novelas, decía, no tienen la obligación, ni la capacidad, de reflejar, no son espejos. Cuando intentan reflejar incurren a menudo en un costumbrismo que muestra lo que hay para consagrarlo, pues excluyen la dialéctica, producen estampas exentas de tensiones, movimientos y contradicciones. No se trata, por tanto, de añorar coincidencias entre el mundo de los personajes y los datos estadísticos de las encuestas de población activa, sino de preguntarse, una vez conocida la distribución de la población de la ficción, qué contaría la existencia de esa extraña y probable sociedad donde el trabajo de sus habitantes no conseguiría hacer funcionar apenas recurso alguno esencial para la vida de una colectividad, y sin embargo, siguen disfrutando de un entorno de elementos fabricados, puestos en funcionamiento, y mantenidos, así como de numerosos servicios, todo lo cual les permite vivir intensamente y expresarlo con morosidad.

Aún no he sabido de nadie que haya emprendido esa investigación. Recuerdo un libro con un objetivo muy distinto, y sin embargo no tan lejano: Los empleados, de Sigfried Kracauer, publicado en 1930 y descrito como una monografía de psicología social. Ya en su primera línea leemos: «¡Pero si todo se encuentra ya en las novelas!», respondió una empleada cuando le pedí que me hablara de su vida en la oficina. (…) «No todo se encuentra en las novelas, en contra de lo que opina la empleada de la empresa privada».

No, no todo todo se encuentra en las novelas, afirmaba Kracauer, quien consideraba entonces que la vida de los centenares de miles de empleados que pueblan a menudo las calles de Berlín era menos conocida «que la de las tribus más primitivas». Al final de su monografía, en el penúltimo capítulo, titulado «Vista desde arriba», Kracauer polemizó con la «joven intelectualidad radical» porque sólo se exasperaba ante los casos extremos: la guerra, las sentencias crasamente desacertadas, los disturbios de mayo…, «sin juzgar la existencia normal en su inapreciable horror». Y concluyó: «El radicalismo de esos radicales tendría más peso si llegara verdaderamente a la estructura de la realidad, en lugar de emitir sus instrucciones desde el primer piso. ¿Cómo ha de transformarse la vida cotidiana, si ni siquiera le prestan atención aquellos que estarían llamados a subvertirla?».

Del comentario que Walter Benjamin escribió sobre este libro, recojo una de sus observaciones: «¿Los bienes culturales? Deslumbrarse con ellos significa, para él [para Kracauer], propiciar aquella opinión según la cual “las desventajas de la mecanización son suprimidas gracias a la ayuda de contenidos espirituales, que han de ser inoculados como medicamentos”». A continuación, en lo que hoy se llamaría tristemente un blurb, y que, a mi entender, es aquí una formidable invocación, dice Benjamin que Kracauer no solo da cuenta la posición frente a un problema, antes bien «este libro se ha convertido en confrontación con un fragmento de cotidianidad, un aquí elaborado, un ahora vivido. La realidad es acosada tan intensamente que debe confesar los colores y dar los nombres».

Acosar la realidad tiene poco que ver, como antes decía, con dar un espacio a la descripción laboral. Esta última bascula, por lo general, entre la mirada atenta que al menos repara en tareas, condiciones y gestos que nunca miramos y el riesgo de caer en la mera estampa. Hablar de trabajo sería, por el contrario y como bien sintetizó César de Vicente Hernando en numerosas conversaciones, tener presente lo que Marx supo ver: que allí donde parecía que había un contrato, esto es, un acuerdo libre entre dos voluntades, lo que había era una relación de poder.

Tomo ahora el conocido cuento de Joyce, «Duplicados», contenido en la colección de relatos Dublineses (1914). Allí asistimos a este diálogo en que Mr Aleyne, jefe del empleado Farrington, le pregunta por el paradero de dos cartas cuyos duplicados faltan en la copia del expediente de un caso:

«-No sé nada de esas dos cartas -dijo [Farrington] estúpidamente.

-No sé nada. Claro que no sabe usted nada -dijo Mr Aleyne-. Dígame -añadió, buscando con la vista la aprobación de la señora que tenía al lado-, ¿me toma usted por idiota o qué? ¿Cree usted que yo soy un completo idiota?

Los ojos del hombre iban de la cara de la mujer [la señora Delacour, clienta implicada en el caso] a la cabecita de huevo [de Mr Aleyne]; y, casi antes de que se diera cuenta de ello, su lengua tuvo un momento feliz:

-No creo, señor -le dijo- que sea justo que me haga a mí esa pregunta».

Tras esa frase, la señora Delacour no puede evitar reír con franqueza. El episodio ha ocurrido fuera del despacho del jefe, por lo que los demás empleados también han oído la conversación. Y el jefe estalla, exige disculpas, amenaza con despedir a Farrington si no le pide perdón. Farrington se humilla ante el jefe pero aún así teme por la continuidad de su puesto. Incluso si no le despiden, puede ocurrir que el jefe a partir de ahora le haga la vida imposible, como ha sucedido en otros casos de ligera desobediencia que vienen a su memoria.

La frase de Farrington sería, a mi modo de ver, una repetición en espiral, un avance respecto al «preferiría no hacerlo» de Bartleby, el escribiente (1853), a la hora de poner de manifiesto la relación de poder presente en cada contrato de trabajo a lo largo de la vida laboral del trabajador por cuenta ajena. El «preferiría no hacerlo» se vuelve de alguna manera sobre el empleado cuya vida termina aniquilada. La frase de Farrington contiene la posibilidad de una relación donde entre usted y yo no exista una relación de poder y de este modo lo que determine si es justo hacer una pregunta no sea quién la hace ni a quién se la hace, sino el sentido de la pregunta misma.

El relato de Joyce viaja de arriba abajo, por así decir, y no de abajo arriba. El narrador elige contar el día de Farrington y muestra las consecuencias que tiene para él haber dicho su frase mediante una descripción concienzuda del mecanismo de la agresividad desplazada. No pudiendo, no sabiendo, no queriendo, temiendo, en fin, ampliar el conflicto que la frase ha hecho visible, Farrington se refugia en la bebida y en los colegas que celebran su hazaña, aunque también le fuerzan a pagar varias rondas a pesar de sus escasos fondos; no logra captar la atención de dos mujeres jóvenes y le ofende que una le empuje sin darse cuenta; en un gesto desesperado de bravuconería, acepta un pulso con un hombre más joven y lo pierde. Ya de camino a casa «se siente humillado y con ganas de desquitarse». Cuando llega, su esposa no está, se encuentra en la Iglesia. Aunque ha dejado la comida preparada, el hijo menor, que se dispone a prepararla, comete un error. Entonces Farrington descarga su rabia y su resentimiento «golpeándolo salvajemente con el bastón».

Interesa plantear la posibilidad de la otra narración, esa que está, a mi modo de ver, en germen dentro del relato de Joyce y que el narrador abandona porque su interés es otro. «No creo, señor que sea justo que me haga a mí esa pregunta». Entre usted y yo, diría esa frase, no hay una relación entre dos personas libres, sino una relación de poder. Por lo tanto, usted no me puede tratar como si yo fuera libre.

Violeta Garrido escribe en su artículo «Explotación y cosificación: entre György Lukács y Juan Carlos Rodríguez»: «las mistificaciones de la realidad asociadas a los fenómenos de la cosificación y de la explotación no son simples “errores”; son los resultados necesarios de una organización social basada en el libre cambio. Por eso mismo también es problemático concebirlas solamente como faltas o como violaciones de ciertos principios morales, ya que carecen del elemento de intencionalidad subjetiva necesario para que la moral entre en juego».

Sus palabras, aplicadas a la narración, remitirían a la necesidad de refutar, cuando se trata de entender los conflictos laborales, aquellas narraciones que se limitan a recrear el temperamento, el carácter, los vicios y virtudes del empleado y del empleador como personas tomadas de una en una, con sus manías, sus defectos y su sentido de lo moral. ¿Y, diría alguien, se puede dejar todo esto fuera precisamente en una novela? El camino, habría que responder, no es dejar fuera la intencionalidad subjetiva, sino asumir que no es suficiente.

Afectos

Escribió Roland Barthes en su artículo «Longtemps je me suis couché de bonne heure»: «La novela, tal como yo la leo o la deseo, es precisamente esa forma que, al delegar el discurso del afecto en los personajes, permite decir ese afecto abiertamente. […] Su poder es la verdad de los afectos, no de las ideas». Parece difícil no convenir con Barthes en que el poder de las novelas reside, al menos en parte, en su capacidad para abordar la verdad de los afectos puesto que, se diría, para tratar la verdad de las ideas ya están los ensayos.

Al mismo tiempo, ¿cómo puede ser posible separar la verdad de los afectos de la verdad de las ideas, y viceversa? Spinoza, en su Ética, dice: «Por afectos entiendo las afecciones del cuerpo, por las cuales aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de obrar de ese mismo cuerpo, y entiendo, al mismo tiempo, las ideas de esas afecciones». Afirmación válida, estimo, tanto para los que Spinoza considera afectos básicos, el apetito o el deseo, la alegría y la tristeza, como para cualquier otra acepción más, digamos, borrosa y cotidiana de los afectos.

¿Cómo se puede, por ejemplo, querer o dejar de querer, despreciar, ser leal, temer, amar, sin una idea de lo que las personas o relaciones destino de la de esos verbos, representan, significan para quien los lleva a cabo? ¿Cómo relacionarse con la propia supervivencia a través del apetito sin una idea de para qué y por qué se quiere sobrevivir, y para qué y por qué se estaría en disposición de dejar la vida o, siquiera, de aplazar o renunciar a parte del deseo? ¿Cómo pueden la alegría o la tristeza deslindarse de la idea que se tiene de aquello que las provoca? ¿Y cómo a su vez esas ideas pueden no estar impregnadas de la posición de quien las sostiene?

Trabajo

¿Cómo en fin se pueden abordar la humillación, el resentimiento, el cansancio, la dependencia y, también, el sentido de la acción de trabajar sin tener una idea de la relación social llamada trabajo?

Acude Violeta Garrido a estas palabras de Juan Carlos Rodríguez en La muerte del aura: «lo que los explotados sociales venden no es en realidad su trabajo sino su fuerza de trabajo, es decir, su vida tanto pública como privada: la producción de su propio yo. Es una escisión drástica en la imagen global de la naturaleza humana. Por ello también Marx habló de la explotación vital y no sólo de la económica, algo de lo que se olvidan los partidarios del llamado “capitalismo con rostro humano” o del llamado “republicanismo civil” tras la estela de Hannah Arendt».

¿Qué hacer entonces con los «rostros humanos» del empresariado y de las personas trabajadores en las novelas? De nuevo Juan Carlos Rodríguez, tomo esta vez sus palabras de La literatura del pobre: «La mirada literal ignora las preguntas para ofrecernos solo respuestas. La mirada literaria (al menos desde la textualidad que inaugura Don Quijote) no puede ser más que la continua, tenaz, pregunta a esas respuestas». Por fin alguien lo dijo: el famoso dilema acerca de si la literatura debía hacer preguntas o dar respuestas, es un falso dilema. ¿Qué sentido tiene una pregunta en el vacío? Apenas el sentido de la sonoridad, aquella prosa de sonajero de la que hablaba Juan Marsé, frases bonitas que no se hacen cargo de su significado. Toda pregunta que merezca ser contestada nace de una respuesta que se niega por errada o por insuficiente. Toda pregunta propone así parte de una respuesta, esto no es como me dices, y propone una vía por la que acercarse a una respuesta mejor.

Tal como el hipotético rostro humano del capitalismo no es más que una máscara pues si fuera un cuerpo entero no sería viable, también es engañoso mirar a las dos partes de una relación laboral y detenerse sólo en los caprichos de quien explota, sus manías, sus mezquindades o generosidad. Habrá que mirar en qué situación está, habrá que mirar la libertad que no tiene, no para explicar sus actos como si fuera una justificación, sino para poder hacer visible la relación real. Y al llegar a la persona explotada, no bastarán solo sus cuitas, sus pequeñas o grandes ilusiones, su conformidad o su rabia. Tocará a las novelas dar cuenta de lo que habita en el decir, o en el no saber decir: yo soy explotada, explotado, para llegar así al yo podría ser parte de quienes no dan la libertad por sentada, de quienes saben que la libertad no se tiene sino que se conquista.

«Nunca he conocido/ el sol luminoso y duradero de la vida./ La penuria es mi sino;/ tener que rascarme el cuello/bajo la mirada del jefe», escribía Robert Walser en su poema En la oficina. Hay un hueco, hay algo pendiente, en ese texto, en el cuento de Joyce, en Bartelby, el escribiente y en tantas y tantas novelas que al buscar sólo ser síntoma de su tiempo, olvidan lo que dentro de su tiempo está enfrentado, tapado, disfrazado, de nuevo, pendiente. Cuando la narración de los afectos converge con la narración de la relación, la explotación vital ya no cabe solo en una descripción de lo que pasa, sino que requiere contar, estimo, lo que está pasando en lo que pasa, y cómo en eso que está pasando palpita lo que podría llegar a suceder.