POR JUAN CARLOS ABRIL
CC 2.0 Marcho Chi
La poesía no tiene edad. A los ochenta y ocho años nuestro autor ha vuelto a publicar una obra maestra. Aparecido en marzo de 2015, Desaprendizajes está formado por noventa y un poemas en prosa, y, en la estela de los ciclos que el jerezano viene periódicamente repitiendo y de un modo u otro profundizando, este libro nos recuerda el tono y la dicción de Laberinto de Fortuna.[i] Si en otro artículo (Abril, 2011, pp. 59-76) ya quedó caracterizada la poesía de Caballero Bonald por ciclos, y delimitado el «ciclo de Argónida» para luego pasar al «ciclo del infractor», Desaprendizajes participaría de ambos, no sé sabe bien si como punto y final de toda una vida o como cierre cíclico de su obra de madurez. Desaprendizajes es una fusión de ciclos de escritura, que indaga en aquella voz hermética y semióticamente simbiótica, lingüística de la poesía y, por otro lado, en la postura —porque es algo mucho más que una mirada— activa del infractor, insumiso o inconformista. El componente austiniano de este ciclo también nos arrastra hacia una concepción de la poesía que se halla más cerca de fundar la realidad —un ente aparte— que de copiarla. Como veremos, la realidad se verá asediada por preguntas que no tienen respuesta, o dicho con palabras del poeta: «Respuesta que no es más que otra pregunta» (2015, p. 11). A partir de un exhaustivo análisis de la realidad, noción escurridiza donde las haya, en Desaprendizajes se desgajarán otras vetas:

Conforme ascendió la ciencia a las cimas de lo invisible, la materia inició un proceso de trasgresiones que condujo a su propia cohabitación con la incertidumbre. La realidad primaria, es decir la realidad que ocupa una inexacta dimensión espacial, ¿en qué se fundamenta para no desmerecer de esa ambigüedad fecundadora que comparece en la razón? («No todo se transforma», 2015, p. 38).

 

Sin establecer la plantilla biográfica del autor sobre los textos, no obstante, resulta importante leer a la luz de una madurez vital —y de cierto hastío— estos poemas, que vienen a ser colofón de una trayectoria en la que no se claudica, muy al contrario, se mantiene la lucidez invectiva e incluso la revisión autocrítica.

La experiencia de la palabra, del lenguaje y su capacidad de conjuntarse y combinarse para construir mundos es lo que al poeta en este momento más le seduce y, de hecho, con esta intención ha logrado construir este casi centenar de estancias que despiertan, inevitablemente, en el lector una solidaridad pedagógica, ya que por la fuerza de la palabra se ve abocado al obligado y renovador aprendizaje. Desde una envidiable agudeza expresiva, con los pies en la tierra, aunque trascienda sobre la vida y sobre el tiempo, Caballero Bonald ha conseguido una vez más, desde su permanente originalidad, establecer espacios de reflexión lírica que revelan su inagotable vitalismo y su permanencia como testigo nada dogmático de nuestro tiempo (Díez de Revenga, 2015, p. 4).

El Caballero Bonald vigilante no sólo mantiene el tipo, sino que nos ofrece —de nuevo— una lección de ética estética. El rigor de estos poemas en prosa[ii] no puede ser mayor, regados por esa desenvoltura de un escritor que ya se encuentra más allá del bien y del mal, al margen de premios o reconocimientos, y que se ha sentido libre —por otra parte, como siempre lo estuvo— para escribir, sólo impelido por su necesidad expresiva.[iii]

Dividido en tres partes sin título y con números romanos, lo cual entronca con su habitual manera de seccionar los poemarios, Desaprendizajes comienza con «Prodigioso abismo», que nos introduce en la «zona» —entendida en sentido tarkovskiniano— nebulosa y peligrosa de la poesía como abarcadora de la realidad. La realidad se plantea, así, como una de las grandes vetas temáticas del libro o matriz de la que dimanan el resto de problemáticas. El poeta aprovecha el resbaladizo concepto de realidad para adentrarse en la metapoesía, en las reflexiones autorreferenciales y en los continuos trasvases que se establecen a partir del hermetismo, la figuración y la capacidad sígnica y simbólica de las palabras; así pues, la poesía deviene en la única realidad, con sus correspondientes límites de conocimiento, inherentes a los propios conceptos de realidad y de poesía. Quizá no nos encontremos ante ningún tema «nuevo» en nuestro autor (difícil para quien ha transitado por la poesía con tanto éxito durante más de seis décadas), pero sí ante sondeos de un territorio, y quisiéramos incidir en la dimensión espacial de esta poesía, que vienen a recaer sobre sus habituales preocupaciones lingüísticas y textuales. Desaprendizajes mereció el Premio Francisco Umbral al mejor libro publicado en 2015:

Caballero Bonald ha hallado las fuerzas necesarias, a sus casi noventa años, para seguir haciendo lo que mejor sabe: denunciar lo que no le gusta, que es mucho, de lo que lo rodea. El poeta, narrador y ensayista cree que «La gran literatura la hacen los grandes desobedientes» […]. Desaprendizajes es una invitación a olvidar lo aprendido para volver a aprenderlo de otra manera, esto es, una diatriba contra la palabra «certeza» toda vez que en la vida y en la poesía «no hay respuestas, sólo preguntas imprecisas, volubles, provisorias», como escribe él mismo. Por si alguno de los que lo acusan de hermético necesita más pistas: «Nada es palmario ni veraz, todo es versátil y azaroso» […]. Santos Sanz Villanueva considera Desaprendizajes «un libro prodigioso» que tiene uno de sus principales atributos en su «apología de la disidencia», la reacción aún enérgica contra el dogmatismo de un autor que encarna como ninguno la «desobediencia moral y estética» […]. Antonio Lucas vino a completar la tríada con otro término que va incluso más allá: «insurgencia», la del poeta que «lanza las palabras más lejos que la vida» y no está dispuesto a valerse de […] [ellas] para copiar la realidad, sino para «fundarla» (Unamuno, 2016).

 

¿Qué significa al final del trayecto «desaprender» lo aprendido para aprender otra cosa distinta? Y más aún: ¿qué significa «desaprender» en una persona que transita los últimos años de vida, al borde de los noventa años? El tema del título ya había sido utilizado en La noche no tiene paredes, precisamente en el poema «Desaprendizaje»:

El ruido del hielo contra el cristal

del vaso reproduce una flagrante

continuidad de indicios

taciturnos, de recuerdos

que los días han ido malgastando

entre remisas decepciones.

                                               ¿Qué zona

es la más vana, más baldía

de todas las que ocupan los espacios

nocturnos del no tiempo?

                                               Entrechoca la vida

como el hielo en el vaso y allí mismo

perdura entre los interludios

de la claudicación, ni siquiera muy bronco,

el eco funeral de la memoria.

 

¡Cuánto he desaprendido desde entonces!

Ángel González, 2009, p. 19; 2011, p. 664

 

No es baladí la repetición de temas en nuestro autor, ni tampoco la dedicatoria a Ángel González,[iv] compañero de generación poética (también infractor) y amigo, fallecido a inicios de 2008. La muerte del amigo íntimo espolea el pensamiento fúnebre de la muerte propia y la rebeldía que caracterizó a ambos salpica en el texto. «Desaprender» significa rebelarse. Insurgente, desobediente, inconformista, insumiso, disidente, etcétera. La pérdida de Ángel González fue uno de los momentos más duros para nuestro autor, que cayó en la depresión (Neira, 2014, pp. 530 y 531); y, andando el tiempo, ha escrito tres libros, La noche no tiene paredes (2009), Entreguerras o De la naturaleza de las cosas (2012), el cual se considera una suerte de testamento poético, y este Desaprendizajes,[v] en el que se vuelve a abordar la particular postura del infractor que lo ha caracterizado en estas últimas décadas. También en Desaprendizajes a Ángel González —otro noctámbulo por antonomasia— se le dedicará un poema, «Instalación en la nocturnidad» (cf. 2015, p. 37), y podríamos recordar lo siguiente:

Ángel y yo solíamos vernos preferentemente de noche. Tanto es así que cuando coincidíamos en algún sitio de día nos quedábamos como extrañados, como si no nos reconociéramos del todo. El alcohol tenía entonces mucho de contraofensiva contra los convencionalismos de turno y los biempensantes de siempre. «Otro tiempo vendrá distinto a éste», decía Ángel González en un poema de aquellos años, pero este tiempo tardó demasiado en llegar, al menos para nosotros. Algunas de esas noches disponían además de epílogos disparatados. A veces, cuando cerraba el último bar habitual —Oliver, Boccaccio, Whisky Jazz—se iniciaba una especie de rastreo en busca de lugares presuntos donde poder tomar una copa. Recalábamos así en sitios inverosímiles: gasolineras, tanatorios, estaciones. Sin duda que no era un epílogo edificante, pero en ese itinerario estaban también implícitos los desajustes de nuestra propia vida (2017, pp. 268 y 269).

 

La noche bonaldiana plantea la alternancia luz-oscuridad y nos acompaña desde sus inicios «adivinantes». Además de sus reverberaciones simbólicas obvias, en Desaprendizajes la noche se convertirá —por su cercanía con la muerte, pero también como resultado de haber alcanzado la sabiduría, véase el socrático «Y quedeme no sabiendo» (2015, p. 19)— en un espacio romántico por excelencia, esa zona tarkovskiniana de arenas movedizas, ese no lugar por excelencia donde todo lo sólido se desvanece en el aire (Berman), disuelto en «vida líquida» (Bauman, 2016), esos intersticios por los que se filtrarán las grandes preocupaciones que asolarán la conciencia del poeta, una suerte de tierra de nadie o territorio que es, sobre todo, el lugar de la creación, el espacio de la reflexión poética. Las cuestiones metaliterarias —no podía ser menos en el jerezano, quien siempre se ha destacado por su reflexión metapoética— están al orden del día, y podríamos leer varios poemas al respecto. Destaca, por ejemplo, «Literaturidad»:

¿Siempre lee el lector las mismas incidencias que el escritor escribe? Hay una franja fluctuante, difusa, discontinua, donde se opera la modelación de esa preeminencia lingüística comúnmente asociada a la literatura. Mas nunca será ésa una presunción inapelable. Las palabras que juntas propician la rotura del sello son palabras que ya no podrán nunca seguir siendo las mismas: se reagrupan con sus condicionantes subvertidos, moldes diferenciados de esa delicadísima maquinaria verbal de la que irradia la develación del fondo. El espacio restaura su textura a la vez que el alfabeto restablece su potencia lumínica y el poético rango del lenguaje anula todo arraigo en la banalidad. ¿A qué lectura se refiere entonces esa fundante jurisdicción de la escritura? No desde luego al campo informativo de los signos, no a la superflua urdimbre coloquial ni a la siempre indigente demanda de la trama, no a nada que no sea la nutrición interna del idioma, esa secreta actividad de las palabras que no depende más que de su capacidad perpetradora en el solar de lo desconocido (2015, p. 49).