
Es complicado encontrar dos escritores españoles más dispares que Benet y Baroja, tanto en sus respectivas actitudes frente al lector como en el estilo y los temas tratados, y por ello puede resultar sorprendente la valoración que el primero hace aquí de la obra del segundo. La lectura de Barojiana proporciona también, y acaso sea para algunos su contenido más valioso, este lúcido y ajustado análisis.
Caneja, Juan Manuel es la segunda de las piezas, la más breve, y ya desde su título se plantea como una semblanza del pintor cubista Juan Manuel Díaz-Caneja. Dentro del Madrid que se reconstruye en este libro como una especie de diorama de la memoria, a la vez histórico y sentimental, estas páginas se ubican en el barrio de Chamberí, en un ático de la calle Manuel Cortina, donde el artista palentino tenía su estudio. Sin embargo, Benet apenas alude a sus obras o su trayectoria (define los paisajes de sus cuadros como «campos góticos», maravilloso hallazgo) y centra más la atención en su actividad política, que en la España de aquel periodo conllevaba necesariamente la clandestinidad y, con frecuencia, la cárcel. En Caneja, Juan Manuel, Benet amplía su retrato a un grupo de militantes de la causa republicana cercanos a Caneja, que habían pasado la guerra en Madrid y por tanto vivían esos años posteriores como derrotados, muchos de ellos represaliados. A ese grupo se incorporó, sin haber cumplido aún los veinte años, el futuro autor de Volverás a Región. Con una ironía a ratos amarga («Ah, no había cosa más deliciosa que el odio al Régimen»), Benet homenajea aquí a toda esa generación de «rojos» que pasaron en Madrid su largo exilio interior.
El Eloy al que hace referencia el título de la tercera parte, El Madrid de Eloy, fue un compañero de Juan Benet de su época de estudiante en la Escuela de Caminos. Sin embargo, de él se proporcionan unos datos muy vagos y hasta confusos (desapareció un día pero «no murió, eso es lo terrible») y enseguida el lector comprende que se trata más bien de una excusa para hablar del Madrid de Benet (este quizá debería haber sido el título). Está dividido en ocho capítulos de contenido heterogéneo, ocho fragmentos livianamente conectados, en los que aparece un Madrid de poco más de medio millón de habitantes en el que solo había una docena de semáforos en el centro y por donde aún cruzaban rebaños de ovejas siguiendo el recorrido de la cañada real. Entramos en bares cargados de humo, en las tertulias de los cafés (con una parada especial en el Cock, donde asoma el gesto severo de Luis Martín-Santos como adelanto de la siguiente pieza), y terminamos con una inesperada escapada fuera de ese Madrid y de España: el viaje que Benet hizo a Finlandia en el verano de 1953. Los episodios que quedan muy superficialmente esbozados de aquel viaje nos hacen lamentar que Benet no hubiera roto su palabra dedicando un libro entero de memorias a contar sus disparatadas andanzas por tierras laponas.
Y es que, casi treinta años después de su muerte, muchos lectores han demostrado su predilección por esa otra vertiente más accesible, menos dificultosa, representada fundamentalmente por este libro, aunque ocupe un espacio tan escueto dentro de su producción
Luis Martín-Santos, un memento cierra este volumen y es sin duda la pieza más íntima y emocionante, en la que Benet se aleja del humor y la ironía para contar con una sobria tristeza su amistad con el escritor Luis Martín-Santos, que comenzó en el otoño de 1948, cuando ambos tenían poco más de veinte años, y que acabaría abruptamente en 1964 por la trágica muerte de Martín-Santos en accidente de tráfico. En el plano de Madrid, este texto marca una cruz en el número 22 de la calle Barquillo, donde estaba la pensión en la que Martín-Santos vivió durante los seis o siete años que pasó en la capital haciendo el doctorado y practicando la cirugía. De padre y hermano médicos, el autor de Tiempo de silencio (1962) llegó a la capital para seguir con la tradición familiar, pero, en palabras de Benet, allí su vida «descarriló»: pasó de ser «un estudiante católico modelo a ser un médico librepensador».
El culpable de este feliz descarrilamiento sería, en buena medida, el propio Juan Benet, quien ejerció un gran ascendiente sobre Martín-Santos, dándole a conocer a los grandes autores del siglo XX (Faulkner, Joyce, Kafka, Proust…), que el joven médico ignoraba completamente, pero también introduciéndolo en otros ámbitos de la ciudad: las librerías, las tertulias, las salas de baile, los burdeles… Es aquí donde el testimonio parcial de estas páginas quizá adolece de cierto tono digamos sinuoso, enrevesadamente magnánimo, y nos despierta la curiosidad sobre la versión que de esos mismos hechos habría podido dar su protagonista.
Se leen con particular emoción los párrafos dedicados a los últimos días de Martín-Santos, sobre los que gravita la sombra de fatalidad que, retrospectivamente, arroja el conocimiento de una desgracia sobre los actos y decisiones que fueron libres, casuales, ajenos a cualquier torcimiento de la predestinación. Luis Martín-Santos, un memento constituye un texto esencial para todo el que quiera saber cómo era aquel joven médico y asistir a su metamorfosis en novelista y librepensador.
Tras la lectura de este extraordinario libro que es Otoño en Madrid hacia 1950, produce una agria frustración, una rabia melancólica y vana, fantasear con la posibilidad de que Juan Benet hubiera incumplido con mayor asiduidad su desdeñoso dictamen sobre el género de las memorias y hubiera dado a la imprenta más testimonios sobre su fascinante vida de escritor-ingeniero. El hecho de que este volumen sea uno de los más apreciados de su extensa obra, el más perdurable tal vez, nos proporciona una esclarecedora perspectiva sobre su apuesta por una literatura exigente y sin concesiones de ningún tipo hacia el lector, la que llevó a cabo en sus novelas. Y es que, casi treinta años después de su muerte, muchos lectores han demostrado su predilección por esa otra vertiente más accesible, menos dificultosa, representada fundamentalmente por este libro, aunque ocupe un espacio tan escueto dentro de su producción.
Quizá tendríamos que regresar al prólogo de Benet, sincero y a la vez pudoroso, para hallar una posible explicación a su radical apuesta literaria. Allí proclama su predilección por «las sombras», «una penumbra con frecuencia más confortable y sugerente que la claridad». Según este planteamiento, Otoño en Madrid hacia 1950 se mueve en una zona de claroscuros, no tan confortable para Benet (de ahí proviene acaso su excepcional valor), y registra diferentes intensidades dentro de una sutil escala de luz.