«Sin peligro no hay literatura»Por Carmen de Eusebio

© Miguel Lizana

Patricio Pron (Argentina, 1975) es escritor y crítico literario, colaborador habitual en Babelia (suplemento cultural del diario El País) y en Letras Libres (revista hispanomexicana). Es, asimismo, licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Rosario (Argentina) y doctor en Filología Románica por la Georgia Augusta de Gotinga (Alemania). Ha sido traducido a más de diez idiomas. Fue seleccionado en 2010 como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en castellano por la revista Granta. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones (entre otras, con el Premio Juan Rulfo de Relato 2004). Es autor de cinco libros de relatos, entre los que se encuentran El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos, 1990-2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), y de siete novelas, entre ellas, El comienzo de la primavera (2008, ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), así como del ensayo El Libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014). Su último título, Lo que está y no se usa nos fulminará (enero de 2018), es un libro de relatos publicado por Literatura Random House.

 

Recientemente ha publicado su última obra, Lo que está y no se usa nos fulminará (libro de relatos), y en ella aborda temas tratados en otros títulos anteriores, como la importancia de los textos frente a los autores. Para Luca Borrello, uno de los protagonistas de No derrames tus lágrimas…, su único interés era la preservación de su obra y lo que ésta pudiera producir en otros. Éste es un tema que está muy de actualidad, y se plantean varias cuestiones: ¿se pueden ignorar algunos hechos de moralidad reprobable en pro del arte? Y, ante el deseo del autor de saber qué suscita su obra, ¿no es lógico esperar que la conducta de éste y lo que piensa y escribe tengan cierta coherencia? Digo el autor, pero hablo del artista en general.

No tengo la impresión de que sea recomendable esperar y/o exigir algún tipo de moralidad a un artista. Por una parte, porque esa exigencia conduciría, en última instancia, a una reducción notable de las obras artísticas de las que disponemos; por otra, porque las relaciones entre la moralidad de un autor y la de su obra son más complejas de lo que parecen a simple vista. Y es evidente que no siempre las obras artísticas adhieren a la moralidad y a la visión del mundo de su autor: allí donde es realmente potente, allí donde su legitimidad se deriva de sí misma y no de quien la ha producido, o de la escena en la que se inscribe, la obra de arte siempre traiciona a su autor, siempre excede los límites que éste le ha impuesto y escapa a sus intenciones. De los artistas deberíamos esperar que produzcan ese tipo de obras, con todas las dificultades del caso; y, por supuesto, que respondan legalmente por sus acciones, como el resto de sus conciudadanos.

 

Otro de los asuntos sobre los que reflexiona es acerca de las interpretaciones del pasado desde el presente, frente a las crisis actuales. ¿De qué forma afecta la dificultad de conocer la historia, que a su vez supone valorarla, a la obra de un narrador?

Bueno, algunos de los personajes de mis libros intentan retrotraerse a un momento del pasado en el que los hechos pudieron haber sido de otra manera; en que su vida pudo haber tomado otra dirección, por ejemplo. Y lo hacen mediante la investigación y a través de la reproducción material de la mayor parte de las circunstancias de un momento de su pasado, como en «La repetición». Y, sin embargo, creo que todos ellos son profundamente antinostálgicos, por cuanto, por un lado, no se conforman con fantasear sobre lo que «pudo haber sido», sino que van a por ello; y, por otro lado, porque comprenden tarde o temprano que el pasado resulta inasible, incognoscible y/o, allí donde se puede conocer, incomunicable. Su «pérdida» del pasado (que, en términos culturales, es un producto de su «exceso» en este momento) los enfrenta a una situación que cada uno de ellos resuelve a su manera, y, en esto, esos personajes tampoco se diferencian del resto de nosotros, por ejemplo, de sus lectores.

 

El libro lo abre con un relato singular, «Salon des Refusés», en el cual plantea distintas formas de abordar un tema, modificando constantemente el planteamiento inicial y explorando los múltiples modos que tiene una historia de ser contada. ¿En qué orden de intereses se encuentra esa búsqueda?

«Salon des Refusés» contesta a la pregunta, que se me ha hecho más y más frecuentemente en los últimos años, respecto de cuál es mi método de trabajo. Una posible contestación a esa pregunta es que no existe mi «método de trabajo», que tan pronto como una serie de prácticas cristalizan en un método comienzo a hacer las cosas de otra manera. Otra respuesta posible era escribir un relato que pusiera de manifiesto el modo en que trabajo, el tipo de decisiones que debo tomar a lo largo de la escritura y cómo esas decisiones dan forma a un texto del que (idealmente) yo no sé nada antes de comenzar a escribirlo, para lo que se requiere no borrar, sino subrayar todo lo que hubiese borrado en otras circunstancias, todas las vacilaciones y los retrocesos. Y eso es «Salon de Refusés», lo más parecido a estar a mi lado mientras escribo.

 

Al igual que en arquitectura usted está encontrando nuevos elementos que le permiten modelar la narrativa, como es el caso de la música, que no sólo funciona como banda sonora, sino que su estructura la traslada a los textos. En el cuento «Las luces sobre su rostro» funciona como un ritornelo, como los estribillos de las canciones, también utilizados, sobre todo, en la poesía popular. Si es así, ¿qué analogías busca en la música?

Muchos escritores procuran mantenerse dentro del ámbito de la literatura, soslayando el hecho de que éste está redefiniéndose a cada momento debido a la presión y/o a la influencia de otras disciplinas. Dar cuenta del hecho de que la música contemporánea (incluso la música pop, si se me permite) ha ejercido influencia sobre la literatura y/o la continúa ejerciendo no es particularmente original. Pero es una manera como cualquier otra de enfrentar a la literatura con otras disciplinas artísticas para pensar en su forma y en el modo en que está en el mundo.

 

Las innovadoras tecnologías arquitectónicas es una idea que he tenido mientras leía sus libros, por eso, en cada relato veía un material nuevo o renovado para su construcción. El relato «Lo que contó la niña» me pareció lo que en cine se denomina «plano secuencia» y, arriesgándome mucho, que recurría a travellings. En el supuesto de que esté de acuerdo conmigo, ¿qué efectos perseguía?

La intención, en todos los casos, es reivindicar la naturaleza del cuento en español como un territorio de posibilidades, no todas ellas exploradas. La variación en la forma de estos textos, el modo en que lo que sucede en ellos puede ser comprendido mejor empleando símiles con la música y/o con la cinematografía, condiciona (naturalmente) su contenido; y, por lo tanto, me permite ir a sitios a los que no he ido antes y no es frecuente que otros vayan. Allí, más que en la constatación de una reputación o de un estilo, está mi interés y el principal aliciente, para mí, para seguir escribiendo.

 

En esa exploración sobre la construcción, ¿la funcionalidad corre algún peligro?

Por supuesto. Sin peligro no hay literatura, ¿verdad? Dios condena a los tibios, y esto incluye tanto a quienes leen como a quienes escriben.

 

Sus libros se han traducido a muchos idiomas, entre otros, al noruego, al neerlandés, al chino… ¿Qué dificultades presentan para esas lenguas y culturas?

A menudo requieren cierto tipo de traducción cultural, como en el caso del chino y en los de las traducciones al árabe y al parsi que, según me comentan, están en camino. Traducir un texto es producir un desplazamiento, arrancarlo de su lugar natural para llevarlo a un sitio en el que hay otros, nuevos, lectores, y en el que el texto es nuevo también. Me siento (no hace falta decirlo) enormemente afortunado de que mi obra sea traducida, y disfruto y aprendo mucho del trabajo de sus traductores, quienes (en algún sentido) escriben conmigo lo que siempre me parece un libro nuevo, en ocasiones, más logrado que su precedente en español.

Total
2
Shares