La mirada de quien lee tiene que ser una mirada abierta a nuevas formas de narrar, sin embargo, es común el rechazo a lo nuevo. Sacar al lector de su zona de confort es difícil. ¿En qué tipo de lector piensa cuando escribe?

No suelo pensar mucho en el lector cuando escribo; si lo hago (y lo estoy haciendo en este momento, respondiendo a tu pregunta), ese lector o lectora se me aparece como alguien muy formado, dispuesto a poner en tela de juicio sus ideas preconcebidas acerca de la literatura y deseoso de jugar un juego cuyas reglas no están dadas de antemano. También pienso en él o en ella como en alguien como yo: alguien que no tiene mucho tiempo y no desea hacérselo perder a su lector, ni perderlo él mismo. Imagino un lector cuya experiencia (como la de todos) lo ha llevado a desistir de prestar cualquier tipo de credibilidad a ciertas instituciones literarias como los premios, las embajadas y los reconocimientos. Alguien que empieza una y otra vez de nuevo cada vez que él o ella comienza a leer un texto, y que funda la literatura cada vez que lo hace.

 

Para un escritor que publica mucho, escribe en distintos medios y participa en conferencias, jurados de premios, etcétera, es decir, tiene una gran actividad literaria, ¿el tiempo y su distribución cómo son? ¿Siente la rutina y la repetición como una amenaza?

No tengo la impresión de que nada de lo que hago resulte rutinario, en buena medida, porque escribir un texto (que es lo que hago, básicamente) siempre confronta a quien lo hace con problemas nuevos. Y, allí donde la sombra de la repetición comienza a hacerse más y más ominosa, existe la posibilidad de hacer cosas distintas, como la curaduría de exposiciones, la producción de situaciones o la escritura en otros idiomas. Una de las ventajas de que el trabajo propio acceda a cierto tipo de visibilidad es que permite a uno hacer más cosas, recibir y declinar y/o aceptar propuestas que la mayor parte de las veces llevan a lugares insospechados, donde no hay ninguna posibilidad de repetición porque son nuevos o requieren una aproximación novedosa.

 

La música, cualquiera que sea el género, nos acompaña siempre, y a todos, y actúa de una manera dinámica en la transformación de la sociedad. ¿Cree que la literatura acompaña, incluso a los que no leen? ¿Cómo opera la literatura en la sociedad?

Ah, sí: la literatura acompaña sobre todo a quienes no leen, para los cuales ésta se encuentra investida de un prestigio y de una trascendencia que quienquiera que lea con cierta frecuencia sabe que no posee. Al mismo tiempo, y al menos hasta hace algunos años, nuestras opiniones políticas, nuestras ideas de género y raza estaban fundadas en la lectura de textos, periodísticos y/o panfletarios o de otro tipo: la pérdida de ese vínculo entre las palabras y el mundo nos ha dejado a la intemperie, expuestos a la manipulación y a la mentira. Literatura y sociedad tienen un vínculo estrecho y, en ese sentido, y como se venía anunciando, el fracaso de una forma de relación con la primera es también el final de la segunda, al menos tal como la concebíamos.

 

En No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, hablaba de la violencia y de cómo el arte se convirtió en política y la política en crimen. ¿Cuál sería el lugar del escritor en la sociedad con respecto a la política?

Un lugar activo, en el que la actitud de alerta desplace a la adhesión incondicional de otros periodos, en el que la política se conciba como un bien público o como una conversación en la que el escritor participa en igualdad de condiciones con sus interlocutores; una especie de diálogo que eche por tierra la figura del escritor pontífice, que tanto daño ha hecho a la sociedad, y, en especial, a quienes han otorgado credibilidad alguna vez a esa figura.

 

En el relato «Éste es el futuro que tanto temías en el pasado», desenmascara con ironía el mundo que rodea al libro, fundamentalmente, con fines comerciales, pero también es cierto que, en muchas ocasiones, vemos a los autores muy predispuestos a darse con gusto ese baño de multitudes y sufrir si no son llamados para ferias, actos, etcétera. ¿Podrían vivir sin esa visibilidad que les ofrece el marketing?

La visibilidad del escritor no depende única y exclusivamente de las acciones de marketing que se desplieguen a su alrededor, con o sin su beneplácito. Quizás el sentido último de todos aquellos cuentos en el libro que, como «Éste es el futuro que tanto temías en el pasado», tienen a escritores como personajes consista en poner de manifiesto que se puede ser escritor sin pasar por los aspectos en apariencia ineludibles de la comercialización de la literatura. Allí hay una esperanza para algunos de nosotros, y debo decir que, al menos en mi caso, una constatación de que esto sí es posible, que se puede ser un escritor público sin ser condescendiente.

 

¿Qué cambios, si es que los hay, podrían definir la literatura de habla hispana en este comienzo de siglo?

Me hago la misma pregunta a menudo y mi respuesta depende de mi estado de ánimo y/o de las circunstancias en las que me encuentro, y cambia con ellas. Aquí y ahora, mi impresión es que no hay cambios notables, sino una recuperación de formas y procedimientos del pasado, así como una repetición voluntaria o involuntaria de temas y recursos. Quizás toda escena literaria deba descubrirse tarde o temprano como una imitación de las que la han presidido, pero esto no deja de ser desconcertante y/o triste.

 

En el primer tercio del siglo xxi, tras un siglo anterior de vanguardias y ecos múltiples de las mismas, ¿qué es y qué significa la originalidad?

No suelo pensar en términos de originalidad: excepto como ilusión y/o como convicción arraigada en aquellos que no leen a menudo (y para los cuales cada pequeña cosa constituye una demostración de originalidad), no se me ocurre qué es y por qué alguien se la arrogaría. Naturalmente, muchos lo hacen; pero, al hacerlo, no parecen estar pensando con seriedad en lo que dicen.

 

Para terminar esta entrevista, que le agradezco mucho, ¿podría hablarnos de las diferencias y dificultades entre escribir relatos y novelas?

Ambos son desafíos de muy distinta índole y constituyen ejercicios en brevedad y/o en fluidez que presentan una dificultad semejante, pese a la opinión consuetudinaria de que escribir cuentos sería más fácil que escribir novelas. Para mí, hacerlo es volver siempre a una especie de hogar, al sitio en el que comencé como lector y como escritor, así como una forma de constatar toda la distancia que ha sido recorrida desde entonces. También es una manera de regresar a una suerte de comunidad de origen, no sólo por la larga y muy rica tradición del cuento en el Río de la Plata: cuando yo comencé, todos escribíamos cuentos, y yo sigo haciéndolo.

 

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