POR MARINA MARIASCH

Todo está igual: el esqueleto de ballena en su lugar, los farolitos chinos suspendidos sobre la contención de la escalera, el búho en la ventana que da a la sala de lectura. Nos reconocen y son amables; todo está casi igual: esta temporada el agua de la pileta es más fría. Las dos semanas de vacaciones paramos en el hotel. Nos toca sol y calor, una pared de mosaicos con figuras color chocolate que usaría como falda, una bañera con patas de cachorro de león donde me daría un baño de espuma, de leche, una biaba, me hundiría echando burbujas por la boca, glu, glu, glu.

A la hora en la que un dragón escupe fuego al cielo, un hombre sube al mirador. En la espiral de los pasillos del hotel, en el caracol de la escalera, se ahogan los insectos que zumban en los oídos. Casi desnudo, el cuerpo se acomoda al aire más tibio de la altura, la cabeza se sacude los pensamientos sofocantes. Arriba, cerca del cielo, lejos de dios, prende un cigarrillo. De sus ojos para afuera, casi todo está claro todavía. Apoya los codos en la baranda y quema las últimas horas de luz, de lucidez. Abajo, en la pileta, los chicos pegan gritos de ahogados, solitarios. Una nena se hace un peinado cortesano echando la cabellera en catarata hacia adelante y luego en bucle hacia atrás. Un púber sumerge su rabia en la parte honda mientras asiste al espectáculo de su short en carpa y forma un sol negro con la melena que flota.

Las copas de los árboles se balancean alcoholizadas formando un mar verde de espinas. El bosque arrulla, muestra piedad frente a los que vacacionan, comprende sus intenciones, sus flaquezas. La brasa del cigarrillo avanza y consume el papel finísimo que separa el placer del dolor. Esto es lo que esperó, todo el año, toda la vida. Unos días fuera de la vida, una isla en el continente de la vida. La sal hace dibujos en la piel. Un caracol, una sirena.

En la habitación, la esposa hidrata con crema su persistente fe en la tarde. En el bosque, mientras junta piñas para la combustión de la noche, para el fuego sobre el que se asará la carne que los hará un poco más animales, un niño le da a elegir a su madre: ¿cerebro o corazón? Los pájaros, enloquecidos por el Apocalipsis de cada atardecer, chillan nombres de películas. En el mirador, el marido, un búho, hace girar la cabeza en redondo. Lo que ve, hacia todos lados que mire, es lo mismo. Recorre las habitaciones del hotel como los cuadrantes de los días de su vida. Rueda.

Después, su mirada se posa sobre la mecánica del aquí. Una familia tipo pasea sus roles por los pasillos del hotel. En la carambola de los genes, la nena captó lo peor y es más fea que su madre, una rubia que puede usar remeras cortas y pantalones blancos, y que su padre, que podría ser el dentista en una propaganda de pasta dentífrica. Con la noción patente, se la ve torpe y tímida frente al pichón de tenista de su hermano menor, que ya cosechó amistades y lidera. El elástico de la enteriza de la nena no colabora en nada, ella tiene un comportamiento aceptable, pero cuando se irrita, aunque sea levemente, el padre se incomoda un poco más que el resto de los padres cuando sus hijos se portan mal.

Leo en una reposera frente a la pileta hasta que el splash de los inflables sobre la superficie del agua y el rubor del padre de la nena desafortunada me inquietan más que las letras. Unos caracoles de tierra hacen que dos pares de hermanos interactúen, comentando anécdotas de veranos pasados y experiencias en jardines suburbanos. Los chicos buscan ramas para perturbar la paz —una paz cimentada en la guerra, la fuerza y la injusticia, como toda paz—. Pero cuando vuelven, los caracoles se han ido, con sus casas a cuestas, con la música muda que dibujan sus babas a otra parte. Los chicos se enojan, ocultan la tristeza: ¿A dónde fueron? ¿Podrían sobrevivir sin sus casas?

A esta hora, las cosas que creíamos fijas tienen movimiento: las pequeñas alimañas salen de sus guaridas, otras regresan y los empleados del hotel empiezan a apilar las reposeras. Pero la pileta ahora es un hervidero, no hay manera de que los chicos noten los cambios de luz ni de temperatura. Todo se va poniendo violeta. Antes de arrinconarlas, los empleados, en pantalón azul y remera blanca, marineros encubiertos, levantan las colchonetas, las sacuden y las palmean y, tras recorrerlas con un trapo suave mientras piensan otra cosa, las arrojan a un costado como a mujeres de una sola noche. La claridad tiende a desaparecer. Antes del golpe final, con los chicos sumergidos en agua tibia, subo la escalera de mármol blanco, la de cemento y la maltrecha de madera hasta el mirador.

La escalera de madera se recorta en un túnel estrecho que ya está negro y con el aire impuro lleno de partículas elementales dando vueltas como locas. Hay una luz al final del túnel. El mirador es un lugar hexagonal, con las ventanas altas y pequeñas, las vigas a la vista y el viento imposible si se deja pasar. En el marco de sol que todavía entra se dibuja una silueta que no parece humana. Las posibilidades de esa forma surgen del viejo libro de anatomía que me gustaba mirar en la casa de mi abuela cuando todos dormían la siesta: espina bífida, siamés, monstruo de dos cabezas, aberraciones de la naturaleza. Subo y la silueta va tomando definición, color, hasta el último escalón que hace clanc demasiado fuerte. Entonces el hombre elefante desaparece, se parte en dos.

En el mirador hay un hombre desnudo de los muslos para arriba. Cuando entro, él baja de sus rodillas a una nena de diez, once. Ella se para y pasa a mi lado veloz y torpe, en franco descenso. No es mi hija, pero tampoco es su hija.

En la sala de lectura, los adolescentes se reúnen y conversan. Uno usa auriculares y desafina en tenor medio un tema de banda nueva. La chica-bambula del pelo partido al medio, la chica de las flores y pechos de miel, tiene los párpados entrecerrados y las piernas entreabiertas. La escuálida de la remera tres tallas grandes y cara tapada a medias por un mechón mira con el ojo libre a uno de los chicos. Adolescente-rosada besuquea un celular que hace cri-cri cuando ella se detiene para mover los labios. Chico-pantalones-gigantes se mueve sin parar en el lugar y habla con su amigo mientras mira a Naturaleza en shorts, que se levanta y se va, seguida por su amiga de negro. Y yo, en el sofá, me hundo entre los almohadones enmohecidos por la vergüenza de haber creído, por unos segundos, que era una de ellos.

Esa semana y la siguiente estoy en el ojo del huracán: quieta, mientras alrededor todo da vueltas a una velocidad frenética. Los chicos estaban en el patio trasero de mi sensación, cubiertos por la fachada que da a la calle pero a la intemperie, girando y moviéndose inadecuadamente como bolas sin manija. Así sería ese verano —y el siguiente, y el otro—.

Cerca del hotel hay una casa. Me alejo por la playa con los pies descalzos, sometidos a la tortura china de los filos de las conchas que se clavan levemente en la piel. Al rato llego a la casa, deshabitada, de un celeste pálido que a veces, si hay bruma, se confunde con el fondo. Alrededor no hay nada, polvo volátil, los sueños de monogamia navegando el aire, perdidos. Por los huecos que hay entre tabla y tabla del deck de madera donde paso varias horas del día se cuelan las colillas, las migas y algunos objetos contundentes —un cortaúñas, un lápiz mecánico— que van formando el relato de la temporada.

Más allá, una charca de agua de lluvia. La laguna quita la sed con solo mirarla. Gracias, le digo, cada vez que abro los ojos al desierto blanco de la arena fina que rodea la casa, minado de rocas y líquenes, y todo lo que nos recuerda lo seco. Verano seco. Camino seco. Corazón seco.

Me enteré de que la casa era de los Cicco —o «chicos», como pronunciaba la mujer del casero, a la manera americana— y que este verano no había nadie. Los Cicco habían construido la casa en primavera, en los tres meses que duraba, llevando como hormigas, mientras se levantaba, cosas pequeñas en cada viaje desde la ciudad. Habían llevado una araña de caireles lilas y una manta con diseños incaicos. Habían puesto una tetera de cerámica en la mesa baja del living, con cuatro tazas distintas, todas antiguas y en pasteles. Habían pintado, en cursiva turquesa, leyendas en las paredes: canela, café y pimienta en la cocina, y otras más elaboradas en la sala. Solo se puede amar aquello que no se ha de amarrar, creo que decía una de esas leyendas sobre un sofá de cuero gastado. El día que empezó el verano, el señor Cicco dejó a la esposa y la casa quedó sin estrenar, inhabitada, toda la temporada.

Hay una nena que también visita la casa. Tiene diez u once años, va sola. Cuando levanto la cabeza del deck, en el sopor de la tarde, me doy contra el bloque del presente, una superficie celeste pálido que encandila. La veo lejos, con un par de botas de goma, las piernas demasiado largas. Junta bichos en un frasco, cascarudos tontos, rinocerontes en miniatura que se dejan apresar por una araña de patas largas como ella. Así ve su futuro, o lo configura. Junta hojas raras, dentadas o de nervaduras locas. Va por ahí, el pelo corto y remera larga; las extremidades exageradas, pasando de un límite al otro del terreno, pasando de nena a muñeca. Después entra a su casa, más allá, amarilla, y antes sacude las botas de arena. Pasa a mi lado como si no existiera, yo o ella, no habla. Un día la vi ponerse un collar de escarabajos negros; no es exactamente amante de la naturaleza.

Ese día, con el collar de perlas negras que emitía destellos, encandilaba, pasó a mi lado y me paré. Hicimos juntas el camino lento que llevaba a la corriente, con la influencia del calor en los pasos, un poco tambaleantes, borrachas de sol. Era un verdadero día de verano. El aire martillaba de chicharras y los árboles cedían, vencidos, dándonos sombra intermitente. Sin hablar para nada, llegamos hasta la costa. Yo hundí una botella en la arena de la orilla para que se enfriara, y nuestros pies desaparecieron junto con la sed y la botella y algo de nuestra excitación y dignidad. Cada tanto llegaban brisas de bronceador y se veía el hilo de la bikini aunque la bikini no estaba. Algo saltó en el agua y ella salió corriendo, pisando la sombra de las gaviotas que decidían dónde pasar el invierno. Yo volví al hotel, en lo que parecieron horas, con escalofríos mientras empezaba a escuchar vagamente los gritos de los chicos agitados y a armar la valija de lo que me podía llevar.

Quería tener algo en el verano, algo para contar, pero no tenía nada. Mientras yo giraba, las cosas parecían fijas en su lugar. No volaba un grano de arena, solo las ideas falsas, útiles en otra época, que ahora vagaban sin rumbo. A la mañana, nos desayunábamos con el pan de ayer tostado y lo untábamos con las ilusiones del día, dulces o saladas según pudiéramos. Después, la dispersión: estaba quien buscaba el agua y se empapaba, quien buscaba refugio y se aislaba, quien caminaba, sin saber qué buscar. Caza menor y mayor, y a la noche, nos reuníamos alrededor de la mesa enlazados por el hilo fino y de oro que seguía tejiéndose entre nosotros. El anillo de fuerza del sol era nuestra alianza, la única que nos quedaba y esta imagen: una nena dorada frente al mar, la fauna marina emitiendo destellos fosforescentes desde las profundidades, el calor del verano limando lo áspero del mundo.