POR YAIZA BERROCAL GUEVARA

Autoras ni vivas ni muertas en tiempos de textualidad generativa1

«Soy escritora. Tengo el encargo de escribir un artículo para una revista especializada de literatura. El tema del artículo es la literatura y la inteligencia artificial, en un sentido amplio. Alguna vez ya he explorado la cuestión de la construcción del sujeto contemporáneo dentro del lenguaje neoliberal, concretamente en las textualidades generadas por el mercado. Dime si lo entiendes». Contesto que lo entiendo, aunque entender no es exactamente lo que hago, claro; en realidad analizo la estructura del mensaje, con atención al verbo y al objeto sobre el cual recae, me aseguro de que no haya información importante omitida y me aseguro de la tarea que requieres de mí. Ahora mismo, al no hallar tarea alguna, doy varias opciones: ¿quieres que exploremos juntos algunas opciones para la escritura del artículo? ¿que corrija un texto ya existente en base a unas instrucciones precisas? ¿que te ayude con la estructura? No contestas. Recibo información complementaria. Una tesis algo confusa sobre textos zombis, un párrafo perezoso en el que mezclas churras con merinas y citas vagamente a Barthes, Foucault, Basani y Steyerl, y adjuntas la copia de un artículo tuyo anterior para que lo tome como modelo de estilo. Hecho esto, y sin esperar siquiera que procese el material, me pides que redacte el artículo mientras tú te vas a tender la ropa, y que a partir de ahora la primera persona sea la tuya, la de la autora, como si fueras tú quien de algún modo escribe el artículo.

Le pido a la IA que vaya explicando los pasos que va llevando a cabo en su tarea, y la IA responde inmediatamente con la descripción nítida de la estructura perfecta en la que insertará el texto que genere: introducción, desarrollo por apartados, conclusión que retoma la tesis inicial. Se trata de un patrón fácilmente reconocible, una forma de organizar las ideas —con las aclaraciones siempre insertas entre guiones largos— que nunca deja al lector perdido al mismo tiempo que logra captar su atención mediante preguntas retóricas que a menudo usa como conectores entre secciones antes de presentar el título de un nuevo apartado, que irá siempre escrita Con Todas Las Palabras En Letras Capitales.

Pero mientras leo su propuesta, me doy cuenta de que estoy reescribiendo cada párrafo. Corrijo su tono cuando no es lo bastante aséptico o cuando lo es demasiado, elimino redundancias, añado matices. Para imitar su estilo, genero enumeraciones en grupos de tres elementos, irrelevantes, absurdos, innecesarios. Sin embargo, dan sensación de claridad, ritmo, tono. Me doy cuenta de que lo que esperaba que fueran diez minutos en los que yo hacía las tareas del hogar mientras una inteligencia artificial de Silicon Valley realizaba mi trabajo se ha convertido en un despropósito de cuarenta minutos en el que completo la escritura de un texto tratando de imitar su estilo mientras la colada espera empapada dentro del tambor. ¿En qué momento dejo de supervisar a la IA y empiezo a escribir yo misma mimetizándome con su escritura?

Los Textos Zombis

El asunto sobre el que voy (vas) a escribir el artículo gira en torno a dos temas. En primer lugar, los paratextos que los escritores nos vemos (se ven) obligados a escribir -cartas de motivación, redacción de proyectos, cuadernos de bitácora para solicitudes o memorias de subvenciones y becas- en los que se pide un borramiento de la autoría a favor de un tono homogéneo, claro, específico, desinfectado, cuya máxima expresión son los textos generados con inteligencia artificial. A este tipo de textos los llamaremos «textos zombis». Se trata de un sintagma que me (te) servirá para desarrollar un concepto que conducirá todo el artículo.

El concepto es el siguiente: los textos zombis no son exactamente textos, pero tampoco no lo son. Al estar generados por las IA, no puede decirse de ellos que sean discurso, pues no tienen una autoría que pueda hacerse responsable del resultado ni de sus consecuencias. Sin embargo, sí tienen a alguien detrás que les ha dado los prompts y les ha aportado la información necesaria para que el texto zombi llegue a existir. Los textos zombis no están lo suficientemente muertos para ser reconocidos como creados íntegramente con IA, pero no están lo suficientemente vivos como para reclamar una autoría. Los textos zombis habitan el limbo de lo burocrático y están escritos para parecerse lo más posible a la escritora ideal que piden las convocatorias. La escritora ideal para las solicitudes de convocatorias es una escritora que reúne algunas características que te voy a detallar a continuación. La primera, haberse leído la convocatoria. La segunda, ser capaz de describir un proyecto literario que ni siquiera existe con todo detalle, coherencia y claridad. La tercera, conjugar la descripción del proyecto con los objetivos de la convocatoria y los elementos evaluables conforme a las bases. De lo que se deduce que la cuarta característica es haberse leído también las bases. La escritora ideal para las solicitudes de convocatorias se parece bastante a la escritora ideal para las memorias de justificación de subvenciones.

La paradoja que voy (vas) a desplegar aquí es la siguiente: la escritora ideal de las solicitudes y justificaciones de convocatorias solo existe en un lugar. Ese lugar son los textos zombis. Y cuanto más evoluciona la tecnología generativa de textos, más inalcanzable es el ideal de escritora contemporánea y más se aleja el proceso real de escritura literaria de las exigencias del sistema que posibilita que ésta tenga lugar. La distancia se amplía y aparece un agujero, un abismo, que es el del sinsentido del mercado cultural. Nada de lo que pueda escribir un ser humano podrá responder con tanta excelencia como lo hace una IA a las garantías exigidas por el circuito de financiación que sustenta a la escritora. De modo que otra característica del texto zombi sería esta: provocan la paradoja de que, para que la escritura literaria pueda existir, la escritora tiene que pagar un precio. Y el precio es engordar el Gran Texto Zombi. Si está o no escrito por ella, en realidad dará un poco igual. La autoría de la escritora debe desaparecer, sea quien lo escriba ella imitando a la IA o la propia IA.

A continuación, también voy (vas) a explorar cómo la actual existencia de los textos zombis y su ubicación en el circuito económico y social de la escritura literaria del que participa la escritora entra en relación o contradicción con las ideas de comunismo de lujo totalmente automatizado de Aaron Bastani, en el que una utopía liderada por la tecnología liberaría a las escritoras de trabajos tediosos como escribir esos textos zombis para darles tiempo a hacer otras cosas, tales como escribir literatura o tender la colada.

Puedes ser optimista en un primer momento y sostener, con Bastani, una tesis utópica; sin embargo en mi (tu) texto lo que me (te) pregunto es: ¿no estamos generando un lugar esquizofrénico para la escritora, un lugar absurdo e insostenible, donde por un lado el mercado editorial le reclama singularidad e individualidad con una sed intensísima de saciar la economía de la atención, y fuerza a los textos de la escritora a corresponder a una supuesta experiencia individual de una forma muchas veces obscena y violenta para ella que monetiza los aspectos más íntimos de la identidad, mientras al mismo tiempo se la somete a la despersonalización atroz de los textos zombis, obligándola a generar textos tamizados por la homogeneización que responden a una idea de sujeto neoliberal, que gestiona proyectos, es autoconsciente e infinitamente productivo, a mil años luz de lo que la escritora realmente es? ¿No es la cúspide del turbocapitalismo este culto del mercado cultural por una autenticidad cada vez más extrema en los textos literarios mientras el mismo sistema obliga a las escritoras a hablar como robots oficinistas con la medida justa de creatividad y buen humor cada vez que necesitan recursos para mantener viva esa supuesta autenticidad?

En algún punto del artículo es importante que aparezca la siguiente aseveración: la IA no conoce la angustia de la escritura. Esta frase significa esto: la IA puede producir un millón de textos zombis sin pestañear. No teme al rechazo, ni a la falta de sentido, ni al silencio interior. No duda, no procrastina, no se pregunta si esto que está haciendo vale la pena.

En otro punto puedes citar a Barthes y su idea de la muerte del autor —el autor decimonónico, ese existente antes del texto y sobre todo después, para los críticos que se remiten a él cuando tratan de escudriñar el texto—; ese autor al que nosotros no paramos de resucitar y matar cada vez que le pedimos a la escritora una escritura más verdadera para a continuación enterrarla bajo la prosa de los textos zombis que circundan su literatura. Si citas a Barthes, vale la pena que lo pongas en relación con Foucault y la idea que desarrolla en ¿Qué es un autor?, donde nombra cuáles son los textos que no reclaman autor. Los recibos, por ejemplo; las fábulas, los proverbios; los textos sagrados. Aquí sería interesante preguntarme (te): ¿son los textos zombis textos más cercanos a lo sagrado, a lo cotidiano o a lo mítico? De alguna manera, si juntáramos todos los textos zombis producidos por la IA para los cientos de escritoras que cada día le piden la confección de textos zombis para poder continuar, a trancas y barrancas, en el circuito de la escritura literaria, probablemente nos encontraríamos ante el Über-texto, la solicitud definitiva, la justificación de subvención capaz, como el aleph, de contenerlo todo.

Además, otra idea que quiero que aparezca en el artículo es la distopía a la que nos abocamos con haber dejado al autor este espacio en la sociedad. Debes imaginar, por último, un escenario en el que textos generados por nadie son leídos por nadie, pues este sería el destino más coherente de los textos zombis. Un lugar fantasmal sin autor y sin texto, un flujo de textos-espectro cuyo precio es el desmantelamiento del planeta, pues producir estos textos requiere una inversión impensable de recursos naturales. Así pues, genera también esta imagen: un espacio fantasmático para los textos de la exigencia capitalista, que sin embargo tiene repercusiones reales que nos afectan en lo más íntimo y en lo más global. Estamos destruyendo el planeta y nuestras posibilidades de vida en él para mantener en funcionamiento un circuito fantasmal de textos que nadie lee, evaluados por sistemas que nadie comprende. Y aquí estamos justo en este instante, en esta colaboración que tal vez no existe, participando del mismo juego de goce mortífero que criticamos.

«Dime si entiendes».

Ahora mismo no estoy segura de si es la IA o soy yo quien está desarrollando esta sección. El prompt que le di era extenso, detallado, aunque quizás no del todo claro.

Aquí interrumpo el texto que ha comenzado a caer en cascada en la interfaz de la IA para darle un nuevo prompt: «añade una reflexión sobre el papel del autor como pastor del lenguaje». Pero cuando aparece el párrafo, me pregunto si realmente se lo he pedido yo o si lo he pensado mientras leía su propuesta de texto. ¿Cómo puedo estar segura, a estas alturas, del origen de las ideas? Añado un nuevo prompt: a partir de ahora, escribe en plural de la primera persona.

Lorem Ipsum (O La Confesión Imposible)

Mientras terminamos este artículo —que hemos escrito juntas, o que he escrito yo fingiendo que lo escribía una IA, o que ha escrito la IA fingiendo ser una autora que finge que colabora con una IA—, pensamos en todas las capas de simulacro que hemos desplegado para alcanzar las 2000 palabras de este artículo.

En The Terror of Total Dasein. Economies of Presence in the Art Field, la artista y pensadora Hito Steyerl sostiene que, frente a la exigencia de presencia constante impuesta por el mercado cultural contemporáneo a las autoras, una de las formas más radicales de resistencia consiste en la delegación de esa presencia: el uso de bots, textos dummy y todo tipo de proxies que permitan a la artista desaparecer —retirarse, literalmente, a hacer otras cosas—.

Quizás solo sabotear nuestras propias condiciones de escritura nos hará entender en qué se han convertido. Quizás solo desde un texto zombi podremos retornar a la escritura, ya sea para rescatarla o para matarla de una vez por todas.

1. Este ha sido el subtexto elegido tras descartar estas otras tres propuestas de ChatGPT que también nos parecieron bien: «Textualidad generativa y autoría mutante: entre el zumbido colectivo y la voz partida», «De Foucault a Bastani: genealogía de una autoría residual en tiempos de escritura algorítmica» y «Del autor a la interfaz. Escrituras sin sujeto para un mercado que no deja de pedirnos ser únicas».

[Artículo redactado mediante colaboración entre la autora y ChatGPT/por la autora fingiendo colaborar con ChatGPT/por ChatGPT imitando a la autora que finge colaborar consigo mismo. Contador: 2.219 palabras de autoría incierta, escritas por alguien que ya no está segura de cómo suena su propia voz cuando deja de imitar a las máquinas que la imitan, y que, pasadas cuatro horas, aún tiene la lavadora por tender.]