POR JUAN DOMINGO AGUILAR

El verano es como una muerte agónica y lenta. Quizá eso sería exagerar. Empiezo otra vez. En verano todos nos morimos un poco. El tiempo se ralentiza como en una especie de sueño lynchiano. Es la época que arranca con la temporada de bodas, bautizos y comuniones, con los campanarios de las iglesias poniendo banda sonora a las ciudades y a los pueblos. Con los insectos apurando los restos de comida de los platos sucios acumulados después de una comida en el campo. Pero también es algo más, de ahí que nuestros primeros veranos no sean una época sino una región que nunca termina del todo, con sus propias reglas, fronteras y dinámicas, incluso con un código típico de vestimenta hortera y aceptado solo durante esos pocos meses y del que es difícil escapar por peligro de asfixia o ruptura de normas sociales y culturales preestablecidas y transmitidas de generación en generación desde hace muchos años. Todo esto lo convierte en algo diferente: el verano es un género literario.

Para todos, al margen de delimitaciones geográficas, esta estación tiene asociadas una serie de características propias: calor, familia, infancia, los primeros besos, los primeros rechazos, las primeras verbenas, helados, borracheras, ventiladores que por la tarde suenan como el motor de un coche que no termina de arrancar, neveras con botellas grandes de Coca-Cola rellenadas con agua fría, excursiones, piscinas, piel quemada y sudor. En la literatura todos estos patrones se repiten a lo largo de las décadas y los autores como piezas de un gran puzle estival. Pienso por ejemplo en Mario Levrero en La novela luminosa, en cómo todo va más despacio en ese verano uruguayo, incluso la velocidad mental del personaje, hasta el punto de no resistir el calor y tener que comprar, con el dinero de su beca, varios ventiladores que coloca casi como un personaje de Beckett, una y otra vez moviéndolos de sitio dentro de la casa para crear la corriente perfecta con la que refrescarse. Pienso en el protagonista del libro hinchado como un globo, rojo, rojísimo, abanicándose con la mano y pidiendo perdón al Sr. Guggenheim por malgastar sus recursos en esos aparatos en lugar de escribir la novela prometida. Pienso en Jack Spicer cuando en un poema repite eso de «me gustaría escribir un poema tan largo como California y tan lento como un verano».

Estoy seguro de que todos hemos experimentado alguna vez esa misma sensación mientras pasábamos interminables horas flotando sobre una colchoneta hinchable o jugando a hacernos el muerto, tumbados bocarriba, y las ondas que nuestros dedos provocaban en el agua de la piscina municipal de cualquier pueblo se confundían con las olas del mar. El verano suele estar asociado con lo inmutable, con la felicidad, la libertad colectiva o con nuestros primeros recuerdos de adolescencia. Espacios mentales a los que volvemos y donde nos quedamos por temporadas a vivir, aunque a medida que vamos creciendo y entramos a formar parte de ese grupo esquizofrénico y aburrido llamado adultos, pasa a estar vinculado también con otros aspectos más grises como la muerte de algunos de nuestros seres queridos, siempre más triste con calor cuando se supone que deberíamos estar bailando o disfrutando en otra parte, o la precariedad laboral, siempre triste porque nos impide estar de vacaciones, sin hacer nada, durante tardes enteras como cuando éramos niños. Lo cierto es que en verano todo parece fuera de lugar, porque nos movemos, no solo físicamente, también a nivel emocional: volvemos a la casa paterna, a la ciudad en la que nacimos, abrimos las viejas casas de los abuelos para airearlas o desvalijar los pocos recuerdos que queden, acompañamos a regañadientes a nuestro tío hasta algún polígono para lavar su viejo auto.

«Llorar en verano: con calor y tiempo», escribe Laura Wittner en uno de sus poemas, un texto que me repito como un mantra desde hace tiempo, a medida que la época más calurosa del año se acerca. Los meses que forman el verano, se vuelven, de pronto, un arma de doble filo porque nos hacen caer en la trampa de la melancolía: pensar en todo lo que queríamos hacer durante el año y no hicimos, en cómo disfrutábamos antes mucho más de la vida, de los largos viajes, de cuando éramos jóvenes y felices, aunque a menudo más jóvenes que felices, en cómo nuestras expectativas se ven frustradas porque siempre imaginamos nuestro próximo verano como una perfecta película francesa, de esas con colores cálidos, casi pastel, pero que, al final, la falta de dinero y de vacaciones convierten en algo más parecido a un corto barato de terror.

Esta obsesión veraniega es algo que se repite de manera constante tanto en el ámbito de la poesía como el de la narrativa, obsesión que podría resumirse con alguno de los fragmentos que he utilizado, pero también con ese «Agosto es el mes más cruel» título del poema de Jorge Enrique Adoum, quien a su vez hizo una variante de «Abril es el mes más cruel (April is the cruellest month)», primer verso del poema La Tierra baldía de T.S. Eliot. Dos autores tan alejados por sus hemisferios como cercanos por su escritura, temas y ritmos, y en los que en ambos casos el paso de las estaciones o la inexistencia de las mismas, pero sobre todo la llegada del verano, tiene un protagonismo destacado en muchos de los textos que escribieron.

El verano es el tiempo de la muerte, pero también de la esperanza, y marca siempre el final de una etapa. Lo recordamos sobre todo cuando estas etapas empiezan a ser muy diferentes entre sí, cuando dejan de mantenerse en el tiempo ritos tan mínimos como aquellos discos del Caribe Mix que sacaban en España a inicios de los 2000 y que escuchábamos mientras grupos de veraneantes bailaban aerobic a mitad de la tarde sobre la arena caliente de la playa; los helados nocturnos en una terraza, o los interminables viajes en coche con nuestros padres desde el interior del país hasta la costa. Cuando son sustituidas por el verano del primer amor y del primer desamor, el último antes de entrar en la universidad o el previo a nuestra boda. Cuando todo lo que parecía sólido se deshace poco a poco como las torres de un castillo de arena. A medida que engrosamos las filas de la adultez cada vez son menos las certezas y es imposible afirmar si en realidad una vez vivimos todo aquello o solo lo imaginamos. «También mueren los lugares en los que fuimos felices», escribió Julio Ramón Ribeyro, porque sabe que es lo que ocurre con cualquier ciudad en la que vivimos. Que la escritura no es una cuestión de espacios sino de tiempo. También mueren los veranos en los que fuimos felices, añadiría yo, para remarcar el aspecto físico y sensorial de esta estación del año: el verano como un lugar. Un lugar que cambia al mismo tiempo que nosotros, «no he hecho nada en todo el verano, solo esperar a ser yo otra vez», dijo la artista estadounidense Georgia O’Keeffe en una carta dirigida a Russel Bernon Hunter en octubre de 1933, porque también sabía que eso es lo que ocurre con las estaciones en la literatura: no imaginamos del mismo modo un poema, un cuento o una novela que se desarrolle con el telón de fondo de un verano en una playa de Canarias, en una casa de Costa Rica, un bosque de Noruega o que del invierno en un pequeño pueblo de Vermont. Incluso hay quien selecciona sus lecturas en función de las estaciones y los meses del año, algunas con velas y manta, otras para tumbarse sobre una toalla con una cerveza y un cigarro.

El verano que conocemos es un engaño que desmontamos en cuanto nos movemos de continente, pero no por ello deja de ser una realidad. El verano es un loop temporal donde parece que nunca termináramos de avanzar por mucho que lo intentemos. Es justo durante estos meses cuando se revela el pecado fundacional que une a cualquier grupo de amigos o a una familia: la mentira. Porque las cosas que más nos importan son las que más capacidad tienen para hacernos daño: el amor y su posible pérdida, la familia y su deterioro, sus peleas y rencillas, la incapacidad para asumir la muerte de los miembros que la integran, nuestras obsesiones, nuestros miedos y nuestras pesadillas. Conflictos que a menudo resurgen con mucha más fuerza en verano cuando los hermanos y padres, después de meses e incluso años sin verse, se juntan para disfrutar de las vacaciones y enterrar durante unos días el hacha de guerra. Podríamos citar muchos ejemplos, pero basta con hablar de libros como Adultos, de Marie Aubert, donde las tensiones familiares y frustraciones acumuladas entre hermanas se mantienen siempre al borde del estallido, en la cuerda floja, a punto de reventar, por mucho que ambas intenten ocultarlo; Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, ese rara avis del canon de la narrativa española por su formato ligero, tono y longitud, teniendo en cuenta que se publicó en 1952 y en el que el verano se presenta como el momento de iniciación en ese rito por el que se pasa de la niñez a la edad adulta, con las primeras experiencias sexuales, las primeras discusiones con los padres y otros descubrimientos o; por último, Nadando a casa, de Deborah Levy con ese maravilloso personaje infantil y provocador que encarna Kitty Finch, la joven fan del marido poeta de la protagonista que se cuela en la que será su residencia de veraniega y a la que encuentran flotando bocabajo el primer día que llegan a la casa como un enorme pez muerto o el augurio de un futuro naufragio.

«Siento que me deben un verano», escribe Cecilia Pavón en otro poema y pienso que justo algo parecido a esa sensación debe ser la literatura: una sustancia pegajosa como el protector solar con factor de protección cincuenta que se escurre por nuestra espalda y nuestros hombros achicharrados y que no nos podemos sacar de encima por mucho que lo intentemos. Una sensación tan duradera y pura como la cara sonrojada de esos adolescentes que vuelven a casa con un caramelo de menta en los bolsillos para ocultar el aliento a tabaco, restos de cigarrillos y su primer amor, recuerdos inventados que provocan un picor incómodo que nos roza por todas partes y son capaces de generar pequeñas heridas en algunos momentos, como esos granos de arena que se nos quedaban guardados en el bañador y nos acompañaban durante días pegados al cuerpo.

Llegados a este punto, después de tantas idas y venidas como las moscas que con el calor se arremolinan sobre un plato, creo necesario reivindicar que los textos que forman este dossier son valientes y llamativos, como los manguitos o los bañadores que se ponían de moda en los noventa cada temporada. Como uno de esos discos recopilatorios que incluía los grandes éxitos musicales del verano, aunque, de entrada, no tuvieran mucho que ver. Uno de King África, otro de Chayanne, pasando por Raúl y ese hace tanto que sueño su boca, hasta llegar a «Mayonesa» de Chocolate Latino.

Cada uno de estos textos es distinto, pero muy parecido al resto en cuanto a su ritmo y objetivo, algo íntimo pero universal, persistente como el sonido de las aspas de un ventilador medio roto, un retumbar dentro de nuestras cabezas como los ladridos de los perros callejeros que se llaman a través de las paredes a la hora de la siesta en agosto. Algunos tienen tono epistolar, otros tienen forma de ensayo e incluso de cuento. Cada autor ha escogido una manera distinta de encarar el tema, llevándolo a su geografía emocional y literaria, algunos de una manera más formal como las primeras canciones que suenan cuando un DJ hace aparición en una boda, mientras que otros nos llevan a un caluroso after donde las sensaciones y la identidad se mezclan con las primeras luces de la madrugada, provocando espejismos como los que aparecen siempre en las películas sobre el desierto. Podemos imaginar cada uno de ellos como fotogramas superpuestos de una misma película, sea de Eric Rohmer, de Berlanga o de Kim Ki-duk. En el cine, como en la literatura, como en este dossier, todo es mentira: una burbuja de polvo y arena cubre las calles y por un momento hace que, este mundo agresivo y acelerado, quede detenido.