La no violencia que Tolstói trasmite a Gandhi tiene un corolario ético y político: no juzgar a los hombres. Los que juzgan y pronuncian sentencias no hacen sino propagar la violencia. El juez es cómplice del asesino, propicia y da sustancia al crimen. Aquí encontramos al Tolstói más radical:

Jueces, fiscales y gobernantes saben que por culpa de sus condenas, cientos, miles de desgraciados son arrancados de sus familias y se encuentran en cárceles aisladas o cumpliendo trabajos forzados, volviéndose locos y matándose entre ellos. También están las miles de madres, esposas e hijos que sufren por la separación, que no pueden visitarlos, que son deshonrados implorando en vano su perdón o una rebaja de la condena. Y este juez está tan anquilosado en la hipocresía que tanto él como sus semejantes, sus mujeres y sus familiares, están absolutamente convencidos de que nada de esto le impide poder ser considerado un hombre muy bueno y sensible: según la metafísica de la hipocresía resulta que está haciendo una obra social de gran utilidad. Y este hombre, que en su creencia del bien y de Dios ha destruido a centenares, miles de personas que lo maldicen y que por su culpa se encuentran en una situación desesperada, acude a misa con su sonrisa bondadosa y terso rostro, escucha el evangelio, pronuncia discursos liberales, acaricia a sus hijos, les predica la moral y se conmueve ante sufrimientos imaginarios (El reino de Dios está en vosotros, p. 117).

Arremete contra los progresistas que, junto a la igualdad, hermandad y libertad humana, admiten la necesidad de los ejércitos, las ejecuciones, las aduanas, la censura, la regulación de la prostitución, la expulsión de mano de obra barata extranjera, la prohibición de la emigración, la legitimidad de la colonización y el saqueo de los que consideran salvajes:

La hipocresía en nuestro tiempo, sostenida por la pseudorreligión y por la pseudociencia, ha llegado hasta tal límite que, si no viviéramos inmersos en ella, uno no podría creer que la gente haya llegado a este nivel de autoengaño. La gente de nuestro tiempo ha llegado a una situación tan asombrosa y su corazón se ha endurecido tanto que mira y no ve, escucha y no oye ni comprende […]. No digo que si eres un terrateniente entregues inmediatamente tus tierras a los pobres; si eres un capitalista entregues tu dinero y tu fábrica a los obreros; si eres zar, ministro, funcionario, juez o general renuncies en el acto a tu posición privilegiada; si eres soldado (es decir, si ocupas la posición sobre la que se sustenta toda la violencia) renuncies en el acto a tu posición insubordinándote, a sabiendas de todos los peligros que correrías haciéndolo. Si lo hicieras, obrarías del mejor modo posible, pero puede ocurrir –de hecho es lo más probable– que no te veas con fuerzas suficientes para hacerlo: tienes relaciones, una familia, subordinados, jefes, y estás tan sometido a la influencia de la tentación que no te ves capaz de ello. Pero lo que sí puedes hacer siempre es reconocer la Verdad y no mentir. Puedes dejar de afirmar que continúas siendo terrateniente, fabricante, comerciante, artista o escritor solo porque esto es útil para la sociedad; o que ejerces de gobernador, fiscal o zar no porque te agrade y porque te hayas acostumbrado a ello, sino por el bien de la gente; que sigues siendo soldado no porque temas ser castigado, sino porque consideras que el ejército es necesario para proteger la vida de la gente. Puedes dejar de mentirte a ti mismo y a los demás, y no solo puedes sino que debes dejar de hacerlo porque la única dicha de tu vida reside únicamente en esto: en liberarte de la mentira y en profesar la Verdad. Y basta con que hagas esto para que tu situación se transforme inevitablemente por sí sola (El reino…, p. 124).

Los verdaderos cristianos no pueden admitir ningún gobierno. Insumisos al Estado, deben emigrar si son coaccionados a obedecerlo. No pueden participar en las instituciones ni recurrir a los tribunales, las autoridades o la policía. Deben negarse de forma pacífica pero firme a participar en el ejército. No pueden formar parte del gobierno o las instituciones, ni ser comerciantes o terratenientes. Únicamente pueden ser artesanos o agricultores.

Tolstói coincide con Kierkegaard en que la Iglesia y el Estado son instituciones hostiles a las enseñanzas de Jesús, enemigas de la religión del amor. El cristianismo primitivo se basaba en la fraternidad humana. Su decadencia empieza con Constantino el Grande, cuando la Iglesia se alía con el Estado. Desde entonces es la «gran ramera», cómplice de impíos, violentos y asesinos. La Santísima Trinidad, el descenso del Espíritu Santo, los sacramentos o la divinidad de Jesús son un conjunto de supersticiones destinadas a mantener al pueblo en un estado de idolatría salvaje. Las Iglesias, que son muchas y como los Estados se disputaban el poder, son aquellas instituciones que impiden vivir cristianamente. Ellas son el verdadero opio del pueblo. Además, la enseñanza genuina del galileo es incompatible con el progreso y la era industrial de las naciones poderosas de Europa, que han producido los cañones Krupp, la esclavitud y el colonialismo. Se trata de una doctrina que obliga a renunciar al modo de vida moderno, y a asumir la vida del campesino o del artesano. Como era de esperar, en 1901 es excomulgado por el sínodo de la iglesia ortodoxa.

 

LA RELIGIÓN DEL AMOR

La primera edición del Evangelio abreviado de Tolstói se publica en Londres en 1885. Con ese trabajo pretende exponer el verdadero sentido de la enseñanza cristiana que se encuentra sintetizada en el sermón de la montaña, la primera alocución de Jesús de Nazaret a la multitud (Mateo, 5.7), poco después de su ayuno y meditación en el desierto y con la que se inicia su enseñanza en Galilea. Es el discurso continuo más extenso de Jesús, que incluye las bienaventuranzas y la conocida como regla de oro (tratar a los demás como a uno le gustaría ser tratado) y el llamado a la no resistencia violenta y la desobediencia civil, aunque Tolstói también rescatará otros pasajes que considera esenciales del Evangelio de Lucas y de Juan.

Como pensador, Tolstói es moralista y didáctico. Tolstói cree firmemente que en la enseñanza cristiana se encuentra la verdad. Pero no es sectario, esa enseñanza se ha trasmitido en muchas otras tradiciones religiosas, simplemente el cristianismo la ha expresado con una mayor claridad y precisión, es la enseñanza ética y metafísica más rigurosa: es la enseñanza de un gran hombre porque une a los hombres. En su exégesis de los evangelios, se centra en aquellos pasajes que pueden incidir en nuestra forma de vida, y descarta todo aquello que considera propaganda mítica para justificar la naturaleza divina de Jesús. A Tolstói, el gran fabulador, solo le interesa el contenido ético del lenguaje evangélico. Elimina todo aquello que le parece idolatría, las referencias a la concepción, el nacimiento, los milagros y la resurrección. Jesús es hijo de Dios como lo son el resto de los mortales. Esos hechos, por otro lado, «no contradicen ni confirman la enseñanza». Ni siquiera se interesa por la cuestión que parece interesar a todos (en esto es asiático), el destino del espíritu más allá de la muerte.

Tolstói justifica la necesidad de su propia exégesis: Jesús nunca escribió ningún libro, no trasmitió sus enseñanzas a personas que escribieran o leyeran libros. La idea de que todos los versículos de los cuatro evangelios son sagrados es una burda manipulación. Pasaron bastantes años después de la muerte de Jesús hasta que sus enseñanzas se pusieron por escrito. Casi cien años después empezaron a escribir lo que habían oído sobre él y hubo muchísimos textos que recogían su enseñanza. Algunos de ellos eran muy malos. La Iglesia escogió los mejores, pero en los llamados evangelios canónicos hay muchos pasajes tan malos como en los apócrifos, y en estos últimos hay también cosas buenas. Decir que los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas fueron escritos íntegramente y de forma independiente por los evangelistas es lo mismo que decir, en 1880, que el Sol gira en torno a la Tierra. Los evangelios sinópticos no son obras inspiradas por el Espíritu Santo, son el fruto de un lento desarrollo hecho por medio de copia y añadidura por mil mentes y manos distintas. Se escogieron, aumentaron y corrigieron durante siglos. Los que nos han llegado, del siglo iv, carecen de signos de puntuación y estuvieron sujetos a diversas lecturas.

Dios es el límite extremo de la razón y su existencia se demuestra en que todos tenemos una conciencia clara de esos límites. Las personas son conscientes de ello porque Dios les ha dado parte de su divinidad. Dios es el todo, nosotros las partes. Pero, como decía Vivekananda, las partes hacen el todo y el todo hace las partes. No solo no puede haber uno sin el otro sino que no se puede comprender el significado de uno sin el otro. Nos movemos en el círculo hermenéutico. Dios da significado a los hombres y los hombres dan significado a Dios. Entre ambos se establece una relación de correspondencia. Naturaleza y espíritu son aspectos complementarios de una misma realidad.

«Preguntado por los fariseos acerca de cuándo llegará el Reino de Dios, les respondió y dijo: “No viene el Reino de Dios ostensiblemente, ni podría decirse helo aquí o allí, porque el reino de Dios está dentro de vosotros”» (Lucas, 17.20). El Reino de Dios no es un reino futuro en el que un Dios todopoderoso vendrá a hacer justicia al pueblo de Israel y compensar todas sus desgracias. No es una paz perpetua futura. Esa concepción del Reino es una concepción tribal, sectaria, desmentida por Jesús. Tampoco el Reino es algo que pertenezca al pasado, a una época gloriosa y perdida a la que habríamos de regresar. El Reino es un asunto del presente. Por eso la atención (una forma de la oración) y la ironía (un dios que se puede comprender no es un dios) le resultan tan consustanciales. La verdadera vida está aquí y ahora, pues el aquí y el ahora es el «lugar» en el que se manifiesta el amor. La vida pasada y futura nos oculta la verdadera vida, la auténtica. El tiempo es el mayor engaño. Pero la verdadera vida se encuentra no solo fuera del tiempo pasado y del tiempo futuro, sino también fuera de la individualidad. La vida común de todos los hombres se expresa con amor, de ahí que esa idea se conecte naturalmente con la no resistencia al mal. El amor al amigo es un amor natural, el amor al enemigo es un amor divino. Tanto los profetas, con sus amenazas y promesas, como los historiadores, con su búsqueda de la veracidad de los hechos acontecidos en Galilea, se dejan engañar por la ilusión temporal. Ambos viven vidas falsificadas, unos en el futuro, otros en el pasado.

El Reino viene calladamente a aquellos que saben escuchar, que dejan por un momento de escuchar sus propias inclinaciones. El Reino no está fuera, en el espacio o el tiempo, sino en el interior de los corazones. De ahí su fragilidad. Surge en un alma, estalla, desaparece. El Reino es itinerante, como los corazones, no tiene una sede fija, es puro movimiento hacia la luz. No es un más allá, es un más acá del corazón, itinerante como el cometa o la estrella fugaz. Por eso se dice que, mientras los zorros tienen sus guaridas y los pájaros sus nidos, el Hijo del Hombre no tiene donde reposar la cabeza (Lucas, 9.58).

Total
2
Shares