En algún momento del diario nos dice, no es textual, que le hizo bien releer las páginas que había escrito porque pudo ver la línea de sentimientos que iban en la misma dirección, la homogeneidad en el estilo, los temas, etcétera. De esta confesión se desprende su compromiso con la literatura, ¿no es cierto?

Me incluyo entre aquellos que al principio no creíamos que pudiéramos llegar hasta este descalabro, lo veíamos, lo sentíamos avanzar, nos afectaba profundamente, y aun así nos parecía imposible

Sí, mi compromiso con la literatura viene de muy atrás, pero está ahí desde la primera hasta la última página, día a día. Cuando terminé de leer el diario en las pruebas finales, pensé que lo había leído como si se tratara del diario de otra persona, otra escritora, y eso me complació. Pude ver la línea de sentimientos que iban en la misma dirección, la homogeneidad en el estilo, los temas. Pude ver en esa escritora, en la que me reconocía, pero sin identificarme, las líneas de mi vida.

Su formación es filosófica y sus libros tienen un tono reflexivo no sólo filosófico, sino también reflexiones subjetivas. ¿Qué le aporta a los personajes esa carga?

Sí, mi formación es filosófica, aunque la literatura ha sido siempre mi vocación. Tan es así que a los filósofos que más leí fueron siempre los maestros de la prosa. En primer lugar, Kierkegaard, Nietzsche, Franz Overbeck, el teólogo amigo de juventud de Nietzsche, Schopenhauer, los grandes ensayistas franceses Paul Valéry, Albert Camus, Deleuze, Barthes, entre los alemanes, Benjamin, Adorno, incluso Kant, que cuando era estudiante me parecía más bien árido y seco. Quien enseña tiene la obligación de estudiar, me gusta escribir, pero también estudiar. Yo no tenía lo que se llama «una cabeza filosófica», no obstante, sí tenía un temperamento dado a la cavilación y al pensamiento, creo que eso estaba ahí y estuvo bien que no lo hiciera a un lado, que lo siguiera cultivando.

Usted es autora de algunos libros de ensayo, pero sobre todo ha escrito novelas y pocos cuentos. ¿Ese tono reflexivo de sus libros es un impedimento?

Para mí no lo es, para algunos lectores puede que lo sea o que lo haya sido en algún momento. Para los lectores más jóvenes pareciera que no. Hace muchas décadas cuentos y novelas estaban acotados como géneros canónicos, con reglas específicas, tramas, acciones, personajes tipo, que no se debían ni podían transgredir. Pero los escritores son transgresores por naturaleza. En la actualidad, después de tantas obras (¿novelas?) que quebrantan la mayor parte de las convenciones en las que se sustenta la narrativa tradicional, como, por ejemplo, El hombre sin atributos, de Robert Musil, Malone muere o El innombrable, de Beckett, las obras de Thomas Bernhard, la prosa de Sebald, los relatos de Kafka, no creo que esa entonación reflexiva pueda considerarse un impedimento.

¿Ese indagar en sí misma y la atención que le presta a lo cotidiano han propiciado que los temas que aborda en sus libros son los que abarca la condición humana?

Más que indagar en mí misma, creo que indago en las relaciones con los otros a partir de mi interioridad. Espero mantener separada la interioridad de la exterioridad, el arte y la vida.

En su novela Paleografías el protagonista es un pintor enfrentado a las mismas vicisitudes que cualquier otro ser humano: la soledad, el paso del tiempo, el desamor, el aburrimiento… ¿Qué lo hace diferente?

No tiene nada diferente a cualquier ser humano, eso es lo que me interesaba, pero, más que nada, ubicarlo en un lugar límite, en un balneario, en un hotel aislado, del que por el momento nadie puede salir, por los grandes temporales, las inundaciones y los derrumbes. Me interesaba observarlo en sus relaciones con los huéspedes y el personal del hotelito, el cocinero, las criadas, los encargados, y a todos ellos entre sí, me interesaba la puesta en escena de las charlas nocturnas, los temas que tocan en las sesiones, que rondan la metafísica: el amor, la felicidad, las creencias religiosas, la vida, la muerte, el alma. No se trataba sólo de un personaje, se trataba de encontrar una forma de narrar e incorporar la movilidad constante del discurso, nuevas formas de decir, además de dramatizar la circunstancia particular del encierro. Hacer avanzar una historia y dentro de ella comunicar, interrelacionar el pasado y el presente a partir de unos cuantos personajes, decía mi amigo el escritor Salvador Garmendia, es un arte más difícil de lo que se cree.

Por el formato de la entrevista no podemos, con mucho pesar por mi parte, abordar todos los temas, por ello me quedo con el amor. Varias son las formas en que lo presenta en Paleografías: el amor erótico, el amor maternal, el amor a los padres y a las madres, la amistad… ¿El amor como salvación?

Todo lo que escribo procuro que sea genuino, en el sentido de algo vivido. Creo que el exceso de sinceridad está reñido con la empatía y la compasión a la que deberíamos aproximarnos para comprender a nuestros prójimos

Más que en el amor como salvación, creo en el amor, el amor en todas sus variantes, como una necesidad individual, del mismo modo que creo en la escritura, más que como salvación, como necesidad, necesidad voluntariosa de conocer el mundo circundante, conocernos a nosotros mismos a partir de los otros. Conocer a los otros es aprender a conocerse a sí mismo. Tampoco creo en el poder redentor del arte, tal vez más joven, si bien ahora cada vez soy menos propensa a creer en la noción romántica de la redención por el arte. Estaba aún en la naturaleza de Proust creer, y eso no le quita ni un ápice a lo soberbiamente escrito que está En busca del tiempo perdido, a su magnificencia como escritor, en el poder redentor del arte, casi como en un ascenso del espíritu en pos del encanto y la belleza ideal del arte, pero no en Beckett, él descreía de esa ilusión de redención. Treinta años de diferencia entre el longevo Beckett y Proust, que murió muy joven, hacen también la diferencia en las nociones e ilusiones sobre el arte.

Pensar, testimoniar e imaginar, ésos son, en síntesis, los pivotes que sostienen su obra y que, de alguna manera, parecieran trascenderse en su narrativa. ¿Cómo vive la tensión entre los géneros?

Desde muy joven viví la tensión entre los géneros, aunque también pronto comencé a desentenderme no de los géneros pero sí de las tensiones. Ese desentenderme fue un trabajo arduo, no obstante, pocas veces me desvié de la vena «filosofante» de mis novelas. Eso propició que pudiera expresarme de un modo orgánicamente más libre a nivel formal, me ayudó a explorar otros procedimientos, a introducir historias dentro de otras historias, historias de primera, de segunda y tercera mano, a enhebrarlas, a enmarañarlas, bifurcarlas y, lo más importante, interceptarlas, tal como lo hice, sobre todo, en Historias de la marcha a pie y después en Paleografías. Ni siquiera en los años setenta y ochenta, cuando la departamentalización de los géneros era muy imperativa, me aparté de mi sendero. Más tarde, leyendo a mis amigos escritores, poetas, ensayistas de una generación algo mayor, me di cuenta de que ellos trazaron su propio camino y por ahí enfilaron su galope sin vacilar, que no le tuvieron miedo a escribir lo que deseaban y necesitaban escribir. De ellos aprendí a no contrariar lo que me pertenecía por naturaleza.

Por último, sus preocupaciones literarias y reflexivas, sin dejar de estar insertadas en parte en Venezuela, participa de una gran curiosidad por la literatura europea, así como la pintura y la música. ¿Cuáles son sus actuales lecturas y qué puede contarnos de lo que está escribiendo?

En este momento estoy escribiendo una novela, el título del documento donde la escribo es Vamos, venimos, puede que ése no sea el título final, pero por el momento ese ir y venir me sirve de guía. Llevo escritas noventa y dos mil palabras, supuestamente está muy avanzada. Poco, mucho, o casi nada, escribo todos los días, de cualquier modo, no tengo apuro. Para escribir hace falta mucha paciencia.

En cuanto a mi interés por la literatura europea es natural, yo provengo de una familia italiana, mi padre y mi madre eran personas instruidas, amantes de la música, de la pintura y buenos lectores. También mis estudios de filosofía van en ese sentido. Pero ese deseo de ampliar horizontes está en todos los seres humanos, más si son escritores, músicos, artistas visuales.

En los últimos tiempos leo y releo mucha poesía. Tanto de poetas de mi país, poetas vivo y muertos, que son y han sido amigos cercanos y con quienes he mantenido diálogos a lo largo de los últimos años. Yo no me privo de leer narradores, poetas, ensayistas, vengan de donde vengan, sea cuál sea su tradición, su cultura, su origen, su raza, sus devaneos… Me gusta mucho la poesía norteamericana, Anne Carson, Marianne Moore, C. K. Williams, la poesía de los grandes rusos de todos conocidos que vinimos, con suerte, a descubrir después de los ochenta, por lo menos nosotros, los de habla hispana. Recientemente leí con orgullo y satisfacción El amor es más frío que la muerte, de mi amigo el escritor Ednodio Quintero, y el largo poema El muro de Mandelshtam, de mi amigo el poeta Igor Barreto.

Virginia Woolf hablaba de la imposibilidad de que existiese un escritor sin experiencia, e inmediatamente agregaba, sin lecturas, sin tradición con la que confrontarse. Yo he tratado de cumplir con ese requisito.

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