Y te dejé
Traicionando mi amor
Traicionandote a ti
Bolero cantado por Alfredo Sadel
1

Recordé en esos días una preciosa novela: Antes de que cante el gallo de Cesare Pavese. Una pieza maestra en la que un hombre es desterrado dentro de la propia Italia y se le obliga a vivir en un pueblo de Calabria.
Durante el viaje en que leía ese libro, en Italia, yo solía ir siempre a la misma panadería en Cosenza. Pensaba en Pavese y pedía un cornetto. Estaban deliciosos, pero además me encantaba aquel lugar porque los empleados me trataban con infinita cordialidad. Por eso el día que iba a marcharme en rudimentario italiañol les comenté que abandonaba el país. Todos inclinaron la cabeza y se acercaron a la puerta para acompañarme; volvieron a inclinarse un poco y la que parecía la jefa me dijo con ternura: «ha sido un placer recibir una visita desde la lejana China; esperamos que vuelva y que cuente en su milenaria cultura lo bien que recibimos a los visitantes de tierras distantes».
Dudé si contarles sobre Barquisimeto, sobre Venezuela, sobre tantos ojos rasgados como los míos que tenemos allí. Dudé si contarles que tal vez los jirajaras, los guayones, los timoto cuicas, mezclados con mandinkás y gallegos o canarios, habían hecho posible que yo anduviese en este mundo. Pero se veían felices al sentir que alguien había atravesado el planeta, los años y las murallas para desayunar en ese lugar.
Incliné mi rostro y me marché pensando en lo sugerente que pueden ser los malentendidos.
2
Alfredo Bryce Echenique cuenta que en una oportunidad su coche se quedó accidentado en una carretera de Cuba y las personas de un pueblo lo rodearon con admiración y cortesía extrema, al punto que no cesaron de acompañarlo hasta que pusieron el motor en marcha.
Cuando alzó la mano para despedirse, le dijeron que había sido un honor tener entre ellos a Charles Bronson, y más al comprobar que hablaba tan correctamente el español.
Bryce Echenique se marchó sin aclararles que el actor de Los siete magníficos no había escrito La vida exagerada de Martín Romaña. ¿Para qué crear perplejidad si se veían tan felices? Puso en marcha su automóvil y se alejó pensando que quien trabaja con ficciones puede terminar formando parte de una de ellas.
3
Todo texto es la tentación de uno o varios desvíos. Ahora mismo aparece la posibilidad de crear un relato ensayístico con malentendidos que nunca se resuelven. Porque también viene a mi memoria la tarde en que el poeta Guillermo Yépez Boscán fue rodeado por una multitud de muchachas que le pidieron autógrafos pensando que era Demis Roussos. Pero lo que quiero subrayar ahora es la presencia del malentendido, no solo como un momento alegre sino como el inicio de una larga confusión.
Aunque todavía no pueda adivinarse, las asociaciones con la que he abierto este texto han tenido siempre como elemento central El Quijote y El Lazarillo de Tormes, dos de los libros fundacionales de nuestra literatura en español. Dos títulos que tienen como sus ejes el uso delicioso, celebratorio, imaginativo del humor.
Desde sus palabras, surge una parte significativa de nuestro modo de entender el hecho narrativo. El desenfado de ambos, la pulsión por el lado cómico de la vida, la inteligencia de la risa melancólica e irónica que propician en teoría son base fundamental de lo que significa narrar en nuestra lengua pero, sin embargo, ¿no sucede desde hace muchos años que cuando se nos piensa como herederos de ambas ficciones, formamos parte de un malentendido que no nos atrevemos a aclarar?
Narrar en español: ese origen: la fina ironía, la comicidad como impulso anecdótico, la ternura risueña y desacralizadora. Narrar en español actualmente: un canto a la solemnidad, a las emociones serias, trascendentales.
Quizá uno de nuestros malentendidos esenciales es celebrar, identificarnos, permitir que se nos asocie a la alegría y el humor de dos títulos que el grueso de nuestro corpus narrativo desmiente y oculta.
Amamos libros fundacionales que celebraban y propician la risa, pero tal vez preferimos ser muy serios, muy importantes, muy profundos, muy pedagógicos y comprometidos.
4
En la década del setenta, durante una charla promocional de Pantaleón y las visitadoras, el entrevistador le dijo a Vargas Llosa que esta pieza narrativa le parecía un libro menor. El autor respondió con elegancia: «veo que te lo has pasado muy bien leyéndolo».
Años después, un lector me comentaba preocupado que se había carcajeado con el libro de Fernando Iwasaki: España, aparte de mí estos premios. Tardé un rato en comprender que aquel halago se encontraba cargado de culpa. Un volumen que causaba tanta gracia no podía ser respetable.
Quizá por ese motivo, cuando se hacen inventario de los mejores títulos españoles de tiempos recientes, no suelo ver citada una de las más brillantes novelas que se han publicado entre nosotros: Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo; pieza de fascinante inteligencia constructiva, variedad de registros, cambio de tonos en los que el humor de la primera parte muda con naturalidad en el tono trágico de su cierre; y en esencia, un libro en el que los lectores lloran de risa en muchas de sus páginas y deben detenerse para tomar aire y poder seguir adelante.
Tal vez por eso, en la actualidad ya no me sorprendo cuando buenos conocedores del mundo de la ficción alzan los hombros con perplejidad si se les menciona esa aguda novela: A sus plantas rendido un león, en la que Osvaldo Soriano juega con el género de espías, y escenifica con doméstica risa el drama que vivía la Argentina que se había visto envuelta en una guerra suicida.
Es tan largo el humor y es tan corto el olvido.
5
En El infinito en un junco, de Irene Vallejo, aparecen una serie de precisiones que igual pueden explicar este fenómeno: «Todavía hoy un canon tiende a expulsar la risa. Una comedia tiene menos posibilidades que un drama de ganar Óscar. Nos sorprende que un escritor con vena humorística aterrice en Estocolmo. Los publicistas y los programadores de televisión saben que el humor vende, pero la Academia se resiste a elevarlo al pódium del arte…».
Desde esa perspectiva, podría pensarse que el mundo hispánico se ha subido al tren de la seriedad global y le ha dado la espalda a El Quijote y a El Lazarillo de Tormes. Los grandes «temas» se imponen y la grandiosidad debe ser monolítica, inquebrantable. Ante la gran tarea de salvar la humanidad, de proteger las oprimidas identidades que quitan el sueño a los profesores de universidades estadounidenses, el humor se convierte otra vez en un cuerpo sospechoso, en un peligrosísimo territorio en el que cualquier desliz puede convertirse en una ofensa irreparable hacia los molinos de viento, los traductores, los caballos llamados Rocinante, el Tormes, los ciegos, los pregoneros o la ciudad de Salamanca.
Ante el peligro de que cada lector decida libremente cuándo y de qué reírse, lo más práctico, para una parte del mundo cultural, es invisibilizar o mantener en un plano secundario los libros que puedan convertirse en una incontrolable carcajada.
6
El imperio de la seriedad parece más sólido y poderoso que nunca.
Hace un tiempo conversaba en Madrid con un autor latinoamericano que había publicado una divertidísima novela. Le pregunté cuándo volvería a regalarnos un título parecido y dijo que nunca más; desde hace unos meses estaba embarcado en proyectos realmente importantes; sobre todo a raíz de una crisis que estaba sufriendo al percatarse de que sufría la «herida colonial». Le pedí que me explicase a qué se refería y respondió con el ceño fruncido: «ya sabes, la herida colonial; la colonia, cuando nos conquistaron, el oro que se llevaron de América; las masacres y el oro, eso, la herida colonial». Lo miré incrédulo, le respondí que hablaba de algo sucedido hacía cinco siglos. Me contestó que eso era cierto, pero que hasta el año pasado él había leído poca historia, así que en términos prácticos él estaba sufriendo la herida desde hacía pocos meses.
Por esos mismos tiempos, también conversé con una autora que siempre mostraba un gran sentido del humor, y cuando le pregunté si pensaba escribir libros con ese tono me miró ofendida. Ni hablar; en esos meses estaba centrada en una novela muy profunda sobre obreros que no se percataban de su sufrimiento dentro del «neoliberalismo». Con toda sinceridad, y sin aludir al bolso de marca que llevaba en su mano, le pregunté si conocía ese mundo.
Me advirtió que años atrás en el chalé de sus padres habló varias veces con los obreros que estaban construyendo la nueva piscina.
7
No se trata de exaltar nostalgias, sino solo de acotar que los finales del siglo XX y principios del XXI mostraban una línea de autores de lengua española que tenían en el humor una herramienta crítica de aproximación a la realidad y de construcción sentimental de lo literario. Guillermo Cabrera Infante, Jorge Ibargüengoitia, Alfredo Bryce Echenique, Ricardo Azuaje, Francisco Massiani, Augusto Monterroso, Osvaldo Soriano, Sergio Pitol, Eduardo Mendicutti.
No se trataba de autores que cultivasen una narrativa cómica al estilo de Tom Sharpe, sino de voces tomadas por una suerte de ironía cervantina, que en palabras del propio Bryce Echenique es aquella en la que: «Las palabras irónicas se lanzan más como plumillas de bádminton que como saetas o dardos envenenados, y luego penetran en el corazón de los hombres pero sin inferirles un daño muy profundo. Suelen suscitar leves sonrisas porque son burlonas y no solo afectan a quien van dirigidas, afectan también a quien las profiere».
Eran autores que desarrollaban historias tomadas por la risa tierna y compasiva de quienes reconocen en lo humano una condición de gran fragilidad, una condición en la que el equívoco, la exageración y la torpeza, convocan la respuesta risueña de quien se sabe un ser para la muerte, pero a la vez reconoce el vivir como un acto inevitablemente divertido.
No parece que sea una línea de gran vigor en este momento; no se atisba una continuidad en voces literarias que hagan de la imaginación también un momento de la risa. Cierto es que tenemos la figura imbatible y celebrada de un Eduardo Mendoza que brilla en la continuidad de su línea humorística; que también hay momentos espléndidos en títulos recientes de Daniel Gascón, David Toscana, Nuria Labari o Juan Bonilla, en las crónicas de Elvira Lindo y en esa pieza exuberante que es Acequia, del mexicano Amaury Colmenares, pero pareciera que buena parte de las ficciones del presente destacan más por la literalidad, el rigor y la seriedad pedagógica.
La estela del Quijote y El Lazarillo es cada vez más sombra y menos estela.
Una sombra, sí, un malentendido del que alguna vez quizá podamos aprender a reírnos.
8
Se menciona siempre la capacidad crítica, corrosiva del humor.
Su acorralamiento actual obedece a que se mantiene intacta esa capacidad suya, y el humor, al menos el humor cervantino, implica una relación de complicidad risueña con el otro. El otro implica salir del yo que vive en una eterna complacencia de selfies, serotonina, identidades cerradas, fragmentos, pantallas, consignas, opiniones profusas e inmediatas.
Humor es también la posibilidad de contar el cuento propio para contar el cuento de los otros y celebrar con risa las fricciones de lo humano. Pero tal y como acota Lola López Mondéjar en su magnífico ensayo Sin relato: atrofia de la capacidad narrativa, somos sociedades en las que estamos perdiendo la capacidad de contarnos a nosotros mismos, en las que estamos huyendo de la posibilidad de una fricción.
El humor implica recuperar el hilo de un relato que requiere de pausas, desdoblamientos, dobles sentidos, malentendidos lúdicos, complejas conexiones, riesgos al propiciar las fricciones con otras personas.
Requiere el humor de un tiempo que preferimos dedicar a la soledad de las pantallas frente a las que hemos inclinado nuestras cabezas.
9
Otra hipótesis posible.
En su ensayo sobre el humor Sigmund Freud resaltaba en 1927 el placer exaltante y liberador de lo humorístico y lo resumía al afirmar que su despliegue quiere decirnos desde una actitud adulta: «¡Mira, ahí tienes ese mundo que te parecía tan peligroso! ¡No es más que un juego de niños, bueno apenas para tomárselo en broma!».
En un universo infantilizado como el que experimentamos actualmente, toda actitud que requiera observar la existencia desde la adultez será profundamente impopular.
Adultos que ríen y saben hacer reír, contradicen la esencia de este momento en que lo aceptable es permanecer en una eterna infancia quebradiza en la que incluso el arte debe protegernos y educarnos en el bien común, como si lo que antes fue un lugar para la transgresión y la duda, deba funcionar tan solo como un acogedor jardín de párvulos.
10
Hace algunos años volvieron a confundirme.
Acababa yo de dar una charla en un curso de verano. Cansado me acerqué al comedor para cenar y también releer El Lazarillo de Tormes como hago cada año.
Me detuve en la puerta; a mi lado se encontraba una autora que acababa de ganar un premio importantísimo con una novela muy seria en la que inmigrantes buenos, inocentes y desvalidos, son salvados del mal por una mujer europea que odia las injusticias. La saludé; imaginé que venía de participar en algún otro curso. Ella sonrió, con gran dulzura me dijo: «mesa para cuatro, por favor». Tardé en comprender lo que sucedía hasta que vi que, al igual que yo, los camareros del lugar eran todos latinoamericanos.
Obsequioso, le indiqué la mesa del fondo. «Siéntese allí, quite el cartel que dice reservado para las autoridades y arrójelo al suelo. La atenderemos de inmediato; no se pierda las croquetas».
Me marché al otro extremo del comedor; pedí una crema de verduras y un bocadillo de torreznos. Desolado comprobé que esa noche no había croquetas en el menú y comencé a leer El Lazarillo.
Me gustaron tanto las primeras páginas que pedí repetir los torreznos.