…y si es que son de justa literaria, procure vuesa merced llevar el segundo premio; que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona; el segundo se lo lleva la mera justicia; y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades. Pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero…
Quijote, XVIII, II parte.

1. Cervantes sin el Cervantes
En tiempos de Cervantes, al primero al que no le habrían dado el premio Cervantes habría sido al propio Cervantes. Baste examinar su vida de oscuro burócrata postergado, a quien las altas potestades de la corona negaban reconocimientos, o se los regateaban, los pleitos y procesos judiciales en que se vio involucrado, en desdoro suyo, las cárceles que sufrió, aun por asuntos policiales. Juan Goytisolo lo recuerda en su discurso de recepción del premio Cervantes del año 2012:
«¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?».
Y Álvaro Pombo, premio Cervantes 2024, declaró tras recibir la noticia de ser el ganador: «Cervantes no tuvo ningún premio. Es lo divertido del asunto. Le llevaron la segunda parte del Quijote, ese fue su premio. Estuvo en la cárcel, fue un pringado. Don Miguel de Cervantes y Saavedra fue un pringado genial, se diría ahora, fue un pobrecillo que solo tenía el talento, la gracia, el humor, el buen humor…».
Habría que sumar a esta condición, el brillo mayor de otros de sus contemporáneos en el teatro y la poesía, que eran los géneros áureos; y el olvido en que pronto cayó tras su muerte, a pesar del éxito de ventas y la popularidad de El Quijote, leído hasta por los pajes: «no hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote. unos le toman si otros le dejan; estos le embisten y aquellos le piden», dice el propio Cervantes de El Quijote en las páginas de El Quijote mismo.
No había premios literarios como tales en tiempos de Cervantes. Existieron en el siglo de Oro las justas literarias, con jurados y fiscales, que celebraban la poesía religiosa, pero en la lista de ganadores no hay ningún nombre conspicuo. Equivalentes a los premios son más bien los mecenazgos dispensados por los nobles, que se daban prestigio apoyando pecuniariamente a escritores y artistas, y dispensándoles protección y otros favores.
Para que un libro saliera de las imprentas se necesitaba de un poderoso por patrono, como quedaba expresado en las dedicatorias obsequiosas y pobladas de alabanzas que antecedían a los textos. En Cervantes, Santiago Muñoz Machado hace un recuento sustancioso de estos mecenazgos fallidos que buscó Cervantes.
Muy poca fortuna tuvo con los que quiso procurarse, a diferencia de sus contemporáneas, que lo adelantaban en fama y beneficios, tal Lope de Vega, que gozó de la generosa protección no de uno, sino de varios encumbrados, el Duque de Alba, el duque de Lerma, el duque de Lemos, el conde de Saldaña y el duque de Sessa, quien le pagó un entierro de gran lujo; en cambio de Cervantes, enterrado en la iglesia de las Trinitarias de Madrid, ni siquiera es posible identificar lo que queda de sus huesos.
Por su parte, Quevedo nunca fue descuidado en sus necesidades por el duque de Osuna y por el duque de Medinaceli, que lo premiaban con largueza; o Calderón de la Barca, favorecido por el duque de Olivares y el duque de Medina Torres. Estos patronos se sentían prestigiados con las dedicatorias que sus validos les hacían de sus libros, y sacaban réditos políticos a su inversión.
Cuando Cervantes publicó La Galatea en 1585, recién vuelto de su cautiverio en Argel, terminó dedicándola «al ilustre señor Ascanio Colonna, abad de Santa Sofía», poderoso clérigo de grandes influencias que al año siguiente sería elevado a cardenal, pero que no le correspondió en nada.
La primera parte de El Quijote, aparecida en 1605, la dedicó al duque de Béjar. Como estas dedicatorias debían ser aceptadas de previo por el homenajeado, el duque la rechazó al principio, hasta que Cervantes le solicitó leer un capítulo, y terminó dando su conformidad. No habrán sido muchos los beneficios, porque la segunda parte, aparecida en 1615, aparece dedicada al conde de Lemos.
Este conde de Lemos era muy buscado por los autores, a quienes atraía a su corte. En 1610, cuando fue nombrado virrey de Nápoles, mandó a hacer una lista de los escritores que quería llevarse consigo, Cervantes pujó por un puesto en la comitiva, se lo prometieron, pero al final no fue seleccionado, como lo dejara ver en El viaje del Parnaso, publicado en 1614:
Mucho espere, si mucho prometieron
Mas podía ser que ocupaciones nuevas
Les obligue a olvidar lo que dijeron…
Ramón León y Máinez, en su libro Cervantes y su época, de 1901, citado por Muñoz Machado, deja claro lo que el conde de Lemos significó en la vida de Cervantes:
«La protección del conde de Lemos a Cervantes fue impulsada por motivos de compasión, no se inspiró en los puros afectos de premiar méritos ni servicios. Obedeció más a lástima en sus desgracias que recompensa en las tareas de su ingenio…».
Nunca tuvo Cervantes una vida desahogada, libre de las premuras de la pobreza, y pese a la obsequiosidad de sus dedicatorias, sus presuntos mecenas fueron siempre cicateros. En el diálogo con «el primo», el erudito anónimo que aparece en la segunda parte, don Quijote comenta acerca de las dedicatorias de los libros a los grandes señores, entre los que no abundan los candidatos, «y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores…».
De donde sacamos que a la hora de escoger un premio Cervantes en el siglo de Oro, antes que el propio Cervantes hubieran tenido el galardón Lope de Vega, o Quevedo, o Calderón de la Barca. O Góngora.
2. Corona de lauros
Entre los escritores y los lauros ha estado siempre de por medio el poder, que desde la edad media solía coronar a los poetas que cantaban las glorias de la nación, o del estado, el Versificator Regis, con lo que su voz se convertía en oficial. Petrarca, que gozaba del mecenazgo pródigo de la familia Colonna, recibió la corona de laureles en 1341 por disposición del senado de Roma. Poeta laureado fue también Chaucer, a quien además, el rey Eduardo IV le otorgó en 1374 la gracia de recibir «un galón de vino diario por el resto de su vida».
A la llegada del romanticismo en España en el siglo XIX, la coronación de los poetas se convirtió en un fasto revestido de pompa y solemnidad. Eran iniciativas promovidas por los medios de comunicación, las asociaciones artísticas, y sobre todo, por los políticos del régimen de la restauración que buscaba lustres y legitimidad. La corona era el premio por la obra de una vida cuando esta llegaba a su ocaso.
Solemne fue la coronación de Manuel José Quintana en 1855, realizada dos años antes de su muerte en el salón de plenos del Palacio del Senado, y presidida por la reina Isabel II, quien puso la corona de laureles de oro en las sienes del poeta.
En 1889, José Zorrilla, declarado «poeta nacional», fue coronado en Granada en un acto multitudinario en el que recibió no una, sino 923 coronas de oro, plata y brillantes, que en las postrimerías de su vida tuvo que vender y empeñar para poder sobrevivir. Y Gaspar Núñez de Arce fue coronado el día de Reyes de 1894 como culminación de un banquete ofrecido por la Asociación de Escritores y Artistas.
En1899 se tramaba la coronación de Ramón de Campoamor, una costumbre para entonces ya caduca. La iniciativa provenía del Círculo de Bellas Artes, apoyada por doña Emilia Pardo Bazán y el ministro de Gracia y Justicia, Francisco Romero Robledo; Campoamor se escabulló del homenaje, y a ello se refiere Rubén Darío en España Contemporánea:
«Salgo de casa de Campoamor con una sensación de tristeza. Se trata de su coronación. Romero Robledo, al cerrarse la exposición de las obras de Casimiro Sainz -ese pobre artista que como Andrés Gill fue a parar a un manicomio- el célebre político ha iniciado la pintoresca apoteosis que han obtenido en este siglo Quintana, Zorrilla y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece que anteriormente en dos ocasiones se ha intentado esa espléndida humorada en acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos honores y se ha encerrado en su casa a pasar sus últimos años en la burguesa existencia de un rentista que padece de reumatismo…».
Lejos estaba de saber Darío que a su muerte en 1916, de regreso en su Nicaragua natal, su cadáver sería velado y paseado en andas descubiertas por las calles, vestido de peplo griego y una corona de laureles dorados ceñida a su cabeza.

3. Nobel sí, Nobel no.
El premio Nobel de Literatura se entregó por primera vez en 1901 al poeta francés Sully Prudhomme, y el quinto en recibirlo en 1905 fue el español José Echegaray, compartido con el poeta provenzal Frédéric Mistral; según la citación de la Academia sueca, «en reconocimiento a las numerosas y brillantes composiciones que, en una manera individual y original, han revivido las grandiosas tradiciones del drama español»; en 1922 lo recibiría Jacinto Benavente, de la generación del 98, «por la feliz manera en que ha continuado las tradiciones ilustres del drama español»; y en 1956 Juan Ramón Jiménez, el más joven de los poetas modernistas de esa misma generación, «por su poesía lírica, que en idioma español constituye un ejemplo de elevado espíritu y pureza artística».
En aquel año de 1905, cuando el Nobel apenas empezaba, no tenía la repercusión mundial de hoy día, cuando tras más de un siglo, podemos hacer cuentas de que faltan unos nombres y sobran otros, como en todas las listas de premios literarios.
Faltan nombres como los de Leon Tolstoi, Antón Chejov, Henrik Ibsen, Marcel Proust, James Joyce, Virginia Wolf, Fernando Pessoa, Vladimir Nabokov, y entre los de nuestra lengua, para mencionar sólo unos pocos, Rubén Darío, Benito Pérez Galdós, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges; hay otros que lo han recibido muy merecidamente, Thomas Mann, Luigi Pirandello, Eugene O’Neill, Herman Hesse, T.S. Elliot, William Faulkner, Ernest Hemingway, Albert Camus, Saint John Perse, Boris Pasternak, Joseph Brodsky, Yasunari Kabawata, Wisława Szymborska, José Saramago…; y, otra vez, entre los de nuestra lengua, para hablar de los más modernos, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa.
Como la posteridad no depende de los premios, circunstancia feliz para un autor, que puede ser pasajera, sino de que sea leído generación tras generación, en la lista del Nobel hay muchos caídos en el más completo olvido. Yo, al menos, lector empedernido, no sé quién es, por ejemplo, el italiano Giosuè Carducci, ni el alemán Rudolf Christoph Eucken, ni el sueco Verner von Heidenstam, ni el danés Henrik Pontoppidan, ni el polaco Władysław Reymont, ni la noruega Sigrid Undset.
Pero regresemos a don José Echegaray, que es de lo que quería hablar. ¿Echegaray, o por ejemplo, Pérez Galdós, el gran novelista español, que construyó todo un universo narrativo, creando un juego de espejos entre la vida pública y las vidas privadas? ¿O Rubén Darío, que había provocado toda una revolución en la lengua?
En 1953 le sería otorgado el premio Nobel a Winston Churchill, muy admirado por su papel en la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, y la citación de la Academia sueca apenas oculta las razones políticas detrás de la distinción: «por su dominio de las descripciones biográficas e históricas, así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados»
Echegaray, político de la restauración, ministro de Fomento y de Hacienda, fundador del Banco de España, ingeniero de caminos, catedrático de cálculo y de física matemática en la Universidad Central, era además dramaturgo, autor de 67 piezas teatrales, 34 de ellas en verso, algunas muy populares, denostadas por los jóvenes de la generación del 98, que veían en ellas una España encarnada en los valores del pasado.
En su libro de memorias Recuerdos, publicado en 1917, Echegaray confiesa que la pasión de su vida no era la literatura, por la que cual fue premiado, sino las matemáticas: «Las matemáticas fueron, y son, una de las grandes preocupaciones de mi vida; y si yo hubiera sido rico o lo fuera hoy, si no tuviera que ganar el pan de cada día, probablemente me hubiera marchado a una casa de campo y me hubiera dedicado exclusivamente al cultivo de las matemáticas. Ni más dramas, ni más adulterios, ni más suicidios, ni más duelos, ni más pasiones desencadenadas».
La concesión del Nobel a Echegaray provocó una virulenta reacción entre los modernistas de la generación del 98, quienes, al anunciarse un homenaje nacional al galardonado, hicieron público en diciembre de 1905 un «Manifiesto de los jóvenes escritores», firmado, entre otros, por Valle Inclán, Unamuno, Azorín, Ramiro de Maeztu, Antonio Y Manuel Machado, Pío Baroja, y el maestro de buena parte de ellos, Rubén Darío, firmó también.
A este respecto, escribe Darío en España contemporánea: «A don José Echegaray me presentó una noche Fernando Díaz de Mendoza. “Ustedes los americanos, me dijo, tienen instinto poético…”. La frase me supo agridulce… Pero ¡vaya si lo teníamos…! Tiempo después firmaba yo con los escritores y poetas de la famosa protesta contra el homenaje nacional a Echegaray. Mi inquina era excesiva… “Juventud, divino tesoro…”».
El manifiesto decía en una de sus partes:
«Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a Echegaray y se abroga la representación de toda la intelectualidad española. Nosotros, con derecho a ser incluidos en ella, y sin discutir ahora la personalidad literaria de José Echegaray, hacemos constar que nuestros ideales artísticos son otros y nuestras admiraciones muy distintas».
Los más beligerantes fueron Azorín, quien se refería al estilo literario de Echegaray como «hueco, enfático, palabrero y oratorio». Y, tras publicado el manifestó, escribía: «Y ese lirismo, esta exaltación, esta inconsciencia (que envía millares y millares de hombres a la muerte en las colonias, o que, sobre las tablas escénicas, produce bárbaros y absurdos asesinatos), esto es lo que encontramos en la obra del señor Echegaray. Precisamente esta exaltación y este lirismo es lo que se pretende conmemorar ahora, cuando ha pasado el Desastre, cuando vamos abriendo los ojos a la experiencia dolorosa y buscamos la reflexión fría y sencilla, la renuncia a todo lirismo, la observación minuciosa, exacta, prosaica de la realidad cotidiana».
Valle Inclán, por su parte, ácido e hiriente, no dejaba de zaherir a Echegaray, y son varias las anécdotas que se cuentan. Con intenciones aviesas no se perdía ninguna de las representaciones teatrales, y en una de ellas, cuando una de las personas decía: «Es una mujer con nervios de acero bajo una piel de seda», él, desde la platea exclamó a voz en grito: «¡Eso no es una mujer, es un paraguas!».
4. Los Cervantes que no fueron
El Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, creado por el gobierno de España, y discernido por un jurado en que se hayan representadas diversas instituciones culturales, fue convocado por primera vez en 1976 y otorgado ese año al poeta Jorge Guillén, quien fue parte de la generación del 27, junto con Federico García Lorca, Pedro Salinas, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, o Vicente Aleixandre, quien recibió el premio Nobel de Literatura al año siguiente. Dámaso Alonso, miembro también de esa generación, obtendría el Cervantes en 1978, lo mismo que Gerardo Diego en 1979, compartido con Jorge Luis Borges.

Desde la creación del premio Cervantes opera una regla no escrita de otorgarlo de manera alterna, un año para un escritor español, la otra para un escritor latinoamericano, y que se sigue cumpliendo, aunque a veces se rompe; tema que abre una discusión permanente acerca de la justicia en el balance. El otro reparo tiene que ver con la evidente minoría de mujeres en la lista de ganadores, apenas cinco a lo largo de casi cuarenta años.
El desbalance geográfico, y la escasez de mujeres, puede ayudar a explicar las ausencias en la lista de premiados, aunque no en su totalidad. Hay faltas señaladas, pero debe decirse también que, tratándose de un premio concedido de manera anual, cuando figuran cada vez diversos candidatos, necesariamente van quedándose fuera nombres importantes.
Y hay un desbalance geográfico no sólo entre España y América Latina, sino también respecto a países, vistos de manera individual. Nunca ha caído el premio en los que, por coincidencia, tienen poco público lector, y una casi nula industria editorial, o son pequeños en términos geográficos, como es el caso de la mayoría de los centroamericanos, o de Bolivia o Ecuador.
Lo digo con conocimiento de causa, porque provengo de uno de esos países marginales y pequeños, y no deja de recordarse que soy el único escritor centroamericano que ha ganado el premio Cervantes, una región de una gran riqueza literaria pero infortunadamente desconocida, tanto de cara a España como a la misma América Latina.
Pero no se trata de reclamar ni equidad geográfica ni paridad de género por encima de la excelencia cuando se premia la obra de una vida consagrada a la literatura, sino de abrir la mirada hacia todos los lados para ampliar las oportunidades de reconocimiento tratándose de un premio de esta magnitud.
El Cervantes está considerado el premio más importante de la lengua, aunque haya otros que lo superan en monto. Premia, además, la labor de una vida, lo que hace que se conceda a escritores de mayor edad, una media superior a los setenta años, lo cual viene a confirmar aquello de que los premios literarios son el consuelo de los viejos; los más jóvenes han sido Carlos Fuentes, que tenía 57 años cuando le fue otorgado en 1987, y Mario Vargas Llosa, que lo recibió a los 58 años, en 1994.
En la lista de los premios Cervantes deberían estar, sin duda, Gabriel García Márquez y Julián Marías, pero ambos se negaron reiteradamente a figurar como candidatos; García Márquez porque decidió que después de ganar el Nobel no aceptaría ningún otor premio; y Marías anunció su rechazo anticipado al premio de serle concedido.
Otro que lo rechazó, pero terminó aceptándolo años después, fue Juan Goytisolo. «Estoy dispuesto a firmarlo ante notario: no pienso aceptar el Premio Cervantes nunca», declaró en 2001, a raíz de la concesión del premio el año anterior a Francisco Umbral: «No soy ningún bien nacional ni estoy dispuesto a admitir ningún premio nacional. Quien piense que escribí esa crítica para que me lo dieran a mí, es que no me conoce ni conoce mi obra».
De manera que, fuera de los dos primeramente mencionados, hablaré de los escritores ya fallecidos, cuya ausencia es tan notable que pueden formar, todos ellos, una conspicua lista de los No-Cervantes, aunque habrá otros, por supuesto, fuera de los ya dichos, con lo que se trata de una lista abierta a las opiniones:
El primero en falta es Juan Rulfo (1917-1986), un clásico de nuestras letras en todos los sentidos, autor de dos obras maestras que transformaron las formas de confrontar la realidad latinoamericana, haciendo que quedará atrás el lenguaje vernáculo: el libro de cuentos El llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955).
En igual importancia coloco a Julio Cortázar (1914-1984), cuya novela Rayuela (1963) rompió los moldes de la escritura en nuestro idioma y representó un catecismo de rebeldía para toda una generación. Un clásico también, no solo por sus novelas, en las que establece un juego permanente con el lector, sino por la maestría de sus cuentos, empezando por Bestiario (1951).
Silvina Ocampo (1903-1993), una de las más importantes escritoras argentinas, autora de ocho libros de cuentos, de Viaje olvidado (1937) a Las repeticiones (2006); de las novelas La torre sin fin (1986) y La promesa (2011), escribió también al alimón con su esposo, Adolfo Bioy Casares, otra novela, Los que aman, odian (1946). Él recibió el premio Cervantes en 1990, y ella quedó injustamente postergada bajo su sombra.
Idea Villarino (1920-2009), una de las grandes escritoras de Uruguay y de nuestra lengua, autora de numerosos libros de poemas, de La suplicante (1945) a Canciones (1993). Tuvo una dilatada relación amorosa con el novelista Juan Carlos Onetti, premio Cervantes en 1980, y se la conoce más, con poca justicia, por esta relación, que es uno de los motivos de su poesía.
Augusto Monterroso (1921-2003), escritor guatemalteco, exiliado de por vida en México. Maestro de la ironía, hizo del cuento todo un arte de esmerada precisión, lo que lo convierte en un clásico del género; entre sus libros más destacados figuran Obras completas (y otros cuentos) (1959) y La oveja negra y demás fábulas (1969).
José Donoso (1924-1996), el novelista chileno doblemente postergado, porque no termina de caber en la historia literaria como integrante del boom, y tampoco recibió el Cervantes. Sus novelas, sin embargo, se alzan por sí solas como ejemplo de originalidad creativa y dedicación al oficio, entre ellas Coronación (1957), El lugar sin límites (1966) y El obsceno pájaro de la noche (1970).
Ernesto Cardenal (1925-2020), el poeta y sacerdote nicaragüense que abrió nuevos caminos a la poesía en nuestro idioma, acercándola a la prosa narrativa, capaz de versificar la historia y los hechos contemporáneos; toda una copiosa gran aventura con las palabras que comienza con Hora 0 (1957), se extiende por El estrecho dudoso (1966), el Canto Nacional (1973), y va dar a El cántico cósmico (1989) y toda su poesía subsiguiente que es una exploración mística del universo.
Rosario Castellanos (1925-1974), la notable escritora mexicana dejada a la vera del panteón masculino. Poeta y narradora, sus novelas Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962) exploran con lucidez y magia la realidad de Chiapas, su estado natal, donde las estructuras feudales siguen pesando sobre las poblaciones indígenas marginadas.
Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), escritor peruano que vivió largo tiempo en Francia, es uno de los cuentistas claves de la literatura latinoamericana, autor de al menos diez libros de cuentos de sostenida calidad narrativa, de Los gallinazos sin plumas (1955), a La palabra del mundo (1973), a Sólo para fumadores (1987).
Manuel Puig (1932-1990), el gran cronista argentino de la vida provinciana y de la pequeña burguesía, sus novelas de costumbres abren un panorama irrepetible que da categoría literaria al folletín romántico, las revistas de modas y las telenovelas y por supuesto al cine, una de las pasiones de su vida: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969), El beso de la mujer araña (1976), Pubis angelical (1979), o Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980).
Alejandra Pizarnik (1933-1972), en la tradición de los «poetas malditos», se suicidó en Buenos Aires mientras pasaba por un tratamiento psiquiátrico. Su poesía, hermética y desconcertante, rompe las formas tradicionales y se acerca a veces al diario íntimo, y en ella plasma sus incertidumbres y obsesiones. Publicó siete poemarios, entre ellos La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971).
Tomás Eloy Martínez (1934-2010) fue a la par un novelista que volvió a inventar la historia argentina transformando la realidad en ficción, tal en La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995); y un periodista que elevó la crónica a la más alta categoría literaria, como en La pasión según Trelew (1974) y Lugar común la muerte (1979).
Y cierro esta lista provisional con Rafael Chirbes (1949-2015), el escritor español sin par que trabajó cuidosamente las palabras buceándolas en la oscuridad de su obsesión por la perfección inalcanzable, como lo prueban sus espléndidas novelas, para solo mencionar las últimas. Crematorio (2007), En la orilla (2013), París-Austerlitz (2016), además de sus diarios A ratos perdidos publicados póstumamente entre 2021 y 2023.