«Que un médico procedente de Praga y que va dando vueltas (o, mejor, tumbos) por el mundo se llame Josef K. implica algo tan transparente que, por respeto al lector, no desarrollaré, pero sí es necesario explicar que el tinte general de la narración, sin ser exactamente kafkiano ni en el estilo ni en el argumento, sí trae esa deliberada indeterminación, un montón de preguntas implícitas que no se resuelven. ¿Quién es Kronz?, ¿por qué salió de su país?, ¿qué es lo que le mueve?, ¿a dónde va?»

POR JUAN MARQUÉS

El escritor Javier Vásconez en Madrid. Fuente: wikicommons.

1. Nostalgia de la niebla

En los veinticinco años que llevo leyendo de un modo más o menos «profesional» y autorizado (durante los diez anteriores lo hice únicamente de una forma gozosa, instintiva, hedonista, omnívora, inconsciente: espero que ese tiempo vuelva y, de un modo circular, pueda acabar mi vida chapoteando en las novelas de Stephen King o, por lo menos, poder releer a Pío Baroja sin tomar ya más notas, sin «utilidad», sin mentalidad laboral…) han sucedido muchas cosas allá fuera, en esos sitios donde se condiciona o incluso se decide el modo en el que un tiempo escribe su literatura, pero creo que la más clara y la más condicionante ha sido que hemos asistido, o estamos asistiendo, a un paulatino desprestigio de la ficción, tan sigiloso y lento que casi parece que se haga de un modo deliberado, por disimulado.

Las razones de que haya ocurrido algo así pueden ser tan numerosas como las evidencias de que de hecho ha sucedido, e incluso muchos de los autores que hace todavía poco tiempo observaban con alarma ese fenómeno y deploraban el deslizamiento general hacia la literatura de testimonio, en detrimento de la pura imaginación, ya parecen haberse resignado y se están pasando tímida o decididamente hacia el uso de una primera persona que, en distintos grados o con diferentes velos, coincide con la «real» de quien escribe.

A mí todo esto no me preocupa de ningún modo, pues también las modas y las tendencias producen obras maestras, pero es verdad que, ahora que he tenido que releer El viajero de Praga para la celebración de sus primeros treinta años de existencia, uno siente cierto pinchazo de nostalgia por ese tiempo literario en el que crecí, esos años noventa en los que la narrativa estaba todavía protagonizada muy a menudo por esa niebla distorsionadora de las estaciones de tren, las pensiones baratas, los problemas en las aduanas, los sombreros bien calados, los peligros tan imprecisos como ciertos, los wiskis en las últimas tabernas, las mujeres enigmáticas, los callejones mal iluminados y ese vagabundeo que no tenía tanto de espionaje o de misión secreta como de falta de calor, de ausencia de vocación o de sentido, de mala conciencia general o de sensación fundamental de fracaso, de inexistencia de un destino verdadero. El quijotesco epígrafe que Antonio Muñoz Molina puso en 1989 al frente de Beltenebros (una novela comparable en bastantes detalles panorámicos y «espirituales» a El viajero de Praga) era realmente revelador del espíritu de aquellas narraciones: «unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién».

Era un tipo de novela en la que casi siempre hace frío, una variante narrativa muy influida por el cine clásico protagonizado por investigadores cansados (esa ascendencia era excesiva hasta lo asfixiante, en algunos casos) que ya para entonces, cuando yo me incorporé a leerla, estaba dando muestras de agotamiento, de final, con lo cual a su aire ya de por sí epilogal, decadente, melancólico… se añadía la evidencia de su declive. Hubo intentos de renovarla, de sacar ese género de la modernidad y traerlo hasta lo contemporáneo (con resultados a veces magníficos, como Los detectives salvajes de Roberto Bolaño) o tozudos y poco considerables empeños en prolongarla (como la serie del agente mercenario Lorenzo Falcó, de Arturo Pérez Reverte), pero a día de hoy se hace evidente la poca estima, o al menos la escasa atracción, que los nuevos lectores (y quizá, sobre todo, las nuevas lectoras) tienen por todas esas brumas, todas esas misiones, todas esas pesquisas.

No es un género muerto, y siento que algún día se publicará alguna gran novela que constituya todo un homenaje a estos detectives otoñales, silenciosos, atormentados…, pero a la altura de 2026 es desde luego una vía narrativa en suspenso, marginal, a la espera de nuevos acontecimientos. Es algo que se lee en El viajero de Praga: «El mundo no desea cambios. Sólo cambia quien es capaz de creer en la imaginación».

2. Una celebración

Hace pocas semanas, en junio de este 2026, el escritor Javier Vásconez (Quito, Ecuador, 1946) alcanzó felizmente los ochenta años de edad, lo cual quiere decir que estaba a punto de cumplir los cincuenta en aquel marzo de 1996 en el que, según el colofón de aquella edición inaugural, se tiraron los primeros dos mil ejemplares desde la oficina mexicana de la editorial Alfaguara.

No pretendo decir una palabra sobre mí, pero como en el universo literario de Vásconez el azar y lo que Paul Auster llamaba «las rimas de la vida» es algo que cuenta bastante, aunque de un modo descreído, desapasionado, con magia pero tal vez sin color…, no puedo no contar que desde noviembre de 2025 ando haciendo algunos turnos en una librería de segunda mano del barrio madrileño de Argüelles, y que justo pocas horas antes de que tuviera yo que subirme a un avión para poder asistir a la celebración de los treinta años de la publicación de El viajero de Praga en el literalmente maravilloso Museo del Alabado de Quito, un señor de aspecto «vasconeziano», con pinta de haber vivido mucho y que se está desprendiendo de su buena biblioteca no de golpe sino trayéndonos cuatro o seis libros cada día (libros que comenta pormenorizadamente mientras va dejándolos caer sobre el mostrador, como despidiéndose con respeto y de forma personal de cada uno de ellos), me dejó allí esa primera edición mexicana de El viajero de Praga (que yo todavía no tenía y que fue, por supuesto, la que al día siguiente, entre amigos y embajadores, me dedicó Vásconez al otro lado del Atlántico).

¿Y qué hacía yo allí?, ¿qué pintaba yo en ese agradabilísimo patio ecuatoriano repleto de amigos, de lectoras, de diplomáticos? Yo mismo necesitaría intentar entenderlo.

Todo empezó para mí hace diez años, cuando Pre-Textos publicó Hoteles del silencio. Leí aquella novela con enorme placer y, cuando comenté al editor Manuel Borrás cuánto me había gustado, él me dijo que sí, que muy buena, pero que la realmente extraordinaria era la que Pre-Textos iba a publicar poco después, que era, claro, el rescate de El viajero de Praga. Para cuando el 2 de noviembre de 2017 apareció aquella nueva edición española en la colección de «Narrativa Contemporánea» de Pre-Textos, con un soberbio prólogo del escritor mexicano Juan Villoro (que a pesar de su relativa brevedad es, hasta donde yo sé, la mejor glosa que se ha hecho de la novela), yo ya había ido acopiando otros libros de Vásconez, cuentos y novelas breves que a veces me llegaban en tristes pero bienvenidas fotocopias, y ya me iba familiarizando y fascinando con el mundo narrativo del autor, reconociendo a esos personajes saltarines que pasan, como por galerías secretas, de una novela a otra, creándose con ello no tanto una trayectoria o una línea como una especie de mapa. Es ése un plano que contiene Quito, y el amplio campo ecuatoriano, y Londres, y Barcelona, y por supuesto Praga…, pero que no es el mapa real de nuestro mundo ni el de ninguno de esos lugares, sino algo así como el «escaneo» o el volcado a texto del complejo entramado de criaturas, espacios, tiempos y situaciones que conforman la obra de don Javier (la cual, de verdad, debería ser considerada por algún futuro jurado del Premio Miguel de Cervantes para otorgar así el primero de esos altos reconocimientos a la literatura de Ecuador).

Algo debí de escribir sobre esa reedición porque poco tiempo después fui yo quien tuvo la bonita oportunidad de prologar una antología de cuentos de Vásconez, Casi de noche, y quien corrigió las poquísimas cosas que había que enmendar en la que en mi opinión es otra obra maestra, El coleccionista de sombras, un ejemplo de balance vital indirecto en el que el insomne narrador, con algo casi de vampiro, se sumergía por un lado en su propia memoria cosmopolita y, por otro, merodeaba los suburbios de Quito en busca de ambientes ambiguos, malsanos, viciosos…, descendiendo a sus infiernos particulares al mismo tiempo que buceaba en una narcotizada y enfermiza lujuria social.

y 3. Una relectura

Quien se haya asomado recientemente a Barcelona sonreirá al leer hacia la mitad de El viajero de Praga que alguien, al llegar el doctor Josef Kronk a la capital catalana, le dice que «Esta ciudad era linda. El turismo se ha encargado de joderla…». Que eso se publicase ya en 1996 (y probablemente se escribiera algo antes) es el único detalle que se ha vuelto divertido en una novela en la que, sin exageraciones, sin teatralidad, el tono es de una clara amargura, de un hastío que lo contamina todo. Lo decía con exactitud Juan Villoro en su introducción a la edición de Pre-Textos: «Es posible que Kronz sea un disidente del socialismo checo; lo decisivo es que se trata de un disidente existencial».

Que un médico procedente de Praga y que va dando vueltas (o, mejor, tumbos) por el mundo se llame Josef K. implica algo tan transparente que, por respeto al lector, no desarrollaré, pero sí es necesario explicar que el tinte general de la narración, sin ser exactamente kafkiano ni en el estilo ni en el argumento, sí trae esa deliberada indeterminación, un montón de preguntas implícitas que no se resuelven. ¿Quién es Kronz?, ¿por qué salió de su país?, ¿qué es lo que le mueve?, ¿a dónde va?… A veces esas preguntas no son retóricas y no se las hace el lector, sino que se las hace la propia novela o, mejor, el mismo personaje: «¿El mundo era un hotel? ¿Cómo es que había lugar para gentes como él?…».

«El vacío había llegado a ser una forma de vivir», leemos, y también que «quizás eso era la vida: una flor pisoteada sobre el asfalto». Pero al margen de lo mucho que se cuenta y de lo muchísimo que se omite, defendería que la mayor parte de los hechos que suceden en esta novela suceden en el interior de Kronz, y que sin eso no habría texto: las peripecias que le van ocurriendo (y que, como sucede tantas veces en este tipo de novelas, son circunstancias sobrevenidas, aprietos o compromisos más o menos peligrosos en los que sin comerlo ni beberlo se ve envuelto el protagonista, que no es un comisario ni un policía ni un espía ni un detective, sino más bien un experimentado pero a la vez desprevenido incauto, un hombre con mucha personalidad pero tal vez sin el suficiente carácter como para sublevarse ante lo que le va ocurriendo y darle la espalda) justifican probablemente la novela, pero la novela no es eso, y es mucho más psicológica que de acción. Quiero decir que el éxito de El viajero de Praga descansa en la criatura y no en la trama. Una posible sinopsis debería dar cuenta del deambular, desde luego, y tal vez del misterioso pasado de Kronz (hijo de un viajante de comercio y de una actriz de cierta relevancia), pero no es posible explicar esta novela sin comenzar diciendo que lo que se extiende ante nosotros aquí es, ante todo, un alma, que asistimos al despliegue de una conciencia mucho más que a una sucesión de hechos. Esa es la fenomenal ventaja de una novela sobre una película: aquí nos desplazamos por el interior.

Tanto es así que también los encuentros del doctor Kronz con diferentes personajes secundarios, dando lugar a conversaciones llenas de sobrentendidos, incluso entre personas que se acaban de conocer, sirven sobre todo para indagar en ese pasado, más el de la infancia y la familia que el del exilio. Se insinúan muchas cosas pero se aclaran pocas, y la impresión que por tanto ha de extraer el lector es que Kronz es un hombre con una experiencia vital tan larga como complicada, basada en la certeza de que «hacen daño las cosas inacabadas» o de que «en toda ciudad hay siempre una estación donde ir a refugiarse». Ha pasado por peligros y disgustos que le han marcado y le condicionan, pero aunque no deja de rumiarlos, y se nota, no quiere hablar de ello, le gustaría poder borrarlo y es trágicamente consciente de que sólo con la muerte se liberará.

Cuando se pasa de lo psicológico a lo físico (o, como diría un profesor, de la prosopografía a la etopeya), la temperatura textual no se modifica, y seguimos en el territorio de una mesurada distorsión que ayuda a entender el espíritu global del asunto: «Ambos tenían el cabello del mismo color, de un amarillo oxidado como el que se encuentra al fondo de los radiadores, pues no era el rubio normal sino un color de muerte y descomposición». En otro momento, ante otro personaje fugaz, se incurre más en algo ya cercano al esperpento, «un hombre con rostro anal y desconfiado que tenía ojillos de rata y la piel cruzada de venas azuladas».

Aunque «los milagros no abundan cuando uno espera», es a ese lánguido ejercicio de aguardar no se sabe qué a lo que esencialmente se dedica Kronz, y eso es así en todos sus destinos: tanto en Quito, como en Manta, como al remontarse a la época de Londres, como al arribar a Barcelona, movimientos frecuentes que justifican el título y que emparentan a Kronz con su creador, pues Vásconez también tuvo una infancia y una juventud llena de maletas que pasaron por Pamplona o por París. Envuelto en «las formas indecibles de la noche», pero con la sensación constante de «una moderada eternidad».

Y ese sintagma, «una moderada eternidad», es algo que nos sirve también para pensar en el propio libro, que cumple ahora sus primeros treinta años de un recorrido infinito, los primeros treinta escalones de una escalera sin final y que acumula significados conforme cambia el calendario y se renuevan las sensibilidades y los lectores, y que se suman a nuevos interrogantes, silencios o desafíos, así como a la evidencia de que El viajero de Praga ha de quedar como una de las mejores novelas de su tiempo, todo un ejemplo sereno pero suntuoso de un modo que hubo de escribir y de leer, y que alguna vez, hace ya mucho, fue el que nos marcó, el que nos transformó, y también el más rico y el más nuestro.

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