Este éxito, además, se consigue sorteando una de las limitaciones de la historia como disciplina que trata de averiguar principios o legalidades que expliquen los hechos pasados de manera que permitan anticipar sucesos futuros. Normalmente, en su búsqueda de esa inteligibilidad, los historiadores deben recurrir a construcciones unidimensionales de sus actores cuando abordan acontecimientos específicos: suelen suponer la persistencia y coherencia de las intenciones y acciones de los individuos. Esta constancia, esta homogeneidad, puede ser dejada de lado por el novelista que, a cambio, es capaz de tomar en cuenta las dudas, los titubeos o las contradicciones de los personajes que retrata sin esperar resolver la discontinuidad, la escansión, en una totalidad armada, en una síntesis final que recogiera lo desperdigado. Las vacilaciones de Robespierre, sus oscilaciones, sus ambivalencias y ambigüedades, hasta sus enfermedades e indisposiciones, parecen armonizar mejor con la pluralidad de testimonios y fuentes documentales que los relatos que optan por ignorar aquello que pueda desmentir una imagen psicológica robusta y pétrea, una identidad ideal ajena a cualquier alteración fisiológica siempre subsidiaria.

¿Estos rendimientos teóricos abonarían la tesis de que la historia no debería ser otra cosa que una ficción dotada de unas reglas de construcción singulares? ¿Un género literario más, como algunos apresurados lectores de Derrida sostienen que sería el caso de la filosofía o, en general, de cualquier saber? Si el uso de la narrativa puede suministrar beneficios a la vez que permite evadirse de restricciones académicas o científicas quizás opresivas o estériles, aunque difícilmente pueda utilizarse en dominios tales como la historia económica, la de las culturas o la de las poblaciones ¿no se estaría ante la conversión de la historia política o la biografía en una suerte de rama de la literatura? Y al hacerlo así, ¿no se estaría renunciando a la posibilidad del control de las hipótesis, a la verificación de los datos o la falsabilidad de los modelos descriptivos por la comunidad de investigadores y devolviendo un amplio territorio de la disciplina a los brazos de un relativismo perspectivista apoyado en el principio de verosimilitud de la narración para el que todo valdría?

La conjura de ese riesgo no es sencilla, pero podría tener algo que ver no sólo con el análisis de la autocomprensión de la propia metodología de los historiadores sino también con no resignarse a una pura descripción de «lo literario» como ajeno al conocimiento o mera opinión: como retórica y ornamento, ficción o dicción, eximida de cualquier contacto, confrontación o interacción con las diversas formas de conocimiento estructuradas por nuestras sociedades, como imperio cuyas reglas de evaluación no tendrían nada que ver con la veracidad, falsedad o plausibilidad de sus aserciones. Si se rescatara su vertiente cognoscitiva, con las debidas cautelas y matices, tal vez este deslizamiento no se viviría como la amenaza de una devaluación epistemológica de ciertos campos de la disciplina histórica sino como una estrategia para aproximarse a una descripción polimorfa de los actores históricos: más como una posibilidad ensanchada de comprensión a explorar que como una trágica pérdida de rigor científico.

De los textos literarios no están ausentes las pretensiones de verdad. No siempre, ni de la misma manera ni con igual intensidad pero sí en muchos, de distintas maneras y con diferente vigor. Y en algunos, como Robespierre, la crítica no debería pasarlo por alto. La valoración de su calidad literaria ha de incluir, al menos, la pertinencia y corrección de su reconstrucción, sus hipótesis de partida, la concordancia entre éstas y aquélla y la legitimidad de sus conclusiones y, en ese sentido, no debe hurtarla del debate de las objeciones que puedan presentarse a sus aseveraciones. Una crítica que no avanzara más allá del estilo, la trama o el diseño psicológico de los protagonistas no haría justicia al texto al procesarlo desde una concepción muy estrecha y roma del «hecho literario». De ahí que no fuera inadecuado compararlo con la biografía de Peter McPhee, que por la misma época vio su traducción castellana, como hicieron críticos en El País (21/11/2012) o ABC (26/11/2012), y menos todavía que en el contenido de la crítica cupiera discutir cuestiones fundamentales que afectan a la enmienda a la totalidad que García Sánchez realiza a la mayor parte de la historiografía que levantó, durante el xix, una edificación mentirosa tomando como piedra angular la famosa frase de Michelet: «París se volvió alegre». El novelista reconoce que, para los estratos burgueses y aristocráticos, la ejecución de los dirigentes jacobinos fue un motivo de alivio e incluso de alegría como confirman las fuentes de la época. Pero considera que para los grupos más desfavorecidos, el proletariado y los sans-culottes, fue una tragedia en toda regla, que se vivió como tal y que fue el preludio de una serie de derrotas que se vivirían durante el siglo xix (las revoluciones de 1848 y 1870) y se prolongarían hasta el xx: en el París posterior al 9 de termidor sólo hubo festejo y celebración para los burgueses de «la llanura» (que ocupaban el centro físico de la Convención y, también, el político), el clero y los monárquicos. Para las clases bajas fueron días de tristeza o, cuando menos, de decepción y pesadumbre y también de miedo ante el asomo de la contrarrevolución. En sus palabras: «A una semana escasa de su ejecución pública, el Pueblo ya añoraba a Robespierre» (p. 866). El problema es que, aquí, su ficción no resulta tan demoledoramente persuasiva como en otros momentos.

La línea que traza entre las masas empobrecidas de 1789, 1848, 1870, el siglo xx y la actualidad subyace a su rechazo del veredicto de Michelet y, por extensión, de todos aquellos historiadores que tomaron su testimonio como punto de arranque: los jacobinos no habían perdido el apoyo popular. En cierto modo, eran su vanguardia y sus más firmes defensores. Pero esta construcción dista mucho de estar tan clara como él la presenta. De hecho, las diversas escuelas marxistas no reclamaron unánime e inequívocamente la herencia de la Revolución Francesa. Aunque Engels apuntó en 1845 que la caída de Robespierre fue el reflejo del triunfo de la burguesía sobre el proletariado[2], Marx, al analizar la revolución de 1848, alineaba la de 1789 más con la inglesa de 1648 que con aquélla[3]. En general, no sería descabellado sostener que, durante el siglo xix, en el movimiento marxista prevaleció la interpretación de que fue una revolución burguesa bien diferente de los fallidos intentos ulteriores de las Comunas. Esta suerte cambiaría, por contra, con el advenimiento del nuevo siglo. Ya en 1899 Jan ten Brink hablaba del «Terror Rojo» de Robespierre y Lenin utilizó con profusión el término en sus primeros escritos[4]. Una progresiva vinculación entre los revolucionarios marxistas y los jacobinos se estableció tanto desde el lado de los pensadores conservadores, que establecían paralelismos para alertar del peligro de los partidos socialistas, como desde la izquierda marxista que, deseosa de suprimir cualquier posible rivalidad en el terreno de la transformación social, intentó fundamentar la universalidad del proyecto comunista releyendo la mayoría de las insurrecciones antiguas y modernas (como la de los gladiadores y esclavos de Espartaco o la de los campesinos de Müntzer y, evidentemente, las francesas de los siglos XVIII y XIX) como anticipaciones de la revolución proletaria. Esta tendencia se fortaleció con el triunfo de los bolcheviques. Su necesidad de conjurar violentamente el peligro de la contrarrevolución «blanca» –o su propia dinámica totalitaria– condujeron a una práctica represiva política y policial que adoptó, institucionalmente, el concepto de «Terror», de inequívocas resonancias jacobinas, hasta el extremo de que hasta la Cheká incluso emitió, el 5 de septiembre de 1918, un decreto cuyo título establecía con nitidez su especificidad: «Acerca del terror rojo». Esta adopción de la terminología revolucionaria francesa se combinó con el constante uso de analogías de los que especialmente Trotsky se sirvió durante los primeros años del régimen soviético. En 1920 teorizó con detalle el «terror rojo»: lo caracterizó como la continuación de la «insurrección armada», lo distinguió del «terror blanco» y situó sus antecedentes en el Comité de Salud Pública (Terrorismo y comunismo). Esta estrategia más retórica que conceptual, con el paso de los años se agudizó y puede decirse que, de alguna manera, siguió el esquema nietzscheano del concepto como metáfora gastada: de ser un recurso pasó a convertirse en un auténtico modelo descriptivo que, por ejemplo, emplearía para describir el triunfo estalinista como «El Termidor soviético» a despecho de la distancia histórica, en el capítulo v de su obra fundamental La Revolución traicionada (1937):

«Hemos definido al Termidor soviético como la victoria de la burocracia sobre las masas […]. El cansancio de las masas y la desmoralización de los cuadros contribuyeron también en el siglo XVIII a la victoria de los termidorianos sobre los jacobinos. Pero bajo estos fenómenos, en realidad temporales, se realizaba un proceso orgánico más profundo. Los jacobinos estaban apoyados por las capas inferiores de la pequeña burguesía, alzadas por la poderosa corriente, y como la revolución del siglo XVIII respondía al desarrollo de las fuerzas productivas, no podía menos que llevar al fin y al cabo a la gran burguesía al poder»[5].