
ADVERTENCIA: Este artículo habla de algunos sitios relacionados con los libros y parte de la convicción de que toda ciudad es un palimpsesto: de la gente que ha vivido en ella, pero también de las historias que se han contado sobre ella. Es inevitablemente arbitrario. Otro, y seguramente yo cualquier otro día, escogería lugares distintos. Escribo en Madrid, y hablaré más, aunque no exclusivamente, de esa ciudad. La primera A que se me ocurre es la de la estación de Atocha, aunque las primeras primeras veces que recuerdo llegar fue a la estación de Chamartín (las dos estaciones ahora llevan incorporado el nombre de escritoras). Durante mucho tiempo, cada vez que pasaba por allí pensaba en el atentado de 2004.
BAROJA: El primer escritor sobre Madrid que recuerdo leer, antes de conocer la ciudad. Las primeras novelas madrileñas suyas que leí fueron Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox y Paradox rey. Después, la trilogía de La lucha por la vida. Leí esos libros en La Iglesuela del Cid, un pueblo de Teruel de quinientos habitantes, a finales de los noventa. Siete u ocho años más tarde, cuando Jonás Trueba y yo escribíamos el guion de Todas las canciones hablan de mí, que sería su primera película, pensábamos en la estructura episódica de algunas novelas de Baroja. Hacía poco había salido el libro Hablar el guion, un ensayo de Bernardo Sánchez sobre Rafael Azcona. El método de trabajo era charlar de cosas, a veces de la película y a veces de otros asuntos. Las ideas no se apuntaban porque ese procedimiento era una trampa. Azcona pensaba que, si una idea era importante, te acordabas de ella. Trueba adaptó el método de «andar el guion»: íbamos caminando a buen ritmo mientras imaginábamos la película.
CONGET: José María Conget es un escritor de ciudades. Ignacio Martínez de Pisón ha escrito que enseñó a una generación que una ciudad de provincias era también material literario (esto es algo evidente, pero hay que repetirlo de vez en cuando, porque, como decía André Gide, nadie escucha). Ha escrito de muchos otros sitios: en la Trilogía de Zabala Lima es un espacio importante, su novela Todas las mujeres transcurre en buena parte en Londres, ha escrito sobre Nueva York y París y la capital británica en Pont de L’Alma. En Una cita con Borges, Nueva York volvía a ser uno de los escenarios; hablaba del tiempo en que la gente le encontraba un inquietante parecido con Salman Rushdie. Sevilla, el escenario de su novela Cenas de amigos, es otra de las ciudades de su literatura y de su vida. De allí es otro excelente escritor, secretario de la sociedad secreta de los «congetianos», Juan Bonilla. Conget vive cerca de un escenario de otra novela sevillana mítica: Canijo, de Fernando Mansilla.
DOCTOR ESQUERDO: Donde tenía su casa Carmen Martín Gaite, y donde imagino que transcurre, en una noche de tormenta, El cuarto de atrás, con una visita de un extraño que desata una reflexión sobre la memoria, la educación y la creación literaria. En ese piso Martín Gaite recibió también a un joven Arcadi Espada, que le había escrito tras leer Ritmo lento. «Interlocutores como tú, inesperados, son los que siempre busco», le había respondido ella. En Vida de Arcadio, Espada cuenta que lo invitó a tomar un caldo. Luego, cuando él le mandó un cuento, ella le contestó diciendo que el relato le «había satisfecho poco»; también: «Creo que acabarás escribiendo muy bien. La crítica te la hago por la obra en sí, olvidando la edad que tienes, ¿entiendes?, porque lo contrario me parecería un menosprecio».
EDIFICIO ESPAÑA: Era donde vivía alquilado Félix Romeo cuando trabajaba en Televisión Española, en el programa cultural La Mandrágora, que echaban en La 2. Dibujos animados, la primera novela de Félix, transcurría en la Zaragoza de los setenta y primeros ochenta. Discothèque mostraba una Zaragoza posmoderna y algo lumpen. Amarillo transcurría en la Zaragoza y la Barcelona de finales de los ochenta y primeros de los noventa: en la capital catalana se había suicidado, en febrero de 1992, el escritor Chusé Izuel, el protagonista. Noche de los enamorados, como Amarillo, era un libro de no ficción. Publicado póstumamente, se trataba de una investigación sobre el crimen que cometió el compañero de celda de Romeo en la cárcel de Torrero, que había asesinado a su pareja. Romeo estaba allí condenado por negarse a hacer el servicio militar. El objetivo del libro no era resolver un crimen, sino restituir la dignidad de la víctima. Solo estuve en el piso del Edificio España una vez, en 2002, poco antes de que Félix lo dejara y volviera a Zaragoza. Más tarde, en el año 2007, alquiló un apartamento pequeño y oscuro en el Palacio de la Prensa, en Gran Vía. Decía que parecía de detective privado.
FLÂNEURS Y FLANEUSES: Los barrios que muestra Elvira Navarro. El paseo sobre el Viaducto de Segovia con que empieza Vilnis, de Bárbara Mingo, que también tiene artículos deambulatorios en Lloro porque no tengo sentimientos. Un libro de flâneur (aunque un flâneur desasosegado) era también Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina. El peatón sentimental es un hermoso libro de Julio José Ordovás.
GUERRA: En sus memorias, El tiempo amarillo, Fernando Fernán Gómez cuenta que, tras casi tres años de guerra atrapado en una ciudad sitiada, cuando cayó Madrid se echó a andar: «Seguí andando por las calles, con una única idea: salir de Madrid. Anduve entre la gente, ya más observando que participando; llegué a los barrios extremos, a Carabanchel. No sentía cansancio. No solo había estado cercado Madrid durante aquellos tres años, también había estado cercado yo». En un palacio y durante la guerra transcurre también El rey y la reina, de Ramón J. Sender: al comienzo de la novela, la duquesa camina desnuda ante el jardinero Rómulo: no le da vergüenza porque ni siquiera lo toma en consideración. Admiré la trilogía de Juan Eduardo Zúñiga (Largo noviembre de Madrid, La tierra será un paraíso, Capital de la gloria) sobre la guerra en la capital. Naturalmente, la contienda, con tantos escenarios, produjo muchos relatos brillantes: uno reciente es Santander, 1936 de Álvaro Pombo.
H de hipotáctico, por Rafael Sánchez Ferlosio, que (dice Bárbara Mingo) recogía dichos de los patios.
IBIZA: La isla, por la que pasaron Janet Frame, Paul Bowles o Escohotado, la ha contado Vicente Valero y, antes, Rafael Azcona en Los europeos. El barrio madrileño me hace pensar en Rosa Montero, que escribió muy joven una novela que explica como pocas la Transición, Crónica del desamor, y que ha convertido espacios como el Retiro o el Teatro Real en escenarios de su novela La carne.
JAVIER MARÍAS: Iban a ver su casa, en la Plaza de la Villa, algunos turistas aficionados a la lectura. Escribió mucho de Madrid, recreaba con su prosa alucinante escenas y lugares que se te quedan grabados. Recuerdo una coreografía aterradora en Berta Isla, por ejemplo, y una escena muy divertida de Tomas Nevinson junto a la Plaza de la Paja. El crimen de Los enamoramientos se comete cerca del Museo de Ciencias Naturales, en una «zona tranquila, luminosa y acomodada».
K DE Kafka, que durante mucho tiempo salía en las portadas de los libros de Enrique Vila-Matas. Creador de una literatura portátil, sus libros van de Marrakech a Montevideo, de Chicago a Kassel, pasando por Veracruz y las Azores, Ronda y París. Pero, bueno, yo sabía que estaba en Barcelona, en la calle que se llamaba Travesía del Dalt y él llamaba Travesía del Mal. Y allí transcurrían algunos de los libros que me impactaron, por la forma o por el tema, en la adolescencia: La verdad sobre el caso Savolta, Últimas tardes con Teresa, Un día volveré. Y, por supuesto, muchos libros que me han gustado más tarde, de Ana María Matute a Najat El Hachmi, de Pedro Zarraluki a Juan Pablo Villalobos. Era la ciudad del Salón del Cómic y la ciudad de los escritores y de las editoriales. Desde el Quijote, por lo menos, creo que si pensamos en imprentas y la industria de los libros, es fácil que sea la primera ciudad que se nos ocurre.
L de Libertad, o su pérdida, que es uno de los temas de Patria y Los ojos de la amargura. Y de Los liberales, un libro admirable (ciclo de cuentos/novela) de Francisco García Pavón; Tomelloso, con 36.000 habitantes, cuenta como ciudad.
M de Málaga, con Antonio Soler, Garriga Vela, Juan Francisco Ferré, y donde aparecen a menudo Vicente Luis Mora y Justo Navarro; y de Mallorca, con José Carlos Llop, Llucia Ramis, Miquel Angel Riera y, ya que estamos, Rudolf, del Hormigón, de Thomas Bernhard.
N de Nada de Carmen Laforet y de Naturaleza infiel, de Cristina Grande.
Ñ de Españoles por el mundo, o españoles que han contado otras ciudades y países. Alberto Olmos ha escrito de Japón, Ray Loriga y Elvira Lindo de Nueva York, Agustín Fernández Mallo de Venecia, Javier Montes de Río de Janeiro, Andrea Rodés de los Balcanes, Clara Usón del Tribunal Penal Internacional, Javier Marías de Oxford, Javier Moro de la India y Nueva York, Félix de Azúa, Rafael Chirbes y Vila-Matas de París, Ismael Grasa de China, Fernando Aramburu de Alemania o Bernardo Atxaga de Estados Unidos. Un beso londinense en el oído le revienta el tímpano a la protagonista de un cuento de Cristina Grande. Aunque en los últimos años ha habido también una pulsión rural, que ha practicado desde Jon Bilbao a Txani Rodríguez, de Fernando Navarro a Sara Mesa, de Manuel Vilas a Andrea Abreu. Quizá cuente también en esta categoría Georges Perec, quien escribió que «el campo es un país extranjero».
OMISIONES: Todas las historias pasan en alguna parte y tengo que saltarme muchos espacios: la Barcelona de El día del Watusi, el Madrid de Almudena Grandes, Carabanchel y Málaga en Elvira Lindo, Lavapiés y San José en Sergio del Molino, varios barrios madrileños que recorren los personajes de Manuel Longares, numerosos territorios de las novelas de Lorenzo Silva, Usera en Sabina Urraca, las chungas afueras de Madrid donde Martín Casariego envía a Max Lomas, la Malvarrosa de Manuel Vicent o el Levante destartalado de Chirbes.
PISÓN: Ignacio Martínez de Pisón es otro novelista/geógrafo, el gran narrador de la Transición. Carreteras secundarias, un quiebre decisivo en su trayectoria, transcurría en localidades de playa en invierno, en Zaragoza (incluyendo la base americana) y en Pamplona. El tiempo de las mujeres retrataba, de manera más sistemática, la Zaragoza de la Transición a través de la mirada de tres hermanas que se quedaban huérfanas de padre. Uno de los episodios más inolvidables es el 23F. Dientes de leche, con una excursión a Barcelona para recibir a los veteranos de la División Azul, era también una novela zaragozana: en la más «annetyleriana» de las novelas de Pisón, aparecían la torre de los italianos, la estación de tren, la calle Bolonia, la película Culpable para un delito, que presentaba la capital aragonesa como una ciudad portuaria. La buena reputación contaba la historia de una familia judía de Melilla que tenía que abandonar el norte de África tras la creación del Estado de Israel. Málaga era otra de las localizaciones del libro. Derecho natural sucede sobre todo en Madrid y Barcelona. En Barcelona, el protagonista de la novela acompaña a su padre, un buscavidas apolítico reconvertido en izquierdista, cuando se encuentran con el abuelo materno, que era franquista pero ahora se ha envuelto en la bandera catalana. El día de mañana cuenta la historia de un delator en la Barcelona de los últimos años del franquismo. Castillos de fuego transcurre en el Madrid de la posguerra. En la primera, varios personajes hablan de Justo, el confidente policial; en la segunda, el protagonismo está más repartido. Es un libro coral sobre ese Madrid devastado y la atmósfera de venganza, sordidez y miedo de esos años. Los personajes temen a sus adversarios pero también, al menos en la misma medida, a los suyos.
QUINQUIS: Cercas tiene libros sobre Illinois y sobre Barcelona, y novelas cortas tan urbanas como El móvil, pero para este paseo hablaré de la inspiración quinqui de Las leyes de la frontera, que sucede en la Gerona de los años 70. Al pensar en Gerona, pienso en Soldados de Salamina y también en la escritura del siguiente autor.
ROBERTO BOLAÑO, que ambientó en Barcelona algunas de sus poderosas historias y delirantes escenas, incluyendo el duelo a espada entre Arturo Belano e Iñaki Echevarne de Los detectives salvajes. La influencia de Bolaño es importante en la obra de Esther García Llovet. Se ve con claridad en Cómo dejar de escribir, pero también se puede detectar en Sánchez y Gordo de feria.
SEMPRÚN. Otro escritor de los lugares, en algunos casos terroríficos, y de los nombres y transformaciones de esos lugares. Pienso a menudo en él cuando paso cerca del barrio de su infancia, y también lo asocio al Museo del Prado. Escribía que, a veces, iba allí a esconderse en sus años de clandestinidad: «La sala de Las meninas tenía una particularidad: un gran espejo a la derecha del cuadro, si se lo miraba de frente. Aquella superficie reflectante –y tal vez reflexiva– permitía reproducir el juego de puntos de vista que el cuadro propone de manera tan evidente como enigmática. Pero aquel espejo de la sala de Las meninas tenía otra virtud: permitía vigilar fácilmente el entorno»: el clandestino podía ver si le había seguido algún policía franquista, explica en Federico Sánchez se despide de ustedes, donde cuenta una visita de Isabel II al museo. También lo asocio a la calle Concepción Bahamonde, muy cerca de Manuel Becerra, donde se encontraba el piso del Partido Comunista en el que escribió El largo viaje, su primera novela, sobre su internamiento en Buchenwald. En el piso franco de Concepción Bahamonde le sucedió Julián Grimau.
TRAPIELLO. Quizá el escritor que mejor ha contado Madrid en los últimos años: en Salón de pasos perdidos, y también en su libro dedicado a la ciudad. Figura también en El Rastro y el espectacular Madrid 1945, la reescritura de La noche de los Cuatro Caminos. Un afluente de ese libro de no ficción es la novela Me piden que regrese, una historia de amor, falsificación y espionaje en el Madrid de la posguerra inmediata, que combina el conocimiento de los espacios con un aire de cine de época.
UMBRAL. Pocos habrían apostado que una escritura tan marcada por el estilo y tan aparentemente vinculada a su tiempo tendría tantos herederos. No sé bien qué dice eso de él o de nosotros. Pero, sin ser exactamente un novelista, el autor vallisoletano llenó la ciudad de literatura y sorprendió a muchos jóvenes: se podía escribir así, y en los periódicos. Se acaba de anunciar el cierre del Café Gijón.
VIDA y maravillas, de Manuel Gutiérrez Aragón, que transcurre sobre todo en Cantabria y Madrid, contiene una observación muy perspicaz: a menudo los novelistas encuentran más inspiración en el cine o los cineastas en un libro, porque otro lenguaje resulta liberador y sugerente.
W de water, porque se podría establecer una distinción entre novelas de ciudades con mar (Barcelona, Tarragona, Valencia, Coruña, Santander o San Sebastián) y novelas de ciudades con río (Zaragoza, Valladolid, Sevilla o Salamanca).
X por las ciudades inventadas y, a veces, disfrazadas: desde el ejemplo clásico de Vetusta de Clarín a la Torrelloba de Jesús Moncada, pasando por la Mágina de Antonio Muñoz Molina, el Ruán de Javier Marías y Castroforte del Baralla, de La saga/fuga de JB, «una ciudad a caballo entre la existencia y la nada».
Y de Sylvia, uno de los cuatro personajes que protagonizan Saber perder, de David Trueba, la mejor novela de su autor, por la precisión de su estructura, por su dureza nada impostada y por su forma de mostrar asuntos que no aparecen mucho en nuestra narrativa pero sí en el mundo que nos rodea, desde la inmigración al fútbol.
ZARAGOZA: Famosa por la maldición del Quijote, que se niega a entrar en ella para desmentir la versión apócrifa de Avellaneda, pero poblada de personajes literarios: desde Carlomagno, que lleva siete años tratando de conquistarla cuando arranca el Cantar de Roldán, a las criaturas de Rodolfo Notivol, Eva Puyó, Mariano Gistaín, Fernando Sanmartín, Aloma Rodríguez, Antón Castro, Miguel Mena, Ismael Grasa o Cristina Grande. Ya ha dicho el narrador Daniel Nesquens que en Zaragoza hay un carril bici y un carril poetas. Esa decisión de Alonso Quijano cambia la historia de la novela. Y la ausencia de Zaragoza, como ha explicado José-Carlos Mainer, es la segunda ausencia mejor contada del Quijote, después de la de Dulcinea.