ALFABETO – PAUL VALÉRY

Al principio ­será el Sueño. Animal profundamente dormido, tibia y serena masa aislada en su misterio, sellada arca de vida que transportas mi historia y mi destino hacia este día, tú, que me ignoras, tú, que me preservas: eres mi permanencia inexpresable. Tu tesoro es mi secreto. Silencio, ¡mi silencio! Ausencia, ausencia mía, ah, forma mía cerrada, dejo de lado todo pensamiento para abismarme en ti de corazón. Te has fabricado una ínsula de tiempo, eres tú misma un tiempo desgajado del Tiempo colosal en que tu incierta duración subsiste y se eterniza como un anillo de humo. No existe pensamiento más extraño, tampoco más piadoso. Ni más cercano prodigio. Cuando te tengo enfrente mi amor no tiene límites. Me inclino sobre ti, que soy yo mismo, y nada cambia entre nosotros. Sin conocerme, esperas, indefensa, pues te hago falta para desearme. Cuánto me daña oír el simple soplo de tu respiración. La mera suspensión de tu suspiro me hace sentir cautivo. A través de esa máscara olvidada exhalas el murmullo de la existencia inmóvil. Escucho mi fragilidad, y mi idiotez se erige frente a mí. Hombre perdido en tus propias calles, extraño en tu propia casa, llevado de manos extranjeras que encadenan tus actos, estorbado por brazos y por piernas que te impiden moverte, ni siquiera sabes contar tus miembros y acabas extraviándote en su distancia. Tus mismos ojos se han acostumbrado a sus tinieblas, en las que truecan una nada por otra y cuyas noches se miran mutuamente entre sí. Ah, ¡de qué modo acabas plegándote a tu sustancia, y te habitúas, cara cosa viviente, a la pesantez de tu ser! Qué flaqueza te embarga, y qué ingenuamente me ofreces mi más endeble figura. ¡Pero yo soy el azar, la ruptura, el signo! Soy tu emanación y tu ángel. No hay más que un abismo entre tú y yo, que nada somos uno sin el otro. En ti mi vigor se esparce, mientras que en mí se cifra toda la esperanza. Una secuencia de modulaciones imperceptibles extraerá mi presencia de tu ausencia; mi ardor, de esta pereza; mi voluntad, de esta plenitud de equilibrio y abatimiento. Como un prodigio me erguiré ante mis miembros, expulsaré a la impotencia de mi tierra, ocuparé mi imperio hasta las puntas de los pies, tus extremidades me obedecerán y audazmente entraremos en el reino de nuestros ojos… Pero aún no es el momento de renacer. Sigue durmiendo, duérmeme. Temo topar de nuevo con malos pensamientos. Aguardemos por separado a que el trabajo ingenuo y monótono de las máquinas vitales consuma o destruya grano a grano la hora que aún nos divide. Yo fui, tú eres, yo seré… Lo que será deriva mansamente de lo que ya no es. He aquí el motivo de que mi ternura, de que mis ansias caigan sobre ti… Pero esta Masa bulle y se transforma, y sus labios, que parecen tenderse hacia sí mismos, preparan el ensayo de un discurso. Nadie lo pronuncia ante nadie, y hay un reclamo, un amor, una súplica, un balbuceo aislado en el universo, sin vínculos, sin este o ningún otro… Tentativas de luz, burdos esfuerzos de resurrección. ¡Adelante! Aquí está mi cansancio, el milagro, la solidez del cuerpo; aquí están mis desvelos, mis trabajos ¡y el Día!

 

Batiendo sombras y sábanas, acurrucado, en calma; dividiendo las cintas, apartando las cintas de esa blanda mortaja el ser logra salir de su desorden. La virtud de ser Uno lo escrutado. Ser Uno lo tomado por sorpresa: a veces, grata; a veces, inmensamente desafortunada. Cuántos despertares no querrían ser sino sueños… Pero al llegar la hora, la unidad se adueña de los miembros, y de la nuca hasta los pies un acontecimiento se hace hombre. ¡Levántate!, clama todo mi cuerpo, ¡necesitas romper con lo imposible…! Levántate. El prodigio de erguirse se ha cumplido. ¿Hay algo más sencillo, algo más misterioso, Equilibrio? Surge ahora, echa a andar, únete en el espacio a tus designios; sigue la dirección de tu mirada que está volando ya hacia lo visible; penetra, dando pasos mesurables, en la esfera de las luces y los actos, y adecua tus fuerzas a los objetos que se te resisten… En cuanto a ti, Delicia de no ser, ¡he de abandonarte por algún tiempo! Me olvidaré del sueño hasta la noche. ¡Hasta la noche, pues, juegos oscuros, monstruos, impúdicas escenas, hasta la noche, amores sin sustancia…! Me despojo por fin de mi estado incognoscible. Ah, ¿quién será capaz de decirme cómo he podido conservarme íntegro a través de la inexistencia, qué me ha llevado inerte, pero lleno de vida y colmado de espíritu, de un borde al borde opuesto de la nada? ¿Cómo es posible que alguien ose dormir? ¡Qué confianza en la fidelidad de mi cuerpo, en la calma de la noche, en el orden y la constancia del mundo! ¡Regresarás, Ausencia, al caer la tarde! Y reinarás de nuevo durante algunas horas, impotencia temible e ignorada, debilidad esencial, irresistible encanto que mantiene mis ojos encadenados a sus imágenes… Envueltos en corazas somnolientas, no podemos volver para dar caza al Simio que remeda nuestros Sueños…

 

Cuán sereno está el tiempo, y qué exquisitamente colorida la joven agonía de la noche. Abriendo los postigos a derecha y a izquierda en un gesto impulsivo de nadador, entro en el éxtasis del espacio. El aire es puro, virgen, delicioso y divino. Saludo esta grandeza que se entrega a cada acto de contemplación, ¡principio de perfecta transparencia! Qué acontecimiento para el espíritu aprehender su amplitud. ¡Desearía tanto, de saber hacerlo, bendecir cada cosa! Sobre el balcón que se proyecta tras la ventana, sobre el umbral del alba y de todo lo que ahora es posible, duermo y velo, soy el día y la noche, ofrezco largamente un amor infinito, un temor sin medida. El alma abreva en el tiempo, gusta de sus tinieblas, de su aurora, se siente mujer dormida, ángel hecho de luz, se ovilla, se entristece, y huye en forma de pájaro hasta ganar la cumbre cuya roca, carne y oro, horada el azul pleno de la noche. Algún árbol naranjo respira allá en la sombra. Diminutas estrellas puntiagudas se apagan en lo alto. La luna es un pedazo de hielo que se funde. Sé bien (súbitamente) que, en ese cuerpo celeste de brillante sustancia moribunda, tierna y fría que imperceptiblemente tiende a disolverse, un niño de cabellos cenicientos descubre antiguas tristezas casi divinizadas, casi extintas. Lo observo como si mi corazón no me perteneciese. En otro tiempo, a esta misma hora y bajo el mismo hechizo de luna evanescente, mi juventud languidecía al sentir el ascenso de las lágrimas. Hoy ha visto conmigo esta mañana, y yo me he visto a su lado. Así pues, escindido, ¿cómo podría rezar? ¿Cómo rezar cuando alguien más, en mí, oiría la oración? Por eso, hay que rezar tan solo con palabras desconocidas. Entregad el enigma al enigma, enigma por enigma. Elevad lo que es misterio en nosotros a lo que es misterio en sí. Hay en vuestro interior algo parejo a lo que os acontece.

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