Dulce es el agua que reposa en el puro sarcófago luciente, tibia y perfecta esposa de las formas humanas.
Lo desnudo, lo libre, lo liviano se aposenta y se calma. Todo es fácil allí donde las piernas bullen sin ataduras con la misma viveza que los brazos. El líquido en que el hombre depone su estatura y en el que hunde la longitud de su cuerpo: en él se estira hasta alcanzar sus extremos mientras siente el poder de distenderse. Transpone con deleite sus puntos de apoyo; un dedo basta para moverle o alzarle; y, en el sereno ámbito del baño, sus potencias flotantes sueñan a medio fondo con algas y con ángeles. El peso de la carne tan venturosamente sumergida es casi imperceptible, y el calor de su sangre, del todo atirantada bajo la piel, apenas diferente del del agua que fluye en derredor. El cuerpo vivo en nada se distingue del que no tiene forma, pero cuya sustancia reemplaza en cada gesto. Alguien se está fundiendo dulcemente con la imprecisa plenitud que lo envuelve, y alguien intuye su disolución. El suave instante se refleja ahora bajo el cristal del agua y todo el cuerpo es solo un grato sueño que el pensamiento alberga. Lo que contempla y lo que se dice a sí mismo se maravilla ante la grandeza y la simetría de los miembros que resplandecen bajo su dominio; la cabeza pensante se entretiene con ese pie que acaba de emerger frente a ella y la obedece como por arte de magia. Mira un dedo doblarse; una rodilla surge y vuelve a hundirse como una isla oceánica que algún designio ha hecho reflotar, antes de sumergirse nuevamente en el fondo marino. La propia voluntad y el albedrío general de los hombres se configuran en el recreo de las aguas.
Acaso haya un aroma en este aire insulso y vaporoso cuya compleja flor inquiera los recuerdos y abrigue o dé color a este impreciso afán del ser desnudo. Los ojos se extravían o se cierran. La duración flaquea, sin contactos. En sueños, el espíritu se descose las venas.
En presencia de la luz, y no obstante sin ella, al otro lado de las altas ventanas, sobre el umbral del día y el espacio libre, el Ángel planetario da anuncio de los cielos, los campos, los mares, las planicies, los pueblos, los desiertos; proclama y representa con voz de azul y oro la parte y el Todo, y afirma cuanto existe aquí y ahora y cuanto existe como si ya no lo hiciera. En presencia de mis manos, de mis capacidades y flaquezas, con mis modelos y al mismo tiempo sin ellos; distinto de mis juicios, igualmente alejado de todas las palabras y de todas las formas, aislado de mi nombre, borrado de mi historia, no soy sino poder y silencio; dejo de formar parte de lo que está alumbrado por el sol, y mis tinieblas no me pertenecen. Me asiste mi silencio, mi privación me colma. Como el puño crispado que contiene en potencia la pluralidad de los actos, así me veo y me siento. El compendio de mis palabras es mudo; el don de la expresión, con todo su poder, se sintetiza en mí y en mí se niega. En un estado de posesión semejante, más amplia y concentrada que la vida en la que se sustenta, mi alma, edificada sobre las personas y sobre las ideas por la virtud de un cuerpo reposado, ostenta el mismo grado de existencia que todo ese otro mundo visible y posible que la urge con imágenes solares y la importuna con mil señales convulsas. Ni aun el velado cúmulo de sus operaciones, ni aun el presentimiento de sus inmensas posibilidades le parecen ajenos a sí misma. Mi espíritu se piensa y mis ojos se fijan en mi mano: su cantidad de usos y de acciones, para nosotros casi innumerables mientras que, para ella, apenas unos cuantos. Ah, fuera de ti no soy más que minucias, no soy más que un fragmento de lo que puedo ser, instante, ¡nada más que yo! Balcón del tiempo, que, a través de un hombre, soportas la mirada de todo el universo, una parcela de lo que está contra todo. En ti respiro un ímpetu inefable, como esa fuerza que anda por el aire antes de la tormenta.
Fugaz instante, ¡haz lo que desees! Y tú, alma mía, cumple tu deber. ¿Habrá esperanza tan pura, o diamante tan denso que retenga los rayos que atraviesan su clara perfección, o partícula de materia o de vida más valiosa en el mundo que este callado instante de presencia que, sobre nuestra mente y en la unidad de nuestra fortaleza, se precipite a todo pensamiento? Propio de dioses es estar contenido junto a todas las cosas en un solo elemento, aislado en muda y soberana espera. ¿De qué, pues, está hecho este ápice de tiempo privado de lenguaje, este fragmento de poder y pureza, y cómo puede existir una sensación que nos haga creernos capaces de experimentar todas las demás sensaciones? No hay pensamiento más elevado que este. Ignoro lo que está por venir, pero descifro lo que se dispone y experimento lo que puede elegirse. Hacer posible todo lo que existe, reducir a lo puramente visible todo lo que se ve, tal es la secreta obra del alma antes de aplicarse a cualquier fin o de ocuparse en proyecto alguno, y esa es su respuesta esencial, su voluntad auténtica y su más distintiva cualidad. Ah, bello instante, balcón del Tiempo en elevada hora, tú que, a través de un hombre, soportas el instinto de todo el universo, un prístino deseo. ¡En ti respiro un ímpetu inefable, como esa fuerza que anda por el aire antes de la tormenta! Acecho a una presa que ha de nacer de mí. Alumbro mis desiertos, semejantes a espejos de aspereza de los que brotarán fuentes y palmas.
En secreto, una voz familiar ensaya palabras desconocidas, y los trazos implícitos que había en mi estructura y en mi atenta sustancia se perfilan, se dejan encontrar.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]