Cuando recojo mi maleta en el aeropuerto Nikola Tesla de Belgrado y cruzo la puerta de salida, voy con algo de suspense: no tengo ningún teléfono de contacto, pero Jovan me dijo que me estarían esperando. Tras unos segundos en los que temo haber recibido un plantón histórico, veo sonreír a un hombre de revueltos cabellos blancos pero facciones juveniles. Es Miroslav Nikolić, un poeta local que se revelará enseguida como un guía muy divertido, por su carácter bohemio y su simpatía. Lástima que su inglés sea algo limitado, pero es suficiente para que nos caigamos bien. Me pregunta si me gusta John Lennon y, ante mi respuesta afirmativa, mete un CD con Imagine y acelera a toda mecha su coche destartalado por la autovía que cruza las llanuras de Panonia, bastante sosas y uniformes, parecidas a las de Polonia y buena parte del mundo eslavo. Pronto llegamos a Novi Sad, que está apenas a unos ochenta kilómetros de Belgrado. «Un país pequeño», comento, y Miroslav asiente contristado. Mi segundo comentario desafortunado durante el viaje, pues antes le había preguntado por cómo había vivido la guerra. Me dijo que en Novi Sad, y recordó la dureza de los bombardeos de la OTAN, que destruyó los tres puentes de la ciudad sobre el Danubio. Sentí, más que rabia, la expresión de una dolorosa humillación, la de alguien de un país que había optado por no alinearse ni con la URSS ni con los Estados Unidos, pero que de siempre se sentía parte de Europa y que se veía machacado por los aviones de Occidente. Miroslav concluye que él es «pacifista», lo cual encaja con su entusiasmo por Lennon.

Después de recoger a Emina, la esposa de Miroslav, en la fábrica de muebles donde trabaja, vamos los tres al hotel Vojvodina, donde me alojo, y almorzamos, después de lo cual nos despedimos hasta el día siguiente, y yo me derrumbo sobre la cama para recuperar el sueño perdido. El hotel es el más antiguo de la ciudad, ya que sus orígenes, en el siglo XVIII, remiten a la monarquía de los Habsburgo, y luego fue remodelado en los siglos XIX y XX, ya bajo el estilo de la Yugoslavia comunista. Eso sí, es más que confortable y la televisión ofrece casi un millar de canales, incluyendo cinco pornográficos. La recepción está abierta las veinticuatro horas y, como a las cinco de la tarde se cierran los restaurantes por las restricciones pandémicas, me dejan preparada una cena para recoger. Por la noche, ya con algo de fuerzas recuperadas, no salgo a pasear, sino a correr, y llego a ver el Danubio, recorriéndolo en paralelo un rato. Me dejo llevar por el río (no literalmente) y por ello me pierdo al intentar volver al hotel. Como formo parte del 0,5 % de españoles adultos que no tiene internet en el móvil, solo me queda preguntar, pero perderse, tanto por las rutas de viaje como por las del pensamiento, muchas veces es fructífero, y nos hace volvernos más conscientes de nuestra fragilidad frente a la falsa seguridad que proveen los algoritmos.

 

Miércoles, 16 de diciembre

A la mañana siguiente, Miroslav se presenta en mi habitación a las nueve y veinte, diez minutos antes de lo avisado, para ir juntos a la biblioteca donde se celebra el festival. En otras ediciones ha tenido lugar en la plaza del Ayuntamiento o en la terraza de un hotel llamado Absolut, pero, dado que esta vez va a ser más virtual que físico, bastará con la sala multimedia de dicha biblioteca, situada junto al parque del Danubio. La verdad es que el lugar estaba a diez minutos del hotel y, a cambio de la seguridad en llegar, tengo que contemplar durante más de una hora cómo Miroslav organiza el sistema de retransmisión del festival, pues, como me enteraré después, con no poca sorpresa, está más en labores de intendente que en calidad de poeta, a pesar de tener cinco libros publicados.

A las once hace su aparición Jovan Zivlak, y por fin puedo conocer en persona al artífice de todo esto. Jovan, nacido en 1947 en Nakovo, un pueblecito en la frontera con Rumanía, fue durante los años setenta y ochenta el director de la revista Polja (Campos), muy influyente en los últimos años de Yugoslavia. Su casa editorial tradujo al serbio la mayor parte de las obras de Foucault o Derrida, antes de que se tradujeran, por ejemplo, al alemán o al italiano, y también publicó a algunos de los mejores escritores serbios, como Danilo Kiš. Ahora dirige la revista Zlatna Greda (Rayo Dorado) y organiza este festival desde hace quince años, contra viento y marea. Aunque de apariencia huraña al principio, muy pronto se me hace entrañable este hombre, un par de años mayor que mi padre, que sufrió hace cuatro años la muerte de su esposa y vive solo con un gato en un apartamento abarrotado de libros, entre los cuales me fijo en una amplísima sección filosófica, cuando esa tarde nos lleva a Miroslav y a mí a hablar un rato tras el festival, sirviéndonos zumo, pues él dejó de fumar y beber alcohol, aunque a cambio no se priva de los placeres de la repostería, en la que Serbia muestra su influjo otomano, con baklavas y otras golosinas. Jovan me obsequia con ejemplares de dos de sus libros, traducidos respectivamente al español y al francés. En Informe invernal, traducido por Dragana Bajic y publicado en México, descubro una voz muy personal, irónica y nostálgica, con ese punto de fantasía eslava inconfundible, como en su poema «Dios es pequeñito» o de cólera entrañable como de niño enfadado, en «Basta ya», o uno de los mejores elogios felinos que he leído en «El gato». En la antología Le roi des oies (El rey de las ocas), traducida al francés por el poeta luxemburgués Jean Portante, me conmueve el poema «Renuncia». Jovan, desencantado de la sociedad actual y algo atrabiliario en sus juicios a veces, no echa para nada de menos el régimen «totalitario» de Tito, al que define como «un mafioso», pero sí recuerda con nostalgia la atmósfera cultural de su juventud, cuando, según me cuenta, había un «movimiento por una aristocracia interior, espiritual», en cierto modo secreto, hermandad entre escritores, que hacía llevadera la vida bajo la dictadura.

Ese rato en la casa de Jovan, en el cual me muestra también fotografías de su atractiva esposa y de él, con el pelo largo, en los años ochenta –diríanse modelos o actores de cine– es lo más memorable de ese primer día del festival, en el que la mayoría de los poetas extranjeros intervinieron vía Zoom. Achim Wagner, desde un Berlín confinado, quedó algo chafado cuando se le explicó que su traductor al serbio había tenido que permanecer en Belgrado, pues estaba enfermo de COVID. «But he’s getting better», le aclara la intérprete, Vešna, para su tranquilidad. Ella y Miyana muestran la diferencia respecto a las generaciones mayores: recién licenciadas en Filología, la primera habla perfectamente inglés y español; Miyana, además, habla francés y turco. Esta media para comunicarnos con Francis Combes, que estuvo dudando si acudir al festival hasta dos días antes, y que finalmente interviene desde su biblioteca en París. Combes, poeta histórico del Partido Comunista Francés, que en su juventud estudió ruso, chino y hasta húngaro (supongo que para entenderse con los partidos hermanos), recuerda que fue uno de los primeros poetas franceses en visitar Serbia durante la guerra, y es una pena que no se animara a venir en estas circunstancias menos peligrosas.

 

Jueves, 17 de diciembre

Al día siguiente se retoma el festival a las diez de la mañana con la entrega del Premio Branko, que recuerda a Branko Radičević (1824-1853), fundador del Romanticismo serbio y que, como buen romántico, murió joven, a los 29 años, por lo que este premio reconoce a autores que tienen como máximo esa edad. En esta ocasión el premiado es Djordje Ivkovic, un poeta de Belgrado cuyos poemas me encantaría escuchar si supiera serbio, pero, como no es el caso, voy algo tarde. No soy el único, pues al salir de mi habitación me topo con Bojan Vasic, a quien ya conocí ayer, un poeta serbio, algo más joven que yo pero menos que Ivkovic, y que habla un inglés excelente. Durante el desayuno y de camino a la biblioteca me cuenta su experiencia de las guerras balcánicas y, de nuevo, de los bombardeos de la OTAN. Su ciudad, Pančevo, al este de Belgrado, era un centro industrial, incluyendo la fabricación de aviones, con lo que se puede suponer cuál fue su destino. El padre de Bojan fue reclutado pero no luchó en el frente, al contrario que un vecino que, con diecinueve años, cayó en la guerra de Kosovo. Bojan pasó su infancia y primera adolescencia en la casa de los abuelos, en una aldea a las afueras de Pančevo, donde llegaron a juntarse veintisiete personas que huían de las bombas. Pero la casa era grande y Bojan recuerda esa época como feliz, en contacto con la naturaleza. Bojan también me habla de la despiadada guerra civil que se vivió en Yugoslavia durante la ocupación alemana y en la cual los ustachas croatas, bajo el caudillaje de Ante Pavelić –quien tras la Segunda Guerra Mundial se refugió en la España de Franco, donde residió hasta su muerte–, llevaron a cabo terribles masacres de la población serbia, asumiendo así los croatas el papel de verdugos que, en épocas más recientes, asumieron los serbios.

Después de la lectura de Ivkovic, estaba prevista una excursión en autobús a los monasterios de Fruška Gora, a unos treinta kilómetros de Novi Sad. La idea de visitar el entorno montañoso, con bosques y lagos, así como los cinco monasterios ortodoxos, me entusiasmaba, pero me llevo un buen chasco: entre la escasa asistencia de poetas extranjeros, las restricciones por la pandemia y el mal tiempo, la excursión ha sido cancelada. En su lugar, Jovan nos lleva a un restaurante en el extrarradio de Novi Sad, donde nos sirven una parrillada de carne escandalosamente suculenta que acompaño con una cerveza Zaječarsko, que me parece más rica que la Lav («León») que probé ayer con Miroslav. Después, al documentarme, me entero de que la primera de esas cervezas pertenece a Heineken y la segunda a Carlsberg, lo que es a la vez una pena pero también prueba de su calidad y garantía de supervivencia.

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