
Tengo 16 o 17 años y estoy en clase. El profesor nos ha mandado como lectura obligatoria una novela policiaca que transcurre en Valencia, y siento una enorme curiosidad por cómo contará un escritor la ciudad en la que vivo. Sin embargo, cuando el maestro nos explica de qué va el libro, dice algo que me quita las ganas de leerlo: «Aquí todo es acción y diálogo, que ya estamos en el siglo XX y nadie soporta esas descripciones larguísimas del XIX, como las del peñazo de Tolstoi». En aquella época estoy descubriendo a Tolstoi, a Dostoievski y a otros muchos autores de hace dos siglos, y aquellas palabras son un jarro de agua fría, pero no sobre los escritores del XIX, que me encantan. Aquella agua cae sobre la cabeza del profesor, a quien dejo de respetar, y también sobre las páginas de la novela que tenemos que leer. Malísima, por cierto.
Una de las mejores cosas de la literatura decimonónica es que no escatima en nada: ni en digresiones, ni en subtramas, ni en explicarnos largamente a los personajes o a los animales (¡en Moby Dick hay un tratado de ballenas!). Tampoco en saltear la acción con largas descripciones de todo: de casas, de muebles, de vestimentas, de montañas. Y, por supuesto, de ciudades.
A principios de los 2000, se abrió con el «fenómeno Nocilla» un debate sobre cómo debía narrarse en el siglo XXI. Se discutió en blogs y en medios de comunicación acerca de narradores, estructuras, lenguaje y etcétera, y yo recuerdo dos cosas en lo que respecta a los espacios. La primera la dijo Vicente Verdú en Babelia, en una suerte de decálogo: «El cine, la televisión, la realidad virtual pueden presentar escenarios y vicisitudes con mayor riqueza exterior, pero la peripecia interior es el juego especial de la escritura y su máxima legitimación». La segunda no sé dónde la leí, ni si es atribuible siquiera a algún escritor o más bien la sostenía un participante de aquellas interminables discusiones que tenían lugar en blogs. La recuerdo porque me dejó boquiabierta: venía a decir que ya no hacía falta contar los espacios porque en internet había infinidad de fotos sobre ellos. Y para cuando no las había, podíamos recurrir al muñequito del Google Street View. Estaba de más que un narrador nos los contase.
En lo dicho por mi profesor y en estas afirmaciones que recabé a comienzos de este siglo me sorprende la consideración del espacio narrativo como mera información. Aunque en literatura la descripción de espacios contiene información, esta nunca funciona solo ni fundamentalmente como tal. Las descripciones de espacios, y por tanto de las ciudades, no son un decorado que haya que detallar profusamente por una suerte de carencia de conocimiento o imaginación del lector. Antes bien, funcionan como una parte esencial del ambiente de la novela, de su ritmo y su respiración, del mundo que despliega y de su propio lenguaje: permiten experimentarlo, vibrar con él. Y es que, aunque la existencia de estos espacios es real, cuando son recreados en una novela o en un cuento sufren una transformación, se convierten en otra cosa. En primer lugar, en palabras, pero no solo en eso. Contienen el sentir de los personajes, adquieren la tonalidad del narrador. Los espacios no son objetivos en ninguna creación (¡ni siquiera lo son en la percepción humana!), y no tiene ningún sentido hacer una distinción entre interioridad y exterioridad. Dicho de otra manera: el París de Flaubert no está fuera de La educación sentimental ni de su protagonista, ni el de Cortázar fuera de Horacio Oliveira o de la Maga, de Bruno o de Jhonny, por más que se den detalles reales, pues esos detalles están ahí para crear otro mundo que ha de ser verosímil e independiente, que genera su propia lógica y significación. En literatura, nadie ni nada queda «representado».
¿Se puede contar una ciudad?
He quedado con un amigo arquitecto en el café Madrid para hacerle esta pregunta, y él me responde que, estrictamente hablando, ninguna ciudad puede ser contada, pues es infinita, está en continuo cambio y no se agotarían jamás los puntos de vista (para empezar, tantos como habitantes tiene). Por otro lado, la urbe no se explica sólo con palabras, y la primera lección que ha de aprender un estudiante de arquitectura es que el medio con el que trasmitir lo que significa una ciudad es híbrido. «La arquitectura y el urbanismo», señala mi amigo, «son hechos muy complejos, en los que se superponen problemáticas, enfoques, profesiones, disciplinas, tiempos históricos, culturas, pensamiento filosófico y antropológico… Al final la arquitectura está cargada de esos significados y condicionantes, además de los puramente técnicos, y se conforma un hecho tan heterogéneo que ya no puede ser explicado con palabras. Y si la arquitectura necesita sobre todo de lo gráfico, del dibujo, para ser entendida, imagínate la ciudad, que es diez mil veces más compleja que la arquitectura. Es imposible abarcar la ciudad sólo con la palabra escrita». Me sigue diciendo mi amigo arquitecto que lo mejor sería hacer un collage, porque una urbe es una superposición que puede relatarse desde la movilidad, el consumo, la demografía, los flujos migratorios y de mercancías, la Historia… Luego me hace unos dibujos, «Análisis según morfología edificios», apunta debajo. «Estos son análisis racionales», aclara. Lo que se me ocurre al mirar esos dibujos son, sobre todo, ideas irracionales, y pienso que la literatura a menudo tiene más que ver con esto último, pues el impulso creativo no obedece a un pensamiento lógico.
Mi literatura y la ciudad
En mis dos primeros libros, La ciudad en invierno y La ciudad feliz, ya tiene una enorme presencia lo urbano, en concreto la Valencia de mi infancia. Esos libros se llaman precisamente La ciudad porque son historias que vienen de unas calles muy concretas. Muchas veces, lo primero que veo antes de escribir es un paisaje que ya no existen en ningún lugar, salvo en mi memoria. Y la memoria transforma la experiencia a su gusto, a veces hasta borrarla y sustituirla por otra cosa. Sobre ese material que ya no corresponde a ningún referente real, la ficción opera una segunda transformación, porque ahí todo se plantea como un juego donde te permites volver a inventar los paisajes que guardas en tu recuerdo.
Mi libro más conocido, La trabajadora, ya no transcurre en Valencia, sino en Madrid. Estuve viviendo bastante tiempo en Carabanchel, en el sur de la capital. Es un barrio áspero (o lo era antes del soterramiento de la M-30 y de Madrid Río), del que bebe la novela. Pero vuelvo a lo que he dicho antes: el espacio urbano en una narración no es nunca un mero escenario ni una trasposición de un espacio real. Acaba transformándose en una invención con funciones narrativas: se impregna del tono, genera atmósfera, a veces actúa como metáfora. Que en La trabajadora el Carabanchel que saco se asemeja más a un delirio imaginativo que a la realidad lo saben muy bien algunos vecinos de Aluche. Al poco de salir el libro, tuve un encuentro con ellos, y algunos estaban muy enfadados. «¡Este no es nuestro barrio!», me gritaban.
A partir de La trabajadora se me identificó como la autora que retrataba los barrios de Madrid, y eso se extendió a toda mi literatura. Así que hoy en día todavía escucho que en La ciudad en invierno, La ciudad feliz y La trabajadora yo hablo de Madrid, pero solo es cierto en el último caso, y de la manera en la que las ficciones hablan de las ciudades: inventándoselas.
La ciudad y la memoria de los demás
Si Madrid es para mí un tema, eso también se debe a que hay un relato íntimo, familiar y, por tanto, mítico, porque todo lo que nos cuentan nuestros padres o nuestros abuelos cuando somos niños condiciona nuestra manera de ver el mundo. Es nuestra memoria sentimental, sobre la que se establecerán nuestras creencias, filias y fobias.
Durante un tiempo, la única memoria que tuve de Madrid fue la de mi padre. Era una memoria hecha de palabras, sin imágenes. Él no guardaba ninguna foto de esa época. Fue un tiempo duro, de ruina familiar, de alquilar las habitaciones del piso para sobrevivir. Cuando voy al Rastro, procuro pasar por delante de lo que fue su casa, al lado de Tirso de Molina, frente al antiguo cine Duque de Alba, que se convirtió en una sala X y ahora en espacio cultural. También cuando voy a la calle Argumosa, donde estuvo otro de los pisos que habitó, paso por delante del portal que fue suyo hace más de sesenta años. Al caminar por los lugares vinculados a sus recuerdos, no veo en ellos el presente, sino el pasado, la historia que permanece en ellos como un fantasma, a la espera de reconocimiento y reparación. En todo lo que he escrito sobre Madrid, aunque no haya versado sobre mi padre, están sus palabras, que me acompañan desde niña y me hacen fabular con una ciudad desconocida para mí, con ese Madrid en el que él creció. Como si fuera mi padre quien escribiera a través de mí.
La ciudad real
Durante algún tiempo sí traté de hablar de la ciudad de Madrid fuera de la ficción y con el afán de arañar algo de conocimiento sobre ella. En 2010 abrí un blog al que llamé Periferia (www.madridesperiferia.blogspot.com) para contar mis paseos. El blog estuvo activo varios años, y fue también una primera tentativa de materializar una visión que me asaltó a finales de los noventa, cuando acababa de mudarme a la capital. Iba en un autobús y, mientras observaba la brutalidad de los pisos que dan al paseo de Extremadura cuando este se convierte en carretera, tuve la necesidad de contar ese Madrid en letras, como si fuera posible trasponer cada uno de esos edificios en párrafos, en ritmo narrativo. En el blog pretendí hacer eso, pero no porque creyera que tal cosa fuera en realidad posible, sino porque una narración es una sucesión de acciones, y eso me parecía aquella sucesión salvaje de edificios que yo observaba desde la ventanilla.
Asimismo, allí ensayé distintas escrituras porque estimé que, al abordar la ciudad, era tramposo reducirla a un solo estilo, a una sola forma. Hay tantas ciudades en una sola que lo mínimo es explorar distintas escrituras. Y además Madrid para mí es, ante todo, el caos, un desorden continuo, una cadena de acontecimientos urbanísticos imprevisibles, a menudo desesperantes y chapuceros. Esta falta de planificación, demostrable barrio a barrio e incluso edificio a edificio, apoyan mi experiencia de la urbe, esa impresión de absoluta anarquía, como si la ciudad se hubiera liberado de todas sus obligaciones y obedeciera al hechizo de su propia proliferación, a la mera voluntad de sus habitantes: a la del especulador, sí, pero también a la del humilde propietario que arregla su casa como quiere, abriendo ventanucos, convirtiendo una terraza en una habitación con techo de uralita o haciéndose construir un torreón. La ciudad como algo descontrolado, amorfo, amenazante, imposible de someter porque siempre hay algo que se escapa.
Las otras ficciones
Mientras escribía el blog, me di cuenta de que parte de lo que yo buscaba caminando por la capital eran mis propias ficciones sobre ella. Porque la ciudad o ciudades que creemos conocer están construidas de ficciones, y nosotros vamos tras ellas y a veces las encontramos, como si las ciudades reales albergasen a las ficticias.
En el caso que voy a contar aquí, la ficción con la que me topé ni siquiera pertenecía a Madrid, pero daba igual, porque formaba parte de una ciudad idealizada que podía ser cualquiera, en la que había un edificio en el que a mí me habría gustado vivir cuando era niña. Este edificio procedía de un libro que había leído con diez u once años. Convertí a aquel lugar imposible en un deseo que iba a perseguir durante mucho tiempo. El libro se llamaba La casa del Fin del Mundo, lo firmaba Monica Dickens (bisnieta de Charles Dickens), y recordaba bien la portada: un inmueble ruinoso y fantasmagórico. Aquel edificio fue el motivo de que escogiera esa novela en la librería. La leí con devoción, y al llegar a la adolescencia y dejar atrás las novelas infantiles, debí de regalarla. Durante mucho tiempo, apenas recordé nada del argumento, salvo que la casa del Fin del Mundo estaba en Berlín y que allí vivía una comuna de niños con total libertad, sin que ningún adulto les arruinara la fiesta.
Una mañana nublada, invernal y preciosa de 2011 quedé con unas arquitectas que iban a presentarse a un concurso para construir un ecobarrio. El lugar se ubicaba en Vallecas. Tras escucharlas hablar del proyecto, me fui a ver las colonias que estaban derruyendo porque quería fotografiar el derrumbe para mi blog. Y uno de los edificios que todavía no habían echado abajo era, tal cual, la casa del Fin del Mundo del libro que yo había leído de niña, como si lo real copiara no a la ficción en general, sino a la mía en particular.
Aún no sabía que lo que acabo de decir es totalmente cierto, que lo que me encontré aquel día era mi propia ficción. Lo supe poco después, cuando, animada por aquella extraña coincidencia, busqué el libro de Monica Dickens y comprobé que esa casa del Fin del Mundo que yo atesoraba en mi recuerdo no se correspondía para nada con la del libro, que para empezar no está en una ciudad, sino en un bosque, y donde además no hay ninguna comuna de niños liberados de los adultos, sino animales, un par de hermanos abandonados por sus padres y unas tías viejas.
Descubrir que la casa del Fin del Mundo de ese libro no coincidía con mi recuerdo me dio igual. Lo que de verdad importaba era que yo había reescrito esa historia de Monica Dickens guiada por mi propio anhelo.
He continuado buscando casas del Fin del Mundo por todas las ciudades, pero también en las películas, en los libros y sus ilustraciones.
¿Qué era una casa del Fin del Mundo?
Para la niña que fui, encarnó la puerta a lo desconocido, a otros universos. Y quizás sea eso lo que, de adulta, busco cuando camino por la ciudad y escribo sobre ella.