
Para 1976 cuando se entrega el primer Premio Cervantes, el escritor guatemalteco, exiliado en México, Luis Cardoza y Aragón (1901-1992) contaba ya con un lugar en la literatura hispanoamericana y con al menos doce libros que mostraban un extenso recorrido -que había iniciado en 1923- por las letras y una increíble capacidad de jugar con el lenguaje y con los géneros literarios.
Aunque deja la patria con la idea de hacerse médico, quizá el exponerse a mundos tan distintos a la tradicional sociedad guatemalteca, con su paso por California, Nueva York y su llegada a Francia -que le abriría las puertas a Europa-, lo hace dejar atrás la idea de la bata blanca y la consulta a los enfermos y lo lleva a adentrarse al estudio de las culturas indígenas de América en La Sorbona y de la mano de George Raynaud, quien había traducido el Rabinal Achí -una pieza de teatro maya k’iché- que luego Cardoza y Aragón traduciría al español y publicaría entre 1929 y 1930 en los Anales de Geografía e Historia en Guatemala. La Francia en la que Luis se sumerge es la de las vanguardias -surrealista, cubista, futurista, expresionista- que transformaban el panorama literario, que jugaban con el absurdo, con lo moderno, con lo onírico, con el lenguaje y los géneros literarios.
De su encuentro con autores como Artaud, Breton y Éluard y de sus lecturas que él mismo referirá en su texto autobiográfico El río. Novelas de caballería (1986) como extremas -al pasar del Popol Vuh a Mallarmé, de la Biblia al Kama Sutra, de Poe a Díaz del Castillo, de San Juan de la Cruz a Tzara- surge en 1923 su primer libro de poesía, Luna Park (Poema, Instantánea del siglo XX), que toma su nombre de un parque de diversiones berlinés y en el que se dedica a retratar el ritmo trepidante del siglo XX a través de una sucesión de poemas-imágenes del mundo moderno en las que reflexiona sobre la realidad, la imaginación, la vida, la muerte, el hogar, las ciudades, las máquinas, la modernidad y la crueldad dentro de esta.
Más allá de abordar temas que estaban en boga en la época y de aplicar la plasticidad del lenguaje y la creación de imágenes -hasta ese momento- no convencionales a través de las palabras, esta primera publicación muestra ya el proyecto poético que Cardoza y Aragón construiría a lo largo de su vida. Uno totalmente crítico, nunca condescendiente, que cuestionaría la naturaleza del mundo como un ente vivo y cíclico en el que la vitalidad, la alegría y la luz se contraponen con la oscuridad y el dolor.
Luna Park y Maelstorm (escrito en París en 1925), son parte de la juventud, de los primeros juegos de Cardoza y Aragón con el lenguaje. En El río. Novelas de caballería, los llamaría sus «engendros», quizá por sentirlos -vistos a la distancia del tiempo y del recorrido literario- como primeros pasos, como la primera columna, el primer sostén de una carrera que bebería de esos temas, que volvería siempre al afán, a la necesidad de experimentar.
Entre 1929 y 1932 (y entre La Habana, México y Nueva York), Cardoza y Aragón escribe Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo (publicada por primera vez en 1948), un texto poético en prosa en el que se evidencia una vez más la plasticidad literaria del autor y su uso de herramientas escriturales que vienen de su contacto con las vanguardias, de una amplia exposición a lecturas y culturas diversas y quizá, como otros lo han dicho, de su amistad con García Lorca y su admiración por su obra. Dividido en cuatro secciones, el texto inicia con el sacrificio del autor-niño como tributo al dios Huitzilopochtli, para luego recorrer como niño-poeta-espíritu acompañado por Dante, la ciudad de Nueva York a finales de la década de los años veinte, para luego encontrarse en la Habana y terminar con el martirio de San Dionisio en París en el año 250. A lo largo de este recorrido, volvemos a encontrar los temas ya explorados por Cardoza y Aragón en sus «engendros»: la deshumanización, la crueldad de las ciudades, lo sagrado y lo mundano, el ciclo interminable del mundo y de la historia que parecen establecer conexiones temporales y espaciales. Al mismo tiempo, esta pieza deja ver una postura política que se adivinaba ya en sus dos textos poéticos anteriores: la necesidad de la crítica a lo moderno, al avasallante paso del «progreso» y anuncia una postura política que se irá consolidando en los textos posteriores, la necesidad de ver hacia América -luego hacia Guatemala-, la necesidad de un despertar, de una reflexión política que partiera de la desmitificación de la idea de la barbarie americana precolonial promovida por Europa. Aunque la forma de plantear esta desmitificación y la forma de llamar a un reconocimiento de lo americano pueda cuestionarse actualmente, como ha sucedido con otros autores contemporáneos de Cardoza y Aragón, por considerarse -como mínimo- paternalista, en el momento en el que lo plantea, estas ideas presentaban un desafío, y más importante aún desde el punto de vista literario, la Sinfonía es un ejercicio narrativo previo a la construcción hermosamente lograda del ensayo Guatemala: las líneas de su mano (1955), escrito ya en un exilio político que duraría el resto de la vida.
Antes de la publicación de Guatemala: las líneas de su mano, Cardoza y Aragón había incursionado en el ensayo a través de contribuciones en revistas mexicanas -se trasladó y asentó en México en la década de 1930- y en sus libros Fez, ciudad santa de los árabes (1927), La Nube y el reloj (1940) y Apolo y Coatlicue (1944), Retorno al futuro: Moscú (1946) y Pintura mexicana contemporánea (1953), El pueblo de Guatemala, la United Fruit y la protesta de Washington (1954). Además, sus poemas se habían publicado en periódicos, revistas y -por supuesto- en libros como Torre de Babel (1930), El sonámbulo (1937) y Poesía (1948).
Guatemala: las líneas de su mano es un ensayo que conjuga elementos biográficos e históricos para construir una narración que recorre su vida y que hace una reflexión histórica sobre Guatemala, que parte del Popol Vuh y que se alarga hasta el momento de la contrarrevolución de 1954 o el fin de una época conocida como la Primavera democrática. El texto termina con una corta reflexión, llena de poesía, sobre las casi tres décadas de vivir fuera de su patria. Este ensayo juega con la lírica, la épica, la crónica, la memoria, la anécdota, la leyenda. Es un extenso poema en prosa, un mosaico lleno de texturas en el que -como siempre- encontramos a un Cardoza y Aragón crítico, complejo, que juega -cada vez con mayor maestría- con la estructura, con los tiempos y con la idea -delineada desde sus primeras obras- del tiempo y la realidad que se pliegan y despliegan, que se repiten sin ser exactamente iguales.
La obra de Cardoza y Aragón continuó creciendo después de Guatemala: las líneas de su mano. Su poesía, sus ensayos se publicaron y siguieron afirmando la técnica única de este autor que, a lo largo de su vida, construyó una voz particular, sin igual, un constante ejercicio de irrespetar los límites de los géneros literarios, conjugándolos para contarnos la vida y desentrañar la esencia de lo humano desde su muy propia perspectiva. Una en la que los textos literarios se acercan y se alejan del autor, en la que son objetividad y subjetividad al mismo tiempo.
Luna Park, Maelstorm y Guatemala: las líneas de su mano son puntos de anclaje en la obra de Cardoza y Aragón, escalones que lo llevarán a la construcción de El río. Novelas de caballería (1986), una novela poética, un ensayo biográfico, una reflexión sobre la vida y un ejercicio escritural extremo en el que se rompen todos los límites literarios, un casi testamento, una poética. El río inicia con la afirmación de que, sobre su vida real, el autor todo lo ignora. A partir de esta idea, encontramos de una vez más a un Cardoza que juega, que reinventa, que nos toma el pelo, que nos cuenta sobre su vida, su obra, sus ideas y nos hace reflexionar sobre la política, la humanidad y su esencia, sobre la existencia y la muerte mientras nos muestra -orgulloso- todo lo que puede hacer, todos los recursos que con maestría utiliza para llevarnos por su vida, por una parte del viaje del siglo XX.
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No sé si en algún momento la Academia de la Lengua de Guatemala propuso a Cardoza y Aragón al premio Cervantes, un reconocimiento a escritores cuya obra se considere que «haya contribuido a enriquecer de forma notable el patrimonio literario en lengua española». No hay información al respecto en las fuentes consultadas. Quizá la mención de este autor que murió en 1992, cuatro años antes de la Firma de los Acuerdos de Paz en Guatemala, hubiera supuesto una amenaza, un peligro para los miembros de la Academia, en un país que parece detestar todo lo que huela a reflexión y crítica, sobre todo si esta viene de un personaje de izquierda como fue siempre Cardoza y Aragón, faceta intencionalmente no enfatizada en este artículo de opinión que intenta motivar a que los lectores descubran por sí mismos la plasticidad, la belleza de la poesía de Luis, que amó con todas sus fuerzas el conocimiento, la literatura y que escribió ante la muerte de García Lorca «¿Cómo hacerte conocer a los que no te conocieron?», verso que nombra esta pequeña reflexión y este intento de motivar a que otros lo conozcan a este Cervantes que no fue.