TIEMPO DE JOYAS Y ASESINOS

Sigo con mis preguntas, pues la lectura es también una forma de la interrogación que quiere responderse. ¿Hoy podemos hablar de que algo es hermoso? Mil papers caen sobre nosotros para decirnos que no, que la belleza es algo detestable y una forma sutil y perversamente velada de la opresión: un crimen.

En 1989, Pacheco empezaba su columna sobre Jack el Destripador recordándonos que el siglo xx pasaría a la historia como «el tiempo de los asesinos», aunque el cuchillo de Jack, cien años antes, había mostrado a los entusiastas del progreso que el mundo no era «ese lugar esencialmente benévolo en que el mal y el horror son simples tormentas pasajeras». Leo eso y me sorprendo pensando en nuestro siempre inalcanzable progreso, que en el Inventario adquiere, entre otros semblantes monstruosos, el rostro envilecido de la mancha urbana que hoy nos tiene asfixiados, a punto de repetir aquel horror de la niebla que en 1953 mató a más de doce mil personas en Londres, cuando Jack ya era una sombra siniestra del pasado. Pienso también en nuestro propio, eterno cuchillo: tecpatl afilado en la piedra sacrificial. Lo malo es que no podemos encontrar un Jack a quien culpar: todos somos culpables, aunque gritemos desaforadamente «Fue el Estado», sin querer asumir nuestra responsabilidad en el desastre. Y mientras esto escribo cae como filo la realidad: el asesinato del periodista Javier Valdez, uno de los más de cien periodistas asesinados en México desde el año 2000, nos deja ya sin habla. ¿De veras todos somos culpables?

Lo cierto es que la culpa —admitida o no— nos impide disfrutar de la belleza. No sé si ocurra igual en otras partes del mundo. En México, admirarla en cualquiera de sus formas puede volverse pecado. Vivimos entre muertos, rodeados por sus formas que no son fantasmales y sí un recordatorio permanente de que, otra vez, nos equivocamos; pero no deseamos oír ese recado y preferimos teorizar sobre él.

Eso podríamos pensar al ver la muestra de la artista conceptual Jill Magid, exhibida inicialmente en el Kunts Halle Sant Gallen, en Suiza; más tarde en San Francisco y ahora en México, donde se convirtió en uno de los primeros actos de Jorge Volpi como nuevo coordinador de Difusión Cultural de la más antigua e importante casa de estudios mexicana: la Universidad Nacional Autónoma de México. No fue propuesta suya, sino de la administración anterior, pero Volpi aceptó continuar con el proyecto. En la muestra —llamada Una carta siempre llega a su destino. Los archivos Barragán—, se exhibió un anillo de diamante llamado muy conceptualmente The Proposal, en cuya confección se utilizaron quinientos veinticinco gramos de las cenizas de uno de los más importantes arquitectos mexicanos, Luis Barragán (Premio Pritzker de Arquitectura en 1980), a quien exhumaron con ese fino propósito y uno más, si creemos en las palabras de la artista: proponer a la Barragan Foundation, dirigida por la coleccionista Francisca Zanco en Basilea, que a cambio del anillo devolviera a México los archivos del arquitecto. Intento piadoso que, además, propuso también una sesuda discusión teórica sobre el archivo y la ley. A mí, que no soy una especialista y por lo tanto debería quedarme callada, según dictan los cánones actuales sobre la «legitimidad» del discurso, me asalta una duda literaria. Nos preocupamos, teorizamos, discutimos, por ejemplo, sobre el concepto de «archivo» en Alfonso Reyes —cuya Visión de Anáhuac está cumpliendo los cien años—, pero somos incapaces de interesarnos ni sentir empatía por el drama, que aún nos concierne, en Ifigenia cruel.

En relación con Magid no sabemos qué decir: ¿eso es arte conceptual?, ¿es tan sólo un anillo hecho a partir de las cenizas de un muerto célebre, para iniciar la celebridad de Magid con un escándalo de proporciones mayúsculas? ¿Es una «profanación», como protestó el pintor Francisco Toledo? ¿Una falta de imaginación? El curador mexicano de la exhibición, Cuauhtémoc Medina, segundo adalid del arte conceptual en México (el primero, el artista Felipe Ehrenberg, desafortunadamente murió apenas hace unas semanas), se debatió en la prensa como león acorralado, pero seguro de que The Proposal era una obra que planteaba «un intercambio simbólico, en especie, entre dos entidades “sin precio” (el anillo y los archivos). La obra no se puede vender».

El anillo no se vende, no se vende, exclaman, como si eso fuera un dato significativo en tiempos de penuria moral. «¿Para qué poetas en tiempos de miseria?», me taladra la voz de Hölderlin. El poeta Rodolfo Mata me da la respuesta cuando describe el sainete en «Reliquias»: «Como anillo al dedo / cayó la pieza de arte / que no está a la venta // Por ecología / hagamos leña / del árbol caído / para nuestros hogares // Así habrá más cenizas / más dedos más anillos / más poemas / que tampoco estarán / a la venta».

 

OTROS MUERTOS ILUSTRES

«Hay que decirlo una vez más: el prestigio de Juan Rulfo crece […] con cada nuevo libro que no publica», escribió Pacheco en agosto de 1977, cuando se publicaron las Obras completas del jalisciense, que falleció nueve años más tarde sin haber publicado otro libro. Sin embargo, acotó Pacheco, el silencio de Rulfo era «una catástrofe para nuestra literatura». Cuarenta años después de aquel inventario, todavía no acaba el verano de nuestro descontento o mejor, como diría el mismo Rulfo, «¿En qué país estamos, Agripina?». Todo en México ya es ríspido, «un rencor vivo», como sabemos de Pedro Páramo, cuyo autor cumplió su primera centena en medio de una disputa absurda por su homenaje, por su legado e incluso por su nombre —que ya es marca registrada por una fundación—.

Aunque Pacheco nos recuerda que «los centenarios son interactivos», pues las obras del pasado no son «letra muerta sino invenciones en movimiento que se actualizan en el presente perpetuo de la lectura», lo hemos olvidado. El propio Rulfo en su Comala se habrá ofendido, sospecho, de ver su nombre repetido en tantas bocas ávidas de reconocimiento. «Hace medio siglo la moda crítica resultaba la persecución de las influencias. En México, Rulfo era víctima de Faulkner, Arreola de Kafka, Fuentes de Huxley y Dos Passos. Interrogado, Alfonso Reyes dijo lo único sensato al respecto: “¿Mis influencias? Tres mil años de literatura universal”», contó Pacheco. La moda, como siempre, es un brillante, ardiente boomerang y vuelve muchas veces como la historia: más como farsa que como tragedia. De aquello de las influencias queda hoy la acusación, la inquina, el ninguneo de unos y de otros. Y así pasó, con más pena que gloria, el homenaje a Rulfo, que tuvo los visos de un entierro donde al muerto le pusieron las coronas y se olvidaron de él, mientras en el velorio todo el mundo se emborrachó de soberbia reclamando al difunto como propio. Golpes en el velorio, infundios y maldiciones de mezcal, como si no fuera suficiente el interminable velorio en que se ha convertido nuestro país.

Pero estamos de fiesta. En México siempre lo estamos y, como es condición, los festejos duran semanas o meses. Los homenajes, libros y actividades en torno al centenario de Elena Garro, la mejor escritora mexicana desde sor Juana, han dicho, se alargó el año entero. Desde diciembre de 2016, cuando se cumplieron los cien años de su nacimiento, se han sucedido coloquios, homenajes, ferias, reediciones, antologías (la mejor, creo, preparada y prologada por Geney Beltrán para Cal y Arena: Elena Garro. Antología) y muchas biografías. La de Rafael Cabrera (Debo olvidar que existí, Debate, 2017) no es un recuento de la historia completa de Garro. Se basa sobre todo en la recuperación de documentos muy valiosos sobre la actividad de la autora de Los recuerdos del porvenir y de su hija, Helena Paz Garro, durante 1968: año que determinó el repudio del medio cultural a la escritora por haber denunciado a quinientos intelectuales después del fatídico 2 de octubre, día de la matanza de estudiantes en Tlatelolco. Pasarían pocos años para que Garro y su hija se autoexiliaran y vivieran una vida de infierno y de miseria, provocada, entre otras cosas, por su imposible capacidad para administrar cualquier cantidad de dinero.

Pero el debate sobre Garro sigue: amén del escándalo provocado por la editorial española Drácena —acusada de sexista porque incluyó en la portada de un libro de Garro un cintillo que la anunciaba como «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges»—, apenas hace unas semanas Guillermo Sheridan, quien ha dedicado sus últimas pesquisas a esclarecer los documentos desclasificados de la CIA durante aquel año axial, así como la participación del expresidente Echeverría (entonces secretario de Gobernación) y otros funcionarios, escritores y artistas como informantes del organismo norteamericano —entre ellos Garro, como es ampliamente conocido—, ha relatado el hallazgo de una misiva de la narradora y dramaturga (ahora también poeta), donde solicita a un amigo que escriba una carta de adhesión al Gobierno con el significativo mensaje de que «a toda costa quieren dar un golpe y derribar a Echeverría. Éste es un buen hombre». Sheridan recuerda también la vergonzosa adhesión solicitada por Garro a sus amigos argentinos y que fue firmada por Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou, defendiendo al Gobierno del entonces presidente Díaz Ordaz. «Aquí es —escribe Sheridan entre paréntesis— donde los apologistas, aplicando rigurosamente el recurso del método Garro, pueden subrayar su reacción preferida: a) es que su buena fe fue manipulada, b) es que obró bajo amenaza, y c) es que era víctima de la patriarcal falocracia occidental imperialista…».

El 68 no nos deja en paz y sus muertos reviven en todos los rincones. Los rescatamos como prenda de un presente y un futuro incumplidos. Alcira Soust Scaffo, la «madre de la poesía mexicana» que Roberto Bolaño nos obsequió en Los detectives salvajes y Amuleto, reaparecerá entre nosotros por obra de un documental: la historia de su vida filmada próximamente por su sobrino nieto, Agustín Fernández Gabard. Alcira y el campo de espigas será su título, y recuerdo la imagen sí, espigada, diría aterradoramente famélica, de la famosa Alcira que en los ochenta era casi un fantasma deambulando por los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde yo estudiaba. Nunca leí un poema suyo. Yo era muy joven entonces y ni siquiera conocía su leyenda: la joven uruguaya que durante la ocupación del ejército en Ciudad Universitaria pasó doce días escondida en los baños de la torre de Humanidades, de donde la rescataron el poeta Rubén Bonfiaz Nuño y los historiadores Alfredo López Austin y Miguel León Portilla. Lo que no olvido son sus manos cadavéricas, aferradas a mi brazo para llevarme frente a la dirección y mostrarme tres macetas cuya mustia figura intentaba adornar aquel recinto más bien oscuro. A gritos, Alcira me juró que el director de la facultad sembraba marihuana, que la mirara ahí, entre las flores. Debo admitir que no la reconocí en esas plantas. Aunque colaboré, como tantos, en la recolección de dinero para que Alcira volviera al Uruguay, jamás imaginé que las tristes macetas me habían deparado un encuentro con Auxilio Lacouture.