«PATRIA DE LÁGRIMAS»

Sé que he hablado casi sólo de los muertos, pero es que se acerca la fecha de una de las más largas y conocidas tradiciones de nuestro país: el 2 de noviembre, Día de Muertos, momento para honrar a los difuntos. Flores de cempasúchil, calaveritas de azúcar, tamales, tequila y pan de muerto en los altares coloridos: ofrendas para que en otro mundo los muertos se alimenten. Desde hace ya varios años, para nosotros esa fecha es todos los días: nos peleamos los huesos de los muertos ilustres, los ponemos a discutir entre sí y ellos no nos responden, no nos murmuran nada, pues los murmullos sólo están entre nosotros, mientras los muertos de hoy se acumulan en la fosa que se llama México y las recientes elecciones estatales nos deparan un oscuro y penoso futuro de lo mismo.

Me acerco a las últimas entradas de esta antología. La fecha de su firma: 3 de septiembre de 2011. La guerra contra el narco demuestra desde entonces su fallida estrategia y miles de mexicanos han marchado desde mayo de ese año exigiendo su término. En El deshabitado (Grijalbo, 2016), el poeta Javier Sicilia —quien encabezó aquella marcha al frente del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad a raíz del asesinato de su hijo Juan Francisco— narra aquellos días tormentosos, el desgarramiento del hombre, del padre, del poeta: la presencia del mal entre nosotros.

«Ante el horror sin límites de la tragedia mexicana todo descenso a los abismos del pasado se diría un triste consuelo», redacta febrilmente Pacheco ese día de septiembre. El motivo de su texto es relatarnos algunos apuntes sobre un biógrafo misterioso, Adolfo Rogaciano Carrillo, quien dedicó su pluma a complacer los deseos de Sebastián Lerdo de Tejada, el político juarista mexicano, autor de la ley Lerdo que separó desde 1856 a la Iglesia del Estado; poco después presidente de México y prófugo del país cuando quiso reelegirse. A él debemos también la inolvidable frase «mátalos en caliente», no porque él la haya dicho, sino porque sus seguidores la padecieron cuando se rebelaron en Veracruz. El autor de esas palabras fue, cuenta la leyenda, Porfirio Díaz y hoy la frase está bailando en el aire enrarecido de nuestras desventuras. Pacheco afirma que la razón del desastre de Lerdo fue la ambición de los partidos: «Todos querían ser presidentes». Lerdo despreciaba a Guillermo Prieto, un poeta y político mexicano contemporáneo suyo; lo consideraba un llorón. Y sin embargo no suena tan lejano de nosotros cuando escribe: «Patria, patria de lágrimas, mi patria».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]