Con una bicicleta más desarrollada, pero sometida a pinchazos frecuentes, el deporte asociado a ella nació pronto. Las primeras bicicletas de carreras se parecían ya a las de hoy, aunque no tenían cambios, pesaban casi veinte kilos (las de hoy pesan ocho o menos), y no era raro que perdieran la cadena. Las carreras solían ser urbanas, o si mucho una competencia entre dos ciudades (París-Brest, Burdeos-París). Hasta que en 1903 a un periodista y ciclista se le ocurrió una idea genial para ayudarle comercialmente a la revista en la que trabajaba, L’Auto: harían una carrera ciclística que le daría la vuelta a todo el país: el Tour de France.

El Tour nació como un matrimonio entre el periodismo, el negocio, el espectáculo y el deporte. Hoy es lo mismo, de un modo gigantesco y mucho más sofisticado. He querido buscar el origen de la bicicleta y del Tour como una manera de entender mi papel como periodista del Tour de Francia, un oficio que acabo de ejercer por primera vez en la vida, en el Tour número 104. ¿Cómo fue el primer Tour de la historia y cómo ha sido el primer Tour de mi pequeña historia? Los contrastes son enormes.

Como decía, el Tour nació con un fin comercial: vender más revistas. Esa publicación, L’Auto, vivía de dos cosas: los avisos de los fabricantes de bicicletas y los ejemplares comprados por los lectores. ¿Cómo tener más lectores de modo que hubiera más avisos? La idea no la tuvo el director, el exciclista Henri Desgrange (primer hombre récord de la Hora), sino un redactor, Léo Lefèvre: era necesaria una carrera épica que despertara la fantasía, el asombro, la curiosidad. Saldría de París y tocaría las principales ciudades de Francia, Lyon, Marsella, Toulouse, Burdeos y Nantes para volver a la capital. Casi dos mil quinientos kilómetros repartidos en cinco etapas larguísimas separadas por días de descanso. Desgrange se entusiasmó con la idea y setenta y seis ciclistas aceptaron el reto. Un único periodista, Lefèvre, iría con los ciclistas también en bicicleta, pero cogería el tren en algunos pueblos para adelantarse, verificar el paso de los corredores y tomar los tiempos. En la primera etapa de cuatrocientos sesenta y siete kilómetros los ciclistas pedalearon toda la tarde, toda la noche (había luna) y parte de la mañana. El ganador, Maurice Garin, un deshollinador, llegó a Lyon más de dieciocho horas después. Tras tomar el tiempo de los primeros, Lefèvre se fue al hotel a escribir la crónica de la primera etapa. El Tour, que al final ganaría el mismo Garin, fue un éxito: L’Auto pasó de vender veinte mil ejemplares a cincuenta mil. Y las cifras siguieron creciendo año tras año hasta llegar a trescientas veinte mil revistas vendidas antes de la Primera Guerra Mundial, cuando el Tour tuvo que ser suspendido.

En el Tour de Francia 2017 los periodistas acreditados éramos más de mil quinientos. Ninguno de nosotros persiguió a los ciclistas en bicicleta: estábamos en inmensas salas de prensa con pantallas gigantes, tablas y gráficos con informes técnicos, comida, agua, refrescos, a veces champaña. Pude compartir paté, vino y café con grandes periodistas veteranos: Carlos Arribas, de El País de Madrid, Gianni Mura, de La Repubblica de Roma. Mura cubría su Tour número 50; en el primero, del año 67 (a sus dieciocho años) había visto morir a un ciclista amigo, Tom Simpson.

Mura me contó que Simpson, muy pobre, había contraído un préstamo para poder comprarle una casa a su hijo y a su esposa. Necesitaba, como fuera, el triunfo en una etapa para pagar las cuotas de la hipoteca. El día de la subida a una cima mítica, el Mont Ventoux, se atiborró de barbitúricos al amanecer. Pero no fue eso lo que lo mató, sino las normas absurdas de los organizadores del Tour: no se permitía a los equipos que se les diera agua a sus ciclistas y éstos tenían que encontrarla solos. Hacía mucho calor y Simpson subía entre los primeros del grupo. Un aficionado le pasó una caramañola que no contenía agua sino cognac. No habiendo más, Simpson la vació. La combinación de sol, barbitúricos y alcohol, más el esfuerzo terrible del ascenso, fueron demasiado para su cuerpo. Cuando el ciclista cayó al suelo, con el corazón reventado por la deshidratación, pedía que lo volvieran a subir en la bicicleta, y, al expirar, sus piernas se seguían moviendo en círculos, como si no quisiera nunca dejar de esforzarse, dejar de pedalear. La esencia del corredor de ciclismo es saber sufrir y, más aún, no sentir el dolor, no percibir ni siquiera la muerte. Gracias al martirio de Simpson, los organizadores del Tour cambiaron las reglas de alimentación e hidratación por otras más humanas.

El ciclismo no es un deporte menos elegante ni menos técnico que el fútbol. Lo que pasa es que es un deporte muy difícil de ver en vivo, y difícil de entender en la televisión para quien no haya pasado mucho tiempo en una bicicleta. La labor colectiva del equipo es fundamental porque una cosa es poner el pecho al viento, en el primer lugar, y otra pedalear sin el viento que te cortan uno o dos o diez ciclistas delante de ti. Las danzas y abanicos para cortar el viento y colocarse bien en el pelotón son una faena muy compleja. La concentración es absoluta; la inminencia de un accidente es constante y en las caídas se arriesgan los huesos, pero también la vida. Cuando los gregarios no pueden ayudar más al líder del equipo y abandonan, exhaustos, su tarea (a veces caen a un lado, medio muertos), los líderes empiezan su trabajo solitario, por lo general en los últimos kilómetros de las etapas en ascenso. Ahí se desarrolla la batalla final.

En el Tour de este año los colombianos cifrábamos nuestras esperanzas en los líderes nacionales de tres distintos equipos: Nairo Quintana, en el Movistar de España; Esteban Chaves, en el Orica de Australia, y Rigoberto Urán, en el Cannondale de Estados Unidos. Un cuarto colombiano, Sergio Luis Henao, del equipo británico Sky, era el principal escudero del campeón Chris Froome. Con figuras tan destacadas, y con un Quintana que ya había salido ganador en un Giro (2014) y una Vuelta (2016), los ojos de los colombianos estaban puestos en la ilusión del primer Tour de la historia para un latinoamericano. Gran parte de los cincuenta millones de colombianos vivimos en los Andes y la afición por la bicicleta es enorme. Pese al peligro, nuestra pista de entrenamiento son las ciudades y las carreteras.

El Tour no lo viví como un periodista objetivo, sino como un hincha de los ciclistas colombianos. Corriendo detrás de Rigoberto Urán (que al final llegaría de segundo a París) me rompí el menisco de la rodilla derecha. Estuvimos cerca del triunfo con el gran Rigo, pero Chris Froome nos dio una clase de técnica y disciplina. Al acabar la carrera confesó que, si Rigo lo hubiera atacado en uno de los últimos ascensos, se habría derrumbado. Froome nunca lo dejó ver en su rostro ni en su pedaleo; el ciclismo es también un ejercicio de disimulo. El gran corredor nacido en Kenia, de padres británicos, confirmó esta gran paradoja que ocurre en este deporte: es posible perder todas las batallas y, sin embargo, ganar la guerra. No ganó ni una etapa (nuestro Rigo ganó la etapa reina), pero su promedio fue el mejor de todos. El año próximo los ciclistas colombianos volverán a la batalla y los caballitos de carbono y titanio nos dirán si tal vez el 2018 será al fin el año de Latinoamérica en el Tour de Francia. Espero estar allá para contarlo.

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